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  • Braquiterapia

    Braquiterapia


    Al lado de mí

    había una señora,

    y en medio de nosotras: 

    mi venoclisis

    como un Dios de hierro.

    Del otro lado, 

    un asiento libre,

    esquema:

    (* I.S)

    Ella preguntó 

    si ya me habían dado radio,

    porque ése era su primer día

    y estábamos ambas

    envueltas en una bata azul

     raída

    y con las nalgas al aire.

    -Sí, le dije. 

    -No duele nada,

    no se siente absolutamente nada;

    pero habrá consecuencias.

    Esquema de mi zona pelvica: 

    ({ . })

    -Siga muy bien sus recomendaciones.

    Ella venía de Oaxaca, 

    tenía apenas un poco de pelo.

    -¿Que no habrá en Puebla? 

    Éste me queda muy lejos. 

    -Nomás hay aquí y en el D.F., respondí.

    Luego reparé en que 

    ya ni siquiera existe el D.F.

    -A mí me operaron, dijo ella.

    Le pregunté en qué parte

    del cuerpo, 

    porque no se le notaba. 

    Me señaló su boca.

    Entonces

    vi la cicatriz deslizarse por su cuello.

    -Le van a radiar la cabeza, dije. 

    Ella asintió 

    con un movimiento.

    Entonces 

    lo que vi fue miedo corriendo en su ojos.

    ¡Dior¡ 

    Somos nosotras,

    las mutiladas de la Tierra,

    requerimos batitas glamurosas.

    Y si en 500 años

    resulta que esto será 

    una mera barbajada? 

    No hay un día,

    desde ese lunes 

    en que la vi 

    sola en la sala

    que yo no tenga miedo. 

    Sigo sentada ahí,

    con ella, para ella,

    conmigo;

    esquema:

    (*I.I)

    Ni le pregunté su nombre. 

    -Yo ya terminé la radio, le dije,

    vine a braqui. 

    Usted va a estar bien,

    dije como un decreto,

    ya solamente es preventivo. 

    Pero no le pregunté su nombre,

    no sé por qué no le pregunté 

    su nombre. 

    Luego me montaron a una camilla

    y me llevaron al búnker.

    Esquema:

    [[ I ]]

    Cuando desperté 

    el braquisaurio ya no estaba ahí. 

  • Ave Fénix

    Ave Fénix

    29 de mayo de 1996 (2025)/ 9 de junio de 2025

    Desde ayer he estado confundiendo los años a la hora de escribir la fecha, ayer fue 1995, hoy 1996. No tengo la menor idea de qué pasó en esos años, cuando yo tenía entre 9 y 10. Estoy segura de que estaba en primaria, tanto como lo estoy de que hoy estuve en el Ave Fénix. No, no estoy loca, en verdad existe el Ave Fénix. Hoy mientras estaba ahí pensé en el «Teatro sólo para locos» de Hermann Hesse. Si no mal recuerdo era un Teatro Mágico, la entrada costaba la razón. En este caso, el precio es algo parecido: fé, pero la fé no es racional, es el mecanismo o, más bien, la sustancia con la que está hecho un milagro. Cuando iba de salida una señora me tomó de la mano y me dijo: tienes qué tener confianza en Dios. 

    -Por supuesto -dije por primera vez en muchos años, casi segura de mis palabras.

    No, el Ave Fénix tampoco es una secta, pero sí parece un lugar mágico, un oasis de mujeres sobrevivientes de cáncer que llevan 18 años reuniéndose una vez al mes para compartir saberes y experiencias sobre la enfermedad, pero sobre todo para compartir la vida. Se han agrupado en torno a Mioncóloga Maravillosa. Y no creo que sea casualidad que se reúnan al pie de un gigantesco y hermoso árbol de hule. 

    El imaginario habitual de un ave mitológica como ésa es un pájaro de fuego, sin embargo, lo que yo pude descubrir este día, es más parecido a un conjunto de palomas comiendo maicito en una plaza pública, van llegando de a poquito y a destiempo, cada una toma su lugar y cuando llega la doctora cierran el pico.

    Luego preguntan si hay nuevas, nos reciben con amor, se acercan y nos abordan, o como hoy, que hubo convivio por el día de las madres y las maetas (la mayoría somos mujeres); cada una pasó al frente y tomó la palabra. Cuando me tocó a mí fui muy breve, no dije ni mi nombre, en parte porque no sabía qué decir, pero también porque llegué unos minutos tarde y no sabía qué dinámica llevaban. Aunque también pudo ser un lapsus.

    Así me enteré que más de una ha tenido alguna recaída a lo largo de los años; que han sobrevivido incluso la vez que pensaban que no lo harían; que han hecho cartas de despedida, testamentos, incluso la limpieza general de la casa, previo a entrar en un quirófano. Algunas han perdido ya a toda su familia y por eso no fallan al Ave Fénix, pues ahí encontraron una nueva. 

    Laseñora Pelodefuego tenía dos hijos pequeños cuando le detectaron el cáncer y, por la misma época, a su marido le quitaron un pedazo de cerebro (no recuerdo por qué razón). Dice que estuvo muy enojada con la vida, que todavía lo está. Yo siempre digo que a mí todo lo malo me pasa, pero ahora sí me la ganaron. Julieta Blancanieves nos contó que perdió dos Romeos en diferentes circunstancias, luego dijo nunca más. Después fue perdiendo a toda su familia y le tocó ir a reconocerlos uno por uno. Al lado de todo eso ya no parece tan terrible mi historia. Sin embargo salí triste, muy triste. 

    Inevitablemente pensé que ya nunca voy a ser mamá y en que perder a mi sobrino fue como perder un hijito. ¡Vaya celebración del día de las madres! Tuve que disimular para no poner más triste a mi mamá, que casi se suelta llorando cuando le tocó pasar a presentarse. Y justo ahí fue donde a mí se me partió el corazón. 

    Las historias de las Ave Fénix son terribles, lo sé, pero también son historias de esperanza, todas ellas son mayores que yo por muchos años, vi algo muy especial en sus ojos: un disfrute genuino de la vida. La Señora Pelodefuego pronto se irá de viaje a Europa. Julieta Blancanieves tiene dos pretendientes en este momento. Todas ellas bailan, viajan y se reúnen al menos una vez al mes para compartir pan y vida. 

    Extraño mucho tener ese tipo de amistad donde una visita la casa del otro todo el tiempo y viceversa, esa donde el tiempo libre se comparte mucho, se es parte de todos los acontecimientos importantes, se celebran los cumpleaños, se mantiene comunicación constante sin temor a ser molesto, se acepta que el otro no es perfecto, que se enoja y tiene malas jetas, pero luego se le pasa. No sé en qué momento me convertí en un hielo individualista y ermitaño.

    Escribir esta entrada me ha costado muchísimo. Mi corazón no está bien, pero mi cabeza tampoco. Desde hace unos días siento que cada vez se me va más el avión y que a veces de plano no entiendo algunas cosas. Podría decir que es un sentimiento conocido, porque cuando he tenido crisis fuertes de ansiedad, me pasa muy similar; sólo que no había generado mucha consciencia de ello. 

    Leí, creo que en Desmorir, que ese es un efecto secundario de la quimioterapia, me quedo pensando si efectivamente es la quimio o más bien del trauma. Me pregunto si hay algunos síntomas que se han considerado más como parte del medicamento y no tanto por la parte emocional que implica. Me pregunto también si será posible que uno viva su cáncer de acuerdo con la narrativa que tiene configurada previamente en la cabeza. Audre Lorde decía que cada mujer vivía la crisis de la enfermedad de acuerdo con la vida que había llevado. Eso me hizo cuestionarme seriamente en por qué tengo un impulso tan grande por escribir un diario y además hacerlo público. 

    Mi respuesta es que quiero que estos párrafos, aunque escritos mal y a la carrera, sean un mapa para otras personas, tanto por si yo sobrevivo, como si no. El saber suficiente sobre la enfermedad es ya una ventaja, el poder consultar varios médicos, es otra.  Todo lo que yo sepa sobre esto no es algo que me pueda guardar sólo para mí; cuando alguien tiene cáncer no sólo afecta al paciente, sino a todos alrededor; algunos pueden con eso, pero otros no. 

    A propósito, estoy viendo una nueva especialista que me cuenta sobre las cuestiones emocionales que detonan los diferentes tipos de cáncer y es muy interesante, aunque de pronto me enoja que todo tienda a meterse siempre en cuadros estrechos. Las Ave Fénix están en un protocolo de investigación en la UNAM sobre cáncer y emociones, yo me separo un poquito porque por ahora estoy en mi face lavararia. Observo, me callo y aprendo. Lentamente. Ni siquiera me atrevo aún a asumirme como parte de ese grupo, aunque sé que eventualmente sucederá, una tiende a buscar manada, o parvada, como en este caso. 

    Quisiera involucrarme en todo lo que sea benéfico para mí en estos momentos, pero no tengo tiempo ni dinero suficiente. Me han contado varias personas sobre tratamientos alternativos que me interesan, de tener toda la vida resuelta, claro que me metería a todos, sobre todo porque de muchos nunca hay “todavía” suficientes estudios.

    Lo mismo dicen del suplemento inmunocal, sin embargo, tomarlo a mí me hizo que no me pegaran tan duro los tratamientos. Lamentablemente, es caro y ahora mismo no lo puedo tomar debido a mis problemitas gástricos después de la radioterapia. 

    Me quedo pensando mucho y sí, atravesar el cáncer se siente algo así como meterse directo a las brasas del infierno, me acuerdo de Los caballeros del Zodiaco, mi favorito por supuesto era el Ave Fénix, luego me viene a la mente de nuevo Herman Hesse, un autor que no leo desde la adolescencia: “El pájaro rompe el cascarón. El cascarón es el mundo. Quien quiera nacer, tiene que destruir el mundo. El pájaro vuela hacia dios, el dios se llama Abraxas”.

  • Cangrejo

    Cangrejo

    Se llama cáncer porque lo primero que estudiaron los médicos fueron los tumores en el seno, y lo que observaron como una constante fue su tendencia a formar la imagen de un cangrejo. Esto habla, tal vez, de lo común que ha sido siempre esta enfermedad en las mujeres, en los pechos de las mujeres. La mama es un órgano glandular, en él se produce la leche con la que se supone alimentamos a la humanidad durante la etapa en que no puede valerse por sí misma, su tejido está mezclado con mucha grasa, ésta última se ha encontrado culpable de algunos casos de cáncer (igual que las hormonas), lo cual no quiere decir que quienes somos corpulentas seamos culpables de serlo; se sabe que el sobrepeso tiene que ver con muchas otras cosas como la ansiedad, el trauma, un mal funcionamiento de la tiroides, el exceso de cortisol, etc.

    O sea que nuestras lonjitas no son más que el síntoma de algo a lo que tendríamos que poner más atención; no por el mandato capacitista de la salud, ni por el machista de ser esculturales para agradar a los ojos masculinos (al final siempre son los ojos de la masculinidad patriarcal los que nos condicionan?), sino porque en tanto habitantes del cuerpo, somos responsables de cuidar y mantener la casa en el mejor estado posible. El cuidado es eso a lo que yo llamo la verdadera esencia de la vida y del amor propio (que no es ese que nos venden como un permiso individualista para desentenderse del otro, sino todo lo contrario). Y el cuidado siempre necesita una ética que lo problematice. 

    Y bueno, a la mejor de todos modos estoy siendo gordofóbica o cometiendo alguna otra incorrección política de esas que tampoco quisiera pisar, pero soy humana y sé que puede suceder. Sin embargo, me agrada ver que logré llegar al punto que quería: la casa. Lo otro en realidad no me importa tanto, porque el proceso de “darse cuenta” inevitablemente incluye varios tropiezos que habrá que asumir y procurar enmendar, no hay más. No hace falta una vara para golpearnos.

    La casa

    El día en que supe que tenía cáncer soñé que visitaba una casa que me habían heredado, pero en ella habitaba un espíritu maligno. Yo iba con un grupo de gente; me estaba cagando de miedo, pero sabía que por ser “mi casa”, tenía que guiar y ser valiente, pues el maldito espíritu ya tenía a todo el pueblo atemorizado. Entrábamos todos juntos, me ayudaban a sacar los muebles viejos y a remodelar las habitaciones, mientras yo fingía que no me temblaba la voz cada vez que avanzaba y gritaba:

    -¡Ésta es MI casa! ¡Ésta es MI casa!

    Al final creo recordar que yo iba tomando posesión de MI casa y estaba contenta porque había logrado tejer una red; ahora las cosas serían mejor en el pueblo y no tendríamos miedo. Éste es un buen final feliz para un cuento de hadas, para mi propio cuento de hadas. Soy idealista, lo sigo siendo, pese a que han pasado los años y me convertí en una  mujer adulta. 

    Casedelabuela

    El cáncer llegó justo en el momento en que más me empezaron a llamar Isaura, que es el nombre que llevo en homenaje a mi abuela paterna que murió de cáncer. ¿Coincidencia? No lo sé, puede ser, a lo mejor, quién sabe. Pero yo no quiero ser mi abuela, es decir, no me quiero morir de cáncer. Quiero ser yo.

    Vivo en un pueblo a orillas de la ciudad, donde hay un jardín de niños y una escuela primaria, es todo; tenemos un pequeño centro de salud (que no se da a basto) y carecemos de muchos servicios públicos; hay muchos perros callejeros, basura y popó por todas partes; la mayoría de las paredes están rayadas (en señal de descontento, de búsqueda de sí?); abunda la autoconstrucción; no hay parques, no hay buen transporte público, no hay bancos, no hay mercado (aunque sí hay tianguis), a veces no hay agua (pese a que tenemos un manantial). Las únicas distracciones que hay para la gente son la droga y el alcohol, de vez en cuando, uno que otro toquín donde se vende más alcohol y más droga. Yo no quiero culpar ni estigmatizar más a los consumidores, pero es importante recordar que a veces las personas no tienen más opciones para escapar a un mundo que no duela.

    Por eso siempre digo que ir a la escuela me salvó de ese contexto donde hay tanta violencia y tan pocas alternativas. Al menos salir de mi pueblo me descubrió otras posibilidades de vida. Y yo me aferré con uñas y dientes al estudio, pese a que siempre tuve muchos obstáculos para seguir; la escuela me ofreció una ventana para ver un jardín. Eso ahora lo siento como un privilegio, aunque no debería ser así. No debería sentirme culpable por elegir vivir de otra manera, menos con todas las barreras que he encontrado en el camino.

    Barreras

    Recientemente caí en la cuenta de que mi apellido materno es Barrera, ¿hasta qué punto nuestros nombres pueden estar operando en el inconsciente? Barrera es el nombre de un obstáculo, pero también de un límite. El límite del cuerpo es la piel, la piel es el órgano más grande, más sensible. Y el cuerpo no es un territorio. Los territorios se disputan, se piensa que se poseen, pero el cuerpo ni siquiera es nuestro. El feminismo neoliberal dice que sí, la enfermedad dice que no. 

    El cuerpo es un lugar. Según Yi Fu Tuan, un lugar es un espacio conocido, con el que hemos establecido un vínculo emocional o simbólico. Mi cuerpo es mi hogar, mi casa. Algunas religiones han llegado incluso a equipararlo con un templo, espero poder llegar a eso y respetarlo como se merece. Igualmente, sé que tengo derecho a establecer mis barreras para preservar mi vida, todos tenemos ese derecho. Tampoco debería sentirse como un privilegio o algo incorrecto.

    Hace unas semanas me mudé a la casa de mis padres, dejé mi casa, la casa que era de mi abuela paterna, la que tuvo cáncer. El proceso ha sido como verter toda una jarra en una tacita. Yo me fui colando poco a poco en casedelaabuela porque en la casa familiar nunca tuve un espacio para mí, no realmente. Las niñas compartíamos habitación, la niña chiquita heredada la ropa y los zapatos de los hermanos mayores. Crecí en una familia tradicional, jerárquica, donde papá es el protector-proveedor, mamá es el ángel del hogar, el varón primogénito es la continuación del patriarca y las hijas de la madre. Me costó mucho defender la vida que elegí, mi independecia de la familia nuclear, construirme un espacio para poder ser yo y no lo que mis padres querían. Me costó mucho dejar de ser hija. 

    Dependencias

    Ahora que el cáncer me ha hecho ver que siempre se puede depender de otros para preservar la vida, siento mucha tristeza de haber dejado mi casa, aunque también me alegra que tuve la oportunidad de construir una habitación para mí, casi por completo a mi gusto y necesidades, tal vez es el espacio personal que siempre debí haber tenido en mi familia. Por alguna razón llegó ahora, que más necesito apoyo, pero también marcar mis límites, defender mi vida. 

    Cuando me dieron el diagnóstico no lo podía creer, pese a que mi cuerpo ya me lo decía desde hacía un tiempo y no saliera en los análisis. Sabía que sería difícil, que tal vez no la iba a librar porque ya había hecho metástasis a la vejiga y porque, de por sí, yo llevaba años sin poder salir de una depresión cada vez más apabullante. Conocía algunos detalles sobre lo agresivo de los tratamientos; de inmediato lloré por mi pelo que al final no se cayó por completo. Pero con lo que definitivamente no contaba era con el maltrato médico ni con el retraso del tratamiento. El Sistema de Salud Público había sido condescendiente conmigo, cuando me dio apendicitis me atendieron bien en el hospital GEA González, bueno, tardaron todo el día en atenderme, pero al final me internaron (no en una cama, sino en una silla de ruedas) la noche de ese mismo día. Papá tuvo que ir unos días después a pagar los 30 mil pesos que yo no tenía en ese momento porque estuve un buen rato endeudada con el banco. Aaaay! 

    Ahora por fin había logrado tener un trabajo estable que me permitía no correr por toda la ciudad para dar 30 clases aquí y allá, tenía por primera vez en mi vida todas las prestaciones “de ley”, incluido servicio médico. Lloré el día en que recibí mi primer aguinaldo, así de ñoña puedo ser. Todo eso sólo para darme cuenta de que trabajar ocho horas encerrada en un mismo lugar con gente que lleva años sin descansar, sin crecer profesionalmente y con una población estudiantil que tiene todo en contra, puede ser muy frustrante, pese a todo compromiso y gusto por el trabajo. Todo eso sólo para darme cuenta de que si me enfermo de algo grave, descubriré las grandes carencias del Sistema de Salud Público y, que por más quejas que ponga, lo único que conseguiré es que me sigan ignorando. Todo eso para darme cuenta de que cuando te enfermas gacho, no hay sueldo que te alcance, menos si tienes otros diagnósticos, menos si requieres atención integral que el hospital no da. Ya de por sí mi terapeuta me decía muy seriamente que tal vez iba a empezar a trabajar sólo para pagar mi terapia y a gastar todo mi salario en cuidar “mi salud”.

    Peregrinajes

    Descubrí que hay un Santo patrón de nosotros los cancerosos: San Peregrino. Tenía un tumor en el pie y se salvó por un milagro. ¿Coincidencia? Quién sabe. Para mí, tener cáncer ha sido ir a mi clínica familiar a explicarle al doctor que cada vez me duele más la panza, que me responda (sin siquiera revisarme) que tengo colitis y me mande desparacitar, a pesar de que ya lo había hecho. Buscar y pagar un gastroenterólogo particular que me mandó a hacer estudios (carísimos) para decirme que efectivamente tenía colitis y debía organizarme mejor para prepararme mi propia comida y dejar de tragar en la calle; de otra forma, la cosa no iba a mejorar. Buscar y pagar un urólogo particular porque la colitis no mejoraba y ahora, al parecer, tenía una infección de vías urinarias; de nueva cuenta estudios, descarte de infección, pero aún así tomar medicamentos caros (sin que la situación mejore y sólo un ibuprofeno fuera capaz de calmarme las molestias). Buscar y pagar a mi ginecóloga porque mi periodo se estaba volviendo cada vez más doloroso; pagar más estudios que no encontraron nada significativo, salvo que sí había infección de vías urinarias; más medicamentos caros que tampoco mejoraron mi dolencia, y el consuelo de mi ginecóloga porque yo estaba vacunada contra el virus del papiloma humano y no podía darme cáncer. 

    Corte a… la siguiente visita con mi ginecóloga resulta que tengo cáncer del endocervix, muy probablemente a causa de que me dio covid unos años antes y este virus también vino a botar muchas enfermedades. Mi ginecóloga me remite a un gineconcólogo que me explicó por qué era urgente hacerme una histerectomía radical y, en tres semanas ya estaba en el quirófano de un hospital privado pagando una cirugía en la que mi hermana y yo dejamos nuestros ahorros sin que pudieran quitar el tumor. Y justo ahí comienza mi peregrinar en los hospitales del ISSSTE, en el momento exacto en que caigo en la cuenta de que no podré seguir pagando el servicio privado donde las cuentas suben rápidamente hasta el cielo. Pero al menos ya tengo un diagnóstico certero que puede agilizar las cosas. Eso fue en julio de 2024, hace casi un año. 

    A pesar de que en el hospital 20 de Noviembre me dijeron que qué me costaba esperar, si ahí había pacientes que llevaban más de seis meses en lista de espera y los tumores tardan mucho en crecer, resulta que yo soy ñoña-obsesiva y me puse a leer e investigar todo lo que pude; la importancia de actuar rápidamente contra el cáncer no radica en de qué tamaño es el tumor, sino en que las células malignas no migren a otros lugares. Primero logran instalarse en órganos aledaños, luego en otros más lejanos y, en ese caso, ya no hay mucho que hacer, la moneda está en el aire. 

    Al principio no quise que nadie se enterara de mi enfermedad, pero luego las cosas se fueron complicando, a estas alturas ya me vale quien lo pueda saber y lo que piense, la verdad; sólo voy por ahí como un Tamagochi intentando no morirme. Curiosamente, entre más lo cuento, parece que lo voy aceptando mejor y, al mismo tiempo, me doy chance de no vivirlo tan en soledad. En el hospital los doctores rara vez se saben mi nombre, en cada cita (si son atentos) leen mi expediente para recordar en qué vamos y quién soy. Para ellos ni siquiera soy un cuerpo, soy carne. Soy un carcinoma metastásico, cáncer del endocérvix etapa 4a o 3c, según les convenga; soy un conjunto de células enloquecidas por frenar. Soy trabajo por sacar, una queja por archivar. Soy un cangrejo más a punto de transitar a Surimi. Mi venganza es este montoncito de letras, el ruido de mis pinzas rascando en la arena.

  • Sobre las olas (malignas)

    Sobre las olas (malignas)

    4 de mayo de 2025

    Desperté recordando que el 9 de abril, hace casi un mes, tomé mi última quimioterapia. En ese momento no sabía que era la última, Mioncóloga Maravillosa me lo dijo hasta el miércoles siguiente y me puso un cóctel intravenoso de medicamentos que me permitieran resistir mejor mi última radioterapia. Me acordé de que el día que inicié este ciclo fue muy diferente al anterior. Lo noté desde que me sentaron en el ya conocido y desconchavado reposet azul marino. Esta vez no me estaba muriendo de tristeza ni tenía miedo, estaba más recuperada de todos los duelos que cargo. Los enfermeros que me tocaron ahora eran muy agradables: una mujer y un hombre. Ella era la famosa Querubines, a quién no se me hizo conocer en diciembre porque estaba de vacaciones, pero todos los pacientes preguntaban por ella; el enfermero tiene otro nombre, pero por alguna razón, en mi mente siempre fue Iván, cómo mi difunto primo. Será porque hace muchas bromas, es noble y simpático, o simplemente porque extraño a Iván y quisiera que me acompañara al hospital como siempre hacía cuando alguien de la familia estaba hospitalizado. O todo junto. 

    -Saludos hasta el cielo, mi querido Dr. House! 

    A mi primo le pusimos así porque se cayó de un andamio y adoptó un bastón para apoyar su pata mala. 

    -’Ira! ¡Te las curas! -casi que le oigo decir y me da mucha risa.

    -¡Recio, prima, recio! (ja, ja, ja)

    Iván Elenfermero también era gracioso. Un día yo estaba sentada mirando el pasillo donde está la entrada a la sala de tratamiento, pegados a la pared están los muebles donde reciben a los pacientes, allí preparan la venoclisis y estacionan los Tesla que nos ayudan a ir al baño, debido a ello el paso se hace más estrecho en ese punto, justo al centro estaba parado Iván con su traje blanco impoluto, a su derecha sobre una silla vieja, reposa una imagen religiosa y en la pequeña bocina (donde el turno de la mañana nos pone música) sonaba música instrumental. Y en medio de todo el estrés, la prisa laboral, las agujas, los canalizaciones, el retraso infame de las mezclas, los pacientes, etc., Iván Elenfermero hizo algunos movimientos suaves, delicados, un brevísimo baile adecuado a la música, luego se detuvo alzando las manos hacia el cielo y dijo:

    -¡Cárgueme, jefe!

    Yo solté una carcajada, pero a Querubines, “la jefe”, no le hizo gracia. Ella es dulce, pero severa y disciplinada, cosa de formación, supongo. Tenía rato que quería escribir sobre ese momento porque no quiero que se me olvide que, a pesar de todo lo malo, uno no pierde la capacidad de reírse. Pero no había tenido tiempo ni ganas, me dolía la panza. 

    La verdad, me dio gusto pensar todo esto en pasado, abrir los ojos, ver la luz entrando por mi ventana, escuchar a el canto de las aves, las campanas de la iglesia, o bueno, de la grabación ésa con la que han sustituido las originales. Esto último decidí tomarlo como un buen presagio. Cuando se concluye el tratamiento oncológico se suele tocar una sola campana. Leí por ahí que es una tradición instaurada por un marino dado de alta. Yo no he terminado, lo sé, pero este periodo de tranquilidad se siente bien. 

    Hoy amanecí mejor, hasta hace dos días tuve un colapso intestinal, el estómago se daña muchísimo con la radio-quimioterapia, cualquier comida puede ser terrible, pero en especial aquella que es grasosa o irritante. Yo había comido buevito a la mexicana, ajá, algo así de sencillo me puso bastante mal. Pero ya estoy mejorcita. Ayer estuve muy inquieta, me dio amsiedá y decidí no entrar mucho a redes sociales, tengo mucho que hacer en mi nuevo hogar y me ocupé de eso casi todo el día para no pensar en que me volvió una ola del pasado, me leí en otra mujer (en Lau) y lloré de nuevo. Sentí mucha impotencia, tenía muchas ganas de escribirle, decirle que no estaba sola, que entendía su dolor, su desesperación, en fin, que tenía mi apoyo no sólo de palabra. Al final no lo hice porque no quise incomodarla.

    Las redes sociales son como Dr. Jekyll y Mr. Hide, dos caras de una misma moneda. Me da gusto (y no) que ya no sea 2019 y qué ahora la gente pueda darse el chance de cuestionar e incluso defender a un ser humano que aprecia, en medio de funas o calumnias. Es su derecho. Cuando se desató la gran ola del MeToo esto no era posible. Te llamaban “encubridora”, “hija del patriarcado”, “cuidapijas”, te cerraban espacios, te dejaban de hablar, te mandaban a leer feminismo, te eliminaban y bloqueaban, te miraban feo cuando te veían en la calle, gritaban asustados si te les acercabas en una fiesta, iban hasta tus redes sociales para exigirte que tú también le dieras la espalda al señalado, sin siquiera conocerte. No importaba el contexto, al centro de todo estaba la narrativa de «la víctima», su condición femenina: su vagina, su útero. Los miles de años en que otras mujeres hemos vivido la violencia y opresión del patriarcado. Eso son nos convertía en ángeles impolutos incapaces de mentir. Ahora me pregunto ¿Acaso yo no soy una mujer?

    Me da gusto que ya no sea 2019 (y no), veo a la gente que funaba pensando distinto, tomando otra actitud ante un linchamiento virtual. Me da gusto (y no) porque cada que se activan los mecanismos de la cancelación a mí me da amsiedá, porque la funa está hecha para reactivarse en cualquier momento, sin importar cuánto hayas cambiado, cuántas veces pierdas el trabajo, estés muy enfermo o de plano hayas muerto. También descubro con alegría (cada vez más) pensamiento crítico ante el escrache, lo malo es que tuvieron pasar varios años y otros conejillos destripados. El morbo del sexo y la injusticia despiertan la ira de la gente, activan la víscera y bloquean el pensamiento racional, la mayoría de la gente enojada quiere sangre, no palabras.

    Me da gusto (y a la vez no) que ya no sea 2019. Me da alegría ver que amigos se solidarizan para apoyar a un ser humano tan chido como Rafa, pero me da tristeza que en ese entonces yo estuviera prácticamente sola, pocos fueron los amigos que pusieron su hombro, otros más se fueron por miedo, por asco, por superioridad moral, no lo sé. La funa se extiende al menos unos 20 metros alrededor del señalado, así se supone que debe ser. Pasan los años y sigo sintiendo un vuelco en el estómago al tocar el tema, aunque cada vez es menos intenso. En aquel entonces terminé en urgencias por apendicitis. Un 31 de abril, pero de 2019, si no recuerdo mal. Aun así todavía hay quien se atreve a sostener que no pasó nada, que la funa ni sirve, que a nadie se le arruina la vida porque los vatos vuelven a tener trabajo. Pues ¿qué quieren? ¿Que los supuestos malos y su gente se mueran de hambre? Con razón existe algo como el maldito Estado de Israxl. Eso es fascista. La maldad, la pureza, etc., son construcciones muy subjetivas y peligrosas. El infierno siempre son los otros.

    Yo no fui la escracheada, yo no hice nada malo, mi pecado fue que no quise ser culera, que me negué a creer a ciegas porque eso va en contra de mí misma y de mi derecho a defenderme. No obstante, la oleada piroclástica de la funa me alcanzó de chicotazo. No pasó nada, pero me acuerdo de un largo periodo de no completar para la renta, ni para la comida; de tener que vender nuestros libros, de pedir dinero prestado… De estar harta de no pensar en otra cosa, de no poder quebrarme porque mi pareja estaba devastada. ¡Maldita costumbre mía de ser pobre porque quiero! Y de ser idealista y renunciar al poder, porque el poder corrompe (cuando no sabes qué hacer con tanto).

    -Yo no podría haber hecho eso- me dijo una vez una amiga feminista.

    Y yo no hubiera podido hacerlo de otro modo; no podría ver que alguien querido se queda en la calle y no ayudarlo. Tengo la mala costumbre de no poder mirar a otro lado cuando alguien la está pasando mal, menos si es injusto. Ahora lamento un poco haber metido tanto las manos porque todo se pudrió en esa relación, es muy difícil sostener un vínculo cuando uno está completamente roto. Dolió demasiado. Pero no quiero imaginar qué hubiera pasado. Esto fue horrible, pero también me dejó aprendizajes vitales, como que el que cuida no puede descuidarse a sí mismo, entre muchas otras cosas.

    También recuerdo no poder dejar esa relación porque se nos volvió codependiente, es el riesgo de ayudar en situaciones extremas. Me acuerdo del duelo interminable de lo que pudo ser, pero se chingó la rodilla, o más bien, nació con ella bien chingada. Es difícil abandonar la fantasía feliz. Yo quiero alejarme de todo ese desmadrito, pero siempre vuelve de una u otra forma, sigue quemando y yo sigo brincando como chapulín en el comal. 

    Ahora estoy enferma, creo que me merezco al menos un descanso, no estoy aquí para esperarlo, sino para tomarlo. Es mi vida y es mi derecho defenderla. Esto ya no es marzo de 2019, las vístimas (algunas) ya se volvieron celebridades del Twitter y la literatura, capitalizaron  sus historias, son famosas, son Escritoras, se rodean de otras celebridades y toman juntas su celular para publicar (al ritmo de 1, 2, 3) que juntas son jauría. Ah, bien! Yo sólo espero que sean felices, lo deseo de corazón. Porque quien está feliz y satisfecho con su vida no jode a otros.  

    Si eso para ellas es una forma de “justicia”, “reparación” “éxito” o similares, ¿qué puedo hacer? ¿Hablar de lo que no pude hablar entonces? ¿Para qué? ¿Para que no sigan dañando a otros? Me parece arriesgado, arriesgado y suficiente. A mí me pasaron por encima… pero afortunadamente ya pasó. Nosotros somos el pasado pisado. Me queda seguir disintiendo desde mi ya tradicional y peluseada posición, o sea: reposet azul, técito de tila en mano izquierda, chanwish de pechuga de pavo en mano derecha, mi blog pedorro que leen cuatro gatos, el consuelo de imaginar que la vida tiene ciclos chiquitos que se van cerrando y un buen vals de quinceañera ñera sonando en la bocina para decir agustamente:

    -¡Cárgueme, jefa!

    Al menos a alguien le sacaré una carcajada… y yo tendré la mini fiesta de renacimiento más mamalona del mundo.

  • Resistir es un poema

    Resistir es un poema

    16 de abril de 2025

    El lunes Doña Chinitoslindos terminó su radioterapia. Un día platicando nos dimos cuenta de que habíamos iniciado el mismo día, ella también tiene cáncer de útero, pero ese detalle lo había olvidado. Este personaje me llamó la atención porque, lugar donde se sentaba, hablaba y hablaba. Siempre he admirado la capacidad que tienen ciertas personas para no dejar un sólo hueco en la conversación. Cuando era niña (y adolescente) temía no poder decir algo interesante para los demás y optaba por quedarme callada. Al menos mientras agarraba confianza, cosa que me costaba mucha ansiedad y dermatitis.

    Vi llegar a Doña Chinitoslindos y me alegré de que se sentara al lado mío, porque me la agarré plática y plática. Yo ya había notado que siempre llegaba sola, pero no le había dado tanta importancia, hasta que me empezó a contar que cuando le hicieron la cirugía la pasó re mal, que su familia de una u otra forma había estado apoyándola, pero que todos tienen que trabajar y nos les dan permiso para acompañarla, aun así, su hermano le habla todos los día para saber cómo está. Y su vecina quiere saber todos los detalles de su pelo (ahora corto y chino), pero ella no quiere hablar de su vida privada con todo el mundo. 

    —Está bien —dije—, la verdad es que una en estas condiciones ni siquiera tiene ganas de dar explicaciones. Es bien doloroso. 

    —No, es que más bien esa señora es re chismosa. Luego mejor le tengo que decir que ya se vaya porque me siento mal y todavía me dice que soy una grosera —replicó. 

    «Pues así ni cómo, hay gente verdaderamente imprudente e insensible», pensé y decidí cambiar de rumbo la conversación.

    —Hoy es tu última, ¿cierto? —le pregunté.

    —Sí —me dijo. Y se le iluminó la cara con una sonrisa.

    A mí me dio gusto verla tan contenta, pero en eso me llamaron para pasar a la nave y ya no pude seguir charlando. Antes me dio una pulserita roja con una imagen de la virgen María, por si ya no me encontraba después. Le pedí a mi hermana que me la pusiera y entré a mi terapia. Al salir,  ahí seguía Doña Chinitoslindos, me dio tiempo de darle un abrazo bien fuerte. Estuvimos a punto de despedirnos las dos el mismo día, pero la nave que a mí me tocaba se averió en dos ocasiones. Entonces yo acabé hasta hoy y qué bueno. Porque si hubiera sido antes, no me habría dado tiempo de hacer mi regalo de despedida. 

    Me compré una camisa bien bonita para hoy, pues aunque esto no significa que “estoy limpia” de cáncer, ni me han dado de alta, sí representa el fin de un ciclo increíblemente traumático. Los miércoles eran siempre el día más pesado: en la mañana iba a consulta con Mioncóloga Maravillosa y de ahí me pasaba a la quimioterapia, lo cual podía durar horas y horas. Salía hecha mierda porque el cisplatino es más pesado que el carbo que me pusieron antes. Apenas me daba tiempo de comer cualquier cosa por ahí y regresar al hospital para recibir la radioterapia, dentro de otra espera que -aunque larga- siempre fue más breve. Un amigo me regaló unas libretas chiquitas para los pacientes, yo compré gomitas libres de azúcar y barritas de avena, jajaja… e imprimí una postal que yo misma hice con mis manitas. Tenía un par de imágenes lindas y varios códigos QR con información relevante para todo enfermo o cuidador de un paciente oncológico, música para la ocasión (porque yo no vivo sin un soundtrack) y por supuesto literatura, ajena, pero también propia. 

    No soy tanto de compartir eso porque nunca me he considerado tan buena escritora, pero estoy aprendiendo a hacerlo sin que me machaque demasiado la crítica malintencionada. Total, siempre habrá a quien le guste lo que una escribe y a quien no. Y está bien. Aunque en tiempos de cancelación todo puede pasar, da un poco de cusús. Pero si lo pienso bien, me la he pasado en la sombra, así que qué más me da a estas alturas, si por angas o mangas a alguien le da por “no recomendarme”. Seguiré escribiendo no por fama, sino por impulso vital. Lo verdaderamente importante es que todavía estoy viva, que respiro, que todavía encuentro cosas lindas en este mundo de mierda de las que agarrarme para resistir. 

    Importa que a pesar de que en los momentos de crisis hay gente y deseos que se pierden –no sin una estela de dolor–, también existen seres increíbles dispuestos a sostenerte. Honestamente, me sorprendió, la cantidad de amigos y conocidos que pusieron su ayuda a mi disposición, sobre todo porque algunos suelen estar poco presentes y aun así respondieron, incluso mejor que mi familia, jajaja. Que también reacciona, pero a su modo y sus posibilidades. Pero no me quiero envenenar por eso.

    Me queda claro que algo he hecho bien a lo largo de 39 años, muchas estupideces también, seguro, pero elijo creer que pesa más lo que conscientemente he decidido construir. Yo, como Doña Chinitoslindos, suelo ser medio solitaria (antes más que ahora), mi familia es muy seca y distante, parejas las escojo igual (siempre metidas en su rollo) y por eso ya mejor safo. Si a eso le sumamos que me cuesta mucho pedir ayuda o comunicar adecuadamente mis necesidades –porque a veces ni yo sé lo que quiero– pues con frecuencia termino estando sola por pendeja y no por decisión. En esta vida nunca se deja de aprender y ahora me toca hacerlo a la mala.

    Hoy cuando me despedí de la sala de radioterapia quería decir algo bonito y no llorar, pero me chingué la rodilla. En cuanto abrí la boca caí en la cuenta de lo difícil que había sido llegar hasta este momento, hasta este lugar. Y que en el camino se quedó mi sobri, mi “gran baile inolvidable», como diría el Bad Bunny. Exploté llorando todo lo que me guardé en meses para poder seguir funcionando y mantenerme viva, no sin la culpa de seguir aquí y él no. No sin la culpa de haberme ido ese día temprano a mi tratamiento y no poder quedarme otro rato a estar con él. No puedo evitarlo, todavía no sé cómo. Mi terapeuta dice que eso tiene un nombre: “la culpa del sobreviviente”. Paradójicamente, igual siento una necesidad de aprovechar cada minuto. Sé que a él no le gustaría verme así y me diría:

    —Estás tiste, Cecilla? Ya, ya, te perdono si quieres. —Me abrazaría con una palmadita en la espalda y me daría un besito. Era la persona más tierna y compasiva que he conocido. Mi persona favorita. 

    Para mi sorpresa este día ya no me pusieron quimio. Mioncóloga Maravillosa dijo:

    Se acabó la quimio por ahora, te vamos a poner un cóctel intravenoso para que aguantes bien tu última radio y nos vemos en 8 semanas.

    Me impresiona lo atenta y amable que es en comparación con otros médicos que me han tocado. Se agradece muchísimo no salir llorando por maltrato y frustración. De modo que no terminé TAN mal, pero en realidad se verá en los días posteriores. Con el primer ciclo de quimio, los estragos más fuertes se fueron saliendo un par de semanas después: pérdida casi total del cabello, parcial en cejas, pestañas y vello, neuropatías más marcadas, chao periodo menstrual, hola menopausia precoz: sofocos insoportables en cadena, desaparición casi total del llanto y ansiedad intensa sobre todo en las noches. 

    Tener una enfermedad como el cáncer te mueve toda la vida, nada de lo que tenía planeado para este año está saliendo como había planeado. El servicio médico del ISSSTE es completamente incierto, igual que mi cuerpo. Por primera vez en mi vida me entrego completamente al misterio; voy entendiendo que rezar sirve para navegar la oscuridad. La espiritualidad no es un faro, pero sí una estrella, te mira desde arriba, te grita un par de porras, te calma la mente. Y resistir es un poema, resistir es sacar del barco todo lo que estorba, no emprender batallas innecesarias, ahorrar energía, entrar en modo de supervivencia sabiendo que elegirás sólo lo que es mejor para ti, incluso si esto significa decir adiós.

    P.D.1. Mioncóloga Maravillosa tiene un proyecto de mandalas, te da una para que la ilumines mientras estás en la sala de espera, dado que uno puede pasar horas ahí. Se me ocurrió hacer un diseño ligeramente diferente que llevara la explicación de las mandalas y un código QR con el Padlet donde subo lo que escribo y los materiales que a mí me han servido para entender y tener los cuidados adecuados del cáncer. Yo sólo espero que a alguien más le pueda ser de utilidad.

    Mi diario del cáncer (tablero)

    P.D.2. Dije antes que hice una playlist para la ocasión, mis gustos son eclécticos, qué le va a una a hacer, ojalá alguien más conecte con algo de lo que hay aquí.

     Resistir es un poema (lista de reproducción)

  • La Academia me mordió… y le dí un periodicazo en el hocico

    La Academia me mordió… y le dí un periodicazo en el hocico

    14 de abril de 2025

    Escribo esto muy cansada de mi tratamiento médico y muy harta de las dinámicas de la Academia, pero también de las de redes sociales, donde cada vez quiero estar menos y construir otros espacios (como este blog), pero es difícil porque no tengo a mi disposición otros medios de comunicación y probablemente no los tendré nunca, ni sé si los quiero.

    Lleva varios días la polémica en torno a Margo Glantz, una persona que honestamente no me importa mucho, no soy su amiga, no fui su alumna, no me gusta su literatura, salvo un ensayo que escribió sobre Efrén Rebolledo, autor al que dediqué como diez años de estudio hasta que… la Academia me mordió, diría mi querida Grace. 

    Por esa razón, alguna vez le escribí a Margo Glantz, para pedirle que leyera mi tesis de maestría, pero después de hacerme algunas preguntas vía correo electrónico, dijo que no tenía tiempo. Una respuesta muy común de los académicos prestigiosos; es un secreto a voces que si no conoces a nadie y nadie te conoce, no eres nadie. Pertenecer a los cerrados círculos académicos (o culturales) implica aprender a dar bola a zapatos finos que nunca son de uno. 

    El líder académico es siempre brillante, siempre está en lo correcto, por más que te mantenga precarizado haciendo todo su trabajo con o sin una beca que no alcanza para nada, menos si tienes familia o estás enfermo. Todo sea por la añorada promesa de que algún día te ayudará a conseguir una plaza o al menos a publicar tu trabajo. A todos nos parece bien, así han sido siempre las cosas y uno no puede “saltarse las trancas”, como me dijeron alguna vez. 

    En los salones de clase los estudiantes siempre quieren estar cerca del académico, ser sus amigos, sus estudiantes dilectos, aspiran a ser como ellos, a que desde su pedestal éste les tire aunque sea una pequeña flor, están dispuestos a humillar a otros estudiantes que no resultaron ser tan brillantes a los ojos del líder. Están dispuestos a cerrar filas, porque “el que se mueve no sale en la foto” y todos quieren estar en ella, por más incómoda que sea la pose. 

    Tampoco es un secreto que cuando tienes un problema con algún líder académico se te van cerrando espacios, la cancelación lleva muchos años operando, sólo que no le llamábamos así, ni tenía alcances tan feroces. Sorprende que en tiempos de tanta deconstrucción y feminismo, no nos hayamos parado a analizar de qué maneras el campo cultural reproduce jerarquías y violencias incluso en los círculos más progres. Sorprende que en tiempos de tanto análisis, terminemos por no analizar nada y responder por mero impulso emocional. 

    Quienes nos dedicamos a la academia hemos estado aceptando condiciones de explotación, humillación y un sin fin de violencias más, donde nuestro trabajo nunca es suficiente y es necesario sentirse tonto todo el rato. ¿Y a cambio de qué? ¿De intercambiar roles de canela? Cuando estemos arriba (si un día lo logramos), vamos a volver a invisibilizar las condiciones de vida de cada estudiante, nos vamos a volver a burlar del que no tiene buena ortografía, del que no compró la edición del libro más cara, del que no sabe quién es tal o cual autor debido a la deprivación cultural. ¿Cuánto clasismo tenemos interiorizado a la hora de evaluar y ser evaluados? ¿Cuánto capitalismo-capacitismo tenemos arraigado a la hora de establecer entregas en serie? ¿Cuánta salud y cuánta vida estamos dispuestos a dejar en el camino con tal de pertenecer a una élite? ¿Ante cuánta violencia y maltrato más vamos a permanecer en silencio con tal de no meternos en problemas? (Y ya veremos el desmadre que se me va a armar con esto de estar enferma y no poder).

    Es curioso cómo en las redes se va banalizando todo, los que antes pedían cancelación y justificaban “todas las formas”, ahora no la quieren y piden “ternura radical”, por ejemplo. Pero, desde mi punto de vista, son cosas bien diferentes. Una reconocida académica de una de las universidades más prestigiadas del país usó su posición y su visibilidad mediática para justificar el genocidio del pueblo palestino, tras lo cual un grupo de estudiantes que no tienen a su alcance todos los privilegios de la académica, irrumpieron en una conferencia donde ella se presentaba para desaprobar su postura política. Mi pregunta es: ¿Ante la brutal masacre de gente inocente, no tenemos derecho a protestar? La protesta no es “cancelación”. Protesta es justamente interrumpir para decir: “No estoy de acuerdo”. “Cancelar” en cambio implica, despedir, no contratar, no leer, no apoyar, no hablar, no invitar, no ser amigo de, ni de nadie que esté cerca de. Cancelar implica que se está manchado para siempre, sin importar cuánto te laves y cuánto te arrepientas; la cancelación no escucha, son esos audífonos que uno se pone para abstraerse del mundo y poder seguir viviendo en la misma mierda, pero sentir que ya no eres parte de ella. Si la cancelación recayera sobre Margo Glantz, tal vez, se detendría su carrera académica y la pasaría re mal, pero no se frena el geneciodio en Palestina. 

    Entonces insisto, una protesta no necesariamente es cancelación. Y la protesta es un derecho. Yo que siempre trato de no perder la ternura, me descubro en un dilema, sólo para reforzarme la idea de que la vida no sigue reglas definidas. La protesta no es bonita, no es cómoda y no tiene por qué serlo; mucho menos cuando va la vida propia o de otros de por medio. Lo sentimos, pero… si la academia te muerde, a veces no queda más que darle un periodicazo en el hocico. ¡Y que viva Palestina libre!

    P.D. Muchas gracias a Grace por todo el diálogo que ofrece en su maravilloso taller.

  • Rabia y ternura hasta la sepultura

    Rabia y ternura hasta la sepultura

    5-7 de abril de 2025

    No sé cómo explicar lo mal que me siento, no sé bien cómo narrar lo que me está tocando vivir, está lleno de claros y sombras. Pero yo quiero darle la vuelta al charco de la melancolía. Es lógico y esperable que uno piense “¿por qué a mí?”, pero yo no pienso ¿por qué a mí?, si no: ¿por qué otra pinche vez a mí?, si me he esforzado por desviarme del trágico camino familiar. Es una idea trillada, pero a veces sí pienso que cargamos con los traumas de nuestros ancestros; luego viene la epigenética y me dice que algo así más o menos; luego me acuerdo de que me pusieron los dos nombres de mis abuelas y siento que definitivamente sí. El cuerpo tiene memoria más allá de la propia piel.

    “Me acuerdo” es el famoso ejercicio literario que siempre ponen en los talleres de “vanguardia” y, curiosamente, siempre me cuesta trabajo elaborarlo. En vez de frases sencillas como: “me acuerdo de los gansitos congelados a la hora del recreo”; a mí me salen cosas tristes y complejas como: “Me acuerdo que mi padre no quería tener una niña más”; “me acuerdo que mi abuela renunció a la vida”; “me acuerdo que mi abuelo era borracho y golpeador”; “me acuerdo de que nunca me llevaban ni a fiestas infantiles, ni a parques, ni a jugueterías”; “me acuerdo que nunca me compraban tenis”, “me acuerdo que llevé a la secundaria la misma percudida chazarilla durante tres años”; “me acuerdo de que la tristeza era mi semblante habitual.” 

    Mi abuela Cecilia era depresiva, igual que yo. Mi abuela Isaura, en quien había pensado muy poco hasta ahora, murió de cáncer. Creo que ninguna de las dos llegó a los 50 años, por eso mi sueño es no morirme en al menos 10 años más. Mi mamá tiene hermosos 70 años, la he visto llorar mucho, pero también envejecer, jamás había percibido eso como algo tan bello. El tiempo bruñiendo la piel, un pétalo que cambia su color y su tersura. 

    A la vida se le da poner triple barra. Me siento como un tigre en carrera de salto; me pregunto cuántas veces seguidas puedo brincar sin que el agotamiento me tumbe o me enrede con mis patas. Imbricación es un término que anda dando vueltas en mi cabeza, lo toco con cuidado, lo observo, lo analizo. Pienso también en una frase de “las Tesis”/ Segato: “El Estado opresor… bla, bla, bla. Una letra tan viral y tan poco desmenuzada. ¿Qué significa en estos días el Estado? ¿Cómo y por qué oprime? ¿Reprime? ¿Transgrede límites? ¿Ignora cosas? ¿Aplasta?

    Desde que recibí mi diagnóstico de cáncer e ingresé al Servicio de Salud, empecé a tener sueños recurrentes sobre abuso sexual, no entendía bien por qué, hasta que me di cuenta de que estaba recibiendo demasiada violencia médica, desde la invasión de mi cuerpo, hasta el maltrato de mi salud mental. 

    Obviamente esto se ha abordado en terapia, Mibrillante Terapeuta ha estado formando hilos de miel en torno mío para sostenerme, incluso cuando floto. Teje una sólida red a base de paciencia y un vínculo profundo. Me queda claro que quien te ignora, quien no te conoce y a quien no le importas, no puede cuidarte. Lo curioso es que no hay una persona en específico a quien se pueda responsabilizar de toda la violencia  y maltrato que estoy recibiendo, es la precariedad, es el abandono en que ha caído el Sistema de Salud, es la Medicina… el Estado… una gran mano invisible aplastandome una y otra vez más. A mí y a muchos enfermos más. 

    La semana pasada nos suspendieron el tratamiento de radioterapia dos veces. El martes porque la máquina se averió y el viernes porque “se fue la luz”. Hasta parece que que me lo invento, pero el viernes esperé una hora con la vejiga llena. Cuando ya no podía más, me acerqué a preguntar si ya me tocaba pasar a la nave; justo cuando iba a abrir la puerta, me llamaron por el micrófono. Pasé, esperé a medio pasillo mientras el paciente anterior bajaba de la plancha, entré en cuanto salió, subí yo a la nave; pero justo cuando iba a despegar me pidieron que bajara y fuera al baño, algo que nunca había pasado. Cuando volví ya estaba otra persona dentro, me pidieron esperar en el vestidor y luego se fue la luz, las doctoras entraron corriendo a sacar a la señora, luego se fue la luz, y otra vez más. Caí en la cuenta de que esas tres máquinas trabajan todo el día, todos los días. 

    Fui nuevamente al baño porque mi vejiga ya no aguantaba más; cuando volví un doctor regresaba los carnets a toda la sala de espera; decía que la terapia se había cancelado porque la máquina no alcanzaba a funcionar con la planta de luz, que no había de qué preocuparse, que el lunes (hoy) continuaríamos y no pasaba nada. Yo respiré profundo, me senté e intercambié algunas opiniones con otra mujer, las dos habíamos notado que se habían estado tardando mucho en pasar a la gente, que cuando estaban los doctores de siempre todo parecía moverse más rápido y mejor, pero aquellos médicos estaban ahora de vacaciones y en su lugar había doctores jóvenes con ropa de colores, rosa y azul, para ser precisa. No dudo que sepan hacer su trabajo, pero la pericia de manejar aquellas máquinas en semejantes condiciones, se debe aprender con mucha práctica. 

    Hasta donde me di cuenta, nadie se quejó. Todos tomamos nuestro carnet y regresamos hoy, que afortunadamente fue un día bastante bueno; aunque me pone extremadamente ansiosa cada inicio de semana, empiezo a imaginarme qué se va a complicar esta vez, si la cantidad de pacientes, si un baño apestoso, si algún desajuste en la máquina, si la energía eléctrica, si el tráfico, si un cambio en el horario, si algún maltrato médico, si me de gripa, si me enfermo del estómago… o simplemente que todo el santo día me dan sofocos y siento que la piel de la espalda se me va a desprender. 

    Todo el fin de semana le estuve dando vueltas a cómo hacerme la vida grata a pesar de tanta mierda. Mibrillante Terapeuta me sugirió poner en una cajita todas las cosas que me dan calma y ya puse una loción de lavanda, un abanico, unos audífonos, una libreta y… ya no sé qué más poner. Se me ocurrió que esta semana comeré algo rico saliendo del hospital, de modo que si hay o no servicio, yo tengo un aliciente. También procuro arreglarme, de Anne Boyer aprendí que una nunca va a su tratamiento en fachas, aunque tampoco vestida de Madonna, es incómodo. Hoy antes de retirarme de la sala de espera me detuvo un señor, su esposa terminaba el tratamiento y nos dio a mi cuñada y a mí una bolsita de dulces. Tenía una tarjeta con un mensaje, cuando estuvimos en el auto con mi hermano se las leí en voz alta y se me quebró un poco la voz. Luego fuimos a comer algo rico, que tal vez me cueste un poco digerir. Inventé mi grito de guerra o algo así: ¡Rabia y ternura hasta la sepultura!

  • Burning down The Master´s House

    Burning down The Master´s House

    2 de abril de 2025

    Yo soy un pájaro al que le disparó el sistema, uno de muchos, por desgracia. No tenemos género, porque el género no existe, son los papás. Mi sangre alimentó lombrices y descubrí el modo de volver a la Vida como carne y como planta, como pinche flor en el asfalto embelesada con el cielo. Hoy fue un día durísimo, salí a las 8:30 de la mañana de casa de mis padres. El doble no circula nos jodió un poco los planes y tuvimos que maniobrar para tener un auto disponible, mi hermana de plano tuvo que irse al trabajo en camión, ni modo. Dos horas de ida y dos de regreso, más sus ocho horas de jornada laboral. ¿Han oído hablar del síndrome del burnout? A reserva de corroborar este dato, obtenido al vapor en Wikipedia, parece que no está reconocido en el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, aunque sí en el Europeo, de modo que quizá el servicio médico de Dinamarca sí, reconozca los “problemas asociados al empleo y el desempleo”, importantísimo para un gobierno preocupado por la clase trabajadora, que no desea sólo sonar bonito.

    Mi hermana es quien más y mejor me cuida, pero trabaja mucho. ¿Alguien quiere pensar en los cuidadores? Es pesado, es difícil, es estresante, es mal pagado o de plano no pagado, implica descuidar el propio trabajo, la vida, en fin… muchas cosas. Hoy no quise que me acompañara mi padre porque también tiene que descansar, de modo que me acompañó mi tía, lo cual implicó que no fuera a trabajar, y como ella no tiene un empleo “formal”, pues evidentemente si falta no hay problema, pero no le pagan; de modo que yo sí tengo que pagarle por su acompañamiento; es importante hacer acuerdos justos con quienes tienen la disposición de cuidarnos, porque no cualquiera lo hace, ni lo hace de buena gana, así sea tu familia o tus grandes amigues. El cuidador también deja algo en el camino y hay que buscar la forma de compensar, lo cual yo creo que no siempre tiene que ser precisamente dinero, ¿por qué queremos creer que todo se arregla facturando?

    Llegamos a las 9:23 al hospital, poquito más de media hora antes de que empezara la consulta, subimos al primer piso (Oncología Médica), había poca gente. Corrí a recargarme en la barra de recepción para esperar e interceptar a la enfermera de Mioncologa Maravillosa y avisarle que ya había llegado. Todas las enfermeras de los consultorios salen antes de las 10 de la mañana, con lista en mano, palomeando nombres de pacientes, si por alguna razón se te olvidó confirmar tu cita o no sabías que tenías que hacerlo, ya te metiste en un pedo. Que tiene solución, pero te vale un par de regaños. Con Misobrino Bebéhermoso aprendimos que es vital hablar con otros pacientes, te orientan, te apoyan, etc. Por eso no me pasó lo de la cita, pero lo he visto. 

    Fui la primera en pasar a consulta, Mioncologa Maravillosa es siempre impecable: nos recibe, nos invita sentarnos, presenta a su equipo de estudiantes, cada uno me explica algo diferente, me hacen una exploración general, me miden, me pesan, me preguntan cómo me he sentido, me hacen recomendaciones para las molestias de la radioquimioterapia, me preguntan si yo o mi acompañante tenemos alguna duda, si es así nos explican con mucha paciencia y claridad. Entre todos valoran mi estado de salud y, con base en mis estudios de laboratorio, me dicen si puedo pasar o no a mi quimioterapia. Hasta ahora no me han detenido, pero si hubiera algo “anormal” en los estudios, no podría pasar, sería exponer mi vida y arriesgarme a alguna complicación. 

    Salí del consultorio a las 10:20, aproximadamente, tardaron alrededor de una hora en llamarme a la Sala de Tratamientos (que está justo enfrente). En este ciclo de quimio, cuando me pasan a venoclisis primero me hidratan, Mioncologa Maravillosa me explicó que eso es necesario, ya que el Cisplatino es más agresivo con la función renal  y “el agua AGUA” ayuda al buen funcionamiento del riñón. Entonces, me hidratan, tomo mucha agüita simple, me como el lonche que me pone mi hermana y espero a que llegue mi medicamento desde el Centro de mezclas; cuando vemos llegar a Don Mezclitas (un señor con hielera), los pacientes nos ponemos recontentos, porque por lo regular, se tarda. 

    Alguna vez que ya estábamos desesperadas, a mi hermana y a mí nos explicaron que es así principalmente por dos cosas: falta de personal (cuando son vacaciones o hay algún evento con el Director General) o porque hacen malabares para evitar desperdiciar el medicamento, lo cual implica una organización tremenda. Hoy de plano, sí se pasaron de lanza. Entré a la Sala de tratamientos cerca de las 11:30, pero mi cisplatino llegó casi a las 3:00 p.m., salí a las 4:00. Mi tía y yo salimos corriendo para poder comer algo rapidísimo porque mi radioterapia era a las 4:45 p.m. Llegamos rayando. Extrañamente no había mucha gente, igual que en Oncología Médica, y el servicio ya se había reanudado, ¡por fortuna!

    Hoy tocó despedida. Una señora que vi varias veces en la sala tuvo su último día de tratamiento, una mujer alta y delgada, de “las gemelas”, les puse así en mi mente porque siempre iban juntas y se parecían mucho. Nunca tuve oportunidad de platicar con ellas, pero me daban mucha curiosidad. Cuando ella salió de la nave espacial, se puso en el centro de la sala para decir en voz alta que era su último día, que habían sido 35 radioterapias y otras cosas más, que fue muy difícil, pero que ya estaba dada de alta, que nos deseaba lo mejor y que no nos rindiéramos, luego sacó de una bolsa galletitas y botellas de agua, comenzó a repartirlas a todas las personas en la sala. Yo quería llorar, pero me aguanté. Eso sí, le di un abrazo y le deseé buen camino. 

    La primera vez que presencié cómo eran las despedidas de los pacientes, se me puso la piel chinita, porque una mujer muy joven, quizá un poco más que yo, llegó muy arreglada, y cuando salió nos compartió igual, que era su último día, nos regaló a todos una pulsera de San Benito. Yo siempre tan atea, he empezado a entender cosas importantes. Luego otra señora más hizo lo propio y nos regaló a todos una alegría. Yo ya sentía que era uno de los días más bellos de mi vida, porque no quedó ahí. Un señor de pelo cano, no se despidió todavía, pero nos leyó un texto que había escrito sobre lo que sintió al recibir el diagnóstico de cáncer, que se parece mucho a lo que yo experimenté: una sensación de flotar en algo raro, un miedo que te lleva a lugares en los que nunca habías estado antes. Hoy una de mis vecinas de quimio me dijo que ella nunca tuvo miedo, a mí me dio un poco de envidia. Ojalá que «la gemela» llegue con bien a casa y que el cáncer nunca vuelva a su cuerpo, lo deseo de todo corazón. 

    Audre Lorde en Los diarios del cáncer dijo que esta enfermedad trae a la persona una crisis de acuerdo a la vida que llevó. Yo he tenido varias epifanías, he aprendido a mirar la vida desde otro punto de vista, como dice Rafa Mondragón. Lamentablemente, las ideas no siempre se mueven del mismo modo en la cabeza, algunas están muy arraigadas. En el hospital, por ejemplo, siempre me dicen señora, algo que nunca me había pasado de esa forma; constantemente asumen que estoy casada, sospecho que es por mi edad y por mi cabello corto, pues esto no me pasaba tanto cuando tenía el cabello largo. No me molesta que me digan señora, me vale un poco, tampoco que ya me siente, porque en el hospital todos rogamos por una silla, pero sí al final si puede ser molesto que las ideas no se muevan ni un ápice y se asuma que la vida es de una sola manera.

    Hoy mientras esperaba en la puerta para pasar al baño, se acercó una persona y me preguntó si era la fila para el baño, le dije que sí y se formó detrás de mí, luego llegó una señora mayor, tratando como de no vernos a ninguna de las dos, hasta que finalmente nos preguntó si estábamos formadas. Dijimos que sí, pero no fue suficiente para la nueva, tuvo que preguntarle a la persona que estaba detrás de mí: ¿Pero que usted no es hombre? La verdad es que no pude evitar molestarme y sí le puse una jetota detrás de mi cubrebocas, le respondí: “Ella está formada y va a pasar”, a lo que la persona detrás de mí agregó: “Punto”. 

    No sé sí fue correcto que usara el pronombre “ella”, me sentí un poco idiota. Pero por qué seguimos creyendo que las personas se tienen que ver “como hombre” o “como mujer”, como si en vez de personas fuéramos galletas cortadas igualito. No, no somos galletas, aunque usted quiera verlas en todas partes. Por eso digo que el género son los papás más horrendos, siempre tratando de meter en cintura a todo el mundo. Cómo se viste, cómo camina, cuál es su preferencia sexual, ¡qué nos pinches importa! Ni siquiera creo que nuestra duda nos dé derecho hacer preguntas incómodas para los demás.

     Se abrió la puerta y yo me tuve que meter porque literal me estaba meando, pero alcancé a escuchar que la discusión no paró ahí, un hombre defendía a la señora mayor, argumentando que «le había preguntado bien», qué por qué se enojaba. El enojo marca un límite. No, no creo que la pregunta tuviera buenas intenciones, era totalmente innecesaria, sobre todo porque es un baño al que sólo puede entrar una persona a la vez. De todo esto, concluyo que Audre tenía razón, el cáncer trae la crisis de acuerdo a la vida que cada quién llevó. Tal vez también a los padres que cada quién tuvo y que nunca le dejaron ser.


    P.D. Se me ocurre que cómo ya hay estudios que demuestran que la contaminación no mejora con el Doble hoy no circula y además, coincidentemente, las dos veces que he ido al hospital en ese día, hay muy poca gente. Se podría crear una ley que permitiera hacer home office una vez a la semana de manera escalonada; se reduce el uso del auto, se agiliza el tráfico, la gente no pierde tiempo precioso en traslados, puede ver a sus hijos, NO SE LE EXTIENDE el horario laboral por ningún motivo. En fin, es una idea que se puede perfeccionar. Sigo pensando que hemos desaprovechado cosas importantes que nos fueron reveladas en pandemia. Pero pues hay que cuidar el dinero de los empresarios, verdá, siempre. Facturar, facturar.

  • Y no comieron perdices

    Y no comieron perdices

    1 de abril de 2024

    Desde el 10 de marzo de este año, mis martes empiezan a las 6:00 de la mañana, hay que salir a buena hora para no encontrar tanto tráfico porque acá, en el pueblo donde nací y he vivido casi toda mi vida, está todo lejos, incluso de la mano de Dios. Por esta zona no hay centros culturales, hay pocas escuelas, no hay cafeterías bonitas, no hay parques, ni se tapan los baches. 

    Llego al hospital ya medio fastidiada por el tráfico, me acompaña mi padre; yo cada vez tengo menos energía para manejar. Hacemos fila en el laboratorio, llenamos la hojita que nos dan. Después de media hora llegamos a la ventanilla, papá se va a sentar en el banquito de plástico que compramos para la ocasión, ya que nunca hay donde sentarse a esperar. Me imprimen mis etiquetas y me meto al laboratorio, ahí sí hay donde sentarse, pero sólo entran pacientes. Al fondo van las sillas de rueda, los demás estamos dispersos por todas partes. Espero al menos una hora y luego nos forman por múltiplos de 10; un doctor se encarga de esa organización, lo hace increíble y en aproximadamente 2 horas ya se atendieron como 350 pacientes. 

    Cuando me toca me sientan en una silla azul celeste, me amarran el brazo con una liga y me pinchan justo por encima de la sirena, nunca se me ocurrió pensar que tendría que hacerme los tatuajes en una zona que no tapara las venas, de hecho creo recordar que justo ésa fue mi intención en algún momento, porque no me gustaba verlas. Jamás me pasó por la cabeza que me tendrían que pinchar varias veces por semana. Hoy ya no me encontraron LA vena, pero si no se puede, siempre encuentran la forma, son verdaderos profesionales. 

    Salgo casi rayando las 9:00 de la mañana, con mucha hambre, desde que estoy en quimio siento que me voy a desmayar si no como en el momento justo en que siento el hueco en la panza. Para evitar esa sensación y llegar hasta la casa de mis padres, me compro un jugo de zanahoria afuera del hospital, tengo que buscar algo que no me caiga mal y es lo mejor que hay por ahí. 

    Caminamos al estacionamiento, pagamos los 80 varos de rigor, me subo al carro y empiezo a sudar, bajo la ventana y asomo la cabeza como un perrito hasta que mi temperatura vuelve a su normalidad, la escena se repite varias veces durante todo el trayecto en que lo único que quiero es llegar a desayunar, bañarme y tomar una siesta. Todo el tiempo me quiero bañar o tomar una siesta, la menopausia era otra de las cosas que no me preocupaban, al menos no creí que tuviera que preocuparme por eso ahora. Pero es gacho, pegajoso, ansioso y gacho. 

    En la tarde hay que volver para la consulta con el radiólogo. ¡Otra vez el tráfico! Esta ciudad es cada día más caótica, a mí me gustaría tanto poder viajar en transporte público, pero viviendo en San Lejostolo es imposible, así viví 37 años de mi vida y no pienso volver a subirme a un camión de la ruta 43, no por clasismo, sino simplemente porque nadie debería padecer un servicio tan terrible; entre estos camiones y los de Tláhuac hacia Santa Ana Tlacotenco no sé qué es peor. Vivir en la periferia de la ciudad no debería significar estar lejos de todos los servicios públicos. Nos merecemos un transporte eficiente, de por sí tenemos que pasar 8 horas laburando, para todavía perder otras 4 de trayecto. ¡No es de Dios! A qué hora te haces de comer, ves a tus hijos, tienes tiempo de ocio, ¡DESCANSAS!

    Todo cuerpo necesita recuperarse para poder volver a moverse; a veces uno dice que no es máquina, pero hasta las máquinas se descomponen cuando no paran, y esto es justo lo que pasó hoy en radioterapia. Saliendo de mi consulta con el radiologo, bajé la escalerita hacia el búnker, toqué la puerta como de costumbre para dejar mi carnet, pero me detuvo el Señor Spock para decirme que hoy no habría viaje interestelar en la nave 2, que volviera al día siguiente. 

    Y pues ni hablar, me di vuelta, llevé mi hoja de incapacidad para que la autorizaran los Asistentes de dirección, y luego pudiera volver al consultorio del radiólogo a recibir otra hoja con 4 días de incapacidad. Este trámite me parece bastante engorroso, por cierto, pero tal vez así se aseguran de que los médicos no están expidiendo licencias médicas a lo estúpido. Porque si no es por eso, no veo el sentido de imprimir tanto papel y dar tantas vueltas. 

    Una vez sorteada toda la burocracia, pasé a hacer fila en la farmacia otra media hora. Y por fin regresé a casa, sin polvo de estrellas en mi ropa, pero sí polvo de carros en la jeta, porque el tráfico estaba cabrón. Menos que si hubiera tenido radioterapia, pero igual de consistente. Me enojé un poquito, pero pues luego pensé que ya me han tocado cosas peores, donde literal he salido llorando del hospital. Mejor ponerse feliz de volver al terruño, no a comer perdices, pero sí tostadas de atún con mi mamá y mi hermana.

  • DesearíaPoderDormirAsíDeRico

    DesearíaPoderDormirAsíDeRico

    Desearía poder dormir así de rico: sin cáncer. Desearía poder dormir; saber que mañana me puedo comprar un Ferrari, viajar a Japón, cambiar de auto, pagarme todos los talleres de creación que me gusten, pagarme un abogado, cambiarme la sangrx, la piel o el rostro, por pura vanidad. No, en realidad sólo quiero pagarme la radioterapia de un sólo tarjetazo, sin caer una deuda abismal.

    Desearía poder dormir así de rico: sin la preocupación constante de que en cualquier momento me puedo ir de este mundo y yo no quiero. Por primera vez en mucho tiempo, tengo muchas ganas de estar viva. Quiero ser “poeta de brocha gorda”; quiero trabajar en algo que me guste y no me haga llorar de impotencia un día sí y otro no; quiero ver a mis estudiantes graduarse (significa mucho); deseo terminar el doctorado (si algo me ha gustado siempre, ha sido estudiar y compartir lo que sé), en la escuela pública encontré el asombro, la libertad… y una fuerte pulsión de vida en medio de una historia familiar de terror. Antes no quería vivir, pero ahora quiero. Una suele pensar que la muerte todavía le queda lejos, pero nadie sabe eso. 

    He pensado incluso que hubiera sido mil veces mejor tener un hijo que tener cáncer [no olvidar que la QT es tan agresiva que se puede experimentar la menopausia anticipadamente, lo cual me está pasando].  Ya nadie quiere tener hijos porque estorban, no alcanza el dinero, una pierde “libertad”, etc. Pero recién me estoy dando cuenta de que es bonito compartir la vida con alguien a quien tienes que enseñar a volar. No es a huevo ser madre, pero tampoco no serlo. No hay un manual para lo que sí y lo que no.  O quizá soy sólo el cliché de la persona que quiere algo cuando no puede tenerlo. ¿Cómo saber? 

    Estoy descubriendo muchas partes de mí que nunca había dejado ser, y quiero que sean. Me entero que es bello ver más allá de una misma, apoyar a otres cuando se está un poquito más fuerte y viceversa. Pero también que es tranquilizador salir de un portazo cuando las cosas no son recíprocas, cuando engañan o manipulan; decidir no permanecer en batallas absurdas, economizar los esfuerzos. 

    Quisiera poder dormir así: tranquila. Pero llevo cinco meses esperando que el ISSSTE me dé mi tratamiento de radioterapia, me dicen que hay una lista de espera de “cuatrocientos” pacientes, yo estoy en el número 169 de gente que viene de todas partes del país a la Ciudad de México, pues es el único lugar (junto con Morelos) donde se brinda este servicio. Tener seguro es un candado para ir a otros hospitales públicos, se sabe; no tengo dinero para pagar un servicio privado, se sabe. Me dice la administración del hospital que los tumores tardan muchos años en crecer (lo cual no es del todo cierto), que qué me cuesta esperar un poco más, si hay gente que lleva más de seis meses en la dichosa lista. ¡Vaya consuelo! Me dicen que me consiga una psicóloga o una tanatóloga, porque el cáncer también es algo muy duro emocionalmente. 

    Mientras tanto, mi oncóloga que es toda buen corazón, me ofreció darme un ciclo de QT para tratar de contener la enfermedad, que no se ponga peor, puesto que si paso de la etapa 4, ya no hay una número 5 y tampoco muchas opciones. Significaría que el cáncer se esparció por otras partes de mi cuerpo, lejos de donde inició; en ese caso, no sólo es más complicado tratarlo, sino que nada garantiza la efectividad del tratamiento. 

    De modo que, en contradicción a lo que “me explicaron” los Asistentes de dirección del Hospital 20 de Noviembre, si pasa más tiempo, me están condenando a un milagro, porque además, con el cáncer nunca se sabe. Yo no quiero narrarme como una víctima, las enfermedades son cosas que pasan, no castigos divinos. Pero quiero vivir, para hacer poemas, para incursionar en el teatro, para seguir aprendiendo cosas.

    Todos los seres humanos tenemos derecho a la vida, a la salud, al trabajo digno, a la educación… Todos tendríamos que tener buenos servicios médicos y gratuitos. Todos deberíamos tener un salario digno, y no tener que lidiar con la burocracia y los malos tratos de algunos médicos o personal de salud. Todos deberíamos tener tantita madre. 

    Hay dos cosas en las que el Estado no debería escatimar: salud y educación. En cambio, tenemos rigurosos “planes de austeridad”, que curiosamente no se aplican a las campañas políticas. Insisto, todos deberíamos tener tantita madre. ¡Pero ay, nuestro Estado! Cada vez más neoliberal. Yo quisiera poder dormir así de rico: en completa calma; como duermen todos esos que desvían dinero público para comprarse un yate y luego hacen planas en sus diarios para convencerse de que merecen abundancia.

    Yo quería que mi enfermedad fuera algo más discreto, pero tengo tanto enojo e impotencia que necesito quejarme. Dice Audre Lorde en Los diarios del Cáncer: “El silencio no te protegerá”, y yo digo que es verdad. Además, tampoco tengo mucho más que perder. De por sí, la gente se aleja de los enfermos porque no tiene tiempo, no tiene ganas o simplemente no tiene la fuerza para estar. “Los amigos merman, los amantes huyen llevándose con ellos el más mínimo atisbo de posibilidad de volver a quererlos…” dice Anne Boyer, en Desmorir. Y sí. 

    Yo no tengo mi tratamiento; ni yo, ni “cuatrocientos” pacientes oncológicos más. Esos “cuatrocientos” deberíamos estar reunidos sobre avenida Félix Cuevas en plan de células malignas generando un tumor en el cuerpo de la Ciudad de México, a ver si nuestros gobernantes se empiezan a dar cuenta de que el cáncer te jode. Pero resulta que esos “cuatrocientos” estamos enfermos, estamos ocupados tratando de sentirnos mejor, no todos podemos salir a la calle, no todos vivimos en la Ciudad de México y no todos nos conocemos. 

    Por mi parte, ya puse quejas, por todos lados, ya contacté asociaciones, ya sólo me falta convocar a todas las células malignas a bloquear la vida laboral fuera del Hospital 20 de Noviembre, repartir volantes con el Artículo 4 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos a todos los transeúntes, saturar las redes sociales del Director General del ISSSTE, o qué sé yo. Pero tampoco tengo semejante súper poder de convocatoria y hay días en que estoy MUY cansada. 

    Desearía no estar TAN cansada, desearía no sentir TANTA impotencia. Desearía ser estridente. Desearía alargar el tiempo. Desearía ser peligrosa. Desearía ser poderosa. Pero no tengo los medios, ni los de producción, ni los de comunicación, ni mucho menos los económicos. Los otros pacientes y yo no somos más que “cuatrocientos” espartanos contra el enorme ejército de erguidos. Somos la rebaba de un capitalismo cada vez más voraz.