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Sobre las olas (malignas)

4 de mayo de 2025
Desperté recordando que el 9 de abril, hace casi un mes, tomé mi última quimioterapia. En ese momento no sabía que era la última, Mioncóloga Maravillosa me lo dijo hasta el miércoles siguiente y me puso un cóctel intravenoso de medicamentos que me permitieran resistir mejor mi última radioterapia. Me acordé de que el día que inicié este ciclo fue muy diferente al anterior. Lo noté desde que me sentaron en el ya conocido y desconchavado reposet azul marino. Esta vez no me estaba muriendo de tristeza ni tenía miedo, estaba más recuperada de todos los duelos que cargo. Los enfermeros que me tocaron ahora eran muy agradables: una mujer y un hombre. Ella era la famosa Querubines, a quién no se me hizo conocer en diciembre porque estaba de vacaciones, pero todos los pacientes preguntaban por ella; el enfermero tiene otro nombre, pero por alguna razón, en mi mente siempre fue Iván, cómo mi difunto primo. Será porque hace muchas bromas, es noble y simpático, o simplemente porque extraño a Iván y quisiera que me acompañara al hospital como siempre hacía cuando alguien de la familia estaba hospitalizado. O todo junto.
-Saludos hasta el cielo, mi querido Dr. House!
A mi primo le pusimos así porque se cayó de un andamio y adoptó un bastón para apoyar su pata mala.
-’Ira! ¡Te las curas! -casi que le oigo decir y me da mucha risa.
-¡Recio, prima, recio! (ja, ja, ja)
Iván Elenfermero también era gracioso. Un día yo estaba sentada mirando el pasillo donde está la entrada a la sala de tratamiento, pegados a la pared están los muebles donde reciben a los pacientes, allí preparan la venoclisis y estacionan los Tesla que nos ayudan a ir al baño, debido a ello el paso se hace más estrecho en ese punto, justo al centro estaba parado Iván con su traje blanco impoluto, a su derecha sobre una silla vieja, reposa una imagen religiosa y en la pequeña bocina (donde el turno de la mañana nos pone música) sonaba música instrumental. Y en medio de todo el estrés, la prisa laboral, las agujas, los canalizaciones, el retraso infame de las mezclas, los pacientes, etc., Iván Elenfermero hizo algunos movimientos suaves, delicados, un brevísimo baile adecuado a la música, luego se detuvo alzando las manos hacia el cielo y dijo:
-¡Cárgueme, jefe!
Yo solté una carcajada, pero a Querubines, “la jefe”, no le hizo gracia. Ella es dulce, pero severa y disciplinada, cosa de formación, supongo. Tenía rato que quería escribir sobre ese momento porque no quiero que se me olvide que, a pesar de todo lo malo, uno no pierde la capacidad de reírse. Pero no había tenido tiempo ni ganas, me dolía la panza.
La verdad, me dio gusto pensar todo esto en pasado, abrir los ojos, ver la luz entrando por mi ventana, escuchar a el canto de las aves, las campanas de la iglesia, o bueno, de la grabación ésa con la que han sustituido las originales. Esto último decidí tomarlo como un buen presagio. Cuando se concluye el tratamiento oncológico se suele tocar una sola campana. Leí por ahí que es una tradición instaurada por un marino dado de alta. Yo no he terminado, lo sé, pero este periodo de tranquilidad se siente bien.
Hoy amanecí mejor, hasta hace dos días tuve un colapso intestinal, el estómago se daña muchísimo con la radio-quimioterapia, cualquier comida puede ser terrible, pero en especial aquella que es grasosa o irritante. Yo había comido buevito a la mexicana, ajá, algo así de sencillo me puso bastante mal. Pero ya estoy mejorcita. Ayer estuve muy inquieta, me dio amsiedá y decidí no entrar mucho a redes sociales, tengo mucho que hacer en mi nuevo hogar y me ocupé de eso casi todo el día para no pensar en que me volvió una ola del pasado, me leí en otra mujer (en Lau) y lloré de nuevo. Sentí mucha impotencia, tenía muchas ganas de escribirle, decirle que no estaba sola, que entendía su dolor, su desesperación, en fin, que tenía mi apoyo no sólo de palabra. Al final no lo hice porque no quise incomodarla.
Las redes sociales son como Dr. Jekyll y Mr. Hide, dos caras de una misma moneda. Me da gusto (y no) que ya no sea 2019 y qué ahora la gente pueda darse el chance de cuestionar e incluso defender a un ser humano que aprecia, en medio de funas o calumnias. Es su derecho. Cuando se desató la gran ola del MeToo esto no era posible. Te llamaban “encubridora”, “hija del patriarcado”, “cuidapijas”, te cerraban espacios, te dejaban de hablar, te mandaban a leer feminismo, te eliminaban y bloqueaban, te miraban feo cuando te veían en la calle, gritaban asustados si te les acercabas en una fiesta, iban hasta tus redes sociales para exigirte que tú también le dieras la espalda al señalado, sin siquiera conocerte. No importaba el contexto, al centro de todo estaba la narrativa de «la víctima», su condición femenina: su vagina, su útero. Los miles de años en que otras mujeres hemos vivido la violencia y opresión del patriarcado. Eso son nos convertía en ángeles impolutos incapaces de mentir. Ahora me pregunto ¿Acaso yo no soy una mujer?
Me da gusto que ya no sea 2019 (y no), veo a la gente que funaba pensando distinto, tomando otra actitud ante un linchamiento virtual. Me da gusto (y no) porque cada que se activan los mecanismos de la cancelación a mí me da amsiedá, porque la funa está hecha para reactivarse en cualquier momento, sin importar cuánto hayas cambiado, cuántas veces pierdas el trabajo, estés muy enfermo o de plano hayas muerto. También descubro con alegría (cada vez más) pensamiento crítico ante el escrache, lo malo es que tuvieron pasar varios años y otros conejillos destripados. El morbo del sexo y la injusticia despiertan la ira de la gente, activan la víscera y bloquean el pensamiento racional, la mayoría de la gente enojada quiere sangre, no palabras.
Me da gusto (y a la vez no) que ya no sea 2019. Me da alegría ver que amigos se solidarizan para apoyar a un ser humano tan chido como Rafa, pero me da tristeza que en ese entonces yo estuviera prácticamente sola, pocos fueron los amigos que pusieron su hombro, otros más se fueron por miedo, por asco, por superioridad moral, no lo sé. La funa se extiende al menos unos 20 metros alrededor del señalado, así se supone que debe ser. Pasan los años y sigo sintiendo un vuelco en el estómago al tocar el tema, aunque cada vez es menos intenso. En aquel entonces terminé en urgencias por apendicitis. Un 31 de abril, pero de 2019, si no recuerdo mal. Aun así todavía hay quien se atreve a sostener que no pasó nada, que la funa ni sirve, que a nadie se le arruina la vida porque los vatos vuelven a tener trabajo. Pues ¿qué quieren? ¿Que los supuestos malos y su gente se mueran de hambre? Con razón existe algo como el maldito Estado de Israxl. Eso es fascista. La maldad, la pureza, etc., son construcciones muy subjetivas y peligrosas. El infierno siempre son los otros.
Yo no fui la escracheada, yo no hice nada malo, mi pecado fue que no quise ser culera, que me negué a creer a ciegas porque eso va en contra de mí misma y de mi derecho a defenderme. No obstante, la oleada piroclástica de la funa me alcanzó de chicotazo. No pasó nada, pero me acuerdo de un largo periodo de no completar para la renta, ni para la comida; de tener que vender nuestros libros, de pedir dinero prestado… De estar harta de no pensar en otra cosa, de no poder quebrarme porque mi pareja estaba devastada. ¡Maldita costumbre mía de ser pobre porque quiero! Y de ser idealista y renunciar al poder, porque el poder corrompe (cuando no sabes qué hacer con tanto).
-Yo no podría haber hecho eso- me dijo una vez una amiga feminista.
Y yo no hubiera podido hacerlo de otro modo; no podría ver que alguien querido se queda en la calle y no ayudarlo. Tengo la mala costumbre de no poder mirar a otro lado cuando alguien la está pasando mal, menos si es injusto. Ahora lamento un poco haber metido tanto las manos porque todo se pudrió en esa relación, es muy difícil sostener un vínculo cuando uno está completamente roto. Dolió demasiado. Pero no quiero imaginar qué hubiera pasado. Esto fue horrible, pero también me dejó aprendizajes vitales, como que el que cuida no puede descuidarse a sí mismo, entre muchas otras cosas.
También recuerdo no poder dejar esa relación porque se nos volvió codependiente, es el riesgo de ayudar en situaciones extremas. Me acuerdo del duelo interminable de lo que pudo ser, pero se chingó la rodilla, o más bien, nació con ella bien chingada. Es difícil abandonar la fantasía feliz. Yo quiero alejarme de todo ese desmadrito, pero siempre vuelve de una u otra forma, sigue quemando y yo sigo brincando como chapulín en el comal.
Ahora estoy enferma, creo que me merezco al menos un descanso, no estoy aquí para esperarlo, sino para tomarlo. Es mi vida y es mi derecho defenderla. Esto ya no es marzo de 2019, las vístimas (algunas) ya se volvieron celebridades del Twitter y la literatura, capitalizaron sus historias, son famosas, son Escritoras, se rodean de otras celebridades y toman juntas su celular para publicar (al ritmo de 1, 2, 3) que juntas son jauría. Ah, bien! Yo sólo espero que sean felices, lo deseo de corazón. Porque quien está feliz y satisfecho con su vida no jode a otros.
Si eso para ellas es una forma de “justicia”, “reparación” “éxito” o similares, ¿qué puedo hacer? ¿Hablar de lo que no pude hablar entonces? ¿Para qué? ¿Para que no sigan dañando a otros? Me parece arriesgado, arriesgado y suficiente. A mí me pasaron por encima… pero afortunadamente ya pasó. Nosotros somos el pasado pisado. Me queda seguir disintiendo desde mi ya tradicional y peluseada posición, o sea: reposet azul, técito de tila en mano izquierda, chanwish de pechuga de pavo en mano derecha, mi blog pedorro que leen cuatro gatos, el consuelo de imaginar que la vida tiene ciclos chiquitos que se van cerrando y un buen vals de quinceañera ñera sonando en la bocina para decir agustamente:
-¡Cárgueme, jefa!
Al menos a alguien le sacaré una carcajada… y yo tendré la mini fiesta de renacimiento más mamalona del mundo.
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Resistir es un poema

16 de abril de 2025
El lunes Doña Chinitoslindos terminó su radioterapia. Un día platicando nos dimos cuenta de que habíamos iniciado el mismo día, ella también tiene cáncer de útero, pero ese detalle lo había olvidado. Este personaje me llamó la atención porque, lugar donde se sentaba, hablaba y hablaba. Siempre he admirado la capacidad que tienen ciertas personas para no dejar un sólo hueco en la conversación. Cuando era niña (y adolescente) temía no poder decir algo interesante para los demás y optaba por quedarme callada. Al menos mientras agarraba confianza, cosa que me costaba mucha ansiedad y dermatitis.
Vi llegar a Doña Chinitoslindos y me alegré de que se sentara al lado mío, porque me la agarré plática y plática. Yo ya había notado que siempre llegaba sola, pero no le había dado tanta importancia, hasta que me empezó a contar que cuando le hicieron la cirugía la pasó re mal, que su familia de una u otra forma había estado apoyándola, pero que todos tienen que trabajar y nos les dan permiso para acompañarla, aun así, su hermano le habla todos los día para saber cómo está. Y su vecina quiere saber todos los detalles de su pelo (ahora corto y chino), pero ella no quiere hablar de su vida privada con todo el mundo.
—Está bien —dije—, la verdad es que una en estas condiciones ni siquiera tiene ganas de dar explicaciones. Es bien doloroso.
—No, es que más bien esa señora es re chismosa. Luego mejor le tengo que decir que ya se vaya porque me siento mal y todavía me dice que soy una grosera —replicó.
«Pues así ni cómo, hay gente verdaderamente imprudente e insensible», pensé y decidí cambiar de rumbo la conversación.
—Hoy es tu última, ¿cierto? —le pregunté.
—Sí —me dijo. Y se le iluminó la cara con una sonrisa.
A mí me dio gusto verla tan contenta, pero en eso me llamaron para pasar a la nave y ya no pude seguir charlando. Antes me dio una pulserita roja con una imagen de la virgen María, por si ya no me encontraba después. Le pedí a mi hermana que me la pusiera y entré a mi terapia. Al salir, ahí seguía Doña Chinitoslindos, me dio tiempo de darle un abrazo bien fuerte. Estuvimos a punto de despedirnos las dos el mismo día, pero la nave que a mí me tocaba se averió en dos ocasiones. Entonces yo acabé hasta hoy y qué bueno. Porque si hubiera sido antes, no me habría dado tiempo de hacer mi regalo de despedida.
Me compré una camisa bien bonita para hoy, pues aunque esto no significa que “estoy limpia” de cáncer, ni me han dado de alta, sí representa el fin de un ciclo increíblemente traumático. Los miércoles eran siempre el día más pesado: en la mañana iba a consulta con Mioncóloga Maravillosa y de ahí me pasaba a la quimioterapia, lo cual podía durar horas y horas. Salía hecha mierda porque el cisplatino es más pesado que el carbo que me pusieron antes. Apenas me daba tiempo de comer cualquier cosa por ahí y regresar al hospital para recibir la radioterapia, dentro de otra espera que -aunque larga- siempre fue más breve. Un amigo me regaló unas libretas chiquitas para los pacientes, yo compré gomitas libres de azúcar y barritas de avena, jajaja… e imprimí una postal que yo misma hice con mis manitas. Tenía un par de imágenes lindas y varios códigos QR con información relevante para todo enfermo o cuidador de un paciente oncológico, música para la ocasión (porque yo no vivo sin un soundtrack) y por supuesto literatura, ajena, pero también propia.
No soy tanto de compartir eso porque nunca me he considerado tan buena escritora, pero estoy aprendiendo a hacerlo sin que me machaque demasiado la crítica malintencionada. Total, siempre habrá a quien le guste lo que una escribe y a quien no. Y está bien. Aunque en tiempos de cancelación todo puede pasar, da un poco de cusús. Pero si lo pienso bien, me la he pasado en la sombra, así que qué más me da a estas alturas, si por angas o mangas a alguien le da por “no recomendarme”. Seguiré escribiendo no por fama, sino por impulso vital. Lo verdaderamente importante es que todavía estoy viva, que respiro, que todavía encuentro cosas lindas en este mundo de mierda de las que agarrarme para resistir.
Importa que a pesar de que en los momentos de crisis hay gente y deseos que se pierden –no sin una estela de dolor–, también existen seres increíbles dispuestos a sostenerte. Honestamente, me sorprendió, la cantidad de amigos y conocidos que pusieron su ayuda a mi disposición, sobre todo porque algunos suelen estar poco presentes y aun así respondieron, incluso mejor que mi familia, jajaja. Que también reacciona, pero a su modo y sus posibilidades. Pero no me quiero envenenar por eso.
Me queda claro que algo he hecho bien a lo largo de 39 años, muchas estupideces también, seguro, pero elijo creer que pesa más lo que conscientemente he decidido construir. Yo, como Doña Chinitoslindos, suelo ser medio solitaria (antes más que ahora), mi familia es muy seca y distante, parejas las escojo igual (siempre metidas en su rollo) y por eso ya mejor safo. Si a eso le sumamos que me cuesta mucho pedir ayuda o comunicar adecuadamente mis necesidades –porque a veces ni yo sé lo que quiero– pues con frecuencia termino estando sola por pendeja y no por decisión. En esta vida nunca se deja de aprender y ahora me toca hacerlo a la mala.
Hoy cuando me despedí de la sala de radioterapia quería decir algo bonito y no llorar, pero me chingué la rodilla. En cuanto abrí la boca caí en la cuenta de lo difícil que había sido llegar hasta este momento, hasta este lugar. Y que en el camino se quedó mi sobri, mi “gran baile inolvidable», como diría el Bad Bunny. Exploté llorando todo lo que me guardé en meses para poder seguir funcionando y mantenerme viva, no sin la culpa de seguir aquí y él no. No sin la culpa de haberme ido ese día temprano a mi tratamiento y no poder quedarme otro rato a estar con él. No puedo evitarlo, todavía no sé cómo. Mi terapeuta dice que eso tiene un nombre: “la culpa del sobreviviente”. Paradójicamente, igual siento una necesidad de aprovechar cada minuto. Sé que a él no le gustaría verme así y me diría:
—Estás tiste, Cecilla? Ya, ya, te perdono si quieres. —Me abrazaría con una palmadita en la espalda y me daría un besito. Era la persona más tierna y compasiva que he conocido. Mi persona favorita.
Para mi sorpresa este día ya no me pusieron quimio. Mioncóloga Maravillosa dijo:
Se acabó la quimio por ahora, te vamos a poner un cóctel intravenoso para que aguantes bien tu última radio y nos vemos en 8 semanas.
Me impresiona lo atenta y amable que es en comparación con otros médicos que me han tocado. Se agradece muchísimo no salir llorando por maltrato y frustración. De modo que no terminé TAN mal, pero en realidad se verá en los días posteriores. Con el primer ciclo de quimio, los estragos más fuertes se fueron saliendo un par de semanas después: pérdida casi total del cabello, parcial en cejas, pestañas y vello, neuropatías más marcadas, chao periodo menstrual, hola menopausia precoz: sofocos insoportables en cadena, desaparición casi total del llanto y ansiedad intensa sobre todo en las noches.
Tener una enfermedad como el cáncer te mueve toda la vida, nada de lo que tenía planeado para este año está saliendo como había planeado. El servicio médico del ISSSTE es completamente incierto, igual que mi cuerpo. Por primera vez en mi vida me entrego completamente al misterio; voy entendiendo que rezar sirve para navegar la oscuridad. La espiritualidad no es un faro, pero sí una estrella, te mira desde arriba, te grita un par de porras, te calma la mente. Y resistir es un poema, resistir es sacar del barco todo lo que estorba, no emprender batallas innecesarias, ahorrar energía, entrar en modo de supervivencia sabiendo que elegirás sólo lo que es mejor para ti, incluso si esto significa decir adiós.
P.D.1. Mioncóloga Maravillosa tiene un proyecto de mandalas, te da una para que la ilumines mientras estás en la sala de espera, dado que uno puede pasar horas ahí. Se me ocurrió hacer un diseño ligeramente diferente que llevara la explicación de las mandalas y un código QR con el Padlet donde subo lo que escribo y los materiales que a mí me han servido para entender y tener los cuidados adecuados del cáncer. Yo sólo espero que a alguien más le pueda ser de utilidad.
Mi diario del cáncer (tablero)
P.D.2. Dije antes que hice una playlist para la ocasión, mis gustos son eclécticos, qué le va a una a hacer, ojalá alguien más conecte con algo de lo que hay aquí.
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La Academia me mordió… y le dí un periodicazo en el hocico

14 de abril de 2025
Escribo esto muy cansada de mi tratamiento médico y muy harta de las dinámicas de la Academia, pero también de las de redes sociales, donde cada vez quiero estar menos y construir otros espacios (como este blog), pero es difícil porque no tengo a mi disposición otros medios de comunicación y probablemente no los tendré nunca, ni sé si los quiero.
Lleva varios días la polémica en torno a Margo Glantz, una persona que honestamente no me importa mucho, no soy su amiga, no fui su alumna, no me gusta su literatura, salvo un ensayo que escribió sobre Efrén Rebolledo, autor al que dediqué como diez años de estudio hasta que… la Academia me mordió, diría mi querida Grace.
Por esa razón, alguna vez le escribí a Margo Glantz, para pedirle que leyera mi tesis de maestría, pero después de hacerme algunas preguntas vía correo electrónico, dijo que no tenía tiempo. Una respuesta muy común de los académicos prestigiosos; es un secreto a voces que si no conoces a nadie y nadie te conoce, no eres nadie. Pertenecer a los cerrados círculos académicos (o culturales) implica aprender a dar bola a zapatos finos que nunca son de uno.
El líder académico es siempre brillante, siempre está en lo correcto, por más que te mantenga precarizado haciendo todo su trabajo con o sin una beca que no alcanza para nada, menos si tienes familia o estás enfermo. Todo sea por la añorada promesa de que algún día te ayudará a conseguir una plaza o al menos a publicar tu trabajo. A todos nos parece bien, así han sido siempre las cosas y uno no puede “saltarse las trancas”, como me dijeron alguna vez.
En los salones de clase los estudiantes siempre quieren estar cerca del académico, ser sus amigos, sus estudiantes dilectos, aspiran a ser como ellos, a que desde su pedestal éste les tire aunque sea una pequeña flor, están dispuestos a humillar a otros estudiantes que no resultaron ser tan brillantes a los ojos del líder. Están dispuestos a cerrar filas, porque “el que se mueve no sale en la foto” y todos quieren estar en ella, por más incómoda que sea la pose.
Tampoco es un secreto que cuando tienes un problema con algún líder académico se te van cerrando espacios, la cancelación lleva muchos años operando, sólo que no le llamábamos así, ni tenía alcances tan feroces. Sorprende que en tiempos de tanta deconstrucción y feminismo, no nos hayamos parado a analizar de qué maneras el campo cultural reproduce jerarquías y violencias incluso en los círculos más progres. Sorprende que en tiempos de tanto análisis, terminemos por no analizar nada y responder por mero impulso emocional.
Quienes nos dedicamos a la academia hemos estado aceptando condiciones de explotación, humillación y un sin fin de violencias más, donde nuestro trabajo nunca es suficiente y es necesario sentirse tonto todo el rato. ¿Y a cambio de qué? ¿De intercambiar roles de canela? Cuando estemos arriba (si un día lo logramos), vamos a volver a invisibilizar las condiciones de vida de cada estudiante, nos vamos a volver a burlar del que no tiene buena ortografía, del que no compró la edición del libro más cara, del que no sabe quién es tal o cual autor debido a la deprivación cultural. ¿Cuánto clasismo tenemos interiorizado a la hora de evaluar y ser evaluados? ¿Cuánto capitalismo-capacitismo tenemos arraigado a la hora de establecer entregas en serie? ¿Cuánta salud y cuánta vida estamos dispuestos a dejar en el camino con tal de pertenecer a una élite? ¿Ante cuánta violencia y maltrato más vamos a permanecer en silencio con tal de no meternos en problemas? (Y ya veremos el desmadre que se me va a armar con esto de estar enferma y no poder).
Es curioso cómo en las redes se va banalizando todo, los que antes pedían cancelación y justificaban “todas las formas”, ahora no la quieren y piden “ternura radical”, por ejemplo. Pero, desde mi punto de vista, son cosas bien diferentes. Una reconocida académica de una de las universidades más prestigiadas del país usó su posición y su visibilidad mediática para justificar el genocidio del pueblo palestino, tras lo cual un grupo de estudiantes que no tienen a su alcance todos los privilegios de la académica, irrumpieron en una conferencia donde ella se presentaba para desaprobar su postura política. Mi pregunta es: ¿Ante la brutal masacre de gente inocente, no tenemos derecho a protestar? La protesta no es “cancelación”. Protesta es justamente interrumpir para decir: “No estoy de acuerdo”. “Cancelar” en cambio implica, despedir, no contratar, no leer, no apoyar, no hablar, no invitar, no ser amigo de, ni de nadie que esté cerca de. Cancelar implica que se está manchado para siempre, sin importar cuánto te laves y cuánto te arrepientas; la cancelación no escucha, son esos audífonos que uno se pone para abstraerse del mundo y poder seguir viviendo en la misma mierda, pero sentir que ya no eres parte de ella. Si la cancelación recayera sobre Margo Glantz, tal vez, se detendría su carrera académica y la pasaría re mal, pero no se frena el geneciodio en Palestina.
Entonces insisto, una protesta no necesariamente es cancelación. Y la protesta es un derecho. Yo que siempre trato de no perder la ternura, me descubro en un dilema, sólo para reforzarme la idea de que la vida no sigue reglas definidas. La protesta no es bonita, no es cómoda y no tiene por qué serlo; mucho menos cuando va la vida propia o de otros de por medio. Lo sentimos, pero… si la academia te muerde, a veces no queda más que darle un periodicazo en el hocico. ¡Y que viva Palestina libre!
P.D. Muchas gracias a Grace por todo el diálogo que ofrece en su maravilloso taller.
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Rabia y ternura hasta la sepultura

5-7 de abril de 2025
No sé cómo explicar lo mal que me siento, no sé bien cómo narrar lo que me está tocando vivir, está lleno de claros y sombras. Pero yo quiero darle la vuelta al charco de la melancolía. Es lógico y esperable que uno piense “¿por qué a mí?”, pero yo no pienso ¿por qué a mí?, si no: ¿por qué otra pinche vez a mí?, si me he esforzado por desviarme del trágico camino familiar. Es una idea trillada, pero a veces sí pienso que cargamos con los traumas de nuestros ancestros; luego viene la epigenética y me dice que algo así más o menos; luego me acuerdo de que me pusieron los dos nombres de mis abuelas y siento que definitivamente sí. El cuerpo tiene memoria más allá de la propia piel.
“Me acuerdo” es el famoso ejercicio literario que siempre ponen en los talleres de “vanguardia” y, curiosamente, siempre me cuesta trabajo elaborarlo. En vez de frases sencillas como: “me acuerdo de los gansitos congelados a la hora del recreo”; a mí me salen cosas tristes y complejas como: “Me acuerdo que mi padre no quería tener una niña más”; “me acuerdo que mi abuela renunció a la vida”; “me acuerdo que mi abuelo era borracho y golpeador”; “me acuerdo de que nunca me llevaban ni a fiestas infantiles, ni a parques, ni a jugueterías”; “me acuerdo que nunca me compraban tenis”, “me acuerdo que llevé a la secundaria la misma percudida chazarilla durante tres años”; “me acuerdo de que la tristeza era mi semblante habitual.”
Mi abuela Cecilia era depresiva, igual que yo. Mi abuela Isaura, en quien había pensado muy poco hasta ahora, murió de cáncer. Creo que ninguna de las dos llegó a los 50 años, por eso mi sueño es no morirme en al menos 10 años más. Mi mamá tiene hermosos 70 años, la he visto llorar mucho, pero también envejecer, jamás había percibido eso como algo tan bello. El tiempo bruñiendo la piel, un pétalo que cambia su color y su tersura.
A la vida se le da poner triple barra. Me siento como un tigre en carrera de salto; me pregunto cuántas veces seguidas puedo brincar sin que el agotamiento me tumbe o me enrede con mis patas. Imbricación es un término que anda dando vueltas en mi cabeza, lo toco con cuidado, lo observo, lo analizo. Pienso también en una frase de “las Tesis”/ Segato: “El Estado opresor… bla, bla, bla. Una letra tan viral y tan poco desmenuzada. ¿Qué significa en estos días el Estado? ¿Cómo y por qué oprime? ¿Reprime? ¿Transgrede límites? ¿Ignora cosas? ¿Aplasta?
Desde que recibí mi diagnóstico de cáncer e ingresé al Servicio de Salud, empecé a tener sueños recurrentes sobre abuso sexual, no entendía bien por qué, hasta que me di cuenta de que estaba recibiendo demasiada violencia médica, desde la invasión de mi cuerpo, hasta el maltrato de mi salud mental.
Obviamente esto se ha abordado en terapia, Mibrillante Terapeuta ha estado formando hilos de miel en torno mío para sostenerme, incluso cuando floto. Teje una sólida red a base de paciencia y un vínculo profundo. Me queda claro que quien te ignora, quien no te conoce y a quien no le importas, no puede cuidarte. Lo curioso es que no hay una persona en específico a quien se pueda responsabilizar de toda la violencia y maltrato que estoy recibiendo, es la precariedad, es el abandono en que ha caído el Sistema de Salud, es la Medicina… el Estado… una gran mano invisible aplastandome una y otra vez más. A mí y a muchos enfermos más.
La semana pasada nos suspendieron el tratamiento de radioterapia dos veces. El martes porque la máquina se averió y el viernes porque “se fue la luz”. Hasta parece que que me lo invento, pero el viernes esperé una hora con la vejiga llena. Cuando ya no podía más, me acerqué a preguntar si ya me tocaba pasar a la nave; justo cuando iba a abrir la puerta, me llamaron por el micrófono. Pasé, esperé a medio pasillo mientras el paciente anterior bajaba de la plancha, entré en cuanto salió, subí yo a la nave; pero justo cuando iba a despegar me pidieron que bajara y fuera al baño, algo que nunca había pasado. Cuando volví ya estaba otra persona dentro, me pidieron esperar en el vestidor y luego se fue la luz, las doctoras entraron corriendo a sacar a la señora, luego se fue la luz, y otra vez más. Caí en la cuenta de que esas tres máquinas trabajan todo el día, todos los días.
Fui nuevamente al baño porque mi vejiga ya no aguantaba más; cuando volví un doctor regresaba los carnets a toda la sala de espera; decía que la terapia se había cancelado porque la máquina no alcanzaba a funcionar con la planta de luz, que no había de qué preocuparse, que el lunes (hoy) continuaríamos y no pasaba nada. Yo respiré profundo, me senté e intercambié algunas opiniones con otra mujer, las dos habíamos notado que se habían estado tardando mucho en pasar a la gente, que cuando estaban los doctores de siempre todo parecía moverse más rápido y mejor, pero aquellos médicos estaban ahora de vacaciones y en su lugar había doctores jóvenes con ropa de colores, rosa y azul, para ser precisa. No dudo que sepan hacer su trabajo, pero la pericia de manejar aquellas máquinas en semejantes condiciones, se debe aprender con mucha práctica.
Hasta donde me di cuenta, nadie se quejó. Todos tomamos nuestro carnet y regresamos hoy, que afortunadamente fue un día bastante bueno; aunque me pone extremadamente ansiosa cada inicio de semana, empiezo a imaginarme qué se va a complicar esta vez, si la cantidad de pacientes, si un baño apestoso, si algún desajuste en la máquina, si la energía eléctrica, si el tráfico, si un cambio en el horario, si algún maltrato médico, si me de gripa, si me enfermo del estómago… o simplemente que todo el santo día me dan sofocos y siento que la piel de la espalda se me va a desprender.
Todo el fin de semana le estuve dando vueltas a cómo hacerme la vida grata a pesar de tanta mierda. Mibrillante Terapeuta me sugirió poner en una cajita todas las cosas que me dan calma y ya puse una loción de lavanda, un abanico, unos audífonos, una libreta y… ya no sé qué más poner. Se me ocurrió que esta semana comeré algo rico saliendo del hospital, de modo que si hay o no servicio, yo tengo un aliciente. También procuro arreglarme, de Anne Boyer aprendí que una nunca va a su tratamiento en fachas, aunque tampoco vestida de Madonna, es incómodo. Hoy antes de retirarme de la sala de espera me detuvo un señor, su esposa terminaba el tratamiento y nos dio a mi cuñada y a mí una bolsita de dulces. Tenía una tarjeta con un mensaje, cuando estuvimos en el auto con mi hermano se las leí en voz alta y se me quebró un poco la voz. Luego fuimos a comer algo rico, que tal vez me cueste un poco digerir. Inventé mi grito de guerra o algo así: ¡Rabia y ternura hasta la sepultura!
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Burning down The Master´s House

2 de abril de 2025
Yo soy un pájaro al que le disparó el sistema, uno de muchos, por desgracia. No tenemos género, porque el género no existe, son los papás. Mi sangre alimentó lombrices y descubrí el modo de volver a la Vida como carne y como planta, como pinche flor en el asfalto embelesada con el cielo. Hoy fue un día durísimo, salí a las 8:30 de la mañana de casa de mis padres. El doble no circula nos jodió un poco los planes y tuvimos que maniobrar para tener un auto disponible, mi hermana de plano tuvo que irse al trabajo en camión, ni modo. Dos horas de ida y dos de regreso, más sus ocho horas de jornada laboral. ¿Han oído hablar del síndrome del burnout? A reserva de corroborar este dato, obtenido al vapor en Wikipedia, parece que no está reconocido en el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, aunque sí en el Europeo, de modo que quizá el servicio médico de Dinamarca sí, reconozca los “problemas asociados al empleo y el desempleo”, importantísimo para un gobierno preocupado por la clase trabajadora, que no desea sólo sonar bonito.
Mi hermana es quien más y mejor me cuida, pero trabaja mucho. ¿Alguien quiere pensar en los cuidadores? Es pesado, es difícil, es estresante, es mal pagado o de plano no pagado, implica descuidar el propio trabajo, la vida, en fin… muchas cosas. Hoy no quise que me acompañara mi padre porque también tiene que descansar, de modo que me acompañó mi tía, lo cual implicó que no fuera a trabajar, y como ella no tiene un empleo “formal”, pues evidentemente si falta no hay problema, pero no le pagan; de modo que yo sí tengo que pagarle por su acompañamiento; es importante hacer acuerdos justos con quienes tienen la disposición de cuidarnos, porque no cualquiera lo hace, ni lo hace de buena gana, así sea tu familia o tus grandes amigues. El cuidador también deja algo en el camino y hay que buscar la forma de compensar, lo cual yo creo que no siempre tiene que ser precisamente dinero, ¿por qué queremos creer que todo se arregla facturando?
Llegamos a las 9:23 al hospital, poquito más de media hora antes de que empezara la consulta, subimos al primer piso (Oncología Médica), había poca gente. Corrí a recargarme en la barra de recepción para esperar e interceptar a la enfermera de Mioncologa Maravillosa y avisarle que ya había llegado. Todas las enfermeras de los consultorios salen antes de las 10 de la mañana, con lista en mano, palomeando nombres de pacientes, si por alguna razón se te olvidó confirmar tu cita o no sabías que tenías que hacerlo, ya te metiste en un pedo. Que tiene solución, pero te vale un par de regaños. Con Misobrino Bebéhermoso aprendimos que es vital hablar con otros pacientes, te orientan, te apoyan, etc. Por eso no me pasó lo de la cita, pero lo he visto.
Fui la primera en pasar a consulta, Mioncologa Maravillosa es siempre impecable: nos recibe, nos invita sentarnos, presenta a su equipo de estudiantes, cada uno me explica algo diferente, me hacen una exploración general, me miden, me pesan, me preguntan cómo me he sentido, me hacen recomendaciones para las molestias de la radioquimioterapia, me preguntan si yo o mi acompañante tenemos alguna duda, si es así nos explican con mucha paciencia y claridad. Entre todos valoran mi estado de salud y, con base en mis estudios de laboratorio, me dicen si puedo pasar o no a mi quimioterapia. Hasta ahora no me han detenido, pero si hubiera algo “anormal” en los estudios, no podría pasar, sería exponer mi vida y arriesgarme a alguna complicación.
Salí del consultorio a las 10:20, aproximadamente, tardaron alrededor de una hora en llamarme a la Sala de Tratamientos (que está justo enfrente). En este ciclo de quimio, cuando me pasan a venoclisis primero me hidratan, Mioncologa Maravillosa me explicó que eso es necesario, ya que el Cisplatino es más agresivo con la función renal y “el agua AGUA” ayuda al buen funcionamiento del riñón. Entonces, me hidratan, tomo mucha agüita simple, me como el lonche que me pone mi hermana y espero a que llegue mi medicamento desde el Centro de mezclas; cuando vemos llegar a Don Mezclitas (un señor con hielera), los pacientes nos ponemos recontentos, porque por lo regular, se tarda.
Alguna vez que ya estábamos desesperadas, a mi hermana y a mí nos explicaron que es así principalmente por dos cosas: falta de personal (cuando son vacaciones o hay algún evento con el Director General) o porque hacen malabares para evitar desperdiciar el medicamento, lo cual implica una organización tremenda. Hoy de plano, sí se pasaron de lanza. Entré a la Sala de tratamientos cerca de las 11:30, pero mi cisplatino llegó casi a las 3:00 p.m., salí a las 4:00. Mi tía y yo salimos corriendo para poder comer algo rapidísimo porque mi radioterapia era a las 4:45 p.m. Llegamos rayando. Extrañamente no había mucha gente, igual que en Oncología Médica, y el servicio ya se había reanudado, ¡por fortuna!
Hoy tocó despedida. Una señora que vi varias veces en la sala tuvo su último día de tratamiento, una mujer alta y delgada, de “las gemelas”, les puse así en mi mente porque siempre iban juntas y se parecían mucho. Nunca tuve oportunidad de platicar con ellas, pero me daban mucha curiosidad. Cuando ella salió de la nave espacial, se puso en el centro de la sala para decir en voz alta que era su último día, que habían sido 35 radioterapias y otras cosas más, que fue muy difícil, pero que ya estaba dada de alta, que nos deseaba lo mejor y que no nos rindiéramos, luego sacó de una bolsa galletitas y botellas de agua, comenzó a repartirlas a todas las personas en la sala. Yo quería llorar, pero me aguanté. Eso sí, le di un abrazo y le deseé buen camino.
La primera vez que presencié cómo eran las despedidas de los pacientes, se me puso la piel chinita, porque una mujer muy joven, quizá un poco más que yo, llegó muy arreglada, y cuando salió nos compartió igual, que era su último día, nos regaló a todos una pulsera de San Benito. Yo siempre tan atea, he empezado a entender cosas importantes. Luego otra señora más hizo lo propio y nos regaló a todos una alegría. Yo ya sentía que era uno de los días más bellos de mi vida, porque no quedó ahí. Un señor de pelo cano, no se despidió todavía, pero nos leyó un texto que había escrito sobre lo que sintió al recibir el diagnóstico de cáncer, que se parece mucho a lo que yo experimenté: una sensación de flotar en algo raro, un miedo que te lleva a lugares en los que nunca habías estado antes. Hoy una de mis vecinas de quimio me dijo que ella nunca tuvo miedo, a mí me dio un poco de envidia. Ojalá que «la gemela» llegue con bien a casa y que el cáncer nunca vuelva a su cuerpo, lo deseo de todo corazón.
Audre Lorde en Los diarios del cáncer dijo que esta enfermedad trae a la persona una crisis de acuerdo a la vida que llevó. Yo he tenido varias epifanías, he aprendido a mirar la vida desde otro punto de vista, como dice Rafa Mondragón. Lamentablemente, las ideas no siempre se mueven del mismo modo en la cabeza, algunas están muy arraigadas. En el hospital, por ejemplo, siempre me dicen señora, algo que nunca me había pasado de esa forma; constantemente asumen que estoy casada, sospecho que es por mi edad y por mi cabello corto, pues esto no me pasaba tanto cuando tenía el cabello largo. No me molesta que me digan señora, me vale un poco, tampoco que ya me siente, porque en el hospital todos rogamos por una silla, pero sí al final si puede ser molesto que las ideas no se muevan ni un ápice y se asuma que la vida es de una sola manera.
Hoy mientras esperaba en la puerta para pasar al baño, se acercó una persona y me preguntó si era la fila para el baño, le dije que sí y se formó detrás de mí, luego llegó una señora mayor, tratando como de no vernos a ninguna de las dos, hasta que finalmente nos preguntó si estábamos formadas. Dijimos que sí, pero no fue suficiente para la nueva, tuvo que preguntarle a la persona que estaba detrás de mí: ¿Pero que usted no es hombre? La verdad es que no pude evitar molestarme y sí le puse una jetota detrás de mi cubrebocas, le respondí: “Ella está formada y va a pasar”, a lo que la persona detrás de mí agregó: “Punto”.
No sé sí fue correcto que usara el pronombre “ella”, me sentí un poco idiota. Pero por qué seguimos creyendo que las personas se tienen que ver “como hombre” o “como mujer”, como si en vez de personas fuéramos galletas cortadas igualito. No, no somos galletas, aunque usted quiera verlas en todas partes. Por eso digo que el género son los papás más horrendos, siempre tratando de meter en cintura a todo el mundo. Cómo se viste, cómo camina, cuál es su preferencia sexual, ¡qué nos pinches importa! Ni siquiera creo que nuestra duda nos dé derecho hacer preguntas incómodas para los demás.
Se abrió la puerta y yo me tuve que meter porque literal me estaba meando, pero alcancé a escuchar que la discusión no paró ahí, un hombre defendía a la señora mayor, argumentando que «le había preguntado bien», qué por qué se enojaba. El enojo marca un límite. No, no creo que la pregunta tuviera buenas intenciones, era totalmente innecesaria, sobre todo porque es un baño al que sólo puede entrar una persona a la vez. De todo esto, concluyo que Audre tenía razón, el cáncer trae la crisis de acuerdo a la vida que cada quién llevó. Tal vez también a los padres que cada quién tuvo y que nunca le dejaron ser.
P.D. Se me ocurre que cómo ya hay estudios que demuestran que la contaminación no mejora con el Doble hoy no circula y además, coincidentemente, las dos veces que he ido al hospital en ese día, hay muy poca gente. Se podría crear una ley que permitiera hacer home office una vez a la semana de manera escalonada; se reduce el uso del auto, se agiliza el tráfico, la gente no pierde tiempo precioso en traslados, puede ver a sus hijos, NO SE LE EXTIENDE el horario laboral por ningún motivo. En fin, es una idea que se puede perfeccionar. Sigo pensando que hemos desaprovechado cosas importantes que nos fueron reveladas en pandemia. Pero pues hay que cuidar el dinero de los empresarios, verdá, siempre. Facturar, facturar. -
Y no comieron perdices

1 de abril de 2024
Desde el 10 de marzo de este año, mis martes empiezan a las 6:00 de la mañana, hay que salir a buena hora para no encontrar tanto tráfico porque acá, en el pueblo donde nací y he vivido casi toda mi vida, está todo lejos, incluso de la mano de Dios. Por esta zona no hay centros culturales, hay pocas escuelas, no hay cafeterías bonitas, no hay parques, ni se tapan los baches.
Llego al hospital ya medio fastidiada por el tráfico, me acompaña mi padre; yo cada vez tengo menos energía para manejar. Hacemos fila en el laboratorio, llenamos la hojita que nos dan. Después de media hora llegamos a la ventanilla, papá se va a sentar en el banquito de plástico que compramos para la ocasión, ya que nunca hay donde sentarse a esperar. Me imprimen mis etiquetas y me meto al laboratorio, ahí sí hay donde sentarse, pero sólo entran pacientes. Al fondo van las sillas de rueda, los demás estamos dispersos por todas partes. Espero al menos una hora y luego nos forman por múltiplos de 10; un doctor se encarga de esa organización, lo hace increíble y en aproximadamente 2 horas ya se atendieron como 350 pacientes.
Cuando me toca me sientan en una silla azul celeste, me amarran el brazo con una liga y me pinchan justo por encima de la sirena, nunca se me ocurrió pensar que tendría que hacerme los tatuajes en una zona que no tapara las venas, de hecho creo recordar que justo ésa fue mi intención en algún momento, porque no me gustaba verlas. Jamás me pasó por la cabeza que me tendrían que pinchar varias veces por semana. Hoy ya no me encontraron LA vena, pero si no se puede, siempre encuentran la forma, son verdaderos profesionales.
Salgo casi rayando las 9:00 de la mañana, con mucha hambre, desde que estoy en quimio siento que me voy a desmayar si no como en el momento justo en que siento el hueco en la panza. Para evitar esa sensación y llegar hasta la casa de mis padres, me compro un jugo de zanahoria afuera del hospital, tengo que buscar algo que no me caiga mal y es lo mejor que hay por ahí.
Caminamos al estacionamiento, pagamos los 80 varos de rigor, me subo al carro y empiezo a sudar, bajo la ventana y asomo la cabeza como un perrito hasta que mi temperatura vuelve a su normalidad, la escena se repite varias veces durante todo el trayecto en que lo único que quiero es llegar a desayunar, bañarme y tomar una siesta. Todo el tiempo me quiero bañar o tomar una siesta, la menopausia era otra de las cosas que no me preocupaban, al menos no creí que tuviera que preocuparme por eso ahora. Pero es gacho, pegajoso, ansioso y gacho.
En la tarde hay que volver para la consulta con el radiólogo. ¡Otra vez el tráfico! Esta ciudad es cada día más caótica, a mí me gustaría tanto poder viajar en transporte público, pero viviendo en San Lejostolo es imposible, así viví 37 años de mi vida y no pienso volver a subirme a un camión de la ruta 43, no por clasismo, sino simplemente porque nadie debería padecer un servicio tan terrible; entre estos camiones y los de Tláhuac hacia Santa Ana Tlacotenco no sé qué es peor. Vivir en la periferia de la ciudad no debería significar estar lejos de todos los servicios públicos. Nos merecemos un transporte eficiente, de por sí tenemos que pasar 8 horas laburando, para todavía perder otras 4 de trayecto. ¡No es de Dios! A qué hora te haces de comer, ves a tus hijos, tienes tiempo de ocio, ¡DESCANSAS!
Todo cuerpo necesita recuperarse para poder volver a moverse; a veces uno dice que no es máquina, pero hasta las máquinas se descomponen cuando no paran, y esto es justo lo que pasó hoy en radioterapia. Saliendo de mi consulta con el radiologo, bajé la escalerita hacia el búnker, toqué la puerta como de costumbre para dejar mi carnet, pero me detuvo el Señor Spock para decirme que hoy no habría viaje interestelar en la nave 2, que volviera al día siguiente.
Y pues ni hablar, me di vuelta, llevé mi hoja de incapacidad para que la autorizaran los Asistentes de dirección, y luego pudiera volver al consultorio del radiólogo a recibir otra hoja con 4 días de incapacidad. Este trámite me parece bastante engorroso, por cierto, pero tal vez así se aseguran de que los médicos no están expidiendo licencias médicas a lo estúpido. Porque si no es por eso, no veo el sentido de imprimir tanto papel y dar tantas vueltas.
Una vez sorteada toda la burocracia, pasé a hacer fila en la farmacia otra media hora. Y por fin regresé a casa, sin polvo de estrellas en mi ropa, pero sí polvo de carros en la jeta, porque el tráfico estaba cabrón. Menos que si hubiera tenido radioterapia, pero igual de consistente. Me enojé un poquito, pero pues luego pensé que ya me han tocado cosas peores, donde literal he salido llorando del hospital. Mejor ponerse feliz de volver al terruño, no a comer perdices, pero sí tostadas de atún con mi mamá y mi hermana.
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DesearíaPoderDormirAsíDeRico

Desearía poder dormir así de rico: sin cáncer. Desearía poder dormir; saber que mañana me puedo comprar un Ferrari, viajar a Japón, cambiar de auto, pagarme todos los talleres de creación que me gusten, pagarme un abogado, cambiarme la sangrx, la piel o el rostro, por pura vanidad. No, en realidad sólo quiero pagarme la radioterapia de un sólo tarjetazo, sin caer una deuda abismal.
Desearía poder dormir así de rico: sin la preocupación constante de que en cualquier momento me puedo ir de este mundo y yo no quiero. Por primera vez en mucho tiempo, tengo muchas ganas de estar viva. Quiero ser “poeta de brocha gorda”; quiero trabajar en algo que me guste y no me haga llorar de impotencia un día sí y otro no; quiero ver a mis estudiantes graduarse (significa mucho); deseo terminar el doctorado (si algo me ha gustado siempre, ha sido estudiar y compartir lo que sé), en la escuela pública encontré el asombro, la libertad… y una fuerte pulsión de vida en medio de una historia familiar de terror. Antes no quería vivir, pero ahora quiero. Una suele pensar que la muerte todavía le queda lejos, pero nadie sabe eso.
He pensado incluso que hubiera sido mil veces mejor tener un hijo que tener cáncer [no olvidar que la QT es tan agresiva que se puede experimentar la menopausia anticipadamente, lo cual me está pasando]. Ya nadie quiere tener hijos porque estorban, no alcanza el dinero, una pierde “libertad”, etc. Pero recién me estoy dando cuenta de que es bonito compartir la vida con alguien a quien tienes que enseñar a volar. No es a huevo ser madre, pero tampoco no serlo. No hay un manual para lo que sí y lo que no. O quizá soy sólo el cliché de la persona que quiere algo cuando no puede tenerlo. ¿Cómo saber?
Estoy descubriendo muchas partes de mí que nunca había dejado ser, y quiero que sean. Me entero que es bello ver más allá de una misma, apoyar a otres cuando se está un poquito más fuerte y viceversa. Pero también que es tranquilizador salir de un portazo cuando las cosas no son recíprocas, cuando engañan o manipulan; decidir no permanecer en batallas absurdas, economizar los esfuerzos.
Quisiera poder dormir así: tranquila. Pero llevo cinco meses esperando que el ISSSTE me dé mi tratamiento de radioterapia, me dicen que hay una lista de espera de “cuatrocientos” pacientes, yo estoy en el número 169 de gente que viene de todas partes del país a la Ciudad de México, pues es el único lugar (junto con Morelos) donde se brinda este servicio. Tener seguro es un candado para ir a otros hospitales públicos, se sabe; no tengo dinero para pagar un servicio privado, se sabe. Me dice la administración del hospital que los tumores tardan muchos años en crecer (lo cual no es del todo cierto), que qué me cuesta esperar un poco más, si hay gente que lleva más de seis meses en la dichosa lista. ¡Vaya consuelo! Me dicen que me consiga una psicóloga o una tanatóloga, porque el cáncer también es algo muy duro emocionalmente.
Mientras tanto, mi oncóloga que es toda buen corazón, me ofreció darme un ciclo de QT para tratar de contener la enfermedad, que no se ponga peor, puesto que si paso de la etapa 4, ya no hay una número 5 y tampoco muchas opciones. Significaría que el cáncer se esparció por otras partes de mi cuerpo, lejos de donde inició; en ese caso, no sólo es más complicado tratarlo, sino que nada garantiza la efectividad del tratamiento.
De modo que, en contradicción a lo que “me explicaron” los Asistentes de dirección del Hospital 20 de Noviembre, si pasa más tiempo, me están condenando a un milagro, porque además, con el cáncer nunca se sabe. Yo no quiero narrarme como una víctima, las enfermedades son cosas que pasan, no castigos divinos. Pero quiero vivir, para hacer poemas, para incursionar en el teatro, para seguir aprendiendo cosas.
Todos los seres humanos tenemos derecho a la vida, a la salud, al trabajo digno, a la educación… Todos tendríamos que tener buenos servicios médicos y gratuitos. Todos deberíamos tener un salario digno, y no tener que lidiar con la burocracia y los malos tratos de algunos médicos o personal de salud. Todos deberíamos tener tantita madre.
Hay dos cosas en las que el Estado no debería escatimar: salud y educación. En cambio, tenemos rigurosos “planes de austeridad”, que curiosamente no se aplican a las campañas políticas. Insisto, todos deberíamos tener tantita madre. ¡Pero ay, nuestro Estado! Cada vez más neoliberal. Yo quisiera poder dormir así de rico: en completa calma; como duermen todos esos que desvían dinero público para comprarse un yate y luego hacen planas en sus diarios para convencerse de que merecen abundancia.
Yo quería que mi enfermedad fuera algo más discreto, pero tengo tanto enojo e impotencia que necesito quejarme. Dice Audre Lorde en Los diarios del Cáncer: “El silencio no te protegerá”, y yo digo que es verdad. Además, tampoco tengo mucho más que perder. De por sí, la gente se aleja de los enfermos porque no tiene tiempo, no tiene ganas o simplemente no tiene la fuerza para estar. “Los amigos merman, los amantes huyen llevándose con ellos el más mínimo atisbo de posibilidad de volver a quererlos…” dice Anne Boyer, en Desmorir. Y sí.
Yo no tengo mi tratamiento; ni yo, ni “cuatrocientos” pacientes oncológicos más. Esos “cuatrocientos” deberíamos estar reunidos sobre avenida Félix Cuevas en plan de células malignas generando un tumor en el cuerpo de la Ciudad de México, a ver si nuestros gobernantes se empiezan a dar cuenta de que el cáncer te jode. Pero resulta que esos “cuatrocientos” estamos enfermos, estamos ocupados tratando de sentirnos mejor, no todos podemos salir a la calle, no todos vivimos en la Ciudad de México y no todos nos conocemos.
Por mi parte, ya puse quejas, por todos lados, ya contacté asociaciones, ya sólo me falta convocar a todas las células malignas a bloquear la vida laboral fuera del Hospital 20 de Noviembre, repartir volantes con el Artículo 4 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos a todos los transeúntes, saturar las redes sociales del Director General del ISSSTE, o qué sé yo. Pero tampoco tengo semejante súper poder de convocatoria y hay días en que estoy MUY cansada.
Desearía no estar TAN cansada, desearía no sentir TANTA impotencia. Desearía ser estridente. Desearía alargar el tiempo. Desearía ser peligrosa. Desearía ser poderosa. Pero no tengo los medios, ni los de producción, ni los de comunicación, ni mucho menos los económicos. Los otros pacientes y yo no somos más que “cuatrocientos” espartanos contra el enorme ejército de erguidos. Somos la rebaba de un capitalismo cada vez más voraz.
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Retrato de una señora sentada

Si usted todavía no tiene el gusto de conocerme, sepa que soy una mujer cerca de los 40, lo cual me da un poco igual, pero no dejo de notar los cambios que experimenta mi cuerpo. ¡El éxito empieza a los 40, baby! Luego de que ya sobreviviste al mundo culero que nos dejaron los reyes magos: no prestaciones, salarios miserables… ningún acceso a una casa propia… Sobra decir que el mío, mi éxito, no ha llegado. Me la paso valiendo verga un mes sí y otro no. Tampoco sé qué es o debería ser “el éxito”. Soy simpática, suelo caer bien, me encanta reír hasta llorar, decir tonterías en medio de cosas serias. Puedo hacer chistes en medio de un velorio y luego llorar otra vez a moco tendido. Así somos, así aprendió mi clan a sobrevivir en la tragedia. Es así y no voy a mentir para encajar.
Ciertamente, ya no tengo la mirada de mis quince, mis ojos pardos se han ido apagando, en el sentido más figurativo de la expresión. Soy gorda, como toda la gente simpática, o casi toda, el resto está amargada. En mi papada reposan un par de mejillas rosas, diría que fui bonita, ahora ya no tanto, los cuerpos grandes tienen una relación ingrata con la belleza. Pensándolo bien, sí estoy linda. Tengo lindurita en kilos, baby. Mi pelo era largo, oscuro como la noche, me gustaba llevarlo siempre recogido en un chongo, no sea que se me escaparan las pocas estrellas. Tengo los labios gruesos, naranjosos, la piel morena porque soy de la Costa Chica. Básicamente, podría ser la Fiona de los memes clasistas, pero no tengo la gracia de los ojos claros y detesto los pupilentes, a diferencia de las uñas y las pestañas [que amo]. La gente de salario miserable también tenemos derecho a establecer nuestros propios criterios estéticos. Ylaquesooooo!
Estoy sentada en un restaurante de comida rápida, mi gran trasero reposa sobre una silla más incómoda que una banqueta. Tengo enfrente una hamburguesa con queso, tocino, nuggets de ¿pollo?, papas fritas y unos hielos con Coca Cola. Nadie sabe cuándo se tendrá tanta hambre como para comer cualquier cosa. Sé que después voy a estar toda la semana forzando mi intestino a digerir la porquería, lo que no sé es cómo le gusta a la gente el refresco, es asqueroso: un golpe de azúcar en la boca. Las papitas están bien, cartón caliente con grasa suficiente para mantener vivo a un elefante, como yo. Trato de cuidar mi salud, fijarme en las calorías, las cantidades, los carbohidratos y la grasas. Pero mi hambre, mi hambre siempre obra en mi contra. Ya se sabe lo que dicen: “nunca vayas al súper cuando tengas hambre.”
Si esta noche no me sube el colesterol, por lo menos tendré una bella ansiedad de insomnio. Lo sé, pero tengo hambre. Tampoco voy a vomitar, pinche comida cara, salgo siempre hambrienta del trabajo y estoy haciendo tiempo para que el tráfico desaparezca. Respiro. Una canción suena a mis espaldas; la identifico, me gusta: “thunder only happens when it’s rainin’ / Players only love you when they’re playin…” Fleetwood Mac, baby! [¡Amo!]. Meneo la cabeza de un lado a otro mientras clavo mi mandíbula en una BBQ Bacon y le doy un sorbo a mis hielos con coca. Pienso: “yo también he sido este maldito vaso de cartón”.
Estoy sentada en medio de un huracán. Mi gran trasero no me alcanza para mantenerme firme sobre la tierra. Estoy luchando por mantenerme viva en un mundo que me parece cada vez más miserable. Me miento a mí misma cada mañana: que la poesía, que la escritura, que el arte, que la colectividad, que podemos hacer la vida mejor. En el fondo sé que el mundo es un gran Mc Donald´s. Trabajas todo el día, no vale la pena y nunca ves a nadie. Una tiene que tragarse toda la porquería ajena. Una se cansa de desobedecer tanto y tan mal. Siento que floto en un aire enrarecido. Mi cuerpo gordo es un globo rojo, el duelo de una niña que siempre quiso ser niño. Me elevo poco a poco hacia el cielo, bajo de nuevo, vacilo, o bacilo.
Estoy sentada en una biblioteca. Busco desesperadamente la forma de concentrarme, no me duele nada, tampoco tengo hambre, pero mi mente no se detiene un segundo. Afuera hay adolescentes gritando y jugando, tal vez sólo están dentro de mi cabeza. Quiero buscar cosas sobre infancias en la red o en las bases de datos, pero ni siquiera sé qué quiero encontrar exactamente, mi única certeza es que es urgente, a buena hora decidí volver a la escuela. Casi tengo 40 años y lo único que quisiera es volver a ser una niña, cambiarlo todo, cuidar de mí más y mejor. Si yo fuera mi hija, sería lo más importante, siempre, antes que todo lo demás. Salvo yo misma. Me protegería como una leona a su cachorro. Me abrazaría, me diría al oído justo lo que hoy le dije a Doroteo, mi sobri: “Tú eres lo más bello de este mundo, soy tan feliz de que hayas nacido. Feliz cumpleaños.”
Estoy sentada en la sala de un hospital. A las 7:43. Mi gran trasero descansa sobre una banca metálica más incómoda que una banqueta. Esta vez me he traído un cojín para ponerlo entre mis nalgas y el metal. También traje agua, un paquete de galletas y la chamba pendiente, porque hay que aprovechar que estaré aquí toda la tarde. Time is money, aunque el money nunca es para mí. Estoy contando los pacientes que hay además de mí. Estoy preguntando quién más viene con el Dr. CoronelHathi. Yo, que odio a los militares, me va a tocar darle gracias (o no) a un milico por salvarme la vida. Ironías de ayer y de hoy. Mi hermana y yo lo bautizamos CoronelHathi porque Doroteo ama el Libro de la selva. Cuando estoy en casa de ellos jugamos a marchar. Y decimos: Un, dos, tres, cuatro, con el un, dos, tres. ¡Frena cuando digan AAAAALLLTO! Estoy dando vueltas alrededor del pabellón porque ya me duele la espalda. Estoy escogiendo con quién voy a platicar, que me cuente cómo es (o fue) su enfermedad. Mujeres, casi siempre prefiero mujeres, suelen tener más presente los detalles y los números de teléfono útiles. Clichés de género de los que una puede sacar ventaja. Llegué a las 4:00 p.m., son las 9:00 p.m. y no me han pasado. ¡Qué mamada! Quiero largarme, quiero dejarme morir, patear todas las macetas del pasillo.
Estoy sentada en una silla, frente a un escritorio, estoy en la hermosa Ciudad Universitaria, dentro de la Biblioteca Central. Hoy es el día internacional de las bibliotecas; hoy volví a mi biblioteca favorita después de mucho tiempo. Me vi a mí, tiempo atrás, durante la licenciatura, me ví en otras caras; deseé como nunca volver a tener 19 y no tener miedo; y no haber estado tan triste; y no tener ansiedad social; y no temer intentar cosas nuevas; y no ser tan pinche narcisista. Es probable que ni siquiera hubiera terminado la carrera, pero me habría llevado las mejores experiencias de la vida. Hubiera tenido muchos novies; hubiera sacado mejores notas (o no, pero hubiera sabido que no pasa nada); hubiera ido a muchas fiestas, hubiera cantado, bailado y abrazado a más amigos; hubiera llorado menos por novios pendejos; hubiera pasado más horas en la biblioteca; hubiera recorriendo los pasillos con mi amiga K, siempre ñoñeando, eso sí que nos salía bien. Cuando una fue negada y menospreciada, busca la manera de compensar ese dolor con otras formas de reconocimiento.
Hoy cumplí una fantasía: subí y bajé varios pisos de la mano de K, al final pude darle las gracias por no soltarme en aquel tiempo tan difícil. Ella no lo sabe, pero su presencia en mi vida me sostenía de una forma muy importante. Nos despedimos en la entrada que da a la Facultad de Filosofía y Letras, en medio del Paseo Persa que volvió después de muchos años. Ella y yo siempre comprábamos chácharas ahí. Bueno, en realidad, sólo la acompañé a su salón y me fui. Tenía cita en el hospital. La abracé bien fuerte porque sabía que ya no volvería a verla. A veces no tenemos chance de una segunda oportunidad. Pero tampoco derecho a conservar el fantasma de algo que ya no quiso ser.
Estoy sentada en un restaurante de comida rápida. ¿Tiene unos minutos para hablar de Fleetwood Mac? Las canciones que me gustan me hacen pensar cosas. Voy al Mc Donald´s a pensar cosas. A atiborrarme de comida cara y mala. A esperar que pase el tráfico infernal para poder volver a casa. Una casa distante, fría y sola. Mi jacal de la locura, donde tengo mi propia historia personal de resplandores:
muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde… Siempre pienso en comer. Siempre tengo hambre. Siempre ese huequito para el postre.
Estoy sentada en mi auto, luchando contra el tráfico de una ciudad cada vez más caótica. Un motociclista chocó con una camioneta de lujo. Hay varias patrullas, nadie se ocupa de dirigir el tráfico. Todos los polis miran la escena del accidente con las manos en los bolsillos, salvo uno, que anota en una libreta y llama por radio. Las motonetas son el nuevo transporte de los jodidos, son baratas y gastan poca gasolina. Pero si chocas, lo más seguro es que valgas verga. Me pongo mal con estos accidentes, suelen ser chavos, muy chavos. Me da dolor de barriga y luego me da miedo ir a dormir. Está lloviendo, esto no va a terminar pronto. “Hoy llego casa más tarde, baby. No me esperes despierto” [Mandar a Gato Gordo].
Estoy sentada en mi propia “lujuria”, puedo ser el cliché de la latina fogosa, me acuerdo de la adrenalina, me acuerdo de la oxitocina, me acuerdo de las mariposas peristálticas, me acuerdo de nombres y apellidos. Pero no pienso pedir perdón por eso. Creo que a veces soy una equilibrista, camino sobre una cuerda nada más por la alegría de no caer. ¡Qué estúpida! Jugar con la pulsión de vida y muerte. Buscando el fuego del hogar, encontré fuegos fatuos. Yo nunca quise sentirme culpable, yo nunca quise sentirme culpable por disfrutar mi cuerpo, nadie debería arrepentirse por ser feliz. De lo que sí me arrepiento es de confiar, porque para mí siempre fue fácil hacerlo. Pero no se puede poner en otros el bienestar de una. “Nun-ca-de-bes-ir-al-sú-per-con-ham-bre”. Ok, esta vez, ustedes ganan. El agobio crece en mí como un cangrejo. Mi tormenta personal empieza en la voz de Stevie Nicks y termina con la noche estrellada de Patti Smith. Y ni siquiera fue tan divertido.
Estoy sentada en una camilla, me pongo la ropa. Acaban de revisarme una vez más. No fue agradable, cada vez lo es menos. Siento que vulneran mi cuerpo y mi fragilidad sin que yo pueda hacer nada al respecto. Estoy en sus manos, mi salud cuelga de su maldito estetoscopio. Lo saben, ¿será que hay algún placer perverso en ver a otro retorcerse como gusano en sal? Yo todavía no lo conozco. ¿Será que estar cerca de tanto dolor te cauteriza? La vida, esa cosa que uno nunca sabe cómo usar. Ese hilo que en mi caso es frágil como un cabello. ¡Dios, si me dejas vivir, juro que volveré a inventarte! Apiádate de esta gorda que no ha aprendido a decirle que no a un buen taco.
Estoy sentada en el asiento izquierdo de la camioneta. Papá y yo salimos corriendo del hospital. Son las 8:00 a.m. Siento que quiero volar como un calao azul. Doroteo ha sufrido un accidente. Llego tarde, lo alcanzamos en el hospital, otro hospital del otro lado de la ciudad, pero que funciona de maravilla. Tengo que esperar tres horas para que salga de cirugía. Entro a ver a mi hermana, ella revolotea desesperada alrededor de su nido, me siento completamente inutil, culpable, estúpida. Estamos sentadas en una banca metálica, más dura que la banqueta de la calle donde nos esperan nuestros padres. El doctor nos dice que podemos pasar a verlo. Nos explica la cirugía y nos informa que es hora de decir adiós. No entiendo nada, trato de poner atención porque mi hermana entiende menos, la tomo muy fuerte de la mano mientras involuntariamente se me salen las lágrimas. Necesito que sienta que estoy ahí para soportar la tormenta a su lado. Escucho todo el cristal de mi vida quebrarse en un segundo. Saco mi celular y pongo Hakuna Matata. Si usted, todavía no me conoce, soy gorda como un elefante, soy el elefante de El Pindal. Y sólo espero que alguien me diga dónde puedo sentarme.
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Un verano sintigo, sinmigo

«Esta es mi playa, este es mi sol»
Me gusta pensar musicalmente, suena mamón, pero la verdad es que es más trivial de lo que parece: a veces me da por escuchar mucho una canción y, de pronto, mientras me estoy haciendo el desayuno, escuchando y cantando la rola, digo: Salaverga! Qué mierda acabo de decir. A veces pienso que me entiendo en las canciones que me gustan, pero no siempre pongo atención; a lo largo de la vida, han sido cosas muy diferentes, que van desde Fey a Black Sabbath, pasando por Los Askis. Me encanta la playa, lo tenía que decir, si un lugar puede hacerme feliz, es el mar. Siempre el azul del agua, el ruido del viento que la mece, el movimiento que va y viene, el peso de mi cuerpo en la arena, toda esa postal de música del trópico.
Así, uno de esos días en los que me estaba armando un sandwich, puse el último disco del Bad Bunny y dije: “¡Ah, chinga, esto está buenísimo!” y empecé a escucharlo obsesivamente, una y otra vez; así será hasta que otro ritmo lo reemplace: Un verano sin ti, habla de la tecnología, de los cambios de la vida que se reflejan en las relaciones interpersonales, de selfies, de stalkeos, de Whats App, de los despojos modernos, de Puerto Rico… Habla del amor en el 2023, el amor que no quiere quedarse, el niño Cupido ya no confía en nadie. Ése es el amor “ultramoderno”, ése que confronta y desplaza a la tradición sólo por serlo, por vieja, por anticuada, por obsoleta, ni siquiera sabemos si acaso la revisa a fondo.
Cuando estudiaba publicaciones periódicas de principios de siglo XX, para hacer la tesis de maestría, me di cuenta de qué tanto (en la literatura como en los periódicos) había ideas importantes cuestionándose, todas ellas en torno a las relaciones interpersonales y a la Mujer Moderna, como se le llamaba en ese entonces. Yo no sé si eso haya pasado en nuestro México mágico tan mojigato, pero en un libro español sobre la Mujer Moderna, leí que las personas hacían algo llamado petting partys, que eran fiestas para fajar, es decir, pasársela rico sin penetración, por aquello de los embarazos. Además, había una consigna: ser más racional, controlar el arrebato de la pasión y el enamoramiento. Suena un tanto conservador lo que estoy diciendo y hasta yo misma me asusto de ello. Hay un signo de interrogación en mi mente.
En esos tiempos, en México, Hermila Galindo escribía en su discurso para el primer congreso feminista que la seducción y los embarazos no planeados eran un problema grave que había que atenderse. Digamos que era la Martha Lamas de entonces, buscando y defendiendo la salud sexual y reproductiva de las mujeres (que no condenando su sexualidad, mucho menos decidiendo por otras con quien había que desvestirse y con quien no. Cosa que pasa hoy en día).
No obstante, las señoras convocadas de ese entonces (sólo mujeres con estudios) se sacaron mucho de onda; pese a que Hermila, escribió con el nombre de dios en la pluma. Pero a lo que voy es que el disco de Bad Bunny habla de libertad sexual, de hacer lo que uno quiere, de encontrar alguien con quien se coge riquísimo, de alguien a quien no se puede olvidar, de amores fugaces, de la incapacidad de enamorarse, de gente a la defensiva porque le rompieron el corazón (y no sabe qué hacer con eso). En fin, el Conejo Malo representa la música de la urbe, que le dicen, de exótica urbe del Caribe. Una música que desciende a la pelvis, sacude socarrónamente la risa de los pueblos negros y orgininarios, aquel placer sexual que supieron esconder en los ritmos para que los españoles no se dieran cuenta de sus “porquerías”. Cómo ha cambiado el mundo, ahora volvemos a la libertad. ¿O no?
En estos días, hay que cuidar que el corazón no se quede, aunque paradójicamente, es cuando más se queda. El que se enamora pierde, es anticuado, sumiso, patriarcal… sobre todo si sólo se enamora de una persona, porque al final, queda la sensación de un montón de cosas que se pierden por elegir amar a sólo una persona. No dudo que haya culturas donde el poliamor haya sido algo más complejo, pero nosotros estamos lejos, o cheinmaimain! ¿Para quién se tienen tantas parejas sexuales? ¿Para nosotros mismos o para la mirada de los demás? Yo no sé si eso más bien habla de nuestra creciente incapacidad de vincularnos con otros, de verlos como lo que son: personas. Hay una parte innegable donde el cuerpo ejerce su voluntad, su “función”, deja fluir una oleada de hormonas encargadas de generar vínculos. ¿Qué será entonces la libertad sexual? ¿Cuál? ¿Cómo?
Y si el problema de la violencia de género, tan abrumador hoy en día, tuviera que ver más con los discursos “libertarios”: “No somos na’, pero estamos envuelto’ hace rato, Whatsapp sin el retrato, no guarda mi contacto”. Estoy tocando una fibra sensible, lo sé, pero a poco a usted no le enchila ser transparente para los demás? Sin embargo, es un ejercicio al que hombres y mujeres estamos muy habituados, a todo mundo le parece bien. A eso nos ha orillado el capitalismo, a vernos sólo como cuerpos, susceptibles de consumo, a estar en competencia constante, a pisar a quien sea para sobrevivir. No estoy justificando nada, por supuesto, pero a veces es indispensable llegar al piso de la alberca para saber cómo salir. Es urgente quebrar la tendencia de simplificar las ideas y armar recetas mágicas. La vida no es enumerable.
¿Y será también que reforzamos la idea machista de que los hombres deben tener muchas mujeres para reforzar su masculinidad? Ahora hasta la extendemos a las mujeres, ¿no? Porque ya no lloramos, ya no nos duele romper un proyecto de vida con una pareja, ¿cierto? Mejor vendemos el drama, nos hacemos tontas un rato y nos tragamos todo hasta que nos explota en la cara: “Se dejó del gato y tiene cinco de respuesto”. Me encanta Bad Bunny, pero no para escucharlo sólo Un ratito.
No sé si un día yo de verdad vaya a ser “escritora”, no sólo porque lidio con mis propios complejos, sino porque ni siquiera me gusta la palabra, todo lo que implica me genera un sentimiento ambigüo, por un lado, uno siempre quiere pertenecer a algún círculo, ser importante y eso, pero por otro, siento que quiero escupirle en la jeta a la gente que se piensa que es mejor que otra sólo porque “es más lista, más correcta, más preparada, hace más viajes, escribe más bonito, etc., etc.,”
La verdad es que tampoco me veo lamiendo los zapatos de nadie, ni fingiendo amistad con alguien sólo porque me publique un libro o me ayude a ser famosa. “Fama” no es sinónimo de talento, pero mucho menos de libertad. Yo lo que encuentro bello en escribir, es el poder pensar y además ponerlo guapo; y ya. Si a alguien más le gusta mi escritura y puede dialogar con ella, pues qué mejor. Pero eso no tiene nada que ver con que todo el mundo sepa quien soy, con que me “reconozcan” en la calle y mi ego se sienta henchido. A mí, el único reconocimiento que me entusiasma es el de ser persona, el de tener autonomía, inteligencia, pensamiento propio… ser valiosa e importante para las personas que están cerquita mío.
Ya llevo meses pensando en el “amor romántico”, en por qué no me gusta el concepto y me resulta incómodo. Creo que concederle la posibilidad de redención que también tiene, sí implica mucha ficción, pero desde esa perspectiva, una es autora de su propia historia, como me dijo una vez un amigo (al que recuerdo también con ambigüedad, porque fue el primero en convertirse en un “monstruo”; ése análisis no lo tengo elaborado, en ese momento creí lo que quise creer. Cerré capítulo de portazo y jamás me di el beneficio de volver a pensarlo, me fui, digamos, por la salida fácil).
Justo hoy, que caminaba a casa de mi mamá, me cayó el veinte de que reelaborar la historia para analizar lo que una tuvo de responsabilidad, no es una tarea psíquica sencilla, no cualquiera la hace, porque duele, duele darse cuenta de que en realidad no se es tan buena persona y una también hace chingaderas. Esto no significa que no haya cosas completamente fuera de nuestra responsabilidad. Hay matices.
Yo, por ejemplo, el día que pude salirme del ego y darme cuenta de que fui cruel con mi primer “marido”, lloré mucho. Y por cierto, cómo me molestaba esa palabra, por patriarcal, porque yo no creía en el matrimonio y la gente era pendeja porque no podía entender que una vivía con su wey y ya. Y que eso no significaba nada. Y repito: NO SIGNIFICABA NADA, porque una puede cogxr a diestra y siniestra sin brindarle siquiera un nombre y apellido a la persona con la que estuviste piel con piel.
¡Ah, cabrón! El día que yo vi a mi ex como una persona vulnerable y lastimada por mí, ese día, la vida me dio una cachetada. La verdad, no sé si actualmente le concedería algo al matrimonio, no lo he pensado, salvo el hecho de que uno se compromete en cuerpo y alma al vínculo que tiene con otra persona. Sin que eso garantice que dure toda la vida, al final, todos estamos expuestos a la torpeza, a la crueldad, a la violencia, por eso las cosas se rompen. Pero al menos como idea y sabiendo que lo es, una puede salvar algo del amor romántico: la posibilidad de inventarse el amor que mejor le acomoda, de pensar, aunque sea por un rato, que el otro es lo mejor del mundo, que juntos se hace magia.
Pero vuelvo a la autocrítica: No, no es un ejercicio mental fácil, no es rápido, no está en un manual, no se puede pagar para que pase o se adelante, llega cuando se le da la chingada gana, pero cuando llega, aunque llega de golpe, también libera. Una puede cargar varios kilos de roca y ni siquiera darse cuenta; el cuerpo soporta, como quien soporta todo el día una ropa que le va mal en un día nublado. Esto es mi propia teoría del Amor, soporten a una gata analfabeta que se les coló en la escuela. Una gata bajo la lluvia que maulla y merodea en las calles buscando tantito romance, conectar de manera profunda con otro gato y jurarnos amor eterno por el tiempo que nos dure. Yo no creo en Dios, pero creo en la Fantasía, en ese estado maravilloso donde se sueña despierta, el «Deidrim» que le dicen, en español sale algo como «ensoñación», pero no se oye tan chido, ¿cierto?

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Nuestros huecos de la mano

Para PJ Harvey que no me conoce, ni yo a ella.
A mi madre le acaban de diagnosticar esclerosis sistémica, una enfermedad que afecta la piel y le deforma las manos. Amo a mi madre, pero sus manos siempre me han parecido feas, son grandes y, cuando me acariciaba de niña, raspaban mucho. “Manos de lija”, le dije alguna vez. Y me respondió ufana que eran manos de trabajo y de cloro. De morrita, mi mamá me acarició con esas manos ásperas. Imagine el lector, cómo será que lo que se hizo para desollar un árbol, en vez de eso, decidió dar cariño a una pequeña mejilla humana.
No sé cuando le brotaron las bolas en los dedos, son grandes como canicas; tras la artritis su piel ahora es muy suave, se ha estirado tanto que parece una cubierta de plástico, hasta relamida por el calor de una secadora; brilla, parece una envoltura a punto de romperse. Pero no, mi mamá no se rompe, aunque por dentro le crezca el dolor, sigue teniendo la piel dura. El hueco de su mano le formó un caparazón, a diferencia de mí, que ya nací medio quebrada, como las tazas de barro que pese a los cuidados, llegan rotas. Yo nací con el hueco de la mano hacia arriba, en depresión, pidiéndole al mundo algo que ni yo sé qué es, pero insisto extendiendo la mano desde el suelo. Parece limosna, pero es más bien piedad, misericordia que me pido a misma, a mi cuerpo enfermo.
“Misericordia” es una palabra hermosa, viene de “miser”, como Cátulo: miserable, es decir, que está lejos del amor; de “cor”, “corazón” y de “dis”, “dar”. Al final, de algo sirve mal aprender latín, en cuanto la escribí caí en la cuenta de que era bastante metafórica y aunque no estaba segura, me pude hacer una idea que luego me confirmó San Google, con su infinita y retorcida sabiduría. Una busca cualquier palabra y el Interleph arroja una cantidad de resultados tan estúpida, como todas las cosas que asocia a partir de una “categoría de inteligencia artificial”. Lo que en gramática se llama, por ejemplo, sustantivo, en el mundo virtual, es un algoritmo, o algo así, no lo sé, da igual.
Cuando busco en mi mente “el algoritmo” para infancia, el primer recuerdo que aparece soy yo, recostada en una cama, mirando el techo, esperando oír la voz de mi mamá para llamarla, como no se escuchó ningún sonido fuera de la habitación, me quedé petrificada y llegó el recuerdo de lo que había soñado: Estábamos todos, mi papá, mi mamá y mis hermanos, nos mecíamos en unos columpios azules, estaban envueltos en plástico, como un invernadero. Poco a poco se iban yendo, uno por uno; me quedaba sola. De pronto, empecé a sentir como si una bola de chicle me creciera en la boca, hasta que casi no podía cerrar la mandíbula, me costaba masticar.
Tengo la sensación de que esa escena pasó más de una vez y que la voz de mi mamá siempre hizo desaparecer aquella protuberancia en mi boca. Ése es mi primer recuerdo de la consternación, de sentir lo terriblemente absurdo de estar viva… y sola, porque de qué sirve llorar, si nadie te escucha. Imagine el lector que la primera vez que siente miedo no hay nadie alrededor para explicarle un poco lo que siente y, mucho menos, para reconfortarle. Usted, se desborda. Pero no es culpa de su madre. ¿A quién le pueden dar ganas de criar un bebé más, después de hacerse cargo de siete hermanos y una madre?
Yo no sé en qué momento se formó el hueco de mi mano, no me di cuenta, no me dio tiempo, un día simplemente ya me faltaba algo y era una niña permanentemente triste, que no lo supo sino hasta que se sintió feliz, años después. A veces la enfermedad no existe hasta que una la nombra y como yo no la conocía, pues no podía nombrarla. Luego de eso, todo se hizo más claro. Entendí que ese clavo permanente en el pecho no era “normal”, que la taladrería diaria en la cabeza, no era “lo habitual”.
Yo no me reconocí en ese diagnóstico, me sentía una estafadora que sólo fingía para tener excusas, no creí que la cosa fuera tan grave, al final no me dolía nada, salvo el alma, y ésa ni se ve, ni se siente. O eso creía yo, hasta que entendí que el alma es el verdadero esqueleto del cuerpo, deja que te pase un mal pensamiento por la cabeza y verás cómo el pulso se te acelera o te duele la panza. Hay hilos invisibles que manejan nuestras vísceras, aunque usted no lo crea, aunque le parezca un lugar común.
Y hablando del vientre, a mí éste siempre me ha dado lata, no digiero las emociones y luego me duelen mucho por dentro. Cuando era adolescente hacía muchas tonterías, era como una necesidad absurda de hacerme notar, a pesar de que era extremadamente tímida; era una propensión tonta a buscar fugas, formas de no sentir esa tristeza permanente que no tenía motivo. Un día quise abrirme el abdomen, que saliera de una vez toda la mierda, estaba dispuesta a meter las manos con tal de sacar el clavo que me había tragado. Pero no, no pude ver nada, salvo el nuevo hueco que me hice en la panza.
La terapia y los medicamentos me salvaron, me volví una persona mucho más extrovertida, más segura, más lista, más feliz. Yo pensé que ahora sí me iba a comer el mundo, pero no. El mundo me comió a mí. Entonces vino la recaída y con ella los días más negros que he podido vivir, la enfermedad me mordió con todo su veneno. Vi derrumbarse un naipe tras otro y alguno de ellos me tumbó a mí. Ajá, esto es así, aunque me llene de vergüenza admitirlo. Porque qué perro oso ser una mujer sufriente, todo un dramón, un cliché. Se sabe que en tiempos feministas, las mujeres no lloran. Pues para mí nunca es así, quiero arrancarme el cuerpo para no sentir su peso, me estorba, me amarra a la tierra. Quiero ser ligera, volar, irme lejos, a donde mi mamá no se enferme, a donde ella no me exhiba de esa manera su mortalidad, a donde no le duela nada.
Tuve una segunda madre, hermana de mamá, un niño que me quiso mucho y yo a él; en el hueco de su mano puso una madeja, quiso prender con ella la llama de su vida, se quemó. Lo último que vi de ella fue su mano fría, tenía un tatuaje entre el índice y el pulgar, por más que intento, no puedo recordar el dibujo. Odio la sororidad de las monjas, que la dejaron morir en la banqueta por no traer dinero. ¿Quién piensa en monedas en medio de una emergencia? ¿Dios?
¿Ella? aparece todavía en mis sueños, está muerta, pero normal, viene a las reuniones familiares, vuelve de la sombra exclusivamente para eso, y yo la abrazo, le digo lo mucho que la quiero, que la extraño… y me tiemblan las piernas. Tengo su voz y su risa tatuadas en el hueco de la mano, son un par de campanitas. No recuerdo otra vez en que al llorar sintiera que me quedo vacía, o bueno sí. Hubo otra más, y me dieron un limón para que al olerlo absorbiera mi tristeza. Creo que no hay engaño más tierno [o cruel] que ése.
Cuando la tristeza se estancó, cuando se me quedó enquistada, cuando se escondió entre mis músculos, empecé a sentirme cansada, mi cuerpo se hizo pesado, subí unos kilos y deseaba solamente dormir. Me tragué todo lo que sentía para darle ánimos a otros, más frágiles que yo, al menos en ese momento. Por eso un día exploté, porque no sé digerir emociones y me reventó el apéndice. Una siempre quiere salvar a otros en lugar de a sí misma, parece más fácil. Una proyecta en otros lo que quisiera para sí.
Desde entonces todo se hizo más complicado, ya no entiendo nada, cada día siento que sé menos cómo enfrentarme a la melancolía, tengo periodos largos de estabilidad y otros que no puedo medir, me parecen eternos, me persiguen nuevos fantasmas que no había ni imaginado. Ya brinqué de terapia en terapia, ya cambié de medicamentos y el avance es siempre temporal. Estoy harta.
Tengo miedo del futuro de mamá; de que su ausencia me sea insuperable, tengo miedo de que sus manos sean en un futuro las mías, tengo miedo incluso de mis pensamientos… Pero nadie tiene revelados los secretos de este mundo. ¿Cierto? ¿Cómo se lee el hueco de una mano? ¿Como se leen las cartas del tarot?, ¿como se lee el café?, ¿como se lee un libro? ¿Una puede marcarse la piel con un resaltador? ¿Puede pasar las páginas sin entender lo que acaba de leer? Mejor aún, ¿cómo lee la mano? ¿Acariciando las cosas, metiendo los dedos en la herida? ¿Presionando las teclas de un ordenador? ¿La mano habla?, ¿la mano lee lo que los ojos no pueden, la piel siente lo que el cuerpo grita?
Mi cuerpo es mío, yo soy mía, pero cómo lo detesto cuando no me responde, cuando cae enfermo, cuando no quiere salir de la cama, cuando pesa, cuando se inflama, cuando duele, cuando sueña lo que no quiero soñar, cuando tengo hambre, cuando piensa lo que no quiero pensar más, cuando me tiemblan las manos, cuando se me cae la máscara. Sólo las yemas de mis dedos saben perfecto que esta soy yo, que somos nosotras.