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Romperlo todo

Una de las consignas que se escuchan en las marchas feministas (a las que yo solía asistir) es justamente “romperlo todo, quemarlo todo”. Por supuesto que ante un abuso, dan ganas de quebrar muchos huesos; pero otros movimientos sociales nos han enseñado que la violencia sólo fractura los puentes de comunicación y, más allá de ello, por noble que sea la causa, nada justifica poner en riesgo a otros que ni la deben, ni la temen. Por otro lado, sabemos que es una forma de llamar a los cuerpos policiales, siempre prestos para aporrear a todo manifestante que se les cruce en el camino, bajo el argumento de salvaguardar el orden.
Eso, o quizá, sólo sea que tengo una interpretación bastante pequebú de cómo deberían ser las cosas. Porque provenir de un barrio popular o de un pueblo originario, como es mi caso, no nos hace necesariamente conscientes de nuestras carencias, ni anula nuestras más profundas aspiraciones. Así que no perdamos de vista esta observación, para volver a ella en momentos pertinentes. Sin embargo, sigo creyendo que acción directa no siempre es igual a violentar por violentar. Imponer un centro especializado de atención a víctimas, me parece violento y directo, pero útil, mientras que otro tipo de acciones dejan mucho que pensar.
El martes 18 de octubre llegué temprano a mi trabajo, como todos los días. Había acordado un encuentro con la mamá de un estudiante para revisar su avance académico, nos encontrábamos los tres en mi cubículo cuando a lo lejos empezó a escucharse: “¡Alerta, alerta, alerta que camina…” No nos pareció extraño dado que es el pan de cada día en esta ciudad. Seguimos dialogando hasta que la señora mitigó todas sus dudas, entonces se despidió, agradeció la atención y se fue contenta hacia el cubículo de mi compañero de filosofía, para platicar sobre el mismo tema.
Me levanté de mi silla para ir a ver qué estaba pasando, pues el barullo había crecido; me asomé por la ventana y no vi nada, entonces caminé hacia el puente de cristal que une los edificios y da hacia la calle, directo a la entrada principal. Ahí me percaté de que había otros compañeros docentes mirando, además de algunos de estudiantes.
Un grupo de mujeres ajenas a la institución, seis exactamente, estaban armadas con palas y hachas, gritaban consignas y pedían que saliera “el director” de la escuela, porque a él, y a un supuesto violador, “les iban a cortar la verga”. “Ojalá que tengas hijas para que las violen”, también llegué a escuchar. Ni yo ni ninguno de mis compañeros sabíamos de qué estaban hablando, no estábamos al tanto de ninguna denuncia de abuso, pese a que nuestra comunicación con los estudiantes es muy estrecha y, como el plantel lleva apenas un año funcionando, somos pocos estudiantes y profesores.
De pronto, las muchachas comenzaron a golpear la puerta con una enorme piedra, hasta que rompieron la cadena y entraron literalmente a romperlo todo. Alumnos, docentes y demás trabajadores empezamos a movernos desesperadamente por todos lados, mientras ellas subían y bajaban por los edificios quebrando cristales e incendiando cosas; el terror se esparció con rapidez sin que nadie supiera qué hacer exactamente, nadie nos daba instrucciones, no llegaban autoridades de dirección general, no llegaban patrullas, nadie. Nos dejaron solos a nuestra suerte con un montón de menores de edad, que sólo atinaron a grabar lo que sucedía. Algunos estaban molestos y preguntaban por qué ese grupo de mujeres estaba destruyendo su escuela; una muchachita de unos 14 años, a mi lado, dijo: “Ya sé que me voy a morir, pero por favor, no así”. Volteé hacia ella y le dije que no le iba a pasar nada, que sólo teníamos que quitarnos de su camino y no provocarlas. Luego, entre toda la gente la perdí de vista.
Mientras las chavas desmadraban todo, yo sentía que quebraban muchas cosas que no son tan visibles, como por ejemplo, lo que representa destruir una escuela pública, una institución que le ha dado cobijo a un sector marginado: nuestros estudiantes son los que habitan las periferias de la ciudad, ésas donde los servicios públicos escasean, donde hay fuertes problemas de drogadicción, de violencia intrafamiliar, donde hay pocas escuelas y las que hay están igualmente abandonadas.
Sentí que se desmoronaba el único lugar donde muchas veces las y los estudiantes encuentran un respiro de todo lo que viven en sus casas. También sentí, que nos quitaban unas buenas (que no excelentes) condiciones de trabajo, porque nuestro plantel estaba nuevecito, pero muchos docentes sabemos perfectamente que los recursos escasean, se deterioran o simplemente dejan de llegar y, más veces de las que quisiéramos, hay que ponerlos de nuestra propia bolsa.
En la tarde, vi en televisión un par de notas sobre lo ocurrido y, entonces, me enfurecí. Lo que se decía distaba mucho de lo que había pasado en realidad y se omitía la agresión que sufrió la comunidad. Tras lo ocurrido, seguía investigar cuál había sido el detonante: En los días recientes hubo una denuncia por supuesta violación cometida por un chico de 14 años dentro del plantel, misma a la que se le dio seguimiento y se canalizó a la instancia correspondiente, sólo que el área jurícia decidió hacer caso omiso, dejó todo en manos de la gente de estructura, a la cual no le corresponde atender situaciones de esa magnitud e incluso los pone en riesgo, tal cómo ocurrió.
Se entiende que a veces la rapidez con la que se mueven los casos no es la más adecuada, pero un proceso justo requiere tiempo para determinar responsabilidades, el asunto más importante es que los crímenes no queden impunes. La imparcialidad es también fundamental, porque un “criminal” aunque lo sea, no pierde sus derechos como ser humano, aun si no nos parece. Nunca sabemos de qué lado de la historia nos va a tocar estar.
En los medios llegué a escuchar cosas tales como que todas las manifestantes habían sido abusadas, ya sea por un estudiante o profesores, pero hasta el momento, no tenemos conocimiento de la existencia de otras denuncias. Creo que nadie se atrevería a negar que existen docentes que abusan de su posición, pero por fortuna, no son mayoría. Y claro, eso se tiene que atender. La cuestión es el cómo, pues tiene implicaciones que van más allá de “víctima y victimario”. Estos hechos violentos rompen el tejido social, por lo que cabría preguntarnos si la “solución” sigue desgarrando a las comunidades o contribuye a resarcir el daño.
Dice Rita Segato que la violencia en el cuerpo de las mujeres es un mensaje para otros, yo pienso que tiene razón, pero me pregunto cuál es el mensaje que nos dejan estas agrupaciones feministas en las calles, en los edificios y en el cuerpo. Un grafiti puede expresar insultos, consignas políticas, declaraciones de amor e incluso una reivindicación de sí mismo, como: “X estuvo aquí”, cuyo origen por cierto, es mucho más oscuro.
Si un punk avienta huevos a la fachada de un McDonald´s, eso representa el repudio al sistema capitalista que explota y oprime a los desposeídos, entonces… Más allá de la simplificación del: “Te importan más las paredes”, ¿qué representa atacar una estación de transporte público en la Ciudad de México, mientras hay otras mujeres presentes? ¿Qué representa prender fuego, quebrar vidrios y sembrar terror en una escuela pública, llena de chicas y chicos menores de edad de zonas marginadas?
Pienso dos cosas: por un lado, el mensaje podría ser que el descontento hacia el Estado ha ido en aumento (y en ese sentido, el caso de Ayotzinapa nos ha enseñado mucho), pero eso tendría más lógica si lo que se destruyera fuera un edificio representativo del poder y no uno de los que sirve a la mayoría de la gente para formarse o moverse en la ciudad.
Así mismo, si consideramos que el feminismo tiene un origen liberal (entiéndase por esto a la doctrina política que incentiva el libre mercado, la iniciativa privada y las libertades individuales), podemos pensar que el fondo es forma. Pues no es casual que hoy en día el feminismo venda, “empodere” a algunas mujeres y hasta las grandes empresas se hayan vuelto sensibles a la causa, pues cuando reciben una denuncia, de inmediato hacen “justicia” y despiden al acusado, por supuesto, sin invertir un sólo centavo para generar un protocolo que responda a los casos de violencia de género; sin seguir un proceso justo para todas las partes y claro, sin respetar la presunción de inocencia (que es un derecho humano que nos puede salvar el pellejo, a todos, en un determinado momento). Pero bueno, y qué decir de que ahora cualquiera puede impartir “justicia”, según su propio criterio y conveniencia. En definitiva, caminamos sobre el filo de un hacha.
Por otra parte, si reflexionamos en los mensajes que este tipo de actos violentos nos dejan en el cuerpo, sólo puedo hablar por el que yo habito, y decir que estuve dos días llena de adrenalina, sin poder pegar un ojo. El miedo nos prepara para huir, se sabe. Y mi organismo, pese a que ya no había peligro físico, no lo entendió. Al tercer día, no resucité como Jesucristo, sino que desperté asustada, con una fuerte taquicardia y dolor de cabeza. Han sido días de ansiedad, de seguir corriendo en círculos dentro de mi propia mente, de mover insistentemente una pierna, de tic en el párpado, de volver a fumar un cigarro luego de meses de haberlo dejado. De pensar que el ambiente de fraternidad que intentábamos construir en ese nuevo plantel, está muy lastimado.
En fin, que tras decir todo esto pienso que no me conviene y sería mejor que me desdiga, porque de por sí, los maestros en México tenemos muy mala prensa: somos una bola de huevones, abusivos e incompetentes, aunque en la práctica, muchos trabajamos con lo poco que tenemos y a pesar de las circunstancias (nosotros, por ejemplo, fuimos llamados a trabajar al otro día como si nada hubiera pasado). Se sabe también que, hoy en día, criticar el feminismo, con el que yo misma simpaticé en algún momento, siembra de inmediato la sospecha de pertenecer al bando opuesto, de ser alidada del patriarcado o simplemente de ser una ignorante. Pero voy a decir una última imprudencia al respecto: El feminismo no es un monopolio de la lucha de las mujeres.
Y cómo está bien visto últimamente exhibir al nako, al inculto, a quien tiene primaria trunca, a quien no tiene comprensión lectora, al bruto, al que no comparte nuestra imposición de lo bueno o malo, al pendejo, al violento, etc., etc. Pues… iba a decir que “pan y circo”, pero después de la pandemia, ya ni para pan nos está alcanzando, lo único que nos queda es el circo, y es romano. Pienso que vivimos tiempos de profundo narcisismo que nos vendieron como “amor propio”, somos millones de personas enamoradas de nuestra imagen, vociferando, como dijo Sartre alguna vez: “El infierno son los otros.”
Hoy se reivindica la rabia y está bien, supongo, porque nos ayuda a poner límites; pero también nos puede cegar y nublar el juicio, por eso es importante reflexionar las emociones (en la medida de lo posible). A lo mejor lo que necesitamos no es romperlo todo, sino transformarlo todo, incluso o empezando, por nuestra forma de decir y escuchar. Eso sí, procurando no abusar de la palabra ni quebrándonos el tímpano, porque entonces, ya no habrá forma de oír nada más.
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Pequeños rituales para una vieja ceremonia

Escribir es un ritual que, para mí, siempre necesita un sound track. El aleatorio del reproductor puso “Entre caníbales” de Soda Stereo, mi cabeza se voló; en ese momento me di cuenta de que hay algo sobre lo que quiero pensar, lo cual no implica que después no pueda regresar a esa otra idea con la que pensaba trabajar en inicio. Al final, la escritura es “comme la vague irrésolue, je vais, je vais et je viens…” Uno puede ir y venir con los pensamientos, tomarlos, abordarlos, replantearlos, dejarlos ir y volver a ellos desde otros puntos de vista.
“Come de mí, come de mi carne”, fue la frase que se me fue enredando en los pliegues del encéfalo, me pareció una forma fascinante de azuzar a otro sin recurrir a la vulgaridad del porno, con el que muches de nosotres tuvimos nuestros primeros acercamientos a la sexualidad. De pronto me vi, 22 años atrás, sentada al borde de la cama, “like a cat on a hot tin roof”, con un amigo de la secundaria, mirando una película donde una pareja heterosexual cogía como si no hubiera mañana; miraba la tele y aunque la imagen era sugerente, para mi propio asombro, no instigó mi deseo. El cuadro completo de aquel chico y yo, mirando pornografía mientras entre nosotros crecía la tensión, sí fue provocador, pero más allá de la cinta, había un ingrediente poderoso: mi amigo era hermano de mi exnovio y esa idea de transgresión me parecía bastante tentadora, no obstante, pese al “éxtasis de un beso”, no pudimos ir más allá de eso: conocí la fuerza de los escrúpulos, mis escrúpulos.
Ésa fue, probablemente, una de mis primeras visitas a los jardines de Eros, al menos con alguien del sexo contrario, antes de eso, bebí de las chicas mis primeras fantasías, el cuerpo “femenino” de las muñecas Barbie, el juego de la “parentalidad” que se imita con otras niñas… El porno nunca ha sido gran cosa para mí, es muy difícil encontrar algo que me guste, detesto los diálogos artificiales, soeces y, sobre todo, el hecho de que por lo regular está centrado en un placer “masculino” que pone en el centro la sumisión de las mujeres, no porque no esté dispuesta a interpretar el rol de Severin, de vez en cuando, hay una canción de Rosalía que me parece de lo más sensual: “átame con tu cabello / a la esquina de tu cama / que aunque el cabello se rompa / haré ver que estoy atada…” Pero el punto medular es que a mi juicio, bajo ninguna circunstancia, la fantasía debe ser una imposición; no sólo por la violencia que eso representa, sino porque entonces el sexo se convierte en un mero acto masturbatorio y no un encuentro.
Para mí, el punto donde no puedo decidir, ni participar activamente en el performance, rompe por completo el rito, por desgracia, es difícil encontrar una pareja que lo entienda de la misma forma. Por lo regular, el coito se da como algo apresurado, porque “según” hay una avidez irrefrenable; el otro se comunica mínimamente y rara vez hace preguntas. Ésa es una molestia que venía cargando desde hace tiempo: la recurrente sensación de no formar parte del ritual (al menos con parejas ocasionales). Porque la premura de tener un amante a veces no deja espacio para erotizar los cuerpos, dice Luciano Lutereau, palabras más, palabras menos.
Y es que a veces para coger se tiene que negociar con cosas que no nos gustan del todo, lo cual eventualmente implica que ciertos encuentros no se repitan. Es una moneda al aire. Lo que me sorprende es que a pesar de que a los varones les encanta fanfarronear sobre sus artes amatorias, rara vez se permiten realmente conocer, preguntar, esperar… Creo, como Segato, que los hombres siempre están mandando mensajes de virilidad a otros hombres, pero no me queda claro que sea sólo una cuestión de género, porque a veces parece que una gana puntos de empoderamiento cuando coge mucho.
Por otra parte, pienso si el sexo es por excelencia algo brusco y vulgar que simplemente se arrebata, como si no existiera posibilidad de empatar una metáfora elegante, incluso tierna, con una felación o un cunnilingus. Y como si esas dos cosas fueran todo lo que hay que hacer. Pienso ahora en una canción de David Bowie que me parece fascinante porque implica solo la mirada: “Keep your electric eye on me, babe / Put your ray gun to my head / Press your space face close to mine, love…”
Habla, creo, del poder de la mirada, ése que nos hace descubrir otra presencia, que nos devuelve un rostro tan diferente del nuestro. Honestamente, no todas las personas con quienes se comparte intimidad resultan buena compañía, pero tranqui que no voy a poner a nadie en evidencia, me parece nefasto divulgar algo tan privado con gente que no sea de mi confianza, incluso cuando han sido experiencias desafortunadas, no soy partidaria de prácticas punitivas como el escrache, me parece fascista y hasta infantiloide, en tanto busca que la gente segregue a una determinada persona (para los casos verdaderamente graves, habrá otras alternativas), la moral (incluso la feminista) siempre nos eleva en castillos de aire y luego nos azota contra el suelo, porque no existen buenos ni malos, sólo humanos más o menos pendejos.
En el pasado, se creía que la sangre fijaba la letra, luego la gente se dio cuenta de que era indigno exhibir o maltratar a “los malos estudiantes”, además de inútil, pero hay actos que tenemos tan arraigados, que cuando no podemos imaginar mejores soluciones, nos hacen replicar “lo malo por conocido”. Creo que ya lo he dicho hasta el hastío: a mí, esas prácticas me han jodido mucho, al grado de sentirme encuerada frente a una multitud de morbosos. Esos gestos se las dejo a los policías y no por ello, los reivindico ni les concedo utilidad, salvo que lo que se pretenda es despedazar la dignidad de otros seres humanos, entonces sí que funcionan.
Pero hablando de gendarmes, me veo obligada a hacer una autocrítica, porque empecé este texto mentando madres contra la lengua soez y ahora mismo me doy cuenta de que me contradigo, parece que intento madrear gente con una vara, pero a mí me gusta mucho el reggaetón y perrear hasta el suelo con letras medio puercas, como hace la gente pelada que no fue a la universidad (dicen los puristas musicales).
Aunque ciertamente, ni todo el reggaetón habla de sexo, ni se estanca en algo “sucio”, sino que es en sí mismo un ritual cachondo que deja ver toda la complejidad de la sexualidad humana. Es un juego que por explícito hace que las personas de “buena conciencia”, que jamás se empuercan, ni se dejan arrimar el camarón, se rasguen las vestiduras alegando misoginia, sin embargo, no siempre se trata de eso.
El acto sexual es en sí mismo agresivo en tanto transgrede los límites corporales del otro, pero toda la diferencia estriba en lo que nos gusta y, por ello, permitimos. Existe una línea muy delgada que en estos tiempos brinca fácilmente al territorio de la violencia, que nos impregna de miedo y culpa cuando no necesariamente deberíamos padecer de eso. La sexualidad es una pequeña muestra de que las personas somos contradicción y cambio continuo.
Toda mi vida me sentí una mujer libre en ese aspecto, pero en años recientes, he descubierto que me da culpa desear a un varón, casi como en esa culpa católica que dice: “no desearás la mujer de tu prójimo” (como si el deseo fuera cuestión de voluntad y como si los hombres estuvieran prohibidos). Me da miedo conocer nuevas personas y, todavía más, compartir intimidad; me he descubierto hipervigilante del otro, con entusiasmo casi policial, poniendo palomitas a todos los gestos que me gustan y rechazando sin ningún tipo de negociación todo aquello del otro que no me parece.
Tengo la amarga sensación de que me estoy convirtiendo en lo que juré destruir: una réplica vulgar de un ser conservador. Perrear hasta el suelo me libera de mi vigilante interno, me hace sentir que mi cuerpo es libre, que soy un ser deseado y deseante; que al menos en mi fantasía estoy rompiendo el molde de una moral maniquea.
Bailar, jugar, cantar son actos rituales que conectan personas, ¿por qué entonces no podemos hacer del coito una ceremonia que nos reconecte?, no porque tenga que ver con “el amorts”, a veces no se trata de eso, pero sí creo que dejar entrar a alguien es un ejercicio sumamente íntimo que se ha convertido en abrir una bolsa de papas y, cuando se acaban, urge deshacerse de la basurita, cuando en realidad es algo que uno lleva siempre, de una u otra forma, por debajo de la piel.
Las personas pueden coger con une o con muches, pero eso no nos da derecho a ser canallas, a decirles: “Si sufres es tu problema”, “Deberías coger con más”, “Qué ridículo tener pareja estable”, “Qué mal que te pusieron los cuernos, es un desgraciade”, “Amiga, date cuenta”… Y todos esos imperativos… progres e improgres.*
***Para más placer, está entrada viene acompañada de una playlist, pero el lector puede sentirse libre de disfrutarla o escuchar lo que más cachonde le ponga.***
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A la deriva

La vida de pronto se nos vuelve innavegable, no hay mapas para ciertas situaciones que nos hacen dar tumbos y nos dejan varados a la orilla del mar. No tenemos otra alternativa que mirar las estrellas, confiar en la sabiduría de las tripas. A mí el pasado se me ha convertido en algo que viene y va, sin que pueda separarme de la persona que fui hace tres años. Si la gente no sana, tampoco deja sanar, porque entre el “pedir reparación” de una forma un tanto retorcida y tratar de huir de una relación que quedó atrapada en medio del conflicto, yo estoy en el limbo del duelo.
Tal vez me equivoque, no quiero tener la soberbia de asegurar algo de manera tajante, pero pienso que muchos de los escraches están anclados a un mal manejo de la separación, se castiga al que se fue, pero también a la que llega. Tampoco significa que yo sea experta en el tema, nadie lo es, la vida siempre tiene esa capacidad de sorprendernos; por eso mismo creo que los discursos que hoy corren en la mayoría de las bocas, tienden a patologizar las relaciones o incluso a abusar de la categoría de “violencia de género”. No todo lo es, el conflicto es algo inherente a las relaciones humanas, mientras seamos distintos, sintamos de formas diferentes y pensemos de otras maneras, habrá conflicto. Negar “el mal” en nosotros mismos, no hace sino poner tiempo a la bomba.
Hace mucho que había abandonado el psicoanálisis, sentía que iba en contra de la perspectiva de género, que yo estaba conociendo y entendía como “la verdad”, pero últimamente he encontrado libros muy interesantes, y lo son precisamente porque van más allá de la clasificación simple, lejos de la postura maniquea que ancla a todos en el dolor. Dice Esther Perel, por ejemplo, que las redes sociales son el reflejo amplificado de una sociedad moralista; en su estudio sobre la infidelidad, descubre que muchas de las ideas que tenemos en torno a ella son altamente satanizantes, cuando el hecho en sí, puede derivar en muchas otras alternativas distintas al daño y el dolor, afirma: “Alguna vez fue el divorcio el que cargó el estigma. Ahora, elegir quedarse cuando puedes irte es la nueva vergüenza”.
Y en efecto, esto me hace pensar en cómo se ha exigido a las mujeres (aunque no sólo a ellas) que se posicionen frente a una denuncia, incluso cuando el señalado es su pareja, su amigo, su amante o su pariente, quizá sobre todo por eso. La empatía es algo que se maneja a discreción. Parece que se nos olvida que la gente sigue teniendo fuertes emociones que no desaparecen tan fácil, porque las personas son mucho más que su “maldad” (en la mayoría de los casos). La moral es algo que se construye a partir de las ideas sobre lo que es bueno o malo, pero eso es muy relativo, occidental y, a veces, hasta católico. No obstante, tenemos la tendencia a comprar esas ideas porque nos resultan convenientes, son una salida fácil y rápida a problemas sumamente complejos. Juzgar a los demás siempre es una tentación y un placer intelectual muy gratificante, nos exonera de reflexionar sobre los actos propios y hacernos cargo de los errores.
Al día de hoy, tengo la sensación de que hay algo profundamente moralista en el feminismo hegemónico mexicano, esa manera de exigir que tal o cual se comporte de la forma “adecuada” no me parece nada revolucionario, sino más bien tendencioso. ¿Será que el feminismo no puede, por más que quiera, negar sus raíces conservadoras?. Hasta en la universidad más importante del país, las “grandes feministas” hablan desde su púlpito para explicarnos el “género”, ése que no contempla la diversidad y mucho menos a las culturas no occidentales. Porque claro, tienen la misión de salvarnos de la barbarie.
Y así me paseo por este valle de lágrimas, tratando de lavar mis pecados, involuntariamente, con mi propia sangre. En algún lugar de este purgatorio un niño pequeño agoniza, por fin. Un cupido cansado de jugar con el cordón umbilical torcido en el cuello, harto de esperar tiempos mejores y de que un ave le mastique las entrañas una y otra vez, una y otra vez. Es el ansiado aborto de un embarazo que nunca quise, pero quizá siempre desee. Está claro que no todas las mujeres podemos mantener a nuestros niños, hay que expulsarlos, exorcizarnos de ellos, porque el cuerpo es nuestra propiedad privada, el cuerpo no se comparte, es, al final de cuentas, la pequeña parcela que nos hemos comprado en el cielo, nuestro espacio de repliegue, el espacio seguro.

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Renuncia

…vamono’ de aquí, no quiero esperar
El cielo estará de nuestro lugar.
Antón Alvarez Alfaro / Rosalia Vila Tobella
…descendió suavemente, sin ruido,
desprendida de la cornisa… Cristina Peri Rossi
A quién corresponda:
1. f. Acción y efecto de renunciar.
2. f. Instrumento o documento que contiene una renuncia.
3. f. Dimisión o dejación voluntaria de algo que se posee, o del derecho a ello.
Renunciar es dimitir, dejar, abandonar. No creo que sea solamente abandonar lo que una posee o a lo que tiene derecho. Otra vez estoy en desacuerdo con la Real Academia, esa vieja y tiránica colonialista del saber. Se puede renunciar también a lo que una no tiene ni tendrá nunca, como a una cuenta gorda en el banco, a la salud que nos hace “normales”, a la fama, a la omnipotencia, o al ideal de ser lo que los otros esperan que seamos. A esto sí quiero que renunciar y ponerlo por escrito, para cuando me falle la memoria y vuelva a exigirme lo que no quiero, mas me hagan pensar que sí, porque la compañía es una necesidad humana.
Podría parecer que es irrelevante renunciar a lo que no se posee, pero es un acto de paz para consigo misma, una accede a la libertad por medio de ciertos abandonos, aunque a veces abandonar también es una mala palabra, cuando se hace sinónimo de no poder, es decir, cuando encierra cierto capacitismo. La gente suele cuchichearte en la espalda: ¡Ay, pobrecita!, ¡pero si es muy fuerte!, ¡deberías hacer esto o aquello!, ¡me fastidia que siempre hable de lo mismo!
Parece que ser otro, con tus propios afectos, ideas o capacidades es algo indebido, nos llenamos la boca hablando de inclusión, de diversidad, de diálogo, pero en la práctica, ser diferente siempre incomoda un poco. Cuando una entrega su currículum por primera vez miente hasta cierto punto, no obstante, lo que más nos engaña son los ideales que le colgamos a los demás, exigimos que cumplan con lo que nos habían prometido y si no lo hacen, nos damos la vuelta y le cerramos la puerta en las narices, sin siquiera extenderles un finiquito.
Criticamos la explotación, la precariedad de los empleos, el tiempo que pasamos en la oficina sin poder abrazar a los seres queridos que se nos escurren entre los dedos, pero cuando alguien dice “no puedo”, se le saca la lengua y se le muestra cómo se hace, porque tú sí puedes y no tienes tiempo para perder con ese cuerpo quejoso arrastrándose por encontrar voluntad en sus entrañas.
Por eso no quiero vivir para hacer dinero, ni para ser famosa con lo que escribo, ni para ser una mujer emancipada e independiente, para eso se necesita trabajar duro, tener siempre buen humor, energía e inteligencia y hay días en los que me despliego sobre la cama como una sábana más que durante días pesa como el plomo. De lo que sí quiero emanciparme es de la necesidad ajena de ponerme adjetivos que responden más a lo que elles son, que a lo que yo soy en realidad, para eso no necesito sino abrir la mano, soltar. Tampoco quiero ser independiente, porque hay personas que necesito de manera muy genuina, me abrazo a su presencia, a su risa, a su tranquilidad, a su palma que me brinda cobijo, por mucho que a veces también pueda sentir la aspereza de su piel siempre otra.
Así que les renuncio, necesito un empleo para vivir, pero no es éste. No voy a fingir que soy feliz 23 de 24 horas, no voy a sonreír cuando no tengo ganas, no voy a dejar que me arranquen las piernas para que se las coman y cuando me dé la vuelta digan que mi carne sabe a pollo, cuando yo sé que soy un pez dorado. Voy a llorar y a parar cuando me dé la gana porque esta es mi fiesta, a veces puedo invitarlos, pero no se sorprendan si un día les pido amablemente que se retiren, porque no son capaces de entender que yo no soy ustedes. Lo cual no implica que no sepa negociar o sea inflexible, no soy una piedra, pero tampoco plastilina. Soy como el acero que cuando tiembla aprende a moverse con el edificio y evita el derrumbe.
Celebro mis imperfecciones, no tengo una familia de académicos o artistas, la historia de mis ancestros está contada por tortas de plátano, visitas a urgencias, pero también de una fortuna hecha de risas para contrarestar la adversidad. Mi escritura no puede hablar de mis viajes al extranjero porque si acaso tengo uno, sin embargo, al único que aspiro, con fuerza, es al de una revolución que nos transforme a todes. Estoy hecha de pastillas, de dolores en la panza, de una energía que brota desbordada y luego se agota, de recuerdos que arden, aunque quemarse es siempre resurgir de otra forma.
Pero, a ver, vamos entendiendo que renunciar, dimitir, dejar, abandonar… no significa claudicar. No voy a cometer nuevamente el error de consultar el diccionario, pero claudicar es aprender a caminar con una pata más corta que la otra, balancéandote entre el ser y no ser, pero aún así, avanzando. Yo renuncio, acepto mi andar vacilante, mis diálogos con molinos de viento, la gravidez de mis huesos de acero, el serpenteo incasable de la mente y la fragilidad de la gran X que dibuja mi cuerpo expandido, pero no cederé nunca ante la creencia de que la vida tiene una sola forma.
Cavaré un hueco pequeño en el patio para todas sus lenguas, tal vez se levantarán como cobras sobre sus dorsos, pero les echaré la tierra encima y no volveré a darle importancia. Tendré un duelo que me machacará por un par de días, luego me pintaré los labios de carmín profundo y saldré a lucir esta boca que no se calla. Cantaré canciones que no le gustan a todos con los sonidos chuecos que salen de mi garganta, simplemente porque puedo y quiero: “Bluegirls… singing a song… Nothing but bluegirls… all day long…” Dicen que el azul es el color de la tristeza, pero yo no estoy triste, sólo estoy abatida, desplegada en el piso como una avenida que da directo al cielo y luego regresa a la tierra. Cuando una está arriba todos quieren acompañarte, pero cuando estás abajo voltean hacia otro lado. Yo soy así, arriba y abajo, no pasa nada.
Tomo el megáfono de esta tienda departamental y les anuncio que me voy. No más. En este momento saco los cerillos de mi bolsillo y hago incendiar mi contrato con todo y currículum. Renuncio y mi voz se hace ceniza.
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Peceras

¿La vida es eso que otros nos ven hacer a través de un cristal? Creo que no del todo, porque también ocurre en lo profundo del cuerpo, en las branquias que se abren y permiten el intercambio, por ejemplo; sólo que eso no se percibe tan fácil y mucho menos con un vidrio de por medio. Traigo esa idea a colación de lo que encontré en otro blog y motivó a mi amiga LuPi para buscar otros medios electrónicos, pues, como ella dijo: «leí a alguien criticar los largos posteos de Facebook».
Tengo la sensación de que, de unos años para acá, todo depende de lo que uno escriba o no en las redes, lo cual abre una ventana de posibilidades, pero también parece cerrar la puerta a la construcción de un pensamiento verdaderamente crítico, si consideramos que los algoritmos actúan como una caja de resonancia; pero sobre todo, que nuestros afectos atraviesan en primera línea. Descartes estaba completamente equivocado, la cosa parece ir más o menos así: escucho (leo), siento, reacciono y, quizá después, reflexiono.
Pienso que para pensar, valga la redundancia, es necesario ir en contra de una misma, de las certezas que una lleva a cuestas como una planta enraizada en nuestras emociones e ideas. Hasta en el mar es necesario arrancar algunas algas de vez en cuando para que la vida fluya.
Dos cosas me preocupan de esa larga entrada de Lucía Pi, el hecho de «contar la vida» y al mismo tiempo no querer hacerlo y, por supuesto, la reflexión sobre el amor. Muchas hemos visto aparecer en nuestro timeline, casi sin quererlo, el lema de Kate Millett acerca de que: «lo personal es político» y eso nos ha llevado a externar en redes aspectos de la vida «privada» sumamente dolorosos, con los que ni nosotras mismas hemos sabido qué hacer. Sin embargo, me pongo a pensar, no sólo en la pertinencia de ello (en términos de lucha política y también de una ética del cuidado), sino en lo que estamos entendiendo a partir de una frase sacada de contexto. Según Kate Millet política es: «Un conjunto de relaciones y compromisos estructurados de acuerdo con el poder, en virtud de los cuales un grupo de personas queda bajo el control de otro grupo.» (Sospecho que ella hablaba de otra cosa, pero llevémoslo de tarea).
Con esto, no quiero decir (no se mal interprete) que una deba guardarse para sí todos los atropellos de los que ha sido objeto -ya Audre Lorde nos advirtió las consecuencias que eso puede tener en nuestros cuerpos- es, más bien, una invitación a pensar lo que estamos entendiendo por política y cómo de pronto parece que nos exponemos en toda nuestra vulnerabilidad, sin siquiera tener una dirección fija. Yo también necesito hablar, pensarme por dentro y vaciarlo en el mundo, no como un vómito, sino como aquel intercambio branquial del que hablé al principio. La vida también me duele, el amor me duele, pero cómo abrir la boca sin convertirse en la diana que todos pueden pinchar.
Cierto psicoanalista famoso dice que atravesamos una crisis de los afectos, donde «la pareja», como la habíamos entendido, ha dejado de ser la única y principal forma de vincularnos, y eso me viene a explicar un poquito más lo que ha pasado en mi vida amorosa. Digo un poco, porque todavía me falta un chorro de terapia por recorrer, sin embargo, es necesario entender al menos algo de nuestras relaciones para aprender y corregir (digo yo). Pero, sobre todo, a partir de que «el feminismo» nos pide advertir banderas rojas antes de ponernos a coger con alguien, como un guiño ansioso que pretende salvarnos de «los monstruos», esos seres estúpidos y malvados que no se merecen más que el ostracismo. Ojalá esto último fuera sólo sarcasmo, pero no. Yo he amado monstruos, varios, mi primer amor masculino, mi padre, es uno de ellos; pero uno en específico es el peor de todos, lo curioso es que si una decide quedarse cerca, adquiere algo de monstruoso.
Una noche soñé que me iba a casar, todo estaba listo para la fiesta, pero por alguna razón yo no quería hacerlo, me sentía amenazada, sentía que perdería algo para siempre. Me ponía el vestido de novia, a exigencia de mi madre, pero cuando ella se distraía me iba a jugar con los niños; nos dejábamos rodar colina abajo sobre el pasto. El vestido quedaba horrendo, mamá me mandaba a bañar de inmediato. Cuando estaba en la ducha llegaba mi novio, un hombre hermoso, tras haberme escuchado gritar porque un animal bello, pero extraño, brincó del jardín a la regadera. En ese momento llegaban los invitados, nosotros, en el centro, teníamos que ponernos a coger. Días después fue el MeToo y yo diría que fue un sueño premonitorio, pero el inconsciente siempre presiente cosas a partir de cierta información; yo ya sabía mucho.
Mi entraña me había advertido hacía tiempo que estaba saliendo con alguien que tenía un vínculo codependiente, que no era exactamente con su pareja, porque eso ya no se usa, y que el asunto no estaba del todo cerrado, que una de las dos partes, si no las dos, estaba muy herida. Mi primer impulso fue salir corriendo, pero a quién engaño, el tipo era un dulce, un bombón. Yo ya me había enamorado.
Pero ahora no quiero hablar del «monstruo», sino de esa manera peculiar de relacionarnos pensando que no tenemos compromisos ni responsabilidades con los otros, porque no «somos nada», mientras el cuerpo nos traiciona y genera lazos, expectativas, etc. Creo que por eso ha empezado a circular mucho el concepto de «responsabilidad afectiva», como un intento por que nuestra nueva forma de vincularnos no se convierta en una carnicería.
El problema, creo yo, es que empezamos a relacionarnos desde el miedo, la angustia y, de nuevo, el ostracismo. Porque la consigna es salir corriendo cuando alguien no es responsable afectivamente. ¿Es la única opción? La cuestión es que de pronto me pongo a pensar en todas la veces que amigas cercanas, o yo misma, hemos llegado a contar nuestras pavadas: empezamos a ver a alguien sin haber cerrado otro ciclo, pusimos el cuerno, dejamos plantado a alguien, etc., etc., es decir, me pregunto si no estaremos exigiendo algo que nosotras tampoco tenemos, al menos no siempre, porque en la vida no tenemos todas la respuestas, nadie las tiene. Y amar también es aceptar que a una le van a romper el corazón, pero nosotras, eventualmente, también lo haremos. Una puede esforzarse mucho, muchísimo por cuidar nuestros vínculos, pero tarde o temprano, fallaremos en algo. Lo importante es aprender y corregir.
Y ya volviendo a las peceras, a nuestros pequeños mundos donde damos vueltas y vueltas mientras otros nos observan, nos admiran, nos juzgan, nos compadecen, nos desprecian… pienso que también podríamos dejar de vigilarnos, de señalarnos, de culparnos, de segregarnos y empezar a incomodarnos juntos fuera de los cristales. Me parece impresionante que a estas alturas, nuestra versión del cuidado y la seguridad esté basada en el control, no sólo de los cuerpos, sino del pensamiento. «Las herramientas del amo, nunca desmontan la casa del amo», dice, otra vez, Audre Lorde, ¿para ser libres hay que volver al mar o sólo necesitamos saber nadar? (escribo todo esto como una duda que crece).
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