4 de mayo de 2025
Desperté recordando que el 9 de abril, hace casi un mes, tomé mi última quimioterapia. En ese momento no sabía que era la última, Mioncóloga Maravillosa me lo dijo hasta el miércoles siguiente y me puso un cóctel intravenoso de medicamentos que me permitieran resistir mejor mi última radioterapia. Me acordé de que el día que inicié este ciclo fue muy diferente al anterior. Lo noté desde que me sentaron en el ya conocido y desconchavado reposet azul marino. Esta vez no me estaba muriendo de tristeza ni tenía miedo, estaba más recuperada de todos los duelos que cargo. Los enfermeros que me tocaron ahora eran muy agradables: una mujer y un hombre. Ella era la famosa Querubines, a quién no se me hizo conocer en diciembre porque estaba de vacaciones, pero todos los pacientes preguntaban por ella; el enfermero tiene otro nombre, pero por alguna razón, en mi mente siempre fue Iván, cómo mi difunto primo. Será porque hace muchas bromas, es noble y simpático, o simplemente porque extraño a Iván y quisiera que me acompañara al hospital como siempre hacía cuando alguien de la familia estaba hospitalizado. O todo junto.
-Saludos hasta el cielo, mi querido Dr. House!
A mi primo le pusimos así porque se cayó de un andamio y adoptó un bastón para apoyar su pata mala.
-’Ira! ¡Te las curas! -casi que le oigo decir y me da mucha risa.
-¡Recio, prima, recio! (ja, ja, ja)
Iván Elenfermero también era gracioso. Un día yo estaba sentada mirando el pasillo donde está la entrada a la sala de tratamiento, pegados a la pared están los muebles donde reciben a los pacientes, allí preparan la venoclisis y estacionan los Tesla que nos ayudan a ir al baño, debido a ello el paso se hace más estrecho en ese punto, justo al centro estaba parado Iván con su traje blanco impoluto, a su derecha sobre una silla vieja, reposa una imagen religiosa y en la pequeña bocina (donde el turno de la mañana nos pone música) sonaba música instrumental. Y en medio de todo el estrés, la prisa laboral, las agujas, los canalizaciones, el retraso infame de las mezclas, los pacientes, etc., Iván Elenfermero hizo algunos movimientos suaves, delicados, un brevísimo baile adecuado a la música, luego se detuvo alzando las manos hacia el cielo y dijo:
-¡Cárgueme, jefe!
Yo solté una carcajada, pero a Querubines, “la jefe”, no le hizo gracia. Ella es dulce, pero severa y disciplinada, cosa de formación, supongo. Tenía rato que quería escribir sobre ese momento porque no quiero que se me olvide que, a pesar de todo lo malo, uno no pierde la capacidad de reírse. Pero no había tenido tiempo ni ganas, me dolía la panza.
La verdad, me dio gusto pensar todo esto en pasado, abrir los ojos, ver la luz entrando por mi ventana, escuchar a el canto de las aves, las campanas de la iglesia, o bueno, de la grabación ésa con la que han sustituido las originales. Esto último decidí tomarlo como un buen presagio. Cuando se concluye el tratamiento oncológico se suele tocar una sola campana. Leí por ahí que es una tradición instaurada por un marino dado de alta. Yo no he terminado, lo sé, pero este periodo de tranquilidad se siente bien.
Hoy amanecí mejor, hasta hace dos días tuve un colapso intestinal, el estómago se daña muchísimo con la radio-quimioterapia, cualquier comida puede ser terrible, pero en especial aquella que es grasosa o irritante. Yo había comido buevito a la mexicana, ajá, algo así de sencillo me puso bastante mal. Pero ya estoy mejorcita. Ayer estuve muy inquieta, me dio amsiedá y decidí no entrar mucho a redes sociales, tengo mucho que hacer en mi nuevo hogar y me ocupé de eso casi todo el día para no pensar en que me volvió una ola del pasado, me leí en otra mujer (en Lau) y lloré de nuevo. Sentí mucha impotencia, tenía muchas ganas de escribirle, decirle que no estaba sola, que entendía su dolor, su desesperación, en fin, que tenía mi apoyo no sólo de palabra. Al final no lo hice porque no quise incomodarla.
Las redes sociales son como Dr. Jekyll y Mr. Hide, dos caras de una misma moneda. Me da gusto (y no) que ya no sea 2019 y qué ahora la gente pueda darse el chance de cuestionar e incluso defender a un ser humano que aprecia, en medio de funas o calumnias. Es su derecho. Cuando se desató la gran ola del MeToo esto no era posible. Te llamaban “encubridora”, “hija del patriarcado”, “cuidapijas”, te cerraban espacios, te dejaban de hablar, te mandaban a leer feminismo, te eliminaban y bloqueaban, te miraban feo cuando te veían en la calle, gritaban asustados si te les acercabas en una fiesta, iban hasta tus redes sociales para exigirte que tú también le dieras la espalda al señalado, sin siquiera conocerte. No importaba el contexto, al centro de todo estaba la narrativa de «la víctima», su condición femenina: su vagina, su útero. Los miles de años en que otras mujeres hemos vivido la violencia y opresión del patriarcado. Eso son nos convertía en ángeles impolutos incapaces de mentir. Ahora me pregunto ¿Acaso yo no soy una mujer?
Me da gusto que ya no sea 2019 (y no), veo a la gente que funaba pensando distinto, tomando otra actitud ante un linchamiento virtual. Me da gusto (y no) porque cada que se activan los mecanismos de la cancelación a mí me da amsiedá, porque la funa está hecha para reactivarse en cualquier momento, sin importar cuánto hayas cambiado, cuántas veces pierdas el trabajo, estés muy enfermo o de plano hayas muerto. También descubro con alegría (cada vez más) pensamiento crítico ante el escrache, lo malo es que tuvieron pasar varios años y otros conejillos destripados. El morbo del sexo y la injusticia despiertan la ira de la gente, activan la víscera y bloquean el pensamiento racional, la mayoría de la gente enojada quiere sangre, no palabras.
Me da gusto (y a la vez no) que ya no sea 2019. Me da alegría ver que amigos se solidarizan para apoyar a un ser humano tan chido como Rafa, pero me da tristeza que en ese entonces yo estuviera prácticamente sola, pocos fueron los amigos que pusieron su hombro, otros más se fueron por miedo, por asco, por superioridad moral, no lo sé. La funa se extiende al menos unos 20 metros alrededor del señalado, así se supone que debe ser. Pasan los años y sigo sintiendo un vuelco en el estómago al tocar el tema, aunque cada vez es menos intenso. En aquel entonces terminé en urgencias por apendicitis. Un 31 de abril, pero de 2019, si no recuerdo mal. Aun así todavía hay quien se atreve a sostener que no pasó nada, que la funa ni sirve, que a nadie se le arruina la vida porque los vatos vuelven a tener trabajo. Pues ¿qué quieren? ¿Que los supuestos malos y su gente se mueran de hambre? Con razón existe algo como el maldito Estado de Israxl. Eso es fascista. La maldad, la pureza, etc., son construcciones muy subjetivas y peligrosas. El infierno siempre son los otros.
Yo no fui la escracheada, yo no hice nada malo, mi pecado fue que no quise ser culera, que me negué a creer a ciegas porque eso va en contra de mí misma y de mi derecho a defenderme. No obstante, la oleada piroclástica de la funa me alcanzó de chicotazo. No pasó nada, pero me acuerdo de un largo periodo de no completar para la renta, ni para la comida; de tener que vender nuestros libros, de pedir dinero prestado… De estar harta de no pensar en otra cosa, de no poder quebrarme porque mi pareja estaba devastada. ¡Maldita costumbre mía de ser pobre porque quiero! Y de ser idealista y renunciar al poder, porque el poder corrompe (cuando no sabes qué hacer con tanto).
-Yo no podría haber hecho eso- me dijo una vez una amiga feminista.
Y yo no hubiera podido hacerlo de otro modo; no podría ver que alguien querido se queda en la calle y no ayudarlo. Tengo la mala costumbre de no poder mirar a otro lado cuando alguien la está pasando mal, menos si es injusto. Ahora lamento un poco haber metido tanto las manos porque todo se pudrió en esa relación, es muy difícil sostener un vínculo cuando uno está completamente roto. Dolió demasiado. Pero no quiero imaginar qué hubiera pasado. Esto fue horrible, pero también me dejó aprendizajes vitales, como que el que cuida no puede descuidarse a sí mismo, entre muchas otras cosas.
También recuerdo no poder dejar esa relación porque se nos volvió codependiente, es el riesgo de ayudar en situaciones extremas. Me acuerdo del duelo interminable de lo que pudo ser, pero se chingó la rodilla, o más bien, nació con ella bien chingada. Es difícil abandonar la fantasía feliz. Yo quiero alejarme de todo ese desmadrito, pero siempre vuelve de una u otra forma, sigue quemando y yo sigo brincando como chapulín en el comal.
Ahora estoy enferma, creo que me merezco al menos un descanso, no estoy aquí para esperarlo, sino para tomarlo. Es mi vida y es mi derecho defenderla. Esto ya no es marzo de 2019, las vístimas (algunas) ya se volvieron celebridades del Twitter y la literatura, capitalizaron sus historias, son famosas, son Escritoras, se rodean de otras celebridades y toman juntas su celular para publicar (al ritmo de 1, 2, 3) que juntas son jauría. Ah, bien! Yo sólo espero que sean felices, lo deseo de corazón. Porque quien está feliz y satisfecho con su vida no jode a otros.
Si eso para ellas es una forma de “justicia”, “reparación” “éxito” o similares, ¿qué puedo hacer? ¿Hablar de lo que no pude hablar entonces? ¿Para qué? ¿Para que no sigan dañando a otros? Me parece arriesgado, arriesgado y suficiente. A mí me pasaron por encima… pero afortunadamente ya pasó. Nosotros somos el pasado pisado. Me queda seguir disintiendo desde mi ya tradicional y peluseada posición, o sea: reposet azul, técito de tila en mano izquierda, chanwish de pechuga de pavo en mano derecha, mi blog pedorro que leen cuatro gatos, el consuelo de imaginar que la vida tiene ciclos chiquitos que se van cerrando y un buen vals de quinceañera ñera sonando en la bocina para decir agustamente:
-¡Cárgueme, jefa!
Al menos a alguien le sacaré una carcajada… y yo tendré la mini fiesta de renacimiento más mamalona del mundo.

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