“Qué diferente se siente la piel de la cabeza sin el cabello”, dijo mi hermana la primera vez que tocó mi cabeza calva. Pensé similar mientras me pasaban la máquina por todo el cráneo: la piel siempre es suave? Sólo que mientras iba aflorando, también dolía.
De broma le dije a mi mamá que acababa de descubrir que el cabello podía doler, pero ella que es estricta, me recordó que el pelo no tiene terminaciones nerviosas y, más bien, era el cuero cabelludo lo que yo sentía. Me reí y le dije:
-Ay, ya sé! Déjame jugar!
Y es que sí, el juego de que el cabello duele es delicioso. Efectivamente, duele el cuero cabelludo lastimado; pero también duele no poder decidir si el pelo va largo o corto; duele la confirmación de que mi cuerpo ha dejado de ser mío; saber que me han invadido.
A veces me parece un cliché la gente que se corta el pelo cuando termina una relación, pero ahora que lo pienso parada desde este lugar, me resulta hermoso tener la facultad de decidir si algo sigue creciendo o ya no más. Una vuelve a ser como un bebé cuando se enferma de gravedad. A veces no me puedo parar de la cama sola, tengo accidentes con mi orina, no soy capaz de hacer mi propia comida o cuidar de otros (mis gatos, por ejemplo). Muchas cosas que había dado por sentado, ahora mismo no me son posibles, ya sea porque no tengo energía o porque literalmente no puedo hacerlo.
Así, un día de claridad mental buscando material para la tesis, encontré que eso que estaba experimentando ya está teorizado: Una mañana puedo amanecer con dos cucharas, al día siguiente con cinco y luego con cero. A eso, otras enfermas le han llamado Teoría de las cucharas. El hallazgo me pareció bellísimo. Bello y Perequiano.
Si en estos días le preguntaran a mis cucharitas cómo me encuentro, se pondrían tristes de inmediato. Estoy en una severa crisis de miedo y deseo. Tengo un miedo profundo a morir y por otro lado un deseo tímido de por fin poder hacerlo. Pareciera contradictorio, aunque no lo es. Más bien esas dos fuerzas pelean dentro de mí como el día y la noche.
Pensé que el tratamiento anterior había sido fuerte, pero éste ha resultado mucho peor, llevo a penas tres quimioterapias y al tercer día de cada una, comienzo a sentirme tan mal que en serio creo que me voy a morir. He ahí la fuente de semejante ambigüedad.
El nivel de ansiedad ha subido tanto que tomé la decisión de cerrar todas mis redes sociales, pensé que en cualquier momento ese estímulo iba a volverme loca. Ahora creo que esas plataformas están hechas para generar una ambición desmedida, para despertar deseos a los que una no siempre va a poder llegar, y a la mejor en el fondo ni siquiera quiere, es como el jugoso cebo de una caña. Aún son pocos días, pero me ha sentado bien dejarlas, pienso menos en todo lo que no puedo hacer por estar enferma y hasta encontré un rincón de paz en mi propia casa, pero me duró poco.
A la semana de borrar aplicaciones de mi teléfono, mi salud se vio de nuevo comprometida. La quimioterapia baja el sistema inmunológico de manera considerable, cualquier infección puede convertirse en un pequeño infierno. Y eso fue justo lo que pasó. Desde que me colocaron una nefrostomía para salvar mi riñón, mi cuerpo ha sido un calvario, o me duele o se me infecta, o las dos cosas.
Esta vez el antibiótico ya no pudo hacer ningún efecto, mi hermano me llevo de nuevo a Admisión Continua del hospital (ya no se llama urgencias) y después de estar ahí todo el día padeciendo mucho dolor en la sala de espera, por la madrugada por fin me ingresaron en una silla de ruedas, no sin antes hacerme firmar que estaba de acuerdo en que fuera de este modo, porque camas no había.
Luego de un rato de ser un cyborg con ruedas, me llamaron para quitarme la ropa, ponerme una bata azul claro y trasladarme a la camilla donde viví los siguientes cuatro días. Por fortuna atiné a llevar conmigo un cubrebocas. En la sala hay espacio para doce camas, pero dada la demanda, meten treinta y hacen malabares para funcionar con lo que tienen. Primero me dejaron en el pasillo; después me movieron a un cubículo compartido, donde encontré a una compañera de la tercera edad fastidiada y ansiosa por irse a casa. De ahí ya no pude moverme, salvo cuando me llevaron a tomar una radiografía y un ultrasonido. No es posible volver a bajar de esa cama ni para ir al baño. Una suda, mea y sufre en ese sitio hasta que le dan de alta o le transfieren a piso.
Caravanas de personal médico le pasan a una por enfrente, a veces ni siquiera queda claro qué es lo que hacen que no nos atienden; que no pasan a recoger los cómodos sucios; que parecen no escuchar los gritos de dolor o las peticiones de los pacientes. Estamos todos ahí mezclados, unos con enfermedades respiratorias y otros con el sistema inmunológico suprimido, por ejemplo. Un grupo de médicos trata de determinar cuál será nuestro diagnóstico, el tratamiento o a qué especialista debe llamar. A veces, estos últimos tardan días en bajar. No por mala voluntad, sino por exceso de trabajo. En mi caso, tardaron cuatro.
A la mañana siguiente de mi ingreso, me vio un médico extremadamente amable y, por la noche, otro muy majadero. El primero corrigió muchas fallas de mi nuevo expediente para poder agilizar mi atención, mientras el de la noche… Ay, el de la noche!
Dr. Pedro Infante: No he leído su expediente. No sé por qué está aquí. Después lo veo, pero dígame cuál es su diagnóstico?
Yo: (Adormesida por los analgésicos) Mmmmm… pues tengo cáncer.
Dr. Pedro Infante: Cáncer de qué?
Yo: Cáncer cérvico uterino
Dr. Pedro Infante: Pronóstico?
Yo: (Mírandolo incrédula y sin atinar qué responder) No tengo idea, mmm… ahora me están dando quimioterapia paliativa.
Dr. Pedro Infante: Ah, entonces ya no hay mucho que hacer por usted. Supongo que si las cosas se complican ya no quiere que la reanimemos, verdad?
Yo: (Atontada por lo que acababa de escuchar + los analgésicos) Mmm… no sé. Supongo.
No tengo idea de si con eso el fabuloso Pedro Infante quiso decirme que estaba yo robándole una cama a un paciente con mejor pronóstico, o si en su comentario machistamente influyó el tipo de cáncer que yo tengo (porque me ha pasado), o si definitivamente el tipo dió negativo a oncólogo y positivo a pendejo; lo que me quedó claro fue su incapacidad para tratar a la gente. Después de dedicarme esas palabras crueles, siguió paseando entre las camas y machacando con preguntas a la residente que le acompañaba; por alguna razón quería hacerla equivocarse delante de los pacientes y demostrar quién era el que más sabía de medicina de los dos. Miré el rostro nervioso de la chica y me fui enojando más, entonces decidí que cuando fuera posible me quejaría al menos de lo que me acababa de pasar, probablemente ni siquiera me tomaran en cuenta, pero funcionaría como mi válvula de escape.
Yo sé que mi caso es difícil, pero también sé que los médicos basan sus pronósticos en las estadísticas de gente con diferentes contextos, pero estos últimos no suelen ser tomados en cuenta por la comunidad científica. De modo que, en realidad nunca se sabe. Quizá sólo Dios puede ver con qué línea acaba esta novela. Por eso aprecio a mi Oncóloga Maravillosa, por su disposición a explicar detalles, su compromiso y prudencia en el hablar. Se agradece un montonal que aúna la traten con respeto y dignidad.
Una vez que bajó a verme la médico encargada del servicio de oncología médica, todo cambió. Casi de inmediato me subieron a piso, y me trataron bonito. Fue así cuando la ansiedad comenzó a bajar, tras saberme segura y cuidada. Muy gustosa hubiera pasado ahí el resto del tratamiento, pero no es posible. Sucede en otros países, pero no en nuestros hospitales públicos donde siempre faltan camas y un familiar tiene que dejar de trabajar para estar 24/7 durmiendo a un costado nuestro, pero sin cama. Además, tarde o temprano una se harta de estar en el hospital y ansía volver a su espacio.
Al menos en esta habitación, donde por mis circunstancias estuve sola, podía ir a hacer pipí en el inodoro y bañarme con agua caliente, aunque con apoyo para cargar las bombas que empujaban el medicamento por mis venas cada vez más debiluchas. Las enfermeras siempre fueron buenas conmigo, me daban comida bastante aceptable y podía dormir, pese a la luz que entraba por la ventana desde el pasillo. Salvo por aquellos cuatro días en Admisión Continua, no me quejo. Tuve una atención impecable: Primero fue el equipo de infectólogos a indagar cuál era la bacteria que me aquejaba y, con base en eso, determinar el antibiótico más adecuado; luego me visitó el grupo de medicina paliativa para hacer los ajustes pertinentes y mitigar el dolor atroz (tengo miedo de la morfina y los opiáceos, pero es lo que hay). Finalmente, el equipo de oncología médica estuvo pendiente de absolutamente todo. Volví a casa con un poco más de energía y menos triste. No sé qué vaya a pasar, tal vez ni una bola de cristal lo sepa, pero hoy escribo esto desde en una silla Acapulco, estoy sentada bajo el sol de la mañana mirando el cielo azul, no hay nubes en el horizonte, sólo flores, abejas y mariposas. A lo lejos se escucha un gallo, algunos autos, aves y los ruidos de la vulcanizadora que está frente a la casa de mis padres. El bullicio en mi cabeza se ha apaciguado, constantemente paso la mano por mi cráneo desnudo, me acaricio y se me olvida que acabo de pasar diez días en el hospital. Ojalá pueda tener más días como éstos.

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