[26 de agosto de 2026]
Estoy en la sala de espera del servicio de oncología quirúrgica. Procuro llegar temprano, entregar mi carnet azul cielo en la ventanilla, donde me recibe una enfermera que pocas veces me mira y parece estar de mal humor. Me registra en una hoja impresa con los nombres de todas las personas que tienen cita para hoy con el Dr.Torero. Me regresa mi carnet y procedo a tomar asiento, elijo las sillas azul celeste porque están acolchonadas, la espera puede ser laaaaaarga. Últimamente lo ha sido menos que antes porque mandaron más residentes para el turno vespertino. Me dispongo a «esperar», un verbo en infinitivo porque parece que no termina de empezar, pero mucho menos de terminar. A veces puede ser breve; otras el tiempo se estira como un chicle infinito. ¿De qué sabor? Creo que ya no lo tiene. Pero si yo pudiera darle nuevas propiedades, sería de mango. Chicle SaborMangoInfinito.
Mientras tanto, tengo el pulso acelerado y siento ganas de hacer pipí, aunque acabo de ir al baño. Pienso en el color ámbar de la orina matutina y no parece tan terrible traer una bolsa colgando de mi cuerpo. Pasa con mucha frecuencia cada vez que vengo a este servicio. Me dan ganas de encerrarme en el baño. También me muero de calor. Mis sofocos han disminuido, pero hoy, ¿por qué no? Decidieron volver. Creo que olvidé tomarme la tibolona, una pastillita chiquitita.
Me desperté tardísimo, no me dio tiempo de desayunar, llegué a comprar un vaso de fruta y un café afuera del hospital. Ahora estoy sentada en la sala de espera, (este ya es un sustantivo). Tengo ganas de orinar. Veo a los médicos residentes llegar con sus mochilas y quiero salir corriendo, gritarles que son unos tarados majaderos, que no tienen tacto para dar las malas noticias, que están hablando de mí, de mi cuerpo, de mi vida, que soy persona, que tengo una historia, pero en el fondo sé que no vale la pena.
Uno de ellos tiene la cabeza grande y usa lentes de pasta, me cae mal porque cuando le he preguntado cosas me ignora, parece que me hace un favor carísimo y que yo soy incapaz de pagar por él, pese a que este servicio se costea con mis impuestos y los de muchas otras personas. Doce años llevo pagándole al SAT, quizá no es demasiado, pero no incumplo nunca porque quiero que el Estado siga garantizando muchas cosas que aún tenemos. Pienso en eso cada vez que le escribo a mi contador. A ese residente le puse el TeletubbiRojo, por feo y porque una vez andaba de pijama roja.
Hoy hay mucha gente, eso me pone más tensa. Los pacientes se pelean por el orden en el que vamos a pasar, la señora que está a mi lado viene desde Tijuana, no quiere perder su cita. Totalmente entendible. Pero este servicio, pese a que ha mejorado, tiene una pésima organización. Deberíamos estar usando la inteligencia artificial para cosas sencillas pero útiles, como diseñar o gestionar la organización de un hospital, no para nos hagan una tarea de Literatura donde me piden redactar. ¿Por qué somos tan deshonestos?
La Dra.Linda me acaba de llamar al consultorio, dijo mi apellido. Me levanto corriendo, mi hermana detrás de mí. Nos pide tomar asiento, nos pregunta cómo estamos, pregunta por el procedimiento de la nefrostomía, es evidente que ya revisó el expediente médico. Le lanzo una bola de preguntas y poco a poco las va desanudando. Ya están los resultados de la última biopsia, la historia se repite exactamente igual que hace unos años: en el primer estudio aparece una lesión de bajo grado, en el segundo, un carcinoma epidermoide. Cuando la doctora pronuncia: carcinoma epidermoide, estas dos palabras se fijan en mi mente, pero al mismo tiempo siento un alivio súbito. Esperar es un verbo en infinitivo, uno no puede ir ni hacia delante ni hacia atrás. Pero la espera terminó y ya sé lo que sigue, otra vez quimioterapia, pero no sé de cuál. Podría ser incluso inmunoterapia. La Dra.Linda dice que se puede volver a evaluar si soy candidata.
Pienso en si se me va a volver a caer el cabello, ha sido bien lento que vuelva a crecer… ¡Pero quizá ahora sí me salga chino! Podría cumplir mi fantasía de tener el pelo rizado, un afro a lo Angela Davis sería maravilloso, aunque puedo conformarme con unas cuantas ondas coquetas. También puede que no se me caiga nada. Se acabó la espera. ¡Por fin! Puedo dedicarme a pensar en otras cosas, a leer y escribir más. Es decir, a hacer mi trabajo. Descubrí que el 45 es un tipo de virus que suele esconderse en el tejido e irse hacia adentro para ser indetectable, justo como ha pasado conmigo. Un año, un año volvió a pasar, aproximadamente. Los doctores dicen que el virus ya nada tiene que ver, pero… A veces me pregunto por qué no estudié algo más útil como biología. O medicina, para tratar a los pacientes con toda la dignidad que se merecen.

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