Vivir como si la ola siempre me estuviera revolcando

[29 de mayo de 2026] 

Me encanta el mar. Cada que tengo la buena suerte de irme de vacaciones, elijo el mar. Soy persona de color azul profundo, de susurro, de brisa fresca en la cara y de sal. Un grano de arena me vuela la cabeza, la espuma dibujando líneas suaves me puede fascinar. 

Pero respeto mucho las olas y me alejo. Me meto solo hasta donde me cubre la cintura, no más. Nunca me ha revolcado una ola, pero en la vida sí, muchas. De hecho desde hace un ratote, lo hacen como en una secuencia de gif, por eso me escapo al mar. Para pedirle de rodillas que hagamos las paces. El mar es mi Dios. Sí, con mayúscula, porque aunque mi papá me hizo atea, y yo siempre fui lo que mi padre quería (lo que mis padres querían), pues ya no lo soy tanto. Tal vez he dejado de ser una niña y empiezo a tomar mis decisiones, aunque no le gusten a nadie más que a mí y ha tocado buscar gente que resuene con eso. 

Siempre que doblego mis rodillas ante él, el mar me regala paz. Antes me hubiera parecido un acto de humillación y dominio, pero hoy tiene más que ver con la humildad y la derrota. Sí, a veces también asumir que uno no puede con algo está bien y es el mayor descanso para el cuerpo, porque se suelta control de cosas que nunca estuvieron en nuestras manos. “La arena que en tus manos las sujetas/ resbala de tu puño si la aprietas”, dice la Rosalía en “Focu Ranni”.

Aunque todos los grandes artistas tengan cosas censurables, por muchas razones, no voy a negar que son fan de la Motonami, así como lo soy de Juan Gabriel, pese a su filiación política (por ejemplo). Paréntesis, ahora que está tan de moda funar las contradicciones de Rosalía. Pasé muchos años tratando de ser como otros querían y ahora me sale del coño ser sólo la que yo decido. Y pues básicamente, por eso nunca “me casé”, probablemente nunca lo haga. No porque el matrimonio esté mal en sí mismo, me fastidian los maniqueísmos, sino porque siempre se me malogró.

Sí, alguna vez tuve esa fantasía, porque la cultura nos lo impone o porque estaba muy enamorada, pero sobre todo porque quería festejar el amor, todo eso tan bonito que yo sentía en mi pechito cuando hubo reciprocidad y compromiso, al menos en mi cabeza. Tres veces quise jugar a la casita con hombres, dos veces se concretó hasta descomponerse feo y la tercera me sentí tan asfixiada que salí corriendo, porque el susodicho supuestamente se quería casar conmigo, pero desaparecía por temporadas, tenía demasiadas emergencias, me imponía a sus exnovias «locas» y frenaba constantemente mi libertad: no amigas que no le cayeran bien, no fiestas, no viajes sin él… en resumen, para estar con él yo tenía que renunciar a todo lo que soy. Y pues así nomás no era negocio. No señor, he invertido un montón de lágrimas y dinero para encontrar la causa de mis problemas, no voy a retroceder por miedo a que “no me elijan”, diría Vicky de Envidiosa. Pero entre más quise escapar más agresivo se volvía el acoso a mi persona. Aun así, con toda esa toxicidad en el vínculo de aquella pareja, debo reconocer que estuve enamorada y lo quise. De un modo extraño, ambiguo, esquizofrénico, tal vez. Porque “…mi corazón, nunca ha sido mío, yo siempre lo doy”. Otra vez Rosalía. 

Escribo de esto desde el dolor y el insomnio, porque no sé qué es lo que debo hacer, no soy partidaria de la funa, pero igual me hubiera gustado que alguien me advirtiera de lo que con poco tiempo pude descubrir. En este último capítulo de la dramonovela se me acabaron las ganas por explorar mi lado heterosexual. Siempre he sabido que también me gustan las chicas, mis novios lo han sabido, pero nunca me había dado chance de desobedecer a mis papás en esto. Salvo en ocasiones muy esporádicas, que no fueron menos importantes para mí. Cada vez que me lo planteaba seriamente, me daba miedo, porque es increíble que en medio de tanta aparente libertad, siga existiendo una descarada homofobia, incluso en gente muy querida, y eso duele más; de ahí que una prefiera seguir en el closet y ser «normal».

Yo soy paleta de dos sabores y no tengo por qué avergonzarme de ello, avergonzados deberían estar los que engañan, los que desprecian, los que hacen lo que sea con tal de salirse con la suya, “los reyes de la 1314” (“La perla”). El mundo del poder es de los abusones, y pues que se lo queden. Yo no quiero nada más que calma y tranquilidad. 

De cualquier forma, el hecho de que ya no me gusten los hombres, no significa que quiera tener una pareja, al menos no ahora. Estoy en paz. No pienso siquiera en eso, lo principal es seguirme manteniendo viva. Además, sé que va a ser muy complicado por más de una razón, la confianza es una de ellas, otras son el compromiso y respeto que esa persona pueda transmitirme. Está difícil, pues. Son tiempos líquidos, diría Bauman.  Aunque tampoco se trata de andarme flagelando. La vida ya me revuelca por sí sola como para que yo todavía me regodeé en el fango.

Todo me tiene alerta, no solo a mí si no a mis doctores, a mis familiares, a mis amigos y hasta a mis estudiantes. Un dolor, una protuberancia… Hace poco salieron “mal” de nuevo mis estudios, no supe qué pasó. Me lo dijeron de la peor manera, me dieron el panorama más desolador, me asusté y decidí que ya no iba a dar esa batalla porque mi vida cambiaría completamente y “perdería mucha calidad de vida”, según dijo el oncólogo quirúrgico del hospital. Me iba a tener que vaciar por dentro y yo en ese caso mejor prefiero morirme. En eso estaba, cuando por protocolo me mandaron a hacer más estudios, uno por uno, todos fueron saliendo bien, incluso la biopsia. No había nada. Todavía me falta una resonancia magnética que llegará hasta septiembre porque el servicio está saturado, llegará tarde, lo saben y por eso lo dejaron al final. Ya ni siquiera me enojo tanto, sólo respiro de alivio porque pienso que voy a vivir otros años más. 

Hace unos días me descubrí una bolita en la nalga, está oprimiendo el nervio ciático y duele hasta la madre. Me fui corriendo a urgencias del hospital, tal como me habían dicho que tenía que hacer en caso de dolor. Y ahí voy como estúpida ingenua, a esperar 11 horas a lo idiota para que al final me dijeran que ahí no me iban a atender porque no me estaba infartando o algo verdaderamente importante. Mi hermana y mi mamá siempre dicen que aguante, que es normal en los hospitales públicos. Pero yo no veo ese maltrato tan “normal”. Que los pacientes se hayan acostumbrado a que los traten con la punta del pie es otra cosa. A mí “que no me digan que el alcohol se lo bebieron/ que el estetoscopio está de fiesta/ que los rayos x se fundieron/ y que el hilo de coser fue bordado en un mantel…” (“El Niagara en bicicleta”).

Mientras esperaba me tocó escuchar el speach de la trabajadora social (o algo parecido) una chica muy entusiasta y amable. Daba indicaciones para permanecer en la sala de espera, luego repetía que ella no había redactado el protocolo, que la disculparan. Aseguraba que en ese hospital le daban atención a la gente incluso si no eran derechohabientes, pero el doctor de la noche, no pensaba igual. En fin. Pura chingadera. También fui a mi clínica familiar, pero al menos ahí, desde que puse un pie en el recinto, me dijeron que no me iban a atender. Y decidí que mejor iba a pagar nuevamente el servicio privado. A veces ya no quiero, es un gastadero de dinero y no hay varo que alcance, pero pues ya no aguantaba el dolor.

Al final, parece que la bolita no es tan terrible, pero habrá que observarla y la recuperación será lenta. Mientras tanto, me seguirá doliendo. Igual que eventualmente seguirá doliendo el duelo de las parejas. Eso que difícilmente volveré a tener. Al menos eso pienso ahora que estoy bastante echadita a perder. Ya que a mí el gusto por los hombres casi me cuesta la vida. No son seres muy habituados a cuidar verdaderamente al otro. Yo no necesito, por ejemplo, que nadie venga deliberadamente a presumirme lo feliz que es con su nueva conquista. “Hawái de vacaciones, mis felicitaciones”, diría Maluma. No, no sean tan cabrones, menos en esta situación de enfermedad donde una queda fuera de todo. Y no es que no pueda alegrarme por la felicidad ajena, de hecho sí lo disfruto. Pero no es necesario meter el dedo en la llaga para saber que sigo viva y aún soy capaz de retorcerme de dolor. Confórmense con saber que les quise, después de esto, no más, pero les quise. Yo no me meto con nadie, a menos que tenga que defenderme. ¿Ahora resulta que tengo que avergonzarme de eso? A la gente no le gusta que le pongan límites. Yo no voy a competir, una se puede enganchar horrible compitiendo con otras mujeres, pero yo me quito de esa ecuación. Todas nos merecemos que nos quieran bonito y nos cuiden. Nadie se merece que le usen con fines tan perversos. Que por un lado le hagan creer que empiezan algo importante y por otro estén mandándole a decir a la ex que todavía la aman locamente para no cerrar esa puerta. Esas son chingaderas. 

Estoy aprendiendo a gestionar la vida… y la muerte… el miedo y el enojo. Para qué echarme más problemas encima, si ya tengo bastante con estar sacudiéndome la tierra del cuerpo a cada rato. Nunca como ahora he entendido tanto los rasgos narcisistas y el mecanismo de la proyección. Lo veo en otros y en mí (cada que abuso de mi papel de vístima), observo todo de lo que ese dúo puede ser capaz gracias a nuestra bendita  inconsciencia; porque claro, uno no siempre es culero deliberadamente. “Pero será verdad/ que un día lo entenderá?”, dice nuevamente Rosalía en “Novia Robot”. Que puede ser una canción feminista, pero también puede no serlo, porque habla de relaciones de poder, de cómo nuestro deseo puede estar condicionado socialmente, seas hombre o mujer. La mujeres queremos siempre  al más chingón y ellos a la más guapa (por eso hasta nos compran vestidos bonitos). Y básicamente por eso “ya no quiero perlas, ni caviar” (“Savignon Blanc”). Por ahora quiero estar echa un ovillo en mi cama, hasta que la marea vuelva a bajar. Cuando eso pase volveré a correr sobre la arena, tomaré el sol en mis manos y disfrutaré que sigo en este mundo al ritmo de: “que [muera] la electronic puchaina…”

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