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  • Los días son todos iguales

    Los días son todos iguales

    Quisiera decir que después de que te dicen que estás limpia de cáncer se termina todo. Pero no es así. Ahora tengo que adaptarme a mi nueva vida, con un montón de cosas que ya no están, incluso con este que parece ser otro cuerpo; uno que cuando terminaron los tratamientos comenzó a envejecer con mucha prisa. Además descubrí que mi psique también está lastimada, el “trauma” que le dicen. Fue inevitable. 

    Las últimas películas que he visto: Drácula y Frankenstein, me han hecho pensar en la vida eterna como el peor castigo para una persona que está sufriendo. Drácula estaba muy enojado con Dios porque le arrebató el amor, pero en realidad, yo creo que sólo estaba molesto consigo mismo, con su propia culpa. Morir y cerrar su duelo fue lo mejor que le pasó, pero una cosa no podía suceder sin la otra. 

    Frankenstein (o la criatura) era despreciado por la sociedad debido a que era “feo” y asustaba a la gente; pero el primero en renegar de él y despreciarlo, fue su propio padre: el gran Víctor Frankenstein. Esa particular circunstancia le producía un sentimiento de soledad absoluta y, naturalmente, sabía que su dolor no tendría fin. Igual que a Drácula, la muerte le hizo ley del hielo.

    Víctor, en su afán de ser el mejor, junto a su incapacidad para asumir el duelo de su madre, condenó a su hijo a un dolor permanente. Pero Guillermo del Toro, que en todas sus películas habla de la diferencia incómoda y la niñez, puso en boca del padre lo que la criatura (que ni siquiera tiene nombre propio) necesitaba escuchar. “Perdón”, pidió el Dr.  Frankenstein, y posteriormente le dio el consejo más sabio que alguien pudo dar: “Pues si sólo puedes vivir, pues vive” (más o menos ese es el sentido). 

    Al  final de la película, la criatura es liberada y aparece una frase de Lord Byron (incitador de Mary Shalley) que se grabó en mi memoria: “Y así, el corazón se romperá, pero aun roto seguirá viviendo”, parece una sentencia y un curita al mismo tiempo. Me sacó una leve sonrisa. Creo que en otro momento esta película me habría hecho llorar mucho, pero esta vez me siento tan anestesiada, que pienso que si un día se me pasa este efecto, colapsaré. Si así, hay días en que ni yo misma sé qué pasa con mis emociones. Estoy triste y enojada con todo el mundo por todo lo que descubrí. Pero no puedo sino observar mi sufrimiento y atravesarlo. Es lo que hay.

    Ya no hay más quimios ni radioterapia (por ahora) Pero mi cuerpo entró en menopausia de un día a otro, lo cual (hoy confirmé) es tremendo porque mi cuerpo no estaba preparado. Sé también que se minimizan estos cambios; sé que no se ha estudiado mucho, porque son “cosas de mujeres”; y ya nos habían tirado de locas desde antes. Sin embargo, debo decir que veo cosas muy distintas, de entrada, la vida va mucho más lento, aunque el mundo parece mantenerse en la misma velocidad; al menos, la gente alrededor sigue igual; una es el bicho raro que se queda atorado en la plasta del pasado. 

    A veces me pregunto, cómo hacen las personas para superar los duelos en un parpadeo? De verdad necesito ese tipo de inteligencia emocional. Mi reino por una mente sin recuerdos, sin duelos eternos, ni ningún otro tipo de gusanos cerebrales. No puedo seguir siendo una niña lastimada; no puedo seguir siendo la hijita de mis padres; no puedo seguir anhelando un reconocimiento que nunca llegará, menos una disculpa, ni reparación de algo que ni siquiera se registra.

    Debe haber otra manera. Alguna solución simbólica para romper el celofán del trauma. En alemán sueño se dice “traum” y se despierta. Curiosidades de la vida. Una se despierta aunque no salga del trauma? No lo sé. Recientemente vi que Guillermo del Toro decía en una entrevista que con Frankenstein estaba cerrando un ciclo. Lo sentí como algo bueno y me alegré por él. Aunque no tengo idea de lo que significa en su historia. Tampoco importa. Lo relevante es lo que yo puedo tomar de esto para mí misma y el dolor que cargo en mi cuerpo como la gran joroba que pocos ven. La imaginación y la empatía son dos palabras muy babeadas, pero poco practicadas. Si yo fuera Frankenstein o Drácula no tendría ni la menor idea de qué hacer con tanto tiempo libre, pero no soy, y tampoco voy a ser inmortal, así que tengo que moverme, aprovechar el día, cada rayito de sol, como si fuera el último.  Aunque me duela todo. Todo.

  • Día de muertos

    Día de muertos

    [7 de noviembre de 2025]

    Empieza noviembre y todo se pone raro. Me encanta el día de muertos, pero esta vez fue duro. Tengo de nuevo esa extraña sensación de haber muerto sin morir. En el principio fue eso: flotar, flotar en el limbo. Después se convirtió o se mezcló con otras cosas. Lo olvidé, o lo bloqueé, o quién sabe, pero no sé cómo decirlo, incluso no sé ni cómo sentirlo. Es un dolor que va y viene. Un coraje que se aleja arrastrando las manos en arena y luego regresa con violencia. Es el miedo al abismo, uno que de cualquier forma me habita.

    Aún no puedo creer que siga en este mundo. ¿Cómo? ¿Por qué? Si todo estaba puesto para mi partida. En estos días vi ofrendas que pudieron ser para mí. Es algo como un desdoblamiento. Y me pregunté: ¿Qué habrían colocado en ellas? ¿Las llenarían de gatos? ¿De mariposas? Ni siquiera yo sé cuál es mi comida favorita. ¿Le pondrían poemas? ¿Tés de todo tipo? ¿Mapas? ¿Quién me pondría un altar, además de mi familia?

    ¿Qué fue distinto? ¿La cirugía, la acupuntura, la terapia, la fé, la investigación, la alimentación…? ¿Todo junto? Sobreviví incluso cuando algunos ya me habían matado en su cabeza. El cáncer sigue teniendo el poderoso estigma de la muerte, habría que arrancárselo de las manos, pero para eso necesitamos cambiar algunas cosas en el sistema de salud pública, para empezar. Sobreviví incluso cuando ni mi niño, ni Luccio (el perrito) lo hicieron. Sobreviví pese a un 30% de probabilidades de que eso pasara. Según me informaron. Acceder al tratamiento no garantiza que funcione, depende mucho del tipo de cáncer, pero de igual modo, si no consigues uno rápido, las posibilidades disminuyen dramáticamente, la enfermedad no se detiene.

    El otro día mi mamá usó la palabra “sacrificar” para referirse a la muerte del perrito y me caló tanto, que tuve que pedirle que no volviera a usar esa palabra. Todavía hay cosas que son insoportables para mí y que tendrán que procesarse lentamente. Ideas que tienen que transformarse para que yo pueda vivir con cierta paz. Ya conseguí seguir acá un rato, ahora el reto es tener tranquilidad, un poquito de armonía y a la mejor hasta ir a la playa pronto. Dejar todo y disfrutar que estoy viva. Hay una fantasía permanente en mi cabeza: soy yo plantada en la arena mojada, mirando el horizonte con el ruido del agua tranquila en mis oídos.

    Una de mis pinturas favoritas sigue siendo “El caminante frente al mar de nubes”, no sé, siempre me pareció sublime. Buscando otra cosa, por casualidad abrí un video que contaba la vida de Caspar David Friedrich y me quedé bastante impresionada porque las casualidades no existen. ¿O sí? A mí nunca se me habría ocurrido consultar su biografía, pese a lo mucho que me gusta la obra. Perdió a mucha familia casi en cascada, pero lo que lo torturó siempre fue que su hermano murió por salvarle a él, es decir: la culpa del sobreviviente. O sea que en una familia que ha tenido que defender siempre el derecho elemental a la vida, uno todavía se siente terrible por no haberse muerto. Qué paradójico.

    El fin de semana fuimos al panteón a ver a mi niño y a las abuelas, no había podido ni querido ir, sabía que el costo emocional sería altísimo y yo tenía que seguir peleando con el sistema de salud pública. El lugar superó mis expectativas. Cómo es posible que un sitio pueda causar tanto daño. Sentí que me faltó el aire, me dolió un poco el pecho, se me revolvió el estómago… Así que sólo pensaba y pensaba, le ponía mucha cabeza para que no me tumbara lo que sucedía en mi cuerpo, pero fue en vano. Me senté a llorar en una tumba porque ya no estaba soportando mi propio costal de huesos. Mi abuela Isaura murió de cáncer un 8 de septiembre de 1981, cinco años antes de que yo naciera. No tenía ese dato exacto. Pero lo estaba leyendo en medio de un juego de espejos. La tumba de mi niño tenía un rehilete y yo le llevé un chilco porque le gustaba cortarlos del jardín. Es muy fuerte la sensación de ver la tierra y saber que debajo hubo vida. Una vida que abrazaste y besaste mucho.

    Caí en la cuenta de que ya no existe nada del mundo en que habitaba antes, todo, todo se lo llevó el diablo. Incluso diría que me cambiaron el cuerpo, el tiempo, no termino de entender. Fue como si me hubieran cortado el switch un ratote, pero no me enteré. ¿Así se sentiría Buzz Lightyear cuando le cambiaron la pila? Abrí los ojos y el mundo seguía ahí, el mismo, pero yo era definitivamente otra. En un pestañeo, muté hasta no reconocerme más.

    No sé cómo describir mi sensación de caminar entre tumbas, después de tanto caos, no hay algo que pueda compararse: es miedo, alegría, culpa, respeto, enojo, impotencia, tristeza. Mi madre dijo, cuando salimos del camposanto, que nos habíamos escapado del panteón. Me dolió. A veces me pregunto si la sutileza sigue siendo parte de ella o si de plano es ignorancia genuina. Sin embargo, sentí la idea en mi cabeza tomando algo de forma. Eso era justo lo que me había pasado y la causa de mi malestar, además del duelo.

    Estoy aprendiendo a no enojarme (tanto) por cosas que me hacen mucho daño, a estas alturas de la vida es inútil tratar de corregir a los padres, tal vez siempre lo sea. Tal vez uno no debe intentar corregir a nadie. Tal vez es mejor hablar de poner límites cuando algo no nos gusta y ya. No sé, los padres son los padres y siempre nos quejamos.  Si yo estuviera del otro lado, seguramente sería más compasiva conmigo misma, pero también sé que podría querer enmendarlo todo. Honestamente, estoy cansada de dejarme sentir mucho, pero también de cranearle tanto a todo. ¿Pa’ qué? Es cansado y a veces obra en mi contra.

    Hoy aprendí una nueva manera de decir que una está hecha pedazos, salió ayer y no se va de mi cabeza. En mi funeral, sin duda tendrían que poner a Rosalía y perrear hasta el suelo, pero todavía no será. Todavía no será.

  • MyCancerJournals

    MyCancerJournals

    Cuando todo esto ocurrió, pensé que no iba a salir viva del hospital. Y nótese que estoy aprendiendo a eliminar el pronombre “me” de algunas oraciones habituales en mi vocabulario, pienso que poner más atención en la forma cómo una se expresa es re importante para quitarnos un poquito el protagonismo, todo en exceso se debarajusta. Hoy me da mucho gusto descubrir que nada fue cómo yo imaginé. Para bien y para mal. Yo estaba completamente cagada de miedo y me sentía la más triste de todas, si hubiesen hecho un concurso, por supuesto que participado, sin éxito. Pero siempre que una ola te revuelca pueden pasar tres cosas: te ahogas, logras nadar contra corriente o de plano el mar te vomita solito y es un albur en qué condiciones.

    Todavía no sé cuál de las dos últimas me está tocando a mí, pero me queda claro que, por ahora, no me morí. Por alguna extraña iluminación de las diosas siempre pensé en Audre Lorde y, desde ese fatídico día de julio, había intentado releer Los diarios del Cáncer, aunque sólamente tuve el impulso de escribir mi propia versión con esta enfermedad. Primero abrí una cuenta de Instagram (ni sé por qué tenía que ser esa red) y se la compartí sólo a unas cuantas personas que consideré mi refugio. Luego la abrí un poco más, pero terminé retomando el viejo blog, sin abandonar del todo Instragam. Creo que la intención nunca fue decir: “mírenme, tengo cáncer” o tal vez sí, pero por diferentes razones, principalmente porque no sabía que tenía una red sólida capaz de sostenerme. Ahora pienso que eso no sólo fue una sabia decisión de mi inconsciente, sino que también me permitió estar sacando la cabeza para no ahogarme con toda la tormenta. Ahora se vende bien barato el tema del éxito, la economía y el empoderamiento individual. Barato, barato como la carne de… MMM!

    Hace unos días, por fin abrí de nuevo mi pdf (las nuevas fotocopias) de Los diarios del cáncer. Y Lorde me pareció más bella que nunca. Es impresionante todo lo que estoy descubriendo, veo muchos detalles que en su momento me pasaron desapercibidos. Sonará a cliché vacío, pero debo decir que, efectivamente, esta enfermedad es una maestra muy cabrona. Probablemente, todas las enfermedades lo son de una u otra forma, pero sólo puedo hablar con precisión de lo que me está tocando vivir. 

    La verdad es que nada me ha sacudido tanto como el cáncer. Sí, la noticia de la enfermedad es una bala, pero que mientras te pasa eso la vida te arrebate al ser más bello y dulce en el mundo, es un puto basucazo. La existencia no vuelve a ser la misma, es imposible. Todavía me cuesta hablar de mi bebote sin que sienta un dolor tremendo. Pero una tiene que reinventarse, no sólo para sobrevivir, sino para volver a disfrutar la vida. Nuestro inconsciente culpígeno nos ha dicho que está mal disfrutar la vida después de que alguien querido muere, se siente como una traición, pero ¿eso es verdad?¿Tiene que serlo? ¿Por qué querríamos ser protagonistas de tanto sufrimiento? ¿Siempre protagonistas? 

    Hay días en que despierto y me siento muy feliz; otros más son grises y sólo quiero llorar. Y pues lo hago, gimoteo hasta que me canso; luego me da sueño, me dejó acariciar por Morfeo y despierto, puteada todavía, pero con algo de paz. También hago cada día más ejercicio porque me quita la fatiga permanente y evita que me deprima. A veces me da hueva, sí, un chingo, pero no hay de otra. La depresión es una mano que siempre jala hacia abajo, te convence de que hacerse bolita es mejor. Y a veces sí, pero a veces no.

     Ahora me está costando trabajo escribir, lo hago como puedo. Por lo regular evado porque estoy en un remolino emocional y no sé a dónde me va a arrastrar esta vez. A veces no quiero seguirme machacando con lo mismo, pero paradójicamente creo que reflexionar todo lo que sigue pasando me da cierta fuerza para seguir. Aunque no sé si valga la pena abrir la boca cuando una está todavía tan enojada con la vida. A la gente le cuesta cada vez más asumir que no todo lo que sale de una es dulce y armónico. 

    Pero entre todo el cochinero emocional, también he sentido culpa por haber tomado la decisión de exhibir así mi situación. ¿A quién no le da vergüenza arrancarse la ropa en público? Por estúpido que suene, a veces hay que explicar que no es sencillo ni bonito tener muchas miradas encima por algo tan culero. No es agradable que la compasión frecuentemente se confunda con lástima, como tampoco es grato lidiar con la gente que cuando no sabe qué hacer, prefiere mirar hacia otro lado. ¿Pero quién nació sabiendo cómo actuar todo el tiempo? Y es que una entiende que por un lado está la libertad individual, e incluso una misma defendería el  derecho a decir “no quiero estar”, pero eso no significa que no te abra la piel y se viva como un abandono o desprecio. 

     Abrir la vulnerabilidad a todo el mundo la pone a una frente al escrutinio del temor, la desconfianza e incluso la violencia, es un lugar emocional muy complicado e incómodo; pero también se abren puertas de amor y solidaridad. Y era eso, o morir sola por no querer incomodar a nadie. Luego pienso que es imposible darle gusto a todos, además, no tengo por qué avergonzarme de salvarme la vida. No, definitivamente estaría mal si lo pensara así. Mi vida es valiosa, incluso si soy un manojo de errores y malos modos. ¿Quién no los tiene? Aquí, unos somos espejos de otros.

    Hace bien poco encontré una entrevista donde Susana Zavaleta dice que ella jamás habló de su cáncer porque no le gusta la gente débil, que ella es fuerte y quiere que la vean así. A mí me cagó porque en mi caso fue exactamente lo contrario, la enfermedad me enseñó que no soy todo poderosa: aprendí (a la de a huevo) a pedir ayuda, entendí que no es posible tenerlo todo siempre bajo control. Audre Lorde dice, algo que he recordado mucho desde hace un año:

    Releo eso y entonces ya no me enojo con Susana Zavaleta, entiendo que sus condiciones de vida son otras, muy diferentes a las mías. Otra vez, Lorde tenía razón. Me impresiona su nivel de lucidez en un tiempo donde todavía no era común visitar al psicólogo si algo iba mal. O no lo sé, tal vez sí iba y yo sólo soy prejuiciosa. O tal vez venga de una cultura que comprende la vida de manera distinta, no sé. No sé. Lo mismo me pasa con bell hooks, y me pregunto si ambas veían al mismo especialista de la salud mental o qué rayos. Tampoco tiene mucho sentido, ni importa.

    Y pues sí, me sigue dando pena escribir sobre cosas tan personales, pero también me recuerda que toda mi vida he estado bastante escondida. Hay casas familiares donde todo siempre está mal: el placer, la diversión, el juego, lo diferente… Se me quedó muy grabada una escena de Duerme cicatriz, donde el papá de la personaja adolescente se aleja de ella porque empieza a escuchar música distinta a la que él le enseñó. Y le parece horrible que su hija se «contamine» de otras influencias. Creo que Nora de la Cruz sin querer me pasó el dedo por una vieja herida que, a pesar de los años, no termina de cicatrizar. Ahora he vuelto a la casa familiar (por necesidad, pero también por solidaridad) y es complicado, aunque distinto. Pienso que por eso fui “bien desobediente”. Hoy lo sé. Aun así, nunca estuve libre de culpa, iba a una fiesta con culpa, estudiaba con culpa, tenía ciertas amistades con culpa… En el fondo, nadie quiere alejarse demasiado del clan, ¡es el origen! Una paradoja y un “deber ser”, re introyectado. 

    Tampoco digo que mis padres sean necesariamente malos, detesto los maniqueísmos, son bastante tiranos y obtusos, sin duda. Sería injusto desconocer que hicieron lo mejor con las pocas herramientas que tuvieron. Y vaya que sus condiciones fueron mucho más cabronas que las mías. A veces creo que estuve enojada y triste tanto tiempo, por tantas cosas, que todo eso se me enquistó, creció silenciosamente como una bomba en mi útero. ¡En mi útero! No existen las casualidades, pero sí las metáforas.

      Yo, que «según» nunca quise tener hijes, me descubrí no sólo ese deseo, sino una fuerte melancolía ante la posibilidad de la extirpación. ¿Qué clase de loco conflicto se esconde en un tumor de útero súper escondido y difícil de diagnosticar? Creo recordar que Sontag dijo que el cáncer no era tan sofisticado como la tuberculosis, que era difícil “romantizarlo”. No sé si incluso convendría romantizarlo, pero creo que la enfermedad tiene metáforas interesantes. Y la ciencia bien poca información de nuestros complejos cuerpos e historias.

    ¿Y si todo está hecho de lenguaje? ¿De historias por descifrar y reelaborar? La mente es muy poderosa, para bien y para mal, quiero pensar, quiero pensar. Y lo quiero así porque me conviene. Inés me dió la idea y me fui a armar un frasco bonito lleno de pasitas con chocolate (las amo), le puse una etiqueta que dice: “Anticancerígenos”. ¡Una delicia! Me como una cada 12 horas por toda la vida. No quiero que vuelva el cáncer. No quiero. Luego me pregunto qué es lo que mi cuerpo me ha estado gritando con tanta fuerza. Quiero saberlo para poder desatar la metáfora. Y sí lo sé. Lo he venido pensado desde que supe que no podrían extirparme el útero, y qué bueno. Escribir es reinventar, reelaborar, reformular, relatar…

    Hay historias que son un veneno, un bicho en la cabeza, pero hay otras que son pura redención. ¡Oh, sí, por supuesto! No me puedo creer que estoy viva, no me puedo creer que estoy limpia de un cáncer que estuvo muy cerca de ser “terminal”, no me puedo creer que soy una persona que, después de mucho tiempo, está reinventando cómo disfrutar la vida, pese a que, de vez en cuando también me quiero rendir.

    A veces la belleza y el gozo vienen de cosas muy simples: como escuchar NuevaYol; tener un zoom con un amiga querida a la que no veías hace mucho; ver un video de comentarios cantados y reír hasta tener tos; escribir (aunque eventualmente me trabe); tomar un té verde tibiecito. Yo no sé qué tipo de señora de los gatos toma té verde, pero sí, ésa soy. También la que riega mal las plantas porque el tiempo nunca le rinde. Pero no las deja, ni las dejaría morir, a menos de que sea lo mejor para ellas. Ésa soy. 

    También soy la que últimamente sólo piensa en el enojo y dolor que inevitablemente causan las pérdidas. Sí, también me sentí re abandonada, re prescindible, re mal; pero me parece muy pendejo que no sea capaz de ver el revés de las cosas: ni estuve sola por completo, ni toda la gente sabe qué hacer en una emergencia, menos en estos tiempos donde los lazos están cada vez más rotos. Vaya, tampoco sé si quiero vivir envenenando mi cuerpo con tanta bilis. Los chinos dicen que el cáncer es bilis amarilla. Creo que prefiero mil veces, hacerle un hueco a lo que duele, a dejar que crezca descontroladamente dentro de mí, escondido, listo para matarme. Y aquí hago una pausa para reiterar que estoy hablando de mí, de MI historia con la enfermedad. 

    De cualquier modo, este periodo ha tenido demasiados picos, demasiadas vueltas, mareada definitivamente estoy. Pero tuve la fortuna de, en medio de la tormenta, aprender a construir un dique, un gran muro de contención que me protegió y gracias al cual, hoy estoy viva [inserte aquí escena de Frankenstein]. Eso es algo que sólo puedo agradecer y replicar para otras personas. Mi mamá pidió una misa para darle gracias a dios por mi salud. Yo nunca voy a misa, yo no creía en dios, es muy complejo de explicar, pero el miedo y la impotencia le hacen a una abandonar la soberbia. En el sermón el padre dijo que una vez dios salvó a nueve personas, pero sólo una regresó a dar las gracias. Me impactó. Yo no entiendo la vida sin el agradecimiento, incluso si las circunstancias me alejan de aquellos que alguna vez me tendieron la mano. 

    Ahora sé que mi vida importa y que soy querida por un montón de gente y eso basta para sostenerme. Sé que mi padre puede seguir deseando haber tenido solo hijos con pene, sin que eso me martirice y me obligue a una vida que no es mía con tal de demostrarle que soy valiosa. ¡Nanai! Eso no es asunto mío. Entiendo perfecto que nadie es perfecto. Eso es muy importante para que alguien decida quedarse en este plano terrenal.  Y esta es mi historia, Forrest Gump, se mueve y cambia como la gelatina de mosaico (digo gelatina de mosaico y pienso en una fiesta de cumpleaños, con pastel en servilleta y toda la onda). Igual que ésta, mi historia tiene la maleabilidad de los líquidos, pero es capaz salir del molde sin perder la autocontención.

    Mi primer apellido es Santillán, una derivación de un lugar en España llamado Santillana del Mar, en nuestra cultura muchos apellidos tienen que ver con lugares, mi segundo apellido es Barrera, siempre lo pensé como un obstáculo, un estorbo, pero se me había olvidado que que los muros también protegen:

    El gran dique [o mi muro de contención]

    Yo,

    yo fui un barco a la deriva,/ una casita en la peña de un pueblito, /a veces solamente un perrito sin dueño/ y como todo ser de abandono,/ ladro y hasta muerdo/ cuando me siento en peligro,/ no tengo muchas cosas,/ pero tengo una vida;/ no dudaré en usarla/ para todo lo que yo quiera,/ porque aquí es donde yo habito,/ y no, no sabemos si mañana/ tendremos otro chance,/ con todos los nombres/de mi cardumen/ he formado un dique,/ la muerte no pasará,/ no todavía./ Francisca no está,/ vuelve otro día.

  • “Todo bien”

    “Todo bien”

    Y si el dolor es la estela del impacto contra el diagnóstico? Hoy en medicina paliativa me trataron bonito, me tocó un doctor muy atento, al que llamaremos «K.C.», tiene todo el porte de bonachón: es alto, barbón, gordito, rosadito: un osito de peluche. Me mandó varios medicamentos para el dolor, pues mis huesitos siguen todavía adoloridos. La enfermera del servicio también, muy agradable. Es como si la vida sólo se dividiera en buena o mala, en ser amable o ser mula. ¿No hay término medio?

    Salí con un montón de medicina, como siempre que salgo de paliativos. Me quedé pensando en cosas posibles, como que si el dolor físico y el dolor emocional son muy distintos entre sí, o si el dolor físico puede ser un eco del dolor emocional, como decía el Sr. Hamer (aunque no dijo eso exactamente). También pienso en Susan Sontag y sus metáforas. Y pienso en todo lo que brotó de mí con el diagnóstico de cáncer.

    Luego bajé a mi cita con Mioncóloga Maravillosa, y mientras esperaba mi turno, me enteré que no debería tener dos consultas el mismo día porque no pueden llevar el expediente de un lado a otro. Bueno, siempre se aprende alguna burocracia hospitalaria nueva.

    Mi hermana y yo nos sentamos a esperar en la sala de Trabajo Social; yo traía una contractura fuerte en la espalda, además de un coqueto tic en el ojo derecho. Y en eso estábamos, cuando una tubería enloqueció y el agua empezó a salir por debajo de una puerta. Llegó mucho personal a tratar de repararla, pero ya no sé si se logró, me llamaron y nos metimos al consultorio de la doctora. Fue rápido, me midieron, me pesaron, me exploraron la panza, pulmones y cuello. «Todo bien».

    Vimos mi cuerpo por dentro y la doctora dijo: «Todo bien». Me dió el alta, no sin decirme que de ahora en adelante tengo que tener un seguimiento estricto, pero ya no con ella, lo cual me puso triste, pero tiene razón, porque también dijo: «Ojalá no vuelva a verte por aquí».

    Mi hermana todavía preguntó qué había pasado con el tumor y ella dijo: «No hay actividad metabólica, no hay enfermedad». Y luego dijo también, porque sí, tenía que decirlo: «Sí, el cáncer siempre puede regresar». Pero hoy ya no, en mi cuerpo ya no hay enfermedad.

    Salimos algo confundidas, pero contentas. Yo a punto del llanto, pero sin poder sacarlo por la prisa de salir de ahí lo más pronto posible. Fuimos a buscar un pan de muerto a una cafetería que se llama Happy algo. De camino nos encontramos una iglesia y nos metimos un rato. Ahí estaba el buen San Charbel, otra vez la vida lo puso en mi camino. Nos sentamos dentro un rato y lloré poquito. Por cierto, la iglesia se llama La Divina Providencia. Todo es perfecto, diría Inés.

    Salimos y seguimos caminando sobre Parroquia buscando la cafetería, pero antes encontramos La puerca pecadora y nos tuvimos que estacionar a comer unos tacos. Las mejores quesabirrias que he probado con todo y caldo de huesos. ¡Yomi, yomi! Mi hermana es la mejor compañera de hospital del mundo.

    El tic en el ojo se fue casi cuando salimos del hospital, pero me quedó un dolorón de espalda tremendo de tanto contener y soportar la tensión emocional. Pero ya irá pasando, lo importante es que cantamos juntas de regreso a casa una canción de la Karol G. Y «todo bien».

  • Tomografía por emisión de positrones

    Tomografía por emisión de positrones

    [27 de septiembre de 2025]

    Una de las formas de saber si una ya no tiene cáncer es la tomografía por emisión de positrones (o PET), un estudio de imagen que escanea todo el cuerpo buscando actividad metabólica anormal. Tal vez lo diga todo mal, pero el líquido que inyectan es a base de glucosa, pues las células malignas se alimentan principalmente de “azúcar”, de ahí que se crea que cuando una tiene cáncer, debe dejar de comer arroz con leche. Pero no, dice Melisa (mi nutrióloga) que no es posible matar de hambre al cáncer. 

    Y pues, yo pienso que sí es importante considerar cómo funciona la enfermedad, incluso a nivel psicológico. Supongo, que si hubiera certeza de que alguna planta, o remedio, surtiera algún efecto importante contra el cáncer, ya se estaría comercializando; la noticia sería todo un acontecimiento, pues millones de personas lo han padecido, su tratamiento es tan caro que difícilmente alguien puede pagarlo de un solo tarjetazo. 

    Bueno, en realidad pasa lo mismo con muchas otras enfermedades, sobre todo si se extienden en el tiempo. Quizá una diferencia importante es que con el cáncer hay que actuar rápido y antes de ser atendida, ya se tiene una deuda enorme, a menos que se cuente con un buen seguro. Toda la gente debería tener uno. 

    El jueves pasado tuve mi primer PET, ese sí me lo brindó sin problema el hospital, cosa que agradezco porque, dependiendo de dónde se realice, está por encima de los diez mil pesos. Esto me tuvo un poco inquieta la noche anterior y caí en la tentación de buscar información sobre el estudio para asimilar algo al respecto; pero el vocabulario científico no es mi fuerte, no por las palabras en sí, sino por todo el conocimiento abstracto que conllevan. Aun así, intento e investigo poco a poco lo que no entiendo. 

    Me fui de casa mucho tiempo antes de la cita, porque quería alcanzar algo del Ave Fénix. Valió la pena, el grupo de psicólogos estuvo a cargo de la sesión y fue bastante reveladora, supongo que para varias mujeres más. Llegué un poco tarde, pero alcancé a entender que el tema era “el perfeccionismo” y, como derivación, la importancia de ocuparse de una misma. Hablaban de ese “perfeccionismo” que hace que una mujer se empeñe en ser buena madre, buena esposa y se desviva por otros, antes que por ella. 

    Varias compañeras comentaron sus experiencias en ese sentido, otra más, habló de cómo impactaba en ella el juicio de sus vecinos sobre cómo “debía ser”. Lo que me hizo pensar en de qué forma soy yo perfeccionista, pues sé que sí lo soy, pero distinto. Aunque he trabajado bastante mis rasgos de personalidad, pienso que siempre hay una sombra que no alcanzamos a ver en nosotras mismas y por eso se va a terapia, en el mejor de los casos. 

    También hablaron de la “conexión social”, que tiene que ver con el sentirse respaldada por una sociedad, un grupo, amigos o la familia. Según la doctora, saber que el barrio te respalda es fundamental en una situación crítica como el cáncer, o al menos eso fue lo que entendí, porque reitero que llegué tarde. ¿Debería sentirme confundida con respecto de lo que percibo? No lo sé. 

    Lo que sí sé es que cuando me sentí a la deriva, mi impulso me hizo pedir ayuda y, aunque ahora me resulta incomodísimo tener que responder cuando me preguntan sobre todo lo que he pasado, no me arrepiento de haberlo abierto, porque mucha gente me hizo sentir valiosa y justo era eso lo que necesitaba para poder aferrarme al mundo.

    Yo no sé cómo va a ser de ahora en adelante mi vida, todo se me rompió, todo colapsó; empezar de cero es un reto que me aterra. Todo lo que un día quise, ya no lo quiero, pero tampoco sé con certeza lo que sí, pues siento que también hoy veo mucho que no veía.

    Salí corriendo del Ave Fénix para ir a mi PET, llegué a mi cita con media hora de anticipación. Me formé, fui la primera en pasar porque la otra señora no se lavaba las manos. Siempre nos piden eso antes de canalizarnos. Había dos enfermeras, ambas bastante malhumoradas, la verdad. Cuando eso pasa, siempre me pregunto cuáles serán las razones por las que no les gusta su trabajo. 

    Ya limpias mis manos, me pusieron un suero chiquito, me llevaron con mi botella de agua (que ya casi me acababa) a un cuarto pequeño, me sentaron en un reposet muy chido, me pusieron una sustancia radioactiva, me apagaron la luz y me dejaron ahí por 50 minutos.

    Al principio, yo jugaba a seguir el brillo que entraba por el contorno de la puerta y la luz roja que emitía una cámara de vigilancia, hasta que me aburrí. Por fortuna, no me dio claustrofobia, después de fastidiarme de dar sorbos a mi agua, me quedé dormida. Soy de sueño muy fácil.

    Abrí los ojos hasta el momento que abrieron de nuevo la puerta, luego me llevaron a la máquina. Un túnel que estuvo girando alrededor de mi cuerpo por poco más de 15 minutos. Como a la mitad del proceso me aplicaron el contraste. Esta vez no tuve ganas de vomitar, sólo sentí el clásico calor que se extiende por el centro del cuerpo, pero esta vez la sensación llegó hasta los pies. Y eso fue todo. Los resultados, supongo, me los darán la próxima semana que vea al radiólogo. 

    Me regresaron a la sala de espera y caminamos hasta la entrada principal, que estaba toda mojada porque se mete mucho el agua con la lluvia. Mis tripas se comían una a otra, me fui a comprar una torta de milanesa que, para mi mala suerte, no estaba tan buena. Pero sí me liberó de las casi 10 horas de ayuno que llevaba. 

    En la tortería me vino el recuerdo de mi yo de secundaria, de vuelta a casa con mis amigas gemelas. Si caminábamos de Tlacopac a Barranca del muerto era porque teníamos antojo de una torta de milanesa con quesillo, de las que vendían en el paradero. Además, ir hasta allá, nos permitía tomar el camión vacío, sentarnos hasta el fondo; el pesero nos lanzaba por el aire con cada tope y desde ahí llenábamos el autobús con aroma a torta de milanesa. Ya sé, no es glamouroso, no me importa. Era divertido y delicioso, ningún pan con carne empanizada ha tenido el mismo sabor.

    Medicina nuclear, le dicen a esa área donde hacen el PET. Y yo me sentí como si acabara de aterrizar de una nave o como si saliera de la oficina de Homero Simpson. Tal vez por eso dije: 

    -Mmmmm… rosquillas.

  • No sé cómo escribir sobre esto

    No sé cómo escribir sobre esto

    [9 de septiembre de 2025]

    El domingo antepasado mi perrijo se puso mal. No se levantó de su cama, se hizo pipí y popó encima, luego descubrimos que había vomitado negro. Me pregunto si Hipócrates vio algo similar y esto lo instó teorizar sobre la bilis negra. Me intriga también saber si mi perro se sentía mal desde antes o si estaba triste.

    Días atrás, se veía normal, quizá un poco más lento al caminar, con algunas canas en el rostro, menos ganas de jugar, pero igual de amoroso. La mayor parte del tiempo su pose era serena, pero con el sonar de la campana de la puerta, se volvía un caballito desbocado. “Caballo”, también así le llamaba, aunque su nombre oficial era otro. 

    No sé si soy yo, o sí toda la gente tiene una gama de sobrenombres para sus mascotas. “Caballo”, “Marrón”, “Pequeña bestia” son algunos de los que conforman la mía. Me queda claro que de unos 15 años para acá (calculo), nuestra relación con animales domésticos es muy diferente. Cuando yo era chica todos los perros (o al menos la gran mayoría) estaban fuera de las casas y casi nunca salían a pasear. Bueno, incluso algunos vivieron toda su vida en una azotea. 

    Mi papá, por ejemplo, no es del tipo de personas que se encariña mucho con los animales, mi madre un poco más, pero aun así guarda su distancia. Para ellos los perros van siempre afuera de las casas y no se suben nunca a las camas. En 2019 (no sin dolor) me separé de mi can y él pasó a vivir con mis padres; antes de eso vivimos juntos como seis años. Y ahora otra vez compartíamos hogar.

    Llegó a mí del tamaño de una bolita de pelos, cabía bien en la palma de mi mano. Cual buen perro callejero tenía la panza llena de bichos. Su madre entró a parir al jardín de mi hermano. Le nacieron varias cancitos negros y uno amarillo. Éste último me eligió para hacerme cargo de él.

    Llevaba un tiempo de haberme independizado de mi familia, tenía una pareja estable con la que duré varios años y, cuando nos fuimos a vivir juntos, decidimos adoptar al perrito. Bueno, no sé qué tanto “decidimos”, así en plural. Yo quería un perro, como también en el fondo de mi corazón, deseaba un hijo, pero ese era un paso mucho más complicado que no pensaba dar, a menos que me sintiera lista y segura de que el padre no se desentendería cuando llegarán la rutina y los momentos complicados. 

    La vida ha cambiado mucho desde la canción de Natalia Lafourcade, ella a su corta edad, empezaba a ver ciertos movimientos en la sociedad, pero alrededor del 2010, el feminismo no había popularizado la idea de no casarse, ni los discursos contra los hijos. Bueno, en general, el feminismo era una cosa rara que muchas mujeres mirábamos con cierta desconfianza; eso, y que yo había crecido sin conocer otros modelos de mujeres que me hicieran saber que podía elegir una vida distinta a la que tenía mi madre.  

    Y en ese contexto llegó Lucho o Luccio (cuando se volvió italiano); el primer ser vivo que dependía completamente de mí y a quien debía educar para que no hiciera destrozos dentro de la casa. Antes había intentado adoptar una perrita blanca que vi en internet, pero no quisieron dármela porque yo no contaba con los medios suficientes para tenerla “bien”. En la ficha de adopción preguntaban casi hasta con qué marca de croquetas pensaba alimentarla, y pues con trabajo me estaba aprendiendo a mantenerme a mí misma. Supongo que mis respuestas no correspondieron con los ideales de los salvaperros. Me decepcioné y me sentí culpable por no poder darle las condiciones “adecuadas”.

    Un día mi hermano me dijo lo de los perritos en su jardín y que podía ir a verlos para ver si me quedaba con alguno. Así llegué a su casa (creo que un domingo en la mañana) y una bola amarilla caminó directo hacia mí para jugar con mis agujetas. Él me eligió a mí y yo lo quise desde ese momento. Mi perrijo. Hay gente que dice que el paso previo a tener hijos es un perro, o al menos así era. Una especie de entrenamiento antes de que una pareja se convirtiera en los padres de un bebé. 

    Ahora todas esas cosas parecen cada vez más ridículas, al menos entre la gente de mi círculo más cercano. Creo que el hijo dejé de desearlo cuando me vi sola con Lucho, sin un peso y a punto de empezar una maestría que cambiaría el rumbo de mi vida de muchacha pueblerina, cosa que para nada digo con desprecio: orgullosa siempre de mis orígenes. Eso, y otros pedillos que nos fueron saliendo en los genes. De entrada la bilis negra había corrido siempre por mis venas, y no confiaba en que pudiera hacerme cargo de otro ser humano. Ahora me resulta tonto haberle dado tanta importancia a mi estado de ánimo, igual que me parecen irrelevantes todos mis problemas previos al cáncer. 

    Luchito llegó a mi vida para alegrarla y para acurrucarse a mi lado cuando la pareja se rompió y dejó una cicatriz bien profunda que tardó bastante en sanar. El cáncer ya de por sí me había puesto a pensar en la maternidad, pero ahora la muerte de Lucho, volvió a ponerla en el centro de mi mente. Algunas veces me he escuchado a mí misma decir que nunca he querido ser tener hijos, pero revisando un poco mi pasado, he descubierto que eso no es verdad, claro que ha habido momentos en los que lo he deseado.

    No creo en algo así como un “reloj biológico”, pero sí en el deseo de cuidar y dar amor, lo cual no pienso que necesariamente tenga que ver con «maternar»; una puede cuidar y amar a sus padres, a sus hermanos, a sus amigos… Quizá la diferencia estriba en el grado de dependencia que un hijo tiene con respecto de su madre. Si una mamá no brinda el cuidado adecuado a su cría, ésta muere; pero también si lo proteje demasiado, lo asfixia o lo hace inútil. La posición de madre es muy compleja, ¿cómo saber que se está en el justo medio para que una dependencia sea sana?

    Hace años me daba temor no ser una buena madre, luego ese miedo se convirtió en una cosa horrenda que tenía que ver más con no querer abandonar mi vida «loca», a mí la libertad de la juventud me llegó más tarde. Justo cuando escapé de casa de mis padres, me separé y terminé de aprender a mantenerme a mí misma.

    En este momento de mi vida no sé si quiero ser madre, aunque tampoco es algo que me quite el sueño. Después caigo en la cuenta de que tengo cuatro gatos, cuatro seres que dependen de mí, a los que amo y cuido con amor, pero a veces también con molestia. Los animales son más dóciles que los humanos, sin embargo, no dejan de ser un otro que interpela con su diferencia. 

    Una vez me dijo una pareja: “Me gustan los animales porque, independientemente de lo que uno haga, son amorosos”. Y claro, tenía cierta razón. Un perrito no te riñe cuando algo le molesta (o bueno, depende de su personalidad), tal vez se orine sobre tus plantas, pero jamás dirá cosas incómodas, ni le durará tanto el enojo como para irse de casa.

    Pero tampoco quiero caer en una lógica maniquea donde un vínculo es mejor que otro. A lo que quería llegar, más bien, es a lo difícil que es pensar el deseo materno hoy en día. Y a que cuidar y amar no siempre es «maternar», mucho menos es obligatorio. Pero sí necesario para la subsistencia de todo ser vivo. Los que tuvimos padres fríos o ausentes lo sabemos requetebien, a pesar de que finjamos demencia y digamos que no necesitamos de nadie y que se vayan todos ALV. 

    Y bueno, aunque un perrito no es un hijo, supongo que una sí puede depositar su deseo materno en ese vínculo. Al menos fue así en mi caso y no tengo por qué negarlo. Por eso mi Luchito me dolió tantísimo y sentí que yo también me moría con él. Pero Luccio solo está siguiendo el camino que todos debemos seguir tarde o temprano: el de la transcendencia.

    Sé que fue lo mejor para él, porque si el cáncer es difícil para un humano, lo es todavía más para un perrito viejito, además, no tengo por qué aferrarme a su existencia material e impedirle su natural evolución de “caballo” a “unicornio”. Siempre tuvo una manchita blanca en la frente, yo bien sabía que un día ahí le crecería un gran cuerno de colores.

  • Revolución

    Revolución

    Tierra y Libertad 

    9 de Julio de 2025

    Si este gobierno en verdad tuviera buena voluntad, ya me hubiera asignado una beca de escritura. Sería una bella forma de ayudarme, dado que me la he pasado re mal y lo único que me mantiene viva es la escritura. ¡Soñar no cuesta nada! En cambio, sólo me vigilan con lo que yo amablemente les comparto, luego me ignoran y al final, parece que me ponen más trabas por algo que simplemente es mi derecho, ni más ni menos. Es decir, que sólo siento que el Estado ha contribuido a violentarse más. Y cállate, cállate que les dañas el feminismo burgués y neoliberal. La mayoría de las personas nos tomamos muy mal los reclamos, pese a que se nos critique con tacto y justicia. Ya lo decía Sartre: “El infierno son los otros”, porque uno es perfectamente impoluto y rencoroso.

    Hay una diferencia bien grandota entre saber y no saber. Hay quien sabe perfectamente lo que está haciendo y quien no. La gente que “sabe” se sorprendería si descubriera todo lo que los que están fuera de su círculo no sabe. La desigualdad de capital cultural en este país, también es tremenda. Por eso robarle al pobre no está bien, ni económicamente, ni culturalmente, ni de ninguna manera (Saludos a Salinas Pliego). Es abuso sobre abuso y ni siquiera haber sido pobre lo justifica. Es como dicen por ahí: “darse un balazo en el pie.” Y tal vez ya no duele, pero envilece.

    Hace dos semanas empecé la braquiterapia. Tuve que volver a hacer la maniobra legal, pues se volvieron a tardar. Esta vez respondieron con una marometa, pero al final el abogado supo perfectamente qué hacer.  Se supone que es la última parte fuerte del tratamiento, no tengo idea de qué venga después. Me tengo que poner a investigar. De entrada, la próxima semana tengo laboratorios, tomografía de mi cabezota y cita con Mioncóloga Maravillosa. Tengo muchas ganas de descansar y llorar, porque no han sido días fáciles y no he tenido ni tiempo; los acontecimientos desafortunados han aparecido en cascada.

    En paliativos me dijeron que con la braqui ya no iba a tener molestias, pero la verdad es que sí las tengo. Siempre me sorprendo, siempre suceden cosas que no tenía contempladas. Llegué el lunes 23 de julio a Morelos, el hospital está en Emiliano Zapata, diría que en medio de la nada, pero eso sería injusto con las escasas y humildes casitas de los alrededores, el hospital infantil, los albergues e incluso los negocios de comida instalados frente al hospital. Está zona de hospitales no se parece nada a la de Tlalpan, ni a los alrededores del Hospital 20 de Noviembre, se parece más al hospital de Tláhuac (y también la tratan a una bonito, aunque se entra con mucha más facilidad que en este último, que seguro por ser inmueble rentado está hípervigilado). 

    Llegué a un Airbnb (que pagué con lo que la gente me donó) en el centro de Emiliano Zapata, a 10 minutos del hospital. Llovía a cántaros y todos los días posteriores hizo frío, lo cual agradezco porque con las molestias de la menopausia ya no soporto el calor. Era domingo, mi cita estaba programada para el día siguiente a las 7:00 a.m., mi madre sería la encargada de acompañarme, cosa que me apena mucho porque está cada vez más grande y yo debería ser quien cuidara de ella. No al revés. 

    En la Ciudad de México me dieron varios estudios y papeles que tenía que entregar en Morelos, entre ellos un dibujo de los movimientos de mi corazón, no tengo idea de cómo se lee, pero me pregunto si alguien será capaz de interpretar todo lo roto que está. Me recibieron el radiólogo y sus médicos residentes, todos muy jóvenes y amables. Me volvieron a revisar, no me había tocado eso desde el 9 de mayo y siempre es muy incómodo, una se convierte en un cuerpo cuyas características hay que analizar, no importa la historia que hay detrás de tu nombre, tampoco cómo fue que llegaste a encontrarte en una situación así, nadie te pregunta mucho eso, a pesar de que podría ser relevante.

    En el hospital no importa tu edad, si eres pudorosa o si tuviste una o más parejas sexuales, todos van a mirar y meterte mano porque es lo que hay que hacer. Tal vez te pidan disculpas antes, pero tal vez sólo lo hagan maquinalmente, tal como lo haría cualquiera que sólo te ve cara de expediente. Como quiera que sea, los tres médicos que exploraron mi vagina estuvieron de acuerdo en que no había actividad tumoral y que, efectivamente, era candidata para recibir braquiterapia inmediatamente porque ya había pasado mucho tiempo.

    Luego, así como no queriendo la cosa, también me informaron que tendrían que modificar mis citas de la siguiente semana debido a que los anestesiólogos no irían. Maldije dentro de mí, porque ya había reservado el Airbnb por dos semanas y yo no quería estar yendo y viniendo de Cuernavaca, pues cuando te sientes mal, es un calvario. Suspiré y me consolé diciéndome que lo más importante era empezar ya mismo el tratamiento. Pero de cualquier forma estuve enojada hasta que pude resolverlo. 

    Concluyendo la consulta, el Doctorsote y el Doctorcito (los residentes) me llevaron a la sala de braqui; ahí me recibieron Cosmo y Wanda los enfermeros más maravillosos que he conocido. Cosmo es casi siempre el encargado de canalizar y aplicar los enemas, lo hace con un respeto y cuidado impecables. La verdad es que todos ahí tienen buenas maneras para tratar con los pacientes, claro, seguro que también influye no atienden a tanta gente como en los hospitales de la Ciudad de México. 

    Cosmo me contó que muchos egresaron de la misma escuela, donde les hacen incapié en la importancia de hacer el proceso de los enfermos lo más grato posible, puesto que lo que están atravesando ya es suficientemente horrible. Me lo contó uno de los días en los que yo estaba en la camilla recuperándome de la anestesia y él me acompañaba en el tránsito entre el sueño y la vigilia. Justo cuando yo lo bautizaba como mi padrino mágico. 

    Le dio risa y eso le animó a compartirme que ese trato se debía a que era muy consciente de la importancia de la suavidad ante la aspereza de los tratamientos. Para algunos pacientes es más difícil que para otros, pero incluso para el personal de salud no deja de ser impactante. Le pregunté también por qué esa vez me habían hecho una tomografía.

    -Siempre te la hacen. Es parte del procedimiento, me dijo. 

    Sólo que yo no me había dado cuenta en ninguna de las dos veces anteriores, me quedé tan dormida que ni me enteré. Supongo que es para saber el lugar exacto donde tiene que ser aplicada la radiación, los físicos tienen que ser muy precisos con ese cálculo, pues intentan dañar lo menos posible otros órganos. 

    Las primeras dos sesiones pasaron sin mucha pena ni gloria, el primer día sólo fue percatarme de lo bien que parece llevarse el equipo de braqui, de lo distinto del trato, la diferencia entre el número de pacientes y lo pequeño del pabellón. Antes de entrar al búnker caminé por el pasillo al ritmo de Luis Miguel y al salir abrí los ojos con Rammstein, prueba de lo democrática que puede llegar a ser una bocina. Las dos pacientes que me acompañaron en el pabellón de braqui también provenían de la Ciudad de México. No entendí como fue el procedimiento, salí completamente desorientada y adormilada. Aun así, me alcancé a dar cuenta de que la técnica de mis compañeras (cilindro) era diferente, a ellas no las sedaban.

    Al día siguiente me tocaría descansar y volvería hasta el miércoles, cuando coincidí nuevamente con las señoras; aprovechamos la pasarela del enema para intercambiar experiencias y posar con nuestras batas azules descoloridas. La anestesia fue menos intensa para mí esa mañana, pero salí con mucha hambre directo a comerme mi lunch (¡me dieron uno!), luego fui a desayunar como se debe en los localitos que están afuera del hospital.

    Un muchacho vendía tacos de todo; comí unos de no sé qué al carbón. Estaban buenos. Luego volvimos al departamento y me tiré a descansar en el sillón porque llevaba tres días con dolor de cabeza y estaba de mal humor. Miré mi celular para revisar si había algún pendiente y ahí fue cuando me explotó otra bomba de la que ya no quiero hablar. La izquierda que nos gobierna se ha puesto cada vez más rara. Pero diré que hay formas menos violentas de corregir y que nada justifica que paguen justos por pecadores, suponiendo que esta interpretación mía, sobre lo ocurrido, sea correcta. Aunque también tengo otras hipótesis. Luego volví a la Ciudad de México a resolver en una semana todo lo que ya se había complicado.


    Tierra de espejos cuánticos 

    10 de julio de 2025 

    Ayer terminé la braquiterapia y debo decir que, a diferencia de cuando se acabó la radioterapia, no me siento del todo feliz. El lunes que volví a Morelos, tuve unos días muy impactantes y aún no termino de procesarlos. Había dos pacientes nuevas, la primera con la que platiqué, me contó que su yerno vive en Estados Unidos, sin papeles. ¡Qué terror! Y que la esposa de él, su hija, murió de una leucemia que le descubrieron demasiado tarde. ¡Doble horror! Afortunadamente el cáncer de esta señora no era tan avanzado como el mío y se veía muy bien, además, era su última braqui.              

    Mientras a ella la pasaban al búnker, yo me quedé hablando con la otra paciente, que igual venía de Ciudad de México. Ella se veía bastante mal, muy delgada, con la piel ligeramente grisácea y angustiada. Me dijo que volvería a entrar a valoración, pues los residentes le habían detectado actividad tumoral. Indagando me enteré de que su cáncer era muy similar al mío. Por lo que me contó, más o menos estábamos en la misma etapa, pero ella no tenía claridad de eso, tampoco sabía cuántos niveles de enfermedad hay, lo cual me hizo recordar que en la sala de radioterapia, escuché que un señor le decía a otro que había como 14 etapas. Y yo no supe decidir si abrir mi bocota iba a ser mejor o peor. Entonces me puse a rezar, en mi mente.

    Por lo que hablamos me di cuenta de que ambas sentimos la misma impiedad de los ganglios en las piernas; sólo que a mí me los extirparon en un hospital particular (donde mi hermana y yo nos gastamos nuestros ahorros) y a ella no. Su oncólogo tuvo que hacer una maniobra para que lograra llegar a la radioterapia más pronto, estas cosas se hacen porque si pasa demasiado tiempo, la única opción de tratamiento es quimio y un milagro.  

    Ella terminó radioterapia el 2 de junio y el 7 de julio estaría empezando la braqui, había pasado poco más de un mes, le dieron la cita antes de lo que me la dieron a mí y ya no era candidata. Había sido demasiado tarde. Cuando llegué al ISSSTE, me dijeron que mi operación había sido una pesadez de lanza porque con los estudios de imagen, el doctor podía saber que no era candidata para cirugía, pero nunca he estado tan convencida de que haya sido un error. Coincidir con esta chica, me hizo sentir que la vida me estaba poniendo enfrente un espejo, yo estaba justo enfrente de otra de mis posibilidades. Ella era mi réplica. Volví a rezar en mi mente.

    Ese mismo día, cuando llegué al hospital con mi mamá estuvimos escuchando la plática de otros pacientes en la sala de espera. Uno preguntaba qué era la simulación, porque él venía a eso. Luego quiso saber más sobre la radioterapia, si dolía, qué se sentía, etc. Una señora a su vera le explicó un poco con algo de impaciencia, luego otro hombre se ocupó de darle más detalles.

    -A mí me quitaron todo el estómago, le dijo.

    – ‘Orita me están dando radiación pa’ prevenir que regrese.

    Yo pensé de inmediato que eso no podía ser posible porque no se vería tan bien como se veía. Pero me quedé con la duda de qué sería verdad. Esta semana salí muy triste del hospital, fue devastador emocionalmente y por eso hay algunos detalles que no quisiera compartir. Al menos no ahora. Me puse muy triste y estuve a punto de lágrima toda la semana. Excepto ayer, que caí en la cuenta de que lo más cabrón acababa de pasar. Que parece que sobreviví a otra pandemia, sólo que ahora estuve en el foco de infección. 

    Mañana 13 de julio hace un año que me dieron el diagnóstico de cáncer. Sentí que flotaba en una nube espesa durante varios meses en los que todo fueron lágrimas. No me sorprende (aunque no lo justifico) que gente muy cercana haya decidido mantenerse a una distancia prudente, en vez de preguntar cómo podían ayudarme o si necesitaba algo, todo esto ha sido demasiado. Lo que sí me impresiona es que a alguien le pase exactamente lo contrario, que pese a ver el sufrimiento ajeno no sea capaz de tener tantita madre y pueda mantener sus intereses personales por sobre quien sea necesario. En verdad que nos hemos envilecido. Podrán llamarme pesimista, pero no podemos seguir sólo poniendo cara de boba de optimismo. Pero pese a todo: ¡Viva la vida!

  • Braquiterapia

    Braquiterapia


    Al lado de mí

    había una señora,

    y en medio de nosotras: 

    mi venoclisis

    como un Dios de hierro.

    Del otro lado, 

    un asiento libre,

    esquema:

    (* I.S)

    Ella preguntó 

    si ya me habían dado radio,

    porque ése era su primer día

    y estábamos ambas

    envueltas en una bata azul

     raída

    y con las nalgas al aire.

    -Sí, le dije. 

    -No duele nada,

    no se siente absolutamente nada;

    pero habrá consecuencias.

    Esquema de mi zona pelvica: 

    ({ . })

    -Siga muy bien sus recomendaciones.

    Ella venía de Oaxaca, 

    tenía apenas un poco de pelo.

    -¿Que no habrá en Puebla? 

    Éste me queda muy lejos. 

    -Nomás hay aquí y en el D.F., respondí.

    Luego reparé en que 

    ya ni siquiera existe el D.F.

    -A mí me operaron, dijo ella.

    Le pregunté en qué parte

    del cuerpo, 

    porque no se le notaba. 

    Me señaló su boca.

    Entonces

    vi la cicatriz deslizarse por su cuello.

    -Le van a radiar la cabeza, dije. 

    Ella asintió 

    con un movimiento.

    Entonces 

    lo que vi fue miedo corriendo en su ojos.

    ¡Dior¡ 

    Somos nosotras,

    las mutiladas de la Tierra,

    requerimos batitas glamurosas.

    Y si en 500 años

    resulta que esto será 

    una mera barbajada? 

    No hay un día,

    desde ese lunes 

    en que la vi 

    sola en la sala

    que yo no tenga miedo. 

    Sigo sentada ahí,

    con ella, para ella,

    conmigo;

    esquema:

    (*I.I)

    Ni le pregunté su nombre. 

    -Yo ya terminé la radio, le dije,

    vine a braqui. 

    Usted va a estar bien,

    dije como un decreto,

    ya solamente es preventivo. 

    Pero no le pregunté su nombre,

    no sé por qué no le pregunté 

    su nombre. 

    Luego me montaron a una camilla

    y me llevaron al búnker.

    Esquema:

    [[ I ]]

    Cuando desperté 

    el braquisaurio ya no estaba ahí. 

  • Ave Fénix

    Ave Fénix

    29 de mayo de 1996 (2025)/ 9 de junio de 2025

    Desde ayer he estado confundiendo los años a la hora de escribir la fecha, ayer fue 1995, hoy 1996. No tengo la menor idea de qué pasó en esos años, cuando yo tenía entre 9 y 10. Estoy segura de que estaba en primaria, tanto como lo estoy de que hoy estuve en el Ave Fénix. No, no estoy loca, en verdad existe el Ave Fénix. Hoy mientras estaba ahí pensé en el «Teatro sólo para locos» de Hermann Hesse. Si no mal recuerdo era un Teatro Mágico, la entrada costaba la razón. En este caso, el precio es algo parecido: fé, pero la fé no es racional, es el mecanismo o, más bien, la sustancia con la que está hecho un milagro. Cuando iba de salida una señora me tomó de la mano y me dijo: tienes qué tener confianza en Dios. 

    -Por supuesto -dije por primera vez en muchos años, casi segura de mis palabras.

    No, el Ave Fénix tampoco es una secta, pero sí parece un lugar mágico, un oasis de mujeres sobrevivientes de cáncer que llevan 18 años reuniéndose una vez al mes para compartir saberes y experiencias sobre la enfermedad, pero sobre todo para compartir la vida. Se han agrupado en torno a Mioncóloga Maravillosa. Y no creo que sea casualidad que se reúnan al pie de un gigantesco y hermoso árbol de hule. 

    El imaginario habitual de un ave mitológica como ésa es un pájaro de fuego, sin embargo, lo que yo pude descubrir este día, es más parecido a un conjunto de palomas comiendo maicito en una plaza pública, van llegando de a poquito y a destiempo, cada una toma su lugar y cuando llega la doctora cierran el pico.

    Luego preguntan si hay nuevas, nos reciben con amor, se acercan y nos abordan, o como hoy, que hubo convivio por el día de las madres y las maetas (la mayoría somos mujeres); cada una pasó al frente y tomó la palabra. Cuando me tocó a mí fui muy breve, no dije ni mi nombre, en parte porque no sabía qué decir, pero también porque llegué unos minutos tarde y no sabía qué dinámica llevaban. Aunque también pudo ser un lapsus.

    Así me enteré que más de una ha tenido alguna recaída a lo largo de los años; que han sobrevivido incluso la vez que pensaban que no lo harían; que han hecho cartas de despedida, testamentos, incluso la limpieza general de la casa, previo a entrar en un quirófano. Algunas han perdido ya a toda su familia y por eso no fallan al Ave Fénix, pues ahí encontraron una nueva. 

    Laseñora Pelodefuego tenía dos hijos pequeños cuando le detectaron el cáncer y, por la misma época, a su marido le quitaron un pedazo de cerebro (no recuerdo por qué razón). Dice que estuvo muy enojada con la vida, que todavía lo está. Yo siempre digo que a mí todo lo malo me pasa, pero ahora sí me la ganaron. Julieta Blancanieves nos contó que perdió dos Romeos en diferentes circunstancias, luego dijo nunca más. Después fue perdiendo a toda su familia y le tocó ir a reconocerlos uno por uno. Al lado de todo eso ya no parece tan terrible mi historia. Sin embargo salí triste, muy triste. 

    Inevitablemente pensé que ya nunca voy a ser mamá y en que perder a mi sobrino fue como perder un hijito. ¡Vaya celebración del día de las madres! Tuve que disimular para no poner más triste a mi mamá, que casi se suelta llorando cuando le tocó pasar a presentarse. Y justo ahí fue donde a mí se me partió el corazón. 

    Las historias de las Ave Fénix son terribles, lo sé, pero también son historias de esperanza, todas ellas son mayores que yo por muchos años, vi algo muy especial en sus ojos: un disfrute genuino de la vida. La Señora Pelodefuego pronto se irá de viaje a Europa. Julieta Blancanieves tiene dos pretendientes en este momento. Todas ellas bailan, viajan y se reúnen al menos una vez al mes para compartir pan y vida. 

    Extraño mucho tener ese tipo de amistad donde una visita la casa del otro todo el tiempo y viceversa, esa donde el tiempo libre se comparte mucho, se es parte de todos los acontecimientos importantes, se celebran los cumpleaños, se mantiene comunicación constante sin temor a ser molesto, se acepta que el otro no es perfecto, que se enoja y tiene malas jetas, pero luego se le pasa. No sé en qué momento me convertí en un hielo individualista y ermitaño.

    Escribir esta entrada me ha costado muchísimo. Mi corazón no está bien, pero mi cabeza tampoco. Desde hace unos días siento que cada vez se me va más el avión y que a veces de plano no entiendo algunas cosas. Podría decir que es un sentimiento conocido, porque cuando he tenido crisis fuertes de ansiedad, me pasa muy similar; sólo que no había generado mucha consciencia de ello. 

    Leí, creo que en Desmorir, que ese es un efecto secundario de la quimioterapia, me quedo pensando si efectivamente es la quimio o más bien del trauma. Me pregunto si hay algunos síntomas que se han considerado más como parte del medicamento y no tanto por la parte emocional que implica. Me pregunto también si será posible que uno viva su cáncer de acuerdo con la narrativa que tiene configurada previamente en la cabeza. Audre Lorde decía que cada mujer vivía la crisis de la enfermedad de acuerdo con la vida que había llevado. Eso me hizo cuestionarme seriamente en por qué tengo un impulso tan grande por escribir un diario y además hacerlo público. 

    Mi respuesta es que quiero que estos párrafos, aunque escritos mal y a la carrera, sean un mapa para otras personas, tanto por si yo sobrevivo, como si no. El saber suficiente sobre la enfermedad es ya una ventaja, el poder consultar varios médicos, es otra.  Todo lo que yo sepa sobre esto no es algo que me pueda guardar sólo para mí; cuando alguien tiene cáncer no sólo afecta al paciente, sino a todos alrededor; algunos pueden con eso, pero otros no. 

    A propósito, estoy viendo una nueva especialista que me cuenta sobre las cuestiones emocionales que detonan los diferentes tipos de cáncer y es muy interesante, aunque de pronto me enoja que todo tienda a meterse siempre en cuadros estrechos. Las Ave Fénix están en un protocolo de investigación en la UNAM sobre cáncer y emociones, yo me separo un poquito porque por ahora estoy en mi face lavararia. Observo, me callo y aprendo. Lentamente. Ni siquiera me atrevo aún a asumirme como parte de ese grupo, aunque sé que eventualmente sucederá, una tiende a buscar manada, o parvada, como en este caso. 

    Quisiera involucrarme en todo lo que sea benéfico para mí en estos momentos, pero no tengo tiempo ni dinero suficiente. Me han contado varias personas sobre tratamientos alternativos que me interesan, de tener toda la vida resuelta, claro que me metería a todos, sobre todo porque de muchos nunca hay “todavía” suficientes estudios.

    Lo mismo dicen del suplemento inmunocal, sin embargo, tomarlo a mí me hizo que no me pegaran tan duro los tratamientos. Lamentablemente, es caro y ahora mismo no lo puedo tomar debido a mis problemitas gástricos después de la radioterapia. 

    Me quedo pensando mucho y sí, atravesar el cáncer se siente algo así como meterse directo a las brasas del infierno, me acuerdo de Los caballeros del Zodiaco, mi favorito por supuesto era el Ave Fénix, luego me viene a la mente de nuevo Herman Hesse, un autor que no leo desde la adolescencia: “El pájaro rompe el cascarón. El cascarón es el mundo. Quien quiera nacer, tiene que destruir el mundo. El pájaro vuela hacia dios, el dios se llama Abraxas”.

  • Cangrejo

    Cangrejo

    Se llama cáncer porque lo primero que estudiaron los médicos fueron los tumores en el seno, y lo que observaron como una constante fue su tendencia a formar la imagen de un cangrejo. Esto habla, tal vez, de lo común que ha sido siempre esta enfermedad en las mujeres, en los pechos de las mujeres. La mama es un órgano glandular, en él se produce la leche con la que se supone alimentamos a la humanidad durante la etapa en que no puede valerse por sí misma, su tejido está mezclado con mucha grasa, ésta última se ha encontrado culpable de algunos casos de cáncer (igual que las hormonas), lo cual no quiere decir que quienes somos corpulentas seamos culpables de serlo; se sabe que el sobrepeso tiene que ver con muchas otras cosas como la ansiedad, el trauma, un mal funcionamiento de la tiroides, el exceso de cortisol, etc.

    O sea que nuestras lonjitas no son más que el síntoma de algo a lo que tendríamos que poner más atención; no por el mandato capacitista de la salud, ni por el machista de ser esculturales para agradar a los ojos masculinos (al final siempre son los ojos de la masculinidad patriarcal los que nos condicionan?), sino porque en tanto habitantes del cuerpo, somos responsables de cuidar y mantener la casa en el mejor estado posible. El cuidado es eso a lo que yo llamo la verdadera esencia de la vida y del amor propio (que no es ese que nos venden como un permiso individualista para desentenderse del otro, sino todo lo contrario). Y el cuidado siempre necesita una ética que lo problematice. 

    Y bueno, a la mejor de todos modos estoy siendo gordofóbica o cometiendo alguna otra incorrección política de esas que tampoco quisiera pisar, pero soy humana y sé que puede suceder. Sin embargo, me agrada ver que logré llegar al punto que quería: la casa. Lo otro en realidad no me importa tanto, porque el proceso de “darse cuenta” inevitablemente incluye varios tropiezos que habrá que asumir y procurar enmendar, no hay más. No hace falta una vara para golpearnos.

    La casa

    El día en que supe que tenía cáncer soñé que visitaba una casa que me habían heredado, pero en ella habitaba un espíritu maligno. Yo iba con un grupo de gente; me estaba cagando de miedo, pero sabía que por ser “mi casa”, tenía que guiar y ser valiente, pues el maldito espíritu ya tenía a todo el pueblo atemorizado. Entrábamos todos juntos, me ayudaban a sacar los muebles viejos y a remodelar las habitaciones, mientras yo fingía que no me temblaba la voz cada vez que avanzaba y gritaba:

    -¡Ésta es MI casa! ¡Ésta es MI casa!

    Al final creo recordar que yo iba tomando posesión de MI casa y estaba contenta porque había logrado tejer una red; ahora las cosas serían mejor en el pueblo y no tendríamos miedo. Éste es un buen final feliz para un cuento de hadas, para mi propio cuento de hadas. Soy idealista, lo sigo siendo, pese a que han pasado los años y me convertí en una  mujer adulta. 

    Casedelabuela

    El cáncer llegó justo en el momento en que más me empezaron a llamar Isaura, que es el nombre que llevo en homenaje a mi abuela paterna que murió de cáncer. ¿Coincidencia? No lo sé, puede ser, a lo mejor, quién sabe. Pero yo no quiero ser mi abuela, es decir, no me quiero morir de cáncer. Quiero ser yo.

    Vivo en un pueblo a orillas de la ciudad, donde hay un jardín de niños y una escuela primaria, es todo; tenemos un pequeño centro de salud (que no se da a basto) y carecemos de muchos servicios públicos; hay muchos perros callejeros, basura y popó por todas partes; la mayoría de las paredes están rayadas (en señal de descontento, de búsqueda de sí?); abunda la autoconstrucción; no hay parques, no hay buen transporte público, no hay bancos, no hay mercado (aunque sí hay tianguis), a veces no hay agua (pese a que tenemos un manantial). Las únicas distracciones que hay para la gente son la droga y el alcohol, de vez en cuando, uno que otro toquín donde se vende más alcohol y más droga. Yo no quiero culpar ni estigmatizar más a los consumidores, pero es importante recordar que a veces las personas no tienen más opciones para escapar a un mundo que no duela.

    Por eso siempre digo que ir a la escuela me salvó de ese contexto donde hay tanta violencia y tan pocas alternativas. Al menos salir de mi pueblo me descubrió otras posibilidades de vida. Y yo me aferré con uñas y dientes al estudio, pese a que siempre tuve muchos obstáculos para seguir; la escuela me ofreció una ventana para ver un jardín. Eso ahora lo siento como un privilegio, aunque no debería ser así. No debería sentirme culpable por elegir vivir de otra manera, menos con todas las barreras que he encontrado en el camino.

    Barreras

    Recientemente caí en la cuenta de que mi apellido materno es Barrera, ¿hasta qué punto nuestros nombres pueden estar operando en el inconsciente? Barrera es el nombre de un obstáculo, pero también de un límite. El límite del cuerpo es la piel, la piel es el órgano más grande, más sensible. Y el cuerpo no es un territorio. Los territorios se disputan, se piensa que se poseen, pero el cuerpo ni siquiera es nuestro. El feminismo neoliberal dice que sí, la enfermedad dice que no. 

    El cuerpo es un lugar. Según Yi Fu Tuan, un lugar es un espacio conocido, con el que hemos establecido un vínculo emocional o simbólico. Mi cuerpo es mi hogar, mi casa. Algunas religiones han llegado incluso a equipararlo con un templo, espero poder llegar a eso y respetarlo como se merece. Igualmente, sé que tengo derecho a establecer mis barreras para preservar mi vida, todos tenemos ese derecho. Tampoco debería sentirse como un privilegio o algo incorrecto.

    Hace unas semanas me mudé a la casa de mis padres, dejé mi casa, la casa que era de mi abuela paterna, la que tuvo cáncer. El proceso ha sido como verter toda una jarra en una tacita. Yo me fui colando poco a poco en casedelaabuela porque en la casa familiar nunca tuve un espacio para mí, no realmente. Las niñas compartíamos habitación, la niña chiquita heredada la ropa y los zapatos de los hermanos mayores. Crecí en una familia tradicional, jerárquica, donde papá es el protector-proveedor, mamá es el ángel del hogar, el varón primogénito es la continuación del patriarca y las hijas de la madre. Me costó mucho defender la vida que elegí, mi independecia de la familia nuclear, construirme un espacio para poder ser yo y no lo que mis padres querían. Me costó mucho dejar de ser hija. 

    Dependencias

    Ahora que el cáncer me ha hecho ver que siempre se puede depender de otros para preservar la vida, siento mucha tristeza de haber dejado mi casa, aunque también me alegra que tuve la oportunidad de construir una habitación para mí, casi por completo a mi gusto y necesidades, tal vez es el espacio personal que siempre debí haber tenido en mi familia. Por alguna razón llegó ahora, que más necesito apoyo, pero también marcar mis límites, defender mi vida. 

    Cuando me dieron el diagnóstico no lo podía creer, pese a que mi cuerpo ya me lo decía desde hacía un tiempo y no saliera en los análisis. Sabía que sería difícil, que tal vez no la iba a librar porque ya había hecho metástasis a la vejiga y porque, de por sí, yo llevaba años sin poder salir de una depresión cada vez más apabullante. Conocía algunos detalles sobre lo agresivo de los tratamientos; de inmediato lloré por mi pelo que al final no se cayó por completo. Pero con lo que definitivamente no contaba era con el maltrato médico ni con el retraso del tratamiento. El Sistema de Salud Público había sido condescendiente conmigo, cuando me dio apendicitis me atendieron bien en el hospital GEA González, bueno, tardaron todo el día en atenderme, pero al final me internaron (no en una cama, sino en una silla de ruedas) la noche de ese mismo día. Papá tuvo que ir unos días después a pagar los 30 mil pesos que yo no tenía en ese momento porque estuve un buen rato endeudada con el banco. Aaaay! 

    Ahora por fin había logrado tener un trabajo estable que me permitía no correr por toda la ciudad para dar 30 clases aquí y allá, tenía por primera vez en mi vida todas las prestaciones “de ley”, incluido servicio médico. Lloré el día en que recibí mi primer aguinaldo, así de ñoña puedo ser. Todo eso sólo para darme cuenta de que trabajar ocho horas encerrada en un mismo lugar con gente que lleva años sin descansar, sin crecer profesionalmente y con una población estudiantil que tiene todo en contra, puede ser muy frustrante, pese a todo compromiso y gusto por el trabajo. Todo eso sólo para darme cuenta de que si me enfermo de algo grave, descubriré las grandes carencias del Sistema de Salud Público y, que por más quejas que ponga, lo único que conseguiré es que me sigan ignorando. Todo eso para darme cuenta de que cuando te enfermas gacho, no hay sueldo que te alcance, menos si tienes otros diagnósticos, menos si requieres atención integral que el hospital no da. Ya de por sí mi terapeuta me decía muy seriamente que tal vez iba a empezar a trabajar sólo para pagar mi terapia y a gastar todo mi salario en cuidar “mi salud”.

    Peregrinajes

    Descubrí que hay un Santo patrón de nosotros los cancerosos: San Peregrino. Tenía un tumor en el pie y se salvó por un milagro. ¿Coincidencia? Quién sabe. Para mí, tener cáncer ha sido ir a mi clínica familiar a explicarle al doctor que cada vez me duele más la panza, que me responda (sin siquiera revisarme) que tengo colitis y me mande desparacitar, a pesar de que ya lo había hecho. Buscar y pagar un gastroenterólogo particular que me mandó a hacer estudios (carísimos) para decirme que efectivamente tenía colitis y debía organizarme mejor para prepararme mi propia comida y dejar de tragar en la calle; de otra forma, la cosa no iba a mejorar. Buscar y pagar un urólogo particular porque la colitis no mejoraba y ahora, al parecer, tenía una infección de vías urinarias; de nueva cuenta estudios, descarte de infección, pero aún así tomar medicamentos caros (sin que la situación mejore y sólo un ibuprofeno fuera capaz de calmarme las molestias). Buscar y pagar a mi ginecóloga porque mi periodo se estaba volviendo cada vez más doloroso; pagar más estudios que no encontraron nada significativo, salvo que sí había infección de vías urinarias; más medicamentos caros que tampoco mejoraron mi dolencia, y el consuelo de mi ginecóloga porque yo estaba vacunada contra el virus del papiloma humano y no podía darme cáncer. 

    Corte a… la siguiente visita con mi ginecóloga resulta que tengo cáncer del endocervix, muy probablemente a causa de que me dio covid unos años antes y este virus también vino a botar muchas enfermedades. Mi ginecóloga me remite a un gineconcólogo que me explicó por qué era urgente hacerme una histerectomía radical y, en tres semanas ya estaba en el quirófano de un hospital privado pagando una cirugía en la que mi hermana y yo dejamos nuestros ahorros sin que pudieran quitar el tumor. Y justo ahí comienza mi peregrinar en los hospitales del ISSSTE, en el momento exacto en que caigo en la cuenta de que no podré seguir pagando el servicio privado donde las cuentas suben rápidamente hasta el cielo. Pero al menos ya tengo un diagnóstico certero que puede agilizar las cosas. Eso fue en julio de 2024, hace casi un año. 

    A pesar de que en el hospital 20 de Noviembre me dijeron que qué me costaba esperar, si ahí había pacientes que llevaban más de seis meses en lista de espera y los tumores tardan mucho en crecer, resulta que yo soy ñoña-obsesiva y me puse a leer e investigar todo lo que pude; la importancia de actuar rápidamente contra el cáncer no radica en de qué tamaño es el tumor, sino en que las células malignas no migren a otros lugares. Primero logran instalarse en órganos aledaños, luego en otros más lejanos y, en ese caso, ya no hay mucho que hacer, la moneda está en el aire. 

    Al principio no quise que nadie se enterara de mi enfermedad, pero luego las cosas se fueron complicando, a estas alturas ya me vale quien lo pueda saber y lo que piense, la verdad; sólo voy por ahí como un Tamagochi intentando no morirme. Curiosamente, entre más lo cuento, parece que lo voy aceptando mejor y, al mismo tiempo, me doy chance de no vivirlo tan en soledad. En el hospital los doctores rara vez se saben mi nombre, en cada cita (si son atentos) leen mi expediente para recordar en qué vamos y quién soy. Para ellos ni siquiera soy un cuerpo, soy carne. Soy un carcinoma metastásico, cáncer del endocérvix etapa 4a o 3c, según les convenga; soy un conjunto de células enloquecidas por frenar. Soy trabajo por sacar, una queja por archivar. Soy un cangrejo más a punto de transitar a Surimi. Mi venganza es este montoncito de letras, el ruido de mis pinzas rascando en la arena.