Se llama cáncer porque lo primero que estudiaron los médicos fueron los tumores en el seno, y lo que observaron como una constante fue su tendencia a formar la imagen de un cangrejo. Esto habla, tal vez, de lo común que ha sido siempre esta enfermedad en las mujeres, en los pechos de las mujeres. La mama es un órgano glandular, en él se produce la leche con la que se supone alimentamos a la humanidad durante la etapa en que no puede valerse por sí misma, su tejido está mezclado con mucha grasa, ésta última se ha encontrado culpable de algunos casos de cáncer (igual que las hormonas), lo cual no quiere decir que quienes somos corpulentas seamos culpables de serlo; se sabe que el sobrepeso tiene que ver con muchas otras cosas como la ansiedad, el trauma, un mal funcionamiento de la tiroides, el exceso de cortisol, etc.
O sea que nuestras lonjitas no son más que el síntoma de algo a lo que tendríamos que poner más atención; no por el mandato capacitista de la salud, ni por el machista de ser esculturales para agradar a los ojos masculinos (al final siempre son los ojos de la masculinidad patriarcal los que nos condicionan?), sino porque en tanto habitantes del cuerpo, somos responsables de cuidar y mantener la casa en el mejor estado posible. El cuidado es eso a lo que yo llamo la verdadera esencia de la vida y del amor propio (que no es ese que nos venden como un permiso individualista para desentenderse del otro, sino todo lo contrario). Y el cuidado siempre necesita una ética que lo problematice.
Y bueno, a la mejor de todos modos estoy siendo gordofóbica o cometiendo alguna otra incorrección política de esas que tampoco quisiera pisar, pero soy humana y sé que puede suceder. Sin embargo, me agrada ver que logré llegar al punto que quería: la casa. Lo otro en realidad no me importa tanto, porque el proceso de “darse cuenta” inevitablemente incluye varios tropiezos que habrá que asumir y procurar enmendar, no hay más. No hace falta una vara para golpearnos.
La casa
El día en que supe que tenía cáncer soñé que visitaba una casa que me habían heredado, pero en ella habitaba un espíritu maligno. Yo iba con un grupo de gente; me estaba cagando de miedo, pero sabía que por ser “mi casa”, tenía que guiar y ser valiente, pues el maldito espíritu ya tenía a todo el pueblo atemorizado. Entrábamos todos juntos, me ayudaban a sacar los muebles viejos y a remodelar las habitaciones, mientras yo fingía que no me temblaba la voz cada vez que avanzaba y gritaba:
-¡Ésta es MI casa! ¡Ésta es MI casa!
Al final creo recordar que yo iba tomando posesión de MI casa y estaba contenta porque había logrado tejer una red; ahora las cosas serían mejor en el pueblo y no tendríamos miedo. Éste es un buen final feliz para un cuento de hadas, para mi propio cuento de hadas. Soy idealista, lo sigo siendo, pese a que han pasado los años y me convertí en una mujer adulta.
Casedelabuela
El cáncer llegó justo en el momento en que más me empezaron a llamar Isaura, que es el nombre que llevo en homenaje a mi abuela paterna que murió de cáncer. ¿Coincidencia? No lo sé, puede ser, a lo mejor, quién sabe. Pero yo no quiero ser mi abuela, es decir, no me quiero morir de cáncer. Quiero ser yo.
Vivo en un pueblo a orillas de la ciudad, donde hay un jardín de niños y una escuela primaria, es todo; tenemos un pequeño centro de salud (que no se da a basto) y carecemos de muchos servicios públicos; hay muchos perros callejeros, basura y popó por todas partes; la mayoría de las paredes están rayadas (en señal de descontento, de búsqueda de sí?); abunda la autoconstrucción; no hay parques, no hay buen transporte público, no hay bancos, no hay mercado (aunque sí hay tianguis), a veces no hay agua (pese a que tenemos un manantial). Las únicas distracciones que hay para la gente son la droga y el alcohol, de vez en cuando, uno que otro toquín donde se vende más alcohol y más droga. Yo no quiero culpar ni estigmatizar más a los consumidores, pero es importante recordar que a veces las personas no tienen más opciones para escapar a un mundo que no duela.
Por eso siempre digo que ir a la escuela me salvó de ese contexto donde hay tanta violencia y tan pocas alternativas. Al menos salir de mi pueblo me descubrió otras posibilidades de vida. Y yo me aferré con uñas y dientes al estudio, pese a que siempre tuve muchos obstáculos para seguir; la escuela me ofreció una ventana para ver un jardín. Eso ahora lo siento como un privilegio, aunque no debería ser así. No debería sentirme culpable por elegir vivir de otra manera, menos con todas las barreras que he encontrado en el camino.
Barreras
Recientemente caí en la cuenta de que mi apellido materno es Barrera, ¿hasta qué punto nuestros nombres pueden estar operando en el inconsciente? Barrera es el nombre de un obstáculo, pero también de un límite. El límite del cuerpo es la piel, la piel es el órgano más grande, más sensible. Y el cuerpo no es un territorio. Los territorios se disputan, se piensa que se poseen, pero el cuerpo ni siquiera es nuestro. El feminismo neoliberal dice que sí, la enfermedad dice que no.
El cuerpo es un lugar. Según Yi Fu Tuan, un lugar es un espacio conocido, con el que hemos establecido un vínculo emocional o simbólico. Mi cuerpo es mi hogar, mi casa. Algunas religiones han llegado incluso a equipararlo con un templo, espero poder llegar a eso y respetarlo como se merece. Igualmente, sé que tengo derecho a establecer mis barreras para preservar mi vida, todos tenemos ese derecho. Tampoco debería sentirse como un privilegio o algo incorrecto.
Hace unas semanas me mudé a la casa de mis padres, dejé mi casa, la casa que era de mi abuela paterna, la que tuvo cáncer. El proceso ha sido como verter toda una jarra en una tacita. Yo me fui colando poco a poco en casedelaabuela porque en la casa familiar nunca tuve un espacio para mí, no realmente. Las niñas compartíamos habitación, la niña chiquita heredada la ropa y los zapatos de los hermanos mayores. Crecí en una familia tradicional, jerárquica, donde papá es el protector-proveedor, mamá es el ángel del hogar, el varón primogénito es la continuación del patriarca y las hijas de la madre. Me costó mucho defender la vida que elegí, mi independecia de la familia nuclear, construirme un espacio para poder ser yo y no lo que mis padres querían. Me costó mucho dejar de ser hija.
Dependencias
Ahora que el cáncer me ha hecho ver que siempre se puede depender de otros para preservar la vida, siento mucha tristeza de haber dejado mi casa, aunque también me alegra que tuve la oportunidad de construir una habitación para mí, casi por completo a mi gusto y necesidades, tal vez es el espacio personal que siempre debí haber tenido en mi familia. Por alguna razón llegó ahora, que más necesito apoyo, pero también marcar mis límites, defender mi vida.
Cuando me dieron el diagnóstico no lo podía creer, pese a que mi cuerpo ya me lo decía desde hacía un tiempo y no saliera en los análisis. Sabía que sería difícil, que tal vez no la iba a librar porque ya había hecho metástasis a la vejiga y porque, de por sí, yo llevaba años sin poder salir de una depresión cada vez más apabullante. Conocía algunos detalles sobre lo agresivo de los tratamientos; de inmediato lloré por mi pelo que al final no se cayó por completo. Pero con lo que definitivamente no contaba era con el maltrato médico ni con el retraso del tratamiento. El Sistema de Salud Público había sido condescendiente conmigo, cuando me dio apendicitis me atendieron bien en el hospital GEA González, bueno, tardaron todo el día en atenderme, pero al final me internaron (no en una cama, sino en una silla de ruedas) la noche de ese mismo día. Papá tuvo que ir unos días después a pagar los 30 mil pesos que yo no tenía en ese momento porque estuve un buen rato endeudada con el banco. Aaaay!
Ahora por fin había logrado tener un trabajo estable que me permitía no correr por toda la ciudad para dar 30 clases aquí y allá, tenía por primera vez en mi vida todas las prestaciones “de ley”, incluido servicio médico. Lloré el día en que recibí mi primer aguinaldo, así de ñoña puedo ser. Todo eso sólo para darme cuenta de que trabajar ocho horas encerrada en un mismo lugar con gente que lleva años sin descansar, sin crecer profesionalmente y con una población estudiantil que tiene todo en contra, puede ser muy frustrante, pese a todo compromiso y gusto por el trabajo. Todo eso sólo para darme cuenta de que si me enfermo de algo grave, descubriré las grandes carencias del Sistema de Salud Público y, que por más quejas que ponga, lo único que conseguiré es que me sigan ignorando. Todo eso para darme cuenta de que cuando te enfermas gacho, no hay sueldo que te alcance, menos si tienes otros diagnósticos, menos si requieres atención integral que el hospital no da. Ya de por sí mi terapeuta me decía muy seriamente que tal vez iba a empezar a trabajar sólo para pagar mi terapia y a gastar todo mi salario en cuidar “mi salud”.
Peregrinajes
Descubrí que hay un Santo patrón de nosotros los cancerosos: San Peregrino. Tenía un tumor en el pie y se salvó por un milagro. ¿Coincidencia? Quién sabe. Para mí, tener cáncer ha sido ir a mi clínica familiar a explicarle al doctor que cada vez me duele más la panza, que me responda (sin siquiera revisarme) que tengo colitis y me mande desparacitar, a pesar de que ya lo había hecho. Buscar y pagar un gastroenterólogo particular que me mandó a hacer estudios (carísimos) para decirme que efectivamente tenía colitis y debía organizarme mejor para prepararme mi propia comida y dejar de tragar en la calle; de otra forma, la cosa no iba a mejorar. Buscar y pagar un urólogo particular porque la colitis no mejoraba y ahora, al parecer, tenía una infección de vías urinarias; de nueva cuenta estudios, descarte de infección, pero aún así tomar medicamentos caros (sin que la situación mejore y sólo un ibuprofeno fuera capaz de calmarme las molestias). Buscar y pagar a mi ginecóloga porque mi periodo se estaba volviendo cada vez más doloroso; pagar más estudios que no encontraron nada significativo, salvo que sí había infección de vías urinarias; más medicamentos caros que tampoco mejoraron mi dolencia, y el consuelo de mi ginecóloga porque yo estaba vacunada contra el virus del papiloma humano y no podía darme cáncer.
Corte a… la siguiente visita con mi ginecóloga resulta que tengo cáncer del endocervix, muy probablemente a causa de que me dio covid unos años antes y este virus también vino a botar muchas enfermedades. Mi ginecóloga me remite a un gineconcólogo que me explicó por qué era urgente hacerme una histerectomía radical y, en tres semanas ya estaba en el quirófano de un hospital privado pagando una cirugía en la que mi hermana y yo dejamos nuestros ahorros sin que pudieran quitar el tumor. Y justo ahí comienza mi peregrinar en los hospitales del ISSSTE, en el momento exacto en que caigo en la cuenta de que no podré seguir pagando el servicio privado donde las cuentas suben rápidamente hasta el cielo. Pero al menos ya tengo un diagnóstico certero que puede agilizar las cosas. Eso fue en julio de 2024, hace casi un año.
A pesar de que en el hospital 20 de Noviembre me dijeron que qué me costaba esperar, si ahí había pacientes que llevaban más de seis meses en lista de espera y los tumores tardan mucho en crecer, resulta que yo soy ñoña-obsesiva y me puse a leer e investigar todo lo que pude; la importancia de actuar rápidamente contra el cáncer no radica en de qué tamaño es el tumor, sino en que las células malignas no migren a otros lugares. Primero logran instalarse en órganos aledaños, luego en otros más lejanos y, en ese caso, ya no hay mucho que hacer, la moneda está en el aire.
Al principio no quise que nadie se enterara de mi enfermedad, pero luego las cosas se fueron complicando, a estas alturas ya me vale quien lo pueda saber y lo que piense, la verdad; sólo voy por ahí como un Tamagochi intentando no morirme. Curiosamente, entre más lo cuento, parece que lo voy aceptando mejor y, al mismo tiempo, me doy chance de no vivirlo tan en soledad. En el hospital los doctores rara vez se saben mi nombre, en cada cita (si son atentos) leen mi expediente para recordar en qué vamos y quién soy. Para ellos ni siquiera soy un cuerpo, soy carne. Soy un carcinoma metastásico, cáncer del endocérvix etapa 4a o 3c, según les convenga; soy un conjunto de células enloquecidas por frenar. Soy trabajo por sacar, una queja por archivar. Soy un cangrejo más a punto de transitar a Surimi. Mi venganza es este montoncito de letras, el ruido de mis pinzas rascando en la arena.

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