EL FOMO de la enfermedad

[domingo 5 de abril de 2026]

Llevo tiempo pensando en la palabra FOMO cada vez que me vuelve la sensación de quedarme fuera de algo, aparece como un pasacalle mental de orillas color carmín, lo ocupa todo. Debo reconocer que no la conocía hasta que por azar la oí en un podcast, hace cerca de un año, mientras atravesaba la etapa más fuerte del tratamiento. La escuché, pero no me había interesado por investigar a qué se refería; un día la venda simplemente cayó de mis ojos: Fear of Missing Out (angustia por quedarse fuera). Para lo que yo sentí, ésta es la manera correcta de traducir la palabra. Lo viví de esta forma, así lo experimenté yo, porque fue mi realidad en ese momento, una que crucé con muchísimo dolor, oscilaba entre la tristeza y el enojo. 

Fue por diferentes motivos, pero el punto es que, debido al cáncer o a partir de él, empecé a sentir que siempre me quedaba fuera. ¿Fuera de qué?, podría responder que fue de la vida, sin embargo, eso suena demasiado abstracto, de modo que si lo desmenuzo, puedo sacar varias hebras. 

Como si me amputaran una pierna, lo primero que dolió fue perder mi taller de poesía, amaba mi taller de spoken word y la hermosa dinámica que, según yo, se organizaba entre los compañeros. Amaba pensar que había llegado por fin a casa, a un espacio donde escribíamos juntos, no para sobresalir sólo individualmente, sino por el puro gozo de hacer lo que nos gustaba. 

En ese espacio fue donde yo me atreví, por primera vez, a llamarme sin miedo poeta, porque en otros lugares la competencia nunca te permite tener suficiente talento como para usar ese apelativo. Un local como una tiendita, era el que me expendía una felicidad mayúscula. Luego empezaron los protagonismos, los conflictos de poder y, otra vez, la meritocracia interiorizada afilando sus dientitos. La crítica feroz que sólo invalida para que el otro deje de escribir, de hacer, de intentar, ¿Pues qué nos quita? Lo haga bien o “mal”. ¿Qué nos quita? Las diosas saben lo harta que estoy de eso. Igual ya fui víctima de ese pensamiento nocivo, a veces vuelvo a caer, nadie es perfecto, pero corrijo, me esfuerzo por enmendar el camino, aunque no siempre salga bien. 

Y así, hay otra cosa que nunca me sale bien: enamorarme, es un desastre total. Esto no le va a gustar nada a mi familia, aunque igual lo voy a decir, porque es importante ser quien realmente se es y no lo que los demás esperan de una. 

Cuando la vi, ya no quise ni acercarme, una lo último que quiere es que además de tener cáncer, todavía le rompan el corazón. No, no, no, “ya me la sé”, diría nuestra filósofa María Daniela. Pero aunque “ya me la sé”, porque los vínculos también son hijos de sus tiempos, la muchacha era demasiado bella (y mis gustos bien hegemónicos), además, ella me daba corazoncitos en las historias y pues yo no podía evitar sentir bonito.

Pensaba en ella cuando estaba en el gimnasio. Pensaba en ella cuando estaba nadando. Pensaba en ella cuando estaba trabajando. Pensaba en ella cuando me iba a dormir. Pensaba en ella y ponía a Selena a todo volumen, como una adolescente. He de confesar que incluso le escribí un poema que ni siquiera pensaba mostrarle, ¿para qué? Por supuesto, ella al final decidió descartarme por alguien que sí gozara de buena salud. 

Yo ya sabía que no era una buena idea, mucho menos en ese momento, pero me fue imposible evitar sentir. Supe que difícilmente alguien en su sano juicio se quedaría con una moribunda. Porque sí, la sola palabra cáncer mata. Y bueno, como todo, el flechazo también fue pasando. En ese tiempo sólo se lo conté a un par de amigos, que igual se fueron diluyendo en mi vasito lleno de enfermedad, uno más que otro, en realidad. 

Como si el corazón se me hubiera hinchado de dolor, la amistad me fue quedando cada vez más chica, al menos con las personas más cercanas. Ver que la vida de quienes apreciaba continuaba sin que vinieran a verme, me mandaran un mensaje, me organizaran una colecta para recaudar fondos o simplemente le echaran $50 varitos a mi bote… Alguna de esas cosas, ni siquiera todas juntas.  Uno para no morirse necesita saber que le importa a alguien. ¿Es mucha exageración? ¿Demasiado drama? ¿Cuánto más podemos invalidar los sentimientos de otros?

En cambio sí vi que se iban de vacaciones, salían a comprarse ropa, a comer con las amigas… mientras a mí me juraban que no tenían tiempo ni pesos para donarme… entre otras chingaderas que no hacen los amigos. Ahora lo sé.

De otros al menos no supe nada. Bendito sea Dios que no todo el mundo sube contenido a las redes sociales; sólo se esfumaron y no volvieron a tomar el celular para mandarme ni un pendejo “ola perdida”. Mientras tanto, me daba manija a mi misma con: “Ah, pero no fuera yo alguien importante en el medio, porque ahí sí estarían sin falta, tomándose foto al lado de mi cama, para luego decir: “Sí, ella era mi gran amiga.” Escribirían largos textos sobre el día feliz en que nos conocimos y bla, bla, bla.

Pero no, la amistad en el medio artístico-académico está siempre atravesada por la competencia, la envidía e incluso el narcisismo, parece que viene incrustado en nuestros genes. Grace Salamanca incluso dice que en la academia no existe la amistad. No lo sé, todavía no pierdo la esperanza del todo; mas qué importante es darle el crédito a los amigos por sus grandes ocurrencias. Y pues ella es muy genial.  Debo decirlo porque la admiro un montón, por cierto.

Ya sé, todo lo que acabo de decir es horrendo, por eso a veces le caigo mal a la gente, lo sé. No me callo el hocico, digo las cosas como las pienso y además las pienso “mal”, porque soy una resentida social que nunca ha tenido nada. Y pues sí, es verdad. “Resentir ” significa “volver a sentir», revivir el dolor de no tener lo que otros han acaparado para sí, de volver a quedarse fuera. En realidad ni siquiera tengo muy claro que quiera ser parte del sistema meritocrático, al menos no conscientemente. Pero es “lo que hay”. ¿O no? Y sí, es feo todo lo que he dicho acá, pero es justo ahí donde dolió a madres. Pese a que también tuve grandes descubrimientos importantes.

“Quedarse fuera de algo”, es curioso que una se sienta mal por no estar dentro de ciertas cosas que si analiza con detenimiento, se desmoronan en nuestras narices. Es bello pensar que una mueve algo en el engranaje cada vez que dice lo que le duele o le incomoda en el zapato, pero no hay nada más truqueado. La gente ahora se llena la boca de decir que “es tiempo de mujeres”, que admiran a todas las que “alzan la voz”, incluso que «nos cuidan las amigas», pero no es del todo cierto. Ya había dicho Kate Millet que la verdad nos haría libres, pero primero nos haría enojar. Y yo ya no sé quién se enoja más, si los demás o yo.

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