Día de muertos

[7 de noviembre de 2025]

Empieza noviembre y todo se pone raro. Me encanta el día de muertos, pero esta vez fue duro. Tengo de nuevo esa extraña sensación de haber muerto sin morir. En el principio fue eso: flotar, flotar en el limbo. Después se convirtió o se mezcló con otras cosas. Lo olvidé, o lo bloqueé, o quién sabe, pero no sé cómo decirlo, incluso no sé ni cómo sentirlo. Es un dolor que va y viene. Un coraje que se aleja arrastrando las manos en arena y luego regresa con violencia. Es el miedo al abismo, uno que de cualquier forma me habita.

Aún no puedo creer que siga en este mundo. ¿Cómo? ¿Por qué? Si todo estaba puesto para mi partida. En estos días vi ofrendas que pudieron ser para mí. Es algo como un desdoblamiento. Y me pregunté: ¿Qué habrían colocado en ellas? ¿Las llenarían de gatos? ¿De mariposas? Ni siquiera yo sé cuál es mi comida favorita. ¿Le pondrían poemas? ¿Tés de todo tipo? ¿Mapas? ¿Quién me pondría un altar, además de mi familia?

¿Qué fue distinto? ¿La cirugía, la acupuntura, la terapia, la fé, la investigación, la alimentación…? ¿Todo junto? Sobreviví incluso cuando algunos ya me habían matado en su cabeza. El cáncer sigue teniendo el poderoso estigma de la muerte, habría que arrancárselo de las manos, pero para eso necesitamos cambiar algunas cosas en el sistema de salud pública, para empezar. Sobreviví incluso cuando ni mi niño, ni Luccio (el perrito) lo hicieron. Sobreviví pese a un 30% de probabilidades de que eso pasara. Según me informaron. Acceder al tratamiento no garantiza que funcione, depende mucho del tipo de cáncer, pero de igual modo, si no consigues uno rápido, las posibilidades disminuyen dramáticamente, la enfermedad no se detiene.

El otro día mi mamá usó la palabra “sacrificar” para referirse a la muerte del perrito y me caló tanto, que tuve que pedirle que no volviera a usar esa palabra. Todavía hay cosas que son insoportables para mí y que tendrán que procesarse lentamente. Ideas que tienen que transformarse para que yo pueda vivir con cierta paz. Ya conseguí seguir acá un rato, ahora el reto es tener tranquilidad, un poquito de armonía y a la mejor hasta ir a la playa pronto. Dejar todo y disfrutar que estoy viva. Hay una fantasía permanente en mi cabeza: soy yo plantada en la arena mojada, mirando el horizonte con el ruido del agua tranquila en mis oídos.

Una de mis pinturas favoritas sigue siendo “El caminante frente al mar de nubes”, no sé, siempre me pareció sublime. Buscando otra cosa, por casualidad abrí un video que contaba la vida de Caspar David Friedrich y me quedé bastante impresionada porque las casualidades no existen. ¿O sí? A mí nunca se me habría ocurrido consultar su biografía, pese a lo mucho que me gusta la obra. Perdió a mucha familia casi en cascada, pero lo que lo torturó siempre fue que su hermano murió por salvarle a él, es decir: la culpa del sobreviviente. O sea que en una familia que ha tenido que defender siempre el derecho elemental a la vida, uno todavía se siente terrible por no haberse muerto. Qué paradójico.

El fin de semana fuimos al panteón a ver a mi niño y a las abuelas, no había podido ni querido ir, sabía que el costo emocional sería altísimo y yo tenía que seguir peleando con el sistema de salud pública. El lugar superó mis expectativas. Cómo es posible que un sitio pueda causar tanto daño. Sentí que me faltó el aire, me dolió un poco el pecho, se me revolvió el estómago… Así que sólo pensaba y pensaba, le ponía mucha cabeza para que no me tumbara lo que sucedía en mi cuerpo, pero fue en vano. Me senté a llorar en una tumba porque ya no estaba soportando mi propio costal de huesos. Mi abuela Isaura murió de cáncer un 8 de septiembre de 1981, cinco años antes de que yo naciera. No tenía ese dato exacto. Pero lo estaba leyendo en medio de un juego de espejos. La tumba de mi niño tenía un rehilete y yo le llevé un chilco porque le gustaba cortarlos del jardín. Es muy fuerte la sensación de ver la tierra y saber que debajo hubo vida. Una vida que abrazaste y besaste mucho.

Caí en la cuenta de que ya no existe nada del mundo en que habitaba antes, todo, todo se lo llevó el diablo. Incluso diría que me cambiaron el cuerpo, el tiempo, no termino de entender. Fue como si me hubieran cortado el switch un ratote, pero no me enteré. ¿Así se sentiría Buzz Lightyear cuando le cambiaron la pila? Abrí los ojos y el mundo seguía ahí, el mismo, pero yo era definitivamente otra. En un pestañeo, muté hasta no reconocerme más.

No sé cómo describir mi sensación de caminar entre tumbas, después de tanto caos, no hay algo que pueda compararse: es miedo, alegría, culpa, respeto, enojo, impotencia, tristeza. Mi madre dijo, cuando salimos del camposanto, que nos habíamos escapado del panteón. Me dolió. A veces me pregunto si la sutileza sigue siendo parte de ella o si de plano es ignorancia genuina. Sin embargo, sentí la idea en mi cabeza tomando algo de forma. Eso era justo lo que me había pasado y la causa de mi malestar, además del duelo.

Estoy aprendiendo a no enojarme (tanto) por cosas que me hacen mucho daño, a estas alturas de la vida es inútil tratar de corregir a los padres, tal vez siempre lo sea. Tal vez uno no debe intentar corregir a nadie. Tal vez es mejor hablar de poner límites cuando algo no nos gusta y ya. No sé, los padres son los padres y siempre nos quejamos.  Si yo estuviera del otro lado, seguramente sería más compasiva conmigo misma, pero también sé que podría querer enmendarlo todo. Honestamente, estoy cansada de dejarme sentir mucho, pero también de cranearle tanto a todo. ¿Pa’ qué? Es cansado y a veces obra en mi contra.

Hoy aprendí una nueva manera de decir que una está hecha pedazos, salió ayer y no se va de mi cabeza. En mi funeral, sin duda tendrían que poner a Rosalía y perrear hasta el suelo, pero todavía no será. Todavía no será.

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