MyCancerJournals

Cuando todo esto ocurrió, pensé que no iba a salir viva del hospital. Y nótese que estoy aprendiendo a eliminar el pronombre “me” de algunas oraciones habituales en mi vocabulario, pienso que poner más atención en la forma cómo una se expresa es re importante para quitarnos un poquito el protagonismo, todo en exceso se debarajusta. Hoy me da mucho gusto descubrir que nada fue cómo yo imaginé. Para bien y para mal. Yo estaba completamente cagada de miedo y me sentía la más triste de todas, si hubiesen hecho un concurso, por supuesto que participado, sin éxito. Pero siempre que una ola te revuelca pueden pasar tres cosas: te ahogas, logras nadar contra corriente o de plano el mar te vomita solito y es un albur en qué condiciones.

Todavía no sé cuál de las dos últimas me está tocando a mí, pero me queda claro que, por ahora, no me morí. Por alguna extraña iluminación de las diosas siempre pensé en Audre Lorde y, desde ese fatídico día de julio, había intentado releer Los diarios del Cáncer, aunque sólamente tuve el impulso de escribir mi propia versión con esta enfermedad. Primero abrí una cuenta de Instagram (ni sé por qué tenía que ser esa red) y se la compartí sólo a unas cuantas personas que consideré mi refugio. Luego la abrí un poco más, pero terminé retomando el viejo blog, sin abandonar del todo Instragam. Creo que la intención nunca fue decir: “mírenme, tengo cáncer” o tal vez sí, pero por diferentes razones, principalmente porque no sabía que tenía una red sólida capaz de sostenerme. Ahora pienso que eso no sólo fue una sabia decisión de mi inconsciente, sino que también me permitió estar sacando la cabeza para no ahogarme con toda la tormenta. Ahora se vende bien barato el tema del éxito, la economía y el empoderamiento individual. Barato, barato como la carne de… MMM!

Hace unos días, por fin abrí de nuevo mi pdf (las nuevas fotocopias) de Los diarios del cáncer. Y Lorde me pareció más bella que nunca. Es impresionante todo lo que estoy descubriendo, veo muchos detalles que en su momento me pasaron desapercibidos. Sonará a cliché vacío, pero debo decir que, efectivamente, esta enfermedad es una maestra muy cabrona. Probablemente, todas las enfermedades lo son de una u otra forma, pero sólo puedo hablar con precisión de lo que me está tocando vivir. 

La verdad es que nada me ha sacudido tanto como el cáncer. Sí, la noticia de la enfermedad es una bala, pero que mientras te pasa eso la vida te arrebate al ser más bello y dulce en el mundo, es un puto basucazo. La existencia no vuelve a ser la misma, es imposible. Todavía me cuesta hablar de mi bebote sin que sienta un dolor tremendo. Pero una tiene que reinventarse, no sólo para sobrevivir, sino para volver a disfrutar la vida. Nuestro inconsciente culpígeno nos ha dicho que está mal disfrutar la vida después de que alguien querido muere, se siente como una traición, pero ¿eso es verdad?¿Tiene que serlo? ¿Por qué querríamos ser protagonistas de tanto sufrimiento? ¿Siempre protagonistas? 

Hay días en que despierto y me siento muy feliz; otros más son grises y sólo quiero llorar. Y pues lo hago, gimoteo hasta que me canso; luego me da sueño, me dejó acariciar por Morfeo y despierto, puteada todavía, pero con algo de paz. También hago cada día más ejercicio porque me quita la fatiga permanente y evita que me deprima. A veces me da hueva, sí, un chingo, pero no hay de otra. La depresión es una mano que siempre jala hacia abajo, te convence de que hacerse bolita es mejor. Y a veces sí, pero a veces no.

 Ahora me está costando trabajo escribir, lo hago como puedo. Por lo regular evado porque estoy en un remolino emocional y no sé a dónde me va a arrastrar esta vez. A veces no quiero seguirme machacando con lo mismo, pero paradójicamente creo que reflexionar todo lo que sigue pasando me da cierta fuerza para seguir. Aunque no sé si valga la pena abrir la boca cuando una está todavía tan enojada con la vida. A la gente le cuesta cada vez más asumir que no todo lo que sale de una es dulce y armónico. 

Pero entre todo el cochinero emocional, también he sentido culpa por haber tomado la decisión de exhibir así mi situación. ¿A quién no le da vergüenza arrancarse la ropa en público? Por estúpido que suene, a veces hay que explicar que no es sencillo ni bonito tener muchas miradas encima por algo tan culero. No es agradable que la compasión frecuentemente se confunda con lástima, como tampoco es grato lidiar con la gente que cuando no sabe qué hacer, prefiere mirar hacia otro lado. ¿Pero quién nació sabiendo cómo actuar todo el tiempo? Y es que una entiende que por un lado está la libertad individual, e incluso una misma defendería el  derecho a decir “no quiero estar”, pero eso no significa que no te abra la piel y se viva como un abandono o desprecio. 

 Abrir la vulnerabilidad a todo el mundo la pone a una frente al escrutinio del temor, la desconfianza e incluso la violencia, es un lugar emocional muy complicado e incómodo; pero también se abren puertas de amor y solidaridad. Y era eso, o morir sola por no querer incomodar a nadie. Luego pienso que es imposible darle gusto a todos, además, no tengo por qué avergonzarme de salvarme la vida. No, definitivamente estaría mal si lo pensara así. Mi vida es valiosa, incluso si soy un manojo de errores y malos modos. ¿Quién no los tiene? Aquí, unos somos espejos de otros.

Hace bien poco encontré una entrevista donde Susana Zavaleta dice que ella jamás habló de su cáncer porque no le gusta la gente débil, que ella es fuerte y quiere que la vean así. A mí me cagó porque en mi caso fue exactamente lo contrario, la enfermedad me enseñó que no soy todo poderosa: aprendí (a la de a huevo) a pedir ayuda, entendí que no es posible tenerlo todo siempre bajo control. Audre Lorde dice, algo que he recordado mucho desde hace un año:

Releo eso y entonces ya no me enojo con Susana Zavaleta, entiendo que sus condiciones de vida son otras, muy diferentes a las mías. Otra vez, Lorde tenía razón. Me impresiona su nivel de lucidez en un tiempo donde todavía no era común visitar al psicólogo si algo iba mal. O no lo sé, tal vez sí iba y yo sólo soy prejuiciosa. O tal vez venga de una cultura que comprende la vida de manera distinta, no sé. No sé. Lo mismo me pasa con bell hooks, y me pregunto si ambas veían al mismo especialista de la salud mental o qué rayos. Tampoco tiene mucho sentido, ni importa.

Y pues sí, me sigue dando pena escribir sobre cosas tan personales, pero también me recuerda que toda mi vida he estado bastante escondida. Hay casas familiares donde todo siempre está mal: el placer, la diversión, el juego, lo diferente… Se me quedó muy grabada una escena de Duerme cicatriz, donde el papá de la personaja adolescente se aleja de ella porque empieza a escuchar música distinta a la que él le enseñó. Y le parece horrible que su hija se «contamine» de otras influencias. Creo que Nora de la Cruz sin querer me pasó el dedo por una vieja herida que, a pesar de los años, no termina de cicatrizar. Ahora he vuelto a la casa familiar (por necesidad, pero también por solidaridad) y es complicado, aunque distinto. Pienso que por eso fui “bien desobediente”. Hoy lo sé. Aun así, nunca estuve libre de culpa, iba a una fiesta con culpa, estudiaba con culpa, tenía ciertas amistades con culpa… En el fondo, nadie quiere alejarse demasiado del clan, ¡es el origen! Una paradoja y un “deber ser”, re introyectado. 

Tampoco digo que mis padres sean necesariamente malos, detesto los maniqueísmos, son bastante tiranos y obtusos, sin duda. Sería injusto desconocer que hicieron lo mejor con las pocas herramientas que tuvieron. Y vaya que sus condiciones fueron mucho más cabronas que las mías. A veces creo que estuve enojada y triste tanto tiempo, por tantas cosas, que todo eso se me enquistó, creció silenciosamente como una bomba en mi útero. ¡En mi útero! No existen las casualidades, pero sí las metáforas.

  Yo, que «según» nunca quise tener hijes, me descubrí no sólo ese deseo, sino una fuerte melancolía ante la posibilidad de la extirpación. ¿Qué clase de loco conflicto se esconde en un tumor de útero súper escondido y difícil de diagnosticar? Creo recordar que Sontag dijo que el cáncer no era tan sofisticado como la tuberculosis, que era difícil “romantizarlo”. No sé si incluso convendría romantizarlo, pero creo que la enfermedad tiene metáforas interesantes. Y la ciencia bien poca información de nuestros complejos cuerpos e historias.

¿Y si todo está hecho de lenguaje? ¿De historias por descifrar y reelaborar? La mente es muy poderosa, para bien y para mal, quiero pensar, quiero pensar. Y lo quiero así porque me conviene. Inés me dió la idea y me fui a armar un frasco bonito lleno de pasitas con chocolate (las amo), le puse una etiqueta que dice: “Anticancerígenos”. ¡Una delicia! Me como una cada 12 horas por toda la vida. No quiero que vuelva el cáncer. No quiero. Luego me pregunto qué es lo que mi cuerpo me ha estado gritando con tanta fuerza. Quiero saberlo para poder desatar la metáfora. Y sí lo sé. Lo he venido pensado desde que supe que no podrían extirparme el útero, y qué bueno. Escribir es reinventar, reelaborar, reformular, relatar…

Hay historias que son un veneno, un bicho en la cabeza, pero hay otras que son pura redención. ¡Oh, sí, por supuesto! No me puedo creer que estoy viva, no me puedo creer que estoy limpia de un cáncer que estuvo muy cerca de ser “terminal”, no me puedo creer que soy una persona que, después de mucho tiempo, está reinventando cómo disfrutar la vida, pese a que, de vez en cuando también me quiero rendir.

A veces la belleza y el gozo vienen de cosas muy simples: como escuchar NuevaYol; tener un zoom con un amiga querida a la que no veías hace mucho; ver un video de comentarios cantados y reír hasta tener tos; escribir (aunque eventualmente me trabe); tomar un té verde tibiecito. Yo no sé qué tipo de señora de los gatos toma té verde, pero sí, ésa soy. También la que riega mal las plantas porque el tiempo nunca le rinde. Pero no las deja, ni las dejaría morir, a menos de que sea lo mejor para ellas. Ésa soy. 

También soy la que últimamente sólo piensa en el enojo y dolor que inevitablemente causan las pérdidas. Sí, también me sentí re abandonada, re prescindible, re mal; pero me parece muy pendejo que no sea capaz de ver el revés de las cosas: ni estuve sola por completo, ni toda la gente sabe qué hacer en una emergencia, menos en estos tiempos donde los lazos están cada vez más rotos. Vaya, tampoco sé si quiero vivir envenenando mi cuerpo con tanta bilis. Los chinos dicen que el cáncer es bilis amarilla. Creo que prefiero mil veces, hacerle un hueco a lo que duele, a dejar que crezca descontroladamente dentro de mí, escondido, listo para matarme. Y aquí hago una pausa para reiterar que estoy hablando de mí, de MI historia con la enfermedad. 

De cualquier modo, este periodo ha tenido demasiados picos, demasiadas vueltas, mareada definitivamente estoy. Pero tuve la fortuna de, en medio de la tormenta, aprender a construir un dique, un gran muro de contención que me protegió y gracias al cual, hoy estoy viva [inserte aquí escena de Frankenstein]. Eso es algo que sólo puedo agradecer y replicar para otras personas. Mi mamá pidió una misa para darle gracias a dios por mi salud. Yo nunca voy a misa, yo no creía en dios, es muy complejo de explicar, pero el miedo y la impotencia le hacen a una abandonar la soberbia. En el sermón el padre dijo que una vez dios salvó a nueve personas, pero sólo una regresó a dar las gracias. Me impactó. Yo no entiendo la vida sin el agradecimiento, incluso si las circunstancias me alejan de aquellos que alguna vez me tendieron la mano. 

Ahora sé que mi vida importa y que soy querida por un montón de gente y eso basta para sostenerme. Sé que mi padre puede seguir deseando haber tenido solo hijos con pene, sin que eso me martirice y me obligue a una vida que no es mía con tal de demostrarle que soy valiosa. ¡Nanai! Eso no es asunto mío. Entiendo perfecto que nadie es perfecto. Eso es muy importante para que alguien decida quedarse en este plano terrenal.  Y esta es mi historia, Forrest Gump, se mueve y cambia como la gelatina de mosaico (digo gelatina de mosaico y pienso en una fiesta de cumpleaños, con pastel en servilleta y toda la onda). Igual que ésta, mi historia tiene la maleabilidad de los líquidos, pero es capaz salir del molde sin perder la autocontención.

Mi primer apellido es Santillán, una derivación de un lugar en España llamado Santillana del Mar, en nuestra cultura muchos apellidos tienen que ver con lugares, mi segundo apellido es Barrera, siempre lo pensé como un obstáculo, un estorbo, pero se me había olvidado que que los muros también protegen:

El gran dique [o mi muro de contención]

Yo,

yo fui un barco a la deriva,/ una casita en la peña de un pueblito, /a veces solamente un perrito sin dueño/ y como todo ser de abandono,/ ladro y hasta muerdo/ cuando me siento en peligro,/ no tengo muchas cosas,/ pero tengo una vida;/ no dudaré en usarla/ para todo lo que yo quiera,/ porque aquí es donde yo habito,/ y no, no sabemos si mañana/ tendremos otro chance,/ con todos los nombres/de mi cardumen/ he formado un dique,/ la muerte no pasará,/ no todavía./ Francisca no está,/ vuelve otro día.

Deja un comentario