Y si el dolor es la estela del impacto contra el diagnóstico? Hoy en medicina paliativa me trataron bonito, me tocó un doctor muy atento, al que llamaremos «K.C.», tiene todo el porte de bonachón: es alto, barbón, gordito, rosadito: un osito de peluche. Me mandó varios medicamentos para el dolor, pues mis huesitos siguen todavía adoloridos. La enfermera del servicio también, muy agradable. Es como si la vida sólo se dividiera en buena o mala, en ser amable o ser mula. ¿No hay término medio?
Salí con un montón de medicina, como siempre que salgo de paliativos. Me quedé pensando en cosas posibles, como que si el dolor físico y el dolor emocional son muy distintos entre sí, o si el dolor físico puede ser un eco del dolor emocional, como decía el Sr. Hamer (aunque no dijo eso exactamente). También pienso en Susan Sontag y sus metáforas. Y pienso en todo lo que brotó de mí con el diagnóstico de cáncer.
Luego bajé a mi cita con Mioncóloga Maravillosa, y mientras esperaba mi turno, me enteré que no debería tener dos consultas el mismo día porque no pueden llevar el expediente de un lado a otro. Bueno, siempre se aprende alguna burocracia hospitalaria nueva.
Mi hermana y yo nos sentamos a esperar en la sala de Trabajo Social; yo traía una contractura fuerte en la espalda, además de un coqueto tic en el ojo derecho. Y en eso estábamos, cuando una tubería enloqueció y el agua empezó a salir por debajo de una puerta. Llegó mucho personal a tratar de repararla, pero ya no sé si se logró, me llamaron y nos metimos al consultorio de la doctora. Fue rápido, me midieron, me pesaron, me exploraron la panza, pulmones y cuello. «Todo bien».
Vimos mi cuerpo por dentro y la doctora dijo: «Todo bien». Me dió el alta, no sin decirme que de ahora en adelante tengo que tener un seguimiento estricto, pero ya no con ella, lo cual me puso triste, pero tiene razón, porque también dijo: «Ojalá no vuelva a verte por aquí».
Mi hermana todavía preguntó qué había pasado con el tumor y ella dijo: «No hay actividad metabólica, no hay enfermedad». Y luego dijo también, porque sí, tenía que decirlo: «Sí, el cáncer siempre puede regresar». Pero hoy ya no, en mi cuerpo ya no hay enfermedad.
Salimos algo confundidas, pero contentas. Yo a punto del llanto, pero sin poder sacarlo por la prisa de salir de ahí lo más pronto posible. Fuimos a buscar un pan de muerto a una cafetería que se llama Happy algo. De camino nos encontramos una iglesia y nos metimos un rato. Ahí estaba el buen San Charbel, otra vez la vida lo puso en mi camino. Nos sentamos dentro un rato y lloré poquito. Por cierto, la iglesia se llama La Divina Providencia. Todo es perfecto, diría Inés.
Salimos y seguimos caminando sobre Parroquia buscando la cafetería, pero antes encontramos La puerca pecadora y nos tuvimos que estacionar a comer unos tacos. Las mejores quesabirrias que he probado con todo y caldo de huesos. ¡Yomi, yomi! Mi hermana es la mejor compañera de hospital del mundo.
El tic en el ojo se fue casi cuando salimos del hospital, pero me quedó un dolorón de espalda tremendo de tanto contener y soportar la tensión emocional. Pero ya irá pasando, lo importante es que cantamos juntas de regreso a casa una canción de la Karol G. Y «todo bien».

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