Tomografía por emisión de positrones

[27 de septiembre de 2025]

Una de las formas de saber si una ya no tiene cáncer es la tomografía por emisión de positrones (o PET), un estudio de imagen que escanea todo el cuerpo buscando actividad metabólica anormal. Tal vez lo diga todo mal, pero el líquido que inyectan es a base de glucosa, pues las células malignas se alimentan principalmente de “azúcar”, de ahí que se crea que cuando una tiene cáncer, debe dejar de comer arroz con leche. Pero no, dice Melisa (mi nutrióloga) que no es posible matar de hambre al cáncer. 

Y pues, yo pienso que sí es importante considerar cómo funciona la enfermedad, incluso a nivel psicológico. Supongo, que si hubiera certeza de que alguna planta, o remedio, surtiera algún efecto importante contra el cáncer, ya se estaría comercializando; la noticia sería todo un acontecimiento, pues millones de personas lo han padecido, su tratamiento es tan caro que difícilmente alguien puede pagarlo de un solo tarjetazo. 

Bueno, en realidad pasa lo mismo con muchas otras enfermedades, sobre todo si se extienden en el tiempo. Quizá una diferencia importante es que con el cáncer hay que actuar rápido y antes de ser atendida, ya se tiene una deuda enorme, a menos que se cuente con un buen seguro. Toda la gente debería tener uno. 

El jueves pasado tuve mi primer PET, ese sí me lo brindó sin problema el hospital, cosa que agradezco porque, dependiendo de dónde se realice, está por encima de los diez mil pesos. Esto me tuvo un poco inquieta la noche anterior y caí en la tentación de buscar información sobre el estudio para asimilar algo al respecto; pero el vocabulario científico no es mi fuerte, no por las palabras en sí, sino por todo el conocimiento abstracto que conllevan. Aun así, intento e investigo poco a poco lo que no entiendo. 

Me fui de casa mucho tiempo antes de la cita, porque quería alcanzar algo del Ave Fénix. Valió la pena, el grupo de psicólogos estuvo a cargo de la sesión y fue bastante reveladora, supongo que para varias mujeres más. Llegué un poco tarde, pero alcancé a entender que el tema era “el perfeccionismo” y, como derivación, la importancia de ocuparse de una misma. Hablaban de ese “perfeccionismo” que hace que una mujer se empeñe en ser buena madre, buena esposa y se desviva por otros, antes que por ella. 

Varias compañeras comentaron sus experiencias en ese sentido, otra más, habló de cómo impactaba en ella el juicio de sus vecinos sobre cómo “debía ser”. Lo que me hizo pensar en de qué forma soy yo perfeccionista, pues sé que sí lo soy, pero distinto. Aunque he trabajado bastante mis rasgos de personalidad, pienso que siempre hay una sombra que no alcanzamos a ver en nosotras mismas y por eso se va a terapia, en el mejor de los casos. 

También hablaron de la “conexión social”, que tiene que ver con el sentirse respaldada por una sociedad, un grupo, amigos o la familia. Según la doctora, saber que el barrio te respalda es fundamental en una situación crítica como el cáncer, o al menos eso fue lo que entendí, porque reitero que llegué tarde. ¿Debería sentirme confundida con respecto de lo que percibo? No lo sé. 

Lo que sí sé es que cuando me sentí a la deriva, mi impulso me hizo pedir ayuda y, aunque ahora me resulta incomodísimo tener que responder cuando me preguntan sobre todo lo que he pasado, no me arrepiento de haberlo abierto, porque mucha gente me hizo sentir valiosa y justo era eso lo que necesitaba para poder aferrarme al mundo.

Yo no sé cómo va a ser de ahora en adelante mi vida, todo se me rompió, todo colapsó; empezar de cero es un reto que me aterra. Todo lo que un día quise, ya no lo quiero, pero tampoco sé con certeza lo que sí, pues siento que también hoy veo mucho que no veía.

Salí corriendo del Ave Fénix para ir a mi PET, llegué a mi cita con media hora de anticipación. Me formé, fui la primera en pasar porque la otra señora no se lavaba las manos. Siempre nos piden eso antes de canalizarnos. Había dos enfermeras, ambas bastante malhumoradas, la verdad. Cuando eso pasa, siempre me pregunto cuáles serán las razones por las que no les gusta su trabajo. 

Ya limpias mis manos, me pusieron un suero chiquito, me llevaron con mi botella de agua (que ya casi me acababa) a un cuarto pequeño, me sentaron en un reposet muy chido, me pusieron una sustancia radioactiva, me apagaron la luz y me dejaron ahí por 50 minutos.

Al principio, yo jugaba a seguir el brillo que entraba por el contorno de la puerta y la luz roja que emitía una cámara de vigilancia, hasta que me aburrí. Por fortuna, no me dio claustrofobia, después de fastidiarme de dar sorbos a mi agua, me quedé dormida. Soy de sueño muy fácil.

Abrí los ojos hasta el momento que abrieron de nuevo la puerta, luego me llevaron a la máquina. Un túnel que estuvo girando alrededor de mi cuerpo por poco más de 15 minutos. Como a la mitad del proceso me aplicaron el contraste. Esta vez no tuve ganas de vomitar, sólo sentí el clásico calor que se extiende por el centro del cuerpo, pero esta vez la sensación llegó hasta los pies. Y eso fue todo. Los resultados, supongo, me los darán la próxima semana que vea al radiólogo. 

Me regresaron a la sala de espera y caminamos hasta la entrada principal, que estaba toda mojada porque se mete mucho el agua con la lluvia. Mis tripas se comían una a otra, me fui a comprar una torta de milanesa que, para mi mala suerte, no estaba tan buena. Pero sí me liberó de las casi 10 horas de ayuno que llevaba. 

En la tortería me vino el recuerdo de mi yo de secundaria, de vuelta a casa con mis amigas gemelas. Si caminábamos de Tlacopac a Barranca del muerto era porque teníamos antojo de una torta de milanesa con quesillo, de las que vendían en el paradero. Además, ir hasta allá, nos permitía tomar el camión vacío, sentarnos hasta el fondo; el pesero nos lanzaba por el aire con cada tope y desde ahí llenábamos el autobús con aroma a torta de milanesa. Ya sé, no es glamouroso, no me importa. Era divertido y delicioso, ningún pan con carne empanizada ha tenido el mismo sabor.

Medicina nuclear, le dicen a esa área donde hacen el PET. Y yo me sentí como si acabara de aterrizar de una nave o como si saliera de la oficina de Homero Simpson. Tal vez por eso dije: 

-Mmmmm… rosquillas.

Deja un comentario