No sé cómo escribir sobre esto

[9 de septiembre de 2025]

El domingo antepasado mi perrijo se puso mal. No se levantó de su cama, se hizo pipí y popó encima, luego descubrimos que había vomitado negro. Me pregunto si Hipócrates vio algo similar y esto lo instó teorizar sobre la bilis negra. Me intriga también saber si mi perro se sentía mal desde antes o si estaba triste.

Días atrás, se veía normal, quizá un poco más lento al caminar, con algunas canas en el rostro, menos ganas de jugar, pero igual de amoroso. La mayor parte del tiempo su pose era serena, pero con el sonar de la campana de la puerta, se volvía un caballito desbocado. “Caballo”, también así le llamaba, aunque su nombre oficial era otro. 

No sé si soy yo, o sí toda la gente tiene una gama de sobrenombres para sus mascotas. “Caballo”, “Marrón”, “Pequeña bestia” son algunos de los que conforman la mía. Me queda claro que de unos 15 años para acá (calculo), nuestra relación con animales domésticos es muy diferente. Cuando yo era chica todos los perros (o al menos la gran mayoría) estaban fuera de las casas y casi nunca salían a pasear. Bueno, incluso algunos vivieron toda su vida en una azotea. 

Mi papá, por ejemplo, no es del tipo de personas que se encariña mucho con los animales, mi madre un poco más, pero aun así guarda su distancia. Para ellos los perros van siempre afuera de las casas y no se suben nunca a las camas. En 2019 (no sin dolor) me separé de mi can y él pasó a vivir con mis padres; antes de eso vivimos juntos como seis años. Y ahora otra vez compartíamos hogar.

Llegó a mí del tamaño de una bolita de pelos, cabía bien en la palma de mi mano. Cual buen perro callejero tenía la panza llena de bichos. Su madre entró a parir al jardín de mi hermano. Le nacieron varias cancitos negros y uno amarillo. Éste último me eligió para hacerme cargo de él.

Llevaba un tiempo de haberme independizado de mi familia, tenía una pareja estable con la que duré varios años y, cuando nos fuimos a vivir juntos, decidimos adoptar al perrito. Bueno, no sé qué tanto “decidimos”, así en plural. Yo quería un perro, como también en el fondo de mi corazón, deseaba un hijo, pero ese era un paso mucho más complicado que no pensaba dar, a menos que me sintiera lista y segura de que el padre no se desentendería cuando llegarán la rutina y los momentos complicados. 

La vida ha cambiado mucho desde la canción de Natalia Lafourcade, ella a su corta edad, empezaba a ver ciertos movimientos en la sociedad, pero alrededor del 2010, el feminismo no había popularizado la idea de no casarse, ni los discursos contra los hijos. Bueno, en general, el feminismo era una cosa rara que muchas mujeres mirábamos con cierta desconfianza; eso, y que yo había crecido sin conocer otros modelos de mujeres que me hicieran saber que podía elegir una vida distinta a la que tenía mi madre.  

Y en ese contexto llegó Lucho o Luccio (cuando se volvió italiano); el primer ser vivo que dependía completamente de mí y a quien debía educar para que no hiciera destrozos dentro de la casa. Antes había intentado adoptar una perrita blanca que vi en internet, pero no quisieron dármela porque yo no contaba con los medios suficientes para tenerla “bien”. En la ficha de adopción preguntaban casi hasta con qué marca de croquetas pensaba alimentarla, y pues con trabajo me estaba aprendiendo a mantenerme a mí misma. Supongo que mis respuestas no correspondieron con los ideales de los salvaperros. Me decepcioné y me sentí culpable por no poder darle las condiciones “adecuadas”.

Un día mi hermano me dijo lo de los perritos en su jardín y que podía ir a verlos para ver si me quedaba con alguno. Así llegué a su casa (creo que un domingo en la mañana) y una bola amarilla caminó directo hacia mí para jugar con mis agujetas. Él me eligió a mí y yo lo quise desde ese momento. Mi perrijo. Hay gente que dice que el paso previo a tener hijos es un perro, o al menos así era. Una especie de entrenamiento antes de que una pareja se convirtiera en los padres de un bebé. 

Ahora todas esas cosas parecen cada vez más ridículas, al menos entre la gente de mi círculo más cercano. Creo que el hijo dejé de desearlo cuando me vi sola con Lucho, sin un peso y a punto de empezar una maestría que cambiaría el rumbo de mi vida de muchacha pueblerina, cosa que para nada digo con desprecio: orgullosa siempre de mis orígenes. Eso, y otros pedillos que nos fueron saliendo en los genes. De entrada la bilis negra había corrido siempre por mis venas, y no confiaba en que pudiera hacerme cargo de otro ser humano. Ahora me resulta tonto haberle dado tanta importancia a mi estado de ánimo, igual que me parecen irrelevantes todos mis problemas previos al cáncer. 

Luchito llegó a mi vida para alegrarla y para acurrucarse a mi lado cuando la pareja se rompió y dejó una cicatriz bien profunda que tardó bastante en sanar. El cáncer ya de por sí me había puesto a pensar en la maternidad, pero ahora la muerte de Lucho, volvió a ponerla en el centro de mi mente. Algunas veces me he escuchado a mí misma decir que nunca he querido ser tener hijos, pero revisando un poco mi pasado, he descubierto que eso no es verdad, claro que ha habido momentos en los que lo he deseado.

No creo en algo así como un “reloj biológico”, pero sí en el deseo de cuidar y dar amor, lo cual no pienso que necesariamente tenga que ver con «maternar»; una puede cuidar y amar a sus padres, a sus hermanos, a sus amigos… Quizá la diferencia estriba en el grado de dependencia que un hijo tiene con respecto de su madre. Si una mamá no brinda el cuidado adecuado a su cría, ésta muere; pero también si lo proteje demasiado, lo asfixia o lo hace inútil. La posición de madre es muy compleja, ¿cómo saber que se está en el justo medio para que una dependencia sea sana?

Hace años me daba temor no ser una buena madre, luego ese miedo se convirtió en una cosa horrenda que tenía que ver más con no querer abandonar mi vida «loca», a mí la libertad de la juventud me llegó más tarde. Justo cuando escapé de casa de mis padres, me separé y terminé de aprender a mantenerme a mí misma.

En este momento de mi vida no sé si quiero ser madre, aunque tampoco es algo que me quite el sueño. Después caigo en la cuenta de que tengo cuatro gatos, cuatro seres que dependen de mí, a los que amo y cuido con amor, pero a veces también con molestia. Los animales son más dóciles que los humanos, sin embargo, no dejan de ser un otro que interpela con su diferencia. 

Una vez me dijo una pareja: “Me gustan los animales porque, independientemente de lo que uno haga, son amorosos”. Y claro, tenía cierta razón. Un perrito no te riñe cuando algo le molesta (o bueno, depende de su personalidad), tal vez se orine sobre tus plantas, pero jamás dirá cosas incómodas, ni le durará tanto el enojo como para irse de casa.

Pero tampoco quiero caer en una lógica maniquea donde un vínculo es mejor que otro. A lo que quería llegar, más bien, es a lo difícil que es pensar el deseo materno hoy en día. Y a que cuidar y amar no siempre es «maternar», mucho menos es obligatorio. Pero sí necesario para la subsistencia de todo ser vivo. Los que tuvimos padres fríos o ausentes lo sabemos requetebien, a pesar de que finjamos demencia y digamos que no necesitamos de nadie y que se vayan todos ALV. 

Y bueno, aunque un perrito no es un hijo, supongo que una sí puede depositar su deseo materno en ese vínculo. Al menos fue así en mi caso y no tengo por qué negarlo. Por eso mi Luchito me dolió tantísimo y sentí que yo también me moría con él. Pero Luccio solo está siguiendo el camino que todos debemos seguir tarde o temprano: el de la transcendencia.

Sé que fue lo mejor para él, porque si el cáncer es difícil para un humano, lo es todavía más para un perrito viejito, además, no tengo por qué aferrarme a su existencia material e impedirle su natural evolución de “caballo” a “unicornio”. Siempre tuvo una manchita blanca en la frente, yo bien sabía que un día ahí le crecería un gran cuerno de colores.

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