14 de abril de 2025
Escribo esto muy cansada de mi tratamiento médico y muy harta de las dinámicas de la Academia, pero también de las de redes sociales, donde cada vez quiero estar menos y construir otros espacios (como este blog), pero es difícil porque no tengo a mi disposición otros medios de comunicación y probablemente no los tendré nunca, ni sé si los quiero.
Lleva varios días la polémica en torno a Margo Glantz, una persona que honestamente no me importa mucho, no soy su amiga, no fui su alumna, no me gusta su literatura, salvo un ensayo que escribió sobre Efrén Rebolledo, autor al que dediqué como diez años de estudio hasta que… la Academia me mordió, diría mi querida Grace.
Por esa razón, alguna vez le escribí a Margo Glantz, para pedirle que leyera mi tesis de maestría, pero después de hacerme algunas preguntas vía correo electrónico, dijo que no tenía tiempo. Una respuesta muy común de los académicos prestigiosos; es un secreto a voces que si no conoces a nadie y nadie te conoce, no eres nadie. Pertenecer a los cerrados círculos académicos (o culturales) implica aprender a dar bola a zapatos finos que nunca son de uno.
El líder académico es siempre brillante, siempre está en lo correcto, por más que te mantenga precarizado haciendo todo su trabajo con o sin una beca que no alcanza para nada, menos si tienes familia o estás enfermo. Todo sea por la añorada promesa de que algún día te ayudará a conseguir una plaza o al menos a publicar tu trabajo. A todos nos parece bien, así han sido siempre las cosas y uno no puede “saltarse las trancas”, como me dijeron alguna vez.
En los salones de clase los estudiantes siempre quieren estar cerca del académico, ser sus amigos, sus estudiantes dilectos, aspiran a ser como ellos, a que desde su pedestal éste les tire aunque sea una pequeña flor, están dispuestos a humillar a otros estudiantes que no resultaron ser tan brillantes a los ojos del líder. Están dispuestos a cerrar filas, porque “el que se mueve no sale en la foto” y todos quieren estar en ella, por más incómoda que sea la pose.
Tampoco es un secreto que cuando tienes un problema con algún líder académico se te van cerrando espacios, la cancelación lleva muchos años operando, sólo que no le llamábamos así, ni tenía alcances tan feroces. Sorprende que en tiempos de tanta deconstrucción y feminismo, no nos hayamos parado a analizar de qué maneras el campo cultural reproduce jerarquías y violencias incluso en los círculos más progres. Sorprende que en tiempos de tanto análisis, terminemos por no analizar nada y responder por mero impulso emocional.
Quienes nos dedicamos a la academia hemos estado aceptando condiciones de explotación, humillación y un sin fin de violencias más, donde nuestro trabajo nunca es suficiente y es necesario sentirse tonto todo el rato. ¿Y a cambio de qué? ¿De intercambiar roles de canela? Cuando estemos arriba (si un día lo logramos), vamos a volver a invisibilizar las condiciones de vida de cada estudiante, nos vamos a volver a burlar del que no tiene buena ortografía, del que no compró la edición del libro más cara, del que no sabe quién es tal o cual autor debido a la deprivación cultural. ¿Cuánto clasismo tenemos interiorizado a la hora de evaluar y ser evaluados? ¿Cuánto capitalismo-capacitismo tenemos arraigado a la hora de establecer entregas en serie? ¿Cuánta salud y cuánta vida estamos dispuestos a dejar en el camino con tal de pertenecer a una élite? ¿Ante cuánta violencia y maltrato más vamos a permanecer en silencio con tal de no meternos en problemas? (Y ya veremos el desmadre que se me va a armar con esto de estar enferma y no poder).
Es curioso cómo en las redes se va banalizando todo, los que antes pedían cancelación y justificaban “todas las formas”, ahora no la quieren y piden “ternura radical”, por ejemplo. Pero, desde mi punto de vista, son cosas bien diferentes. Una reconocida académica de una de las universidades más prestigiadas del país usó su posición y su visibilidad mediática para justificar el genocidio del pueblo palestino, tras lo cual un grupo de estudiantes que no tienen a su alcance todos los privilegios de la académica, irrumpieron en una conferencia donde ella se presentaba para desaprobar su postura política. Mi pregunta es: ¿Ante la brutal masacre de gente inocente, no tenemos derecho a protestar? La protesta no es “cancelación”. Protesta es justamente interrumpir para decir: “No estoy de acuerdo”. “Cancelar” en cambio implica, despedir, no contratar, no leer, no apoyar, no hablar, no invitar, no ser amigo de, ni de nadie que esté cerca de. Cancelar implica que se está manchado para siempre, sin importar cuánto te laves y cuánto te arrepientas; la cancelación no escucha, son esos audífonos que uno se pone para abstraerse del mundo y poder seguir viviendo en la misma mierda, pero sentir que ya no eres parte de ella. Si la cancelación recayera sobre Margo Glantz, tal vez, se detendría su carrera académica y la pasaría re mal, pero no se frena el geneciodio en Palestina.
Entonces insisto, una protesta no necesariamente es cancelación. Y la protesta es un derecho. Yo que siempre trato de no perder la ternura, me descubro en un dilema, sólo para reforzarme la idea de que la vida no sigue reglas definidas. La protesta no es bonita, no es cómoda y no tiene por qué serlo; mucho menos cuando va la vida propia o de otros de por medio. Lo sentimos, pero… si la academia te muerde, a veces no queda más que darle un periodicazo en el hocico. ¡Y que viva Palestina libre!
P.D. Muchas gracias a Grace por todo el diálogo que ofrece en su maravilloso taller.

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