5-7 de abril de 2025
No sé cómo explicar lo mal que me siento, no sé bien cómo narrar lo que me está tocando vivir, está lleno de claros y sombras. Pero yo quiero darle la vuelta al charco de la melancolía. Es lógico y esperable que uno piense “¿por qué a mí?”, pero yo no pienso ¿por qué a mí?, si no: ¿por qué otra pinche vez a mí?, si me he esforzado por desviarme del trágico camino familiar. Es una idea trillada, pero a veces sí pienso que cargamos con los traumas de nuestros ancestros; luego viene la epigenética y me dice que algo así más o menos; luego me acuerdo de que me pusieron los dos nombres de mis abuelas y siento que definitivamente sí. El cuerpo tiene memoria más allá de la propia piel.
“Me acuerdo” es el famoso ejercicio literario que siempre ponen en los talleres de “vanguardia” y, curiosamente, siempre me cuesta trabajo elaborarlo. En vez de frases sencillas como: “me acuerdo de los gansitos congelados a la hora del recreo”; a mí me salen cosas tristes y complejas como: “Me acuerdo que mi padre no quería tener una niña más”; “me acuerdo que mi abuela renunció a la vida”; “me acuerdo que mi abuelo era borracho y golpeador”; “me acuerdo de que nunca me llevaban ni a fiestas infantiles, ni a parques, ni a jugueterías”; “me acuerdo que nunca me compraban tenis”, “me acuerdo que llevé a la secundaria la misma percudida chazarilla durante tres años”; “me acuerdo de que la tristeza era mi semblante habitual.”
Mi abuela Cecilia era depresiva, igual que yo. Mi abuela Isaura, en quien había pensado muy poco hasta ahora, murió de cáncer. Creo que ninguna de las dos llegó a los 50 años, por eso mi sueño es no morirme en al menos 10 años más. Mi mamá tiene hermosos 70 años, la he visto llorar mucho, pero también envejecer, jamás había percibido eso como algo tan bello. El tiempo bruñiendo la piel, un pétalo que cambia su color y su tersura.
A la vida se le da poner triple barra. Me siento como un tigre en carrera de salto; me pregunto cuántas veces seguidas puedo brincar sin que el agotamiento me tumbe o me enrede con mis patas. Imbricación es un término que anda dando vueltas en mi cabeza, lo toco con cuidado, lo observo, lo analizo. Pienso también en una frase de “las Tesis”/ Segato: “El Estado opresor… bla, bla, bla. Una letra tan viral y tan poco desmenuzada. ¿Qué significa en estos días el Estado? ¿Cómo y por qué oprime? ¿Reprime? ¿Transgrede límites? ¿Ignora cosas? ¿Aplasta?
Desde que recibí mi diagnóstico de cáncer e ingresé al Servicio de Salud, empecé a tener sueños recurrentes sobre abuso sexual, no entendía bien por qué, hasta que me di cuenta de que estaba recibiendo demasiada violencia médica, desde la invasión de mi cuerpo, hasta el maltrato de mi salud mental.
Obviamente esto se ha abordado en terapia, Mibrillante Terapeuta ha estado formando hilos de miel en torno mío para sostenerme, incluso cuando floto. Teje una sólida red a base de paciencia y un vínculo profundo. Me queda claro que quien te ignora, quien no te conoce y a quien no le importas, no puede cuidarte. Lo curioso es que no hay una persona en específico a quien se pueda responsabilizar de toda la violencia y maltrato que estoy recibiendo, es la precariedad, es el abandono en que ha caído el Sistema de Salud, es la Medicina… el Estado… una gran mano invisible aplastandome una y otra vez más. A mí y a muchos enfermos más.
La semana pasada nos suspendieron el tratamiento de radioterapia dos veces. El martes porque la máquina se averió y el viernes porque “se fue la luz”. Hasta parece que que me lo invento, pero el viernes esperé una hora con la vejiga llena. Cuando ya no podía más, me acerqué a preguntar si ya me tocaba pasar a la nave; justo cuando iba a abrir la puerta, me llamaron por el micrófono. Pasé, esperé a medio pasillo mientras el paciente anterior bajaba de la plancha, entré en cuanto salió, subí yo a la nave; pero justo cuando iba a despegar me pidieron que bajara y fuera al baño, algo que nunca había pasado. Cuando volví ya estaba otra persona dentro, me pidieron esperar en el vestidor y luego se fue la luz, las doctoras entraron corriendo a sacar a la señora, luego se fue la luz, y otra vez más. Caí en la cuenta de que esas tres máquinas trabajan todo el día, todos los días.
Fui nuevamente al baño porque mi vejiga ya no aguantaba más; cuando volví un doctor regresaba los carnets a toda la sala de espera; decía que la terapia se había cancelado porque la máquina no alcanzaba a funcionar con la planta de luz, que no había de qué preocuparse, que el lunes (hoy) continuaríamos y no pasaba nada. Yo respiré profundo, me senté e intercambié algunas opiniones con otra mujer, las dos habíamos notado que se habían estado tardando mucho en pasar a la gente, que cuando estaban los doctores de siempre todo parecía moverse más rápido y mejor, pero aquellos médicos estaban ahora de vacaciones y en su lugar había doctores jóvenes con ropa de colores, rosa y azul, para ser precisa. No dudo que sepan hacer su trabajo, pero la pericia de manejar aquellas máquinas en semejantes condiciones, se debe aprender con mucha práctica.
Hasta donde me di cuenta, nadie se quejó. Todos tomamos nuestro carnet y regresamos hoy, que afortunadamente fue un día bastante bueno; aunque me pone extremadamente ansiosa cada inicio de semana, empiezo a imaginarme qué se va a complicar esta vez, si la cantidad de pacientes, si un baño apestoso, si algún desajuste en la máquina, si la energía eléctrica, si el tráfico, si un cambio en el horario, si algún maltrato médico, si me de gripa, si me enfermo del estómago… o simplemente que todo el santo día me dan sofocos y siento que la piel de la espalda se me va a desprender.
Todo el fin de semana le estuve dando vueltas a cómo hacerme la vida grata a pesar de tanta mierda. Mibrillante Terapeuta me sugirió poner en una cajita todas las cosas que me dan calma y ya puse una loción de lavanda, un abanico, unos audífonos, una libreta y… ya no sé qué más poner. Se me ocurrió que esta semana comeré algo rico saliendo del hospital, de modo que si hay o no servicio, yo tengo un aliciente. También procuro arreglarme, de Anne Boyer aprendí que una nunca va a su tratamiento en fachas, aunque tampoco vestida de Madonna, es incómodo. Hoy antes de retirarme de la sala de espera me detuvo un señor, su esposa terminaba el tratamiento y nos dio a mi cuñada y a mí una bolsita de dulces. Tenía una tarjeta con un mensaje, cuando estuvimos en el auto con mi hermano se las leí en voz alta y se me quebró un poco la voz. Luego fuimos a comer algo rico, que tal vez me cueste un poco digerir. Inventé mi grito de guerra o algo así: ¡Rabia y ternura hasta la sepultura!


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