1 de abril de 2024
Desde el 10 de marzo de este año, mis martes empiezan a las 6:00 de la mañana, hay que salir a buena hora para no encontrar tanto tráfico porque acá, en el pueblo donde nací y he vivido casi toda mi vida, está todo lejos, incluso de la mano de Dios. Por esta zona no hay centros culturales, hay pocas escuelas, no hay cafeterías bonitas, no hay parques, ni se tapan los baches.
Llego al hospital ya medio fastidiada por el tráfico, me acompaña mi padre; yo cada vez tengo menos energía para manejar. Hacemos fila en el laboratorio, llenamos la hojita que nos dan. Después de media hora llegamos a la ventanilla, papá se va a sentar en el banquito de plástico que compramos para la ocasión, ya que nunca hay donde sentarse a esperar. Me imprimen mis etiquetas y me meto al laboratorio, ahí sí hay donde sentarse, pero sólo entran pacientes. Al fondo van las sillas de rueda, los demás estamos dispersos por todas partes. Espero al menos una hora y luego nos forman por múltiplos de 10; un doctor se encarga de esa organización, lo hace increíble y en aproximadamente 2 horas ya se atendieron como 350 pacientes.
Cuando me toca me sientan en una silla azul celeste, me amarran el brazo con una liga y me pinchan justo por encima de la sirena, nunca se me ocurrió pensar que tendría que hacerme los tatuajes en una zona que no tapara las venas, de hecho creo recordar que justo ésa fue mi intención en algún momento, porque no me gustaba verlas. Jamás me pasó por la cabeza que me tendrían que pinchar varias veces por semana. Hoy ya no me encontraron LA vena, pero si no se puede, siempre encuentran la forma, son verdaderos profesionales.
Salgo casi rayando las 9:00 de la mañana, con mucha hambre, desde que estoy en quimio siento que me voy a desmayar si no como en el momento justo en que siento el hueco en la panza. Para evitar esa sensación y llegar hasta la casa de mis padres, me compro un jugo de zanahoria afuera del hospital, tengo que buscar algo que no me caiga mal y es lo mejor que hay por ahí.
Caminamos al estacionamiento, pagamos los 80 varos de rigor, me subo al carro y empiezo a sudar, bajo la ventana y asomo la cabeza como un perrito hasta que mi temperatura vuelve a su normalidad, la escena se repite varias veces durante todo el trayecto en que lo único que quiero es llegar a desayunar, bañarme y tomar una siesta. Todo el tiempo me quiero bañar o tomar una siesta, la menopausia era otra de las cosas que no me preocupaban, al menos no creí que tuviera que preocuparme por eso ahora. Pero es gacho, pegajoso, ansioso y gacho.
En la tarde hay que volver para la consulta con el radiólogo. ¡Otra vez el tráfico! Esta ciudad es cada día más caótica, a mí me gustaría tanto poder viajar en transporte público, pero viviendo en San Lejostolo es imposible, así viví 37 años de mi vida y no pienso volver a subirme a un camión de la ruta 43, no por clasismo, sino simplemente porque nadie debería padecer un servicio tan terrible; entre estos camiones y los de Tláhuac hacia Santa Ana Tlacotenco no sé qué es peor. Vivir en la periferia de la ciudad no debería significar estar lejos de todos los servicios públicos. Nos merecemos un transporte eficiente, de por sí tenemos que pasar 8 horas laburando, para todavía perder otras 4 de trayecto. ¡No es de Dios! A qué hora te haces de comer, ves a tus hijos, tienes tiempo de ocio, ¡DESCANSAS!
Todo cuerpo necesita recuperarse para poder volver a moverse; a veces uno dice que no es máquina, pero hasta las máquinas se descomponen cuando no paran, y esto es justo lo que pasó hoy en radioterapia. Saliendo de mi consulta con el radiologo, bajé la escalerita hacia el búnker, toqué la puerta como de costumbre para dejar mi carnet, pero me detuvo el Señor Spock para decirme que hoy no habría viaje interestelar en la nave 2, que volviera al día siguiente.
Y pues ni hablar, me di vuelta, llevé mi hoja de incapacidad para que la autorizaran los Asistentes de dirección, y luego pudiera volver al consultorio del radiólogo a recibir otra hoja con 4 días de incapacidad. Este trámite me parece bastante engorroso, por cierto, pero tal vez así se aseguran de que los médicos no están expidiendo licencias médicas a lo estúpido. Porque si no es por eso, no veo el sentido de imprimir tanto papel y dar tantas vueltas.
Una vez sorteada toda la burocracia, pasé a hacer fila en la farmacia otra media hora. Y por fin regresé a casa, sin polvo de estrellas en mi ropa, pero sí polvo de carros en la jeta, porque el tráfico estaba cabrón. Menos que si hubiera tenido radioterapia, pero igual de consistente. Me enojé un poquito, pero pues luego pensé que ya me han tocado cosas peores, donde literal he salido llorando del hospital. Mejor ponerse feliz de volver al terruño, no a comer perdices, pero sí tostadas de atún con mi mamá y mi hermana.

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