Si usted todavía no tiene el gusto de conocerme, sepa que soy una mujer cerca de los 40, lo cual me da un poco igual, pero no dejo de notar los cambios que experimenta mi cuerpo. ¡El éxito empieza a los 40, baby! Luego de que ya sobreviviste al mundo culero que nos dejaron los reyes magos: no prestaciones, salarios miserables… ningún acceso a una casa propia… Sobra decir que el mío, mi éxito, no ha llegado. Me la paso valiendo verga un mes sí y otro no. Tampoco sé qué es o debería ser “el éxito”. Soy simpática, suelo caer bien, me encanta reír hasta llorar, decir tonterías en medio de cosas serias. Puedo hacer chistes en medio de un velorio y luego llorar otra vez a moco tendido. Así somos, así aprendió mi clan a sobrevivir en la tragedia. Es así y no voy a mentir para encajar.
Ciertamente, ya no tengo la mirada de mis quince, mis ojos pardos se han ido apagando, en el sentido más figurativo de la expresión. Soy gorda, como toda la gente simpática, o casi toda, el resto está amargada. En mi papada reposan un par de mejillas rosas, diría que fui bonita, ahora ya no tanto, los cuerpos grandes tienen una relación ingrata con la belleza. Pensándolo bien, sí estoy linda. Tengo lindurita en kilos, baby. Mi pelo era largo, oscuro como la noche, me gustaba llevarlo siempre recogido en un chongo, no sea que se me escaparan las pocas estrellas. Tengo los labios gruesos, naranjosos, la piel morena porque soy de la Costa Chica. Básicamente, podría ser la Fiona de los memes clasistas, pero no tengo la gracia de los ojos claros y detesto los pupilentes, a diferencia de las uñas y las pestañas [que amo]. La gente de salario miserable también tenemos derecho a establecer nuestros propios criterios estéticos. Ylaquesooooo!
Estoy sentada en un restaurante de comida rápida, mi gran trasero reposa sobre una silla más incómoda que una banqueta. Tengo enfrente una hamburguesa con queso, tocino, nuggets de ¿pollo?, papas fritas y unos hielos con Coca Cola. Nadie sabe cuándo se tendrá tanta hambre como para comer cualquier cosa. Sé que después voy a estar toda la semana forzando mi intestino a digerir la porquería, lo que no sé es cómo le gusta a la gente el refresco, es asqueroso: un golpe de azúcar en la boca. Las papitas están bien, cartón caliente con grasa suficiente para mantener vivo a un elefante, como yo. Trato de cuidar mi salud, fijarme en las calorías, las cantidades, los carbohidratos y la grasas. Pero mi hambre, mi hambre siempre obra en mi contra. Ya se sabe lo que dicen: “nunca vayas al súper cuando tengas hambre.”
Si esta noche no me sube el colesterol, por lo menos tendré una bella ansiedad de insomnio. Lo sé, pero tengo hambre. Tampoco voy a vomitar, pinche comida cara, salgo siempre hambrienta del trabajo y estoy haciendo tiempo para que el tráfico desaparezca. Respiro. Una canción suena a mis espaldas; la identifico, me gusta: “thunder only happens when it’s rainin’ / Players only love you when they’re playin…” Fleetwood Mac, baby! [¡Amo!]. Meneo la cabeza de un lado a otro mientras clavo mi mandíbula en una BBQ Bacon y le doy un sorbo a mis hielos con coca. Pienso: “yo también he sido este maldito vaso de cartón”.
Estoy sentada en medio de un huracán. Mi gran trasero no me alcanza para mantenerme firme sobre la tierra. Estoy luchando por mantenerme viva en un mundo que me parece cada vez más miserable. Me miento a mí misma cada mañana: que la poesía, que la escritura, que el arte, que la colectividad, que podemos hacer la vida mejor. En el fondo sé que el mundo es un gran Mc Donald´s. Trabajas todo el día, no vale la pena y nunca ves a nadie. Una tiene que tragarse toda la porquería ajena. Una se cansa de desobedecer tanto y tan mal. Siento que floto en un aire enrarecido. Mi cuerpo gordo es un globo rojo, el duelo de una niña que siempre quiso ser niño. Me elevo poco a poco hacia el cielo, bajo de nuevo, vacilo, o bacilo.
Estoy sentada en una biblioteca. Busco desesperadamente la forma de concentrarme, no me duele nada, tampoco tengo hambre, pero mi mente no se detiene un segundo. Afuera hay adolescentes gritando y jugando, tal vez sólo están dentro de mi cabeza. Quiero buscar cosas sobre infancias en la red o en las bases de datos, pero ni siquiera sé qué quiero encontrar exactamente, mi única certeza es que es urgente, a buena hora decidí volver a la escuela. Casi tengo 40 años y lo único que quisiera es volver a ser una niña, cambiarlo todo, cuidar de mí más y mejor. Si yo fuera mi hija, sería lo más importante, siempre, antes que todo lo demás. Salvo yo misma. Me protegería como una leona a su cachorro. Me abrazaría, me diría al oído justo lo que hoy le dije a Doroteo, mi sobri: “Tú eres lo más bello de este mundo, soy tan feliz de que hayas nacido. Feliz cumpleaños.”
Estoy sentada en la sala de un hospital. A las 7:43. Mi gran trasero descansa sobre una banca metálica más incómoda que una banqueta. Esta vez me he traído un cojín para ponerlo entre mis nalgas y el metal. También traje agua, un paquete de galletas y la chamba pendiente, porque hay que aprovechar que estaré aquí toda la tarde. Time is money, aunque el money nunca es para mí. Estoy contando los pacientes que hay además de mí. Estoy preguntando quién más viene con el Dr. CoronelHathi. Yo, que odio a los militares, me va a tocar darle gracias (o no) a un milico por salvarme la vida. Ironías de ayer y de hoy. Mi hermana y yo lo bautizamos CoronelHathi porque Doroteo ama el Libro de la selva. Cuando estoy en casa de ellos jugamos a marchar. Y decimos: Un, dos, tres, cuatro, con el un, dos, tres. ¡Frena cuando digan AAAAALLLTO! Estoy dando vueltas alrededor del pabellón porque ya me duele la espalda. Estoy escogiendo con quién voy a platicar, que me cuente cómo es (o fue) su enfermedad. Mujeres, casi siempre prefiero mujeres, suelen tener más presente los detalles y los números de teléfono útiles. Clichés de género de los que una puede sacar ventaja. Llegué a las 4:00 p.m., son las 9:00 p.m. y no me han pasado. ¡Qué mamada! Quiero largarme, quiero dejarme morir, patear todas las macetas del pasillo.
Estoy sentada en una silla, frente a un escritorio, estoy en la hermosa Ciudad Universitaria, dentro de la Biblioteca Central. Hoy es el día internacional de las bibliotecas; hoy volví a mi biblioteca favorita después de mucho tiempo. Me vi a mí, tiempo atrás, durante la licenciatura, me ví en otras caras; deseé como nunca volver a tener 19 y no tener miedo; y no haber estado tan triste; y no tener ansiedad social; y no temer intentar cosas nuevas; y no ser tan pinche narcisista. Es probable que ni siquiera hubiera terminado la carrera, pero me habría llevado las mejores experiencias de la vida. Hubiera tenido muchos novies; hubiera sacado mejores notas (o no, pero hubiera sabido que no pasa nada); hubiera ido a muchas fiestas, hubiera cantado, bailado y abrazado a más amigos; hubiera llorado menos por novios pendejos; hubiera pasado más horas en la biblioteca; hubiera recorriendo los pasillos con mi amiga K, siempre ñoñeando, eso sí que nos salía bien. Cuando una fue negada y menospreciada, busca la manera de compensar ese dolor con otras formas de reconocimiento.
Hoy cumplí una fantasía: subí y bajé varios pisos de la mano de K, al final pude darle las gracias por no soltarme en aquel tiempo tan difícil. Ella no lo sabe, pero su presencia en mi vida me sostenía de una forma muy importante. Nos despedimos en la entrada que da a la Facultad de Filosofía y Letras, en medio del Paseo Persa que volvió después de muchos años. Ella y yo siempre comprábamos chácharas ahí. Bueno, en realidad, sólo la acompañé a su salón y me fui. Tenía cita en el hospital. La abracé bien fuerte porque sabía que ya no volvería a verla. A veces no tenemos chance de una segunda oportunidad. Pero tampoco derecho a conservar el fantasma de algo que ya no quiso ser.
Estoy sentada en un restaurante de comida rápida. ¿Tiene unos minutos para hablar de Fleetwood Mac? Las canciones que me gustan me hacen pensar cosas. Voy al Mc Donald´s a pensar cosas. A atiborrarme de comida cara y mala. A esperar que pase el tráfico infernal para poder volver a casa. Una casa distante, fría y sola. Mi jacal de la locura, donde tengo mi propia historia personal de resplandores:
muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde, muerde… Siempre pienso en comer. Siempre tengo hambre. Siempre ese huequito para el postre.
Estoy sentada en mi auto, luchando contra el tráfico de una ciudad cada vez más caótica. Un motociclista chocó con una camioneta de lujo. Hay varias patrullas, nadie se ocupa de dirigir el tráfico. Todos los polis miran la escena del accidente con las manos en los bolsillos, salvo uno, que anota en una libreta y llama por radio. Las motonetas son el nuevo transporte de los jodidos, son baratas y gastan poca gasolina. Pero si chocas, lo más seguro es que valgas verga. Me pongo mal con estos accidentes, suelen ser chavos, muy chavos. Me da dolor de barriga y luego me da miedo ir a dormir. Está lloviendo, esto no va a terminar pronto. “Hoy llego casa más tarde, baby. No me esperes despierto” [Mandar a Gato Gordo].
Estoy sentada en mi propia “lujuria”, puedo ser el cliché de la latina fogosa, me acuerdo de la adrenalina, me acuerdo de la oxitocina, me acuerdo de las mariposas peristálticas, me acuerdo de nombres y apellidos. Pero no pienso pedir perdón por eso. Creo que a veces soy una equilibrista, camino sobre una cuerda nada más por la alegría de no caer. ¡Qué estúpida! Jugar con la pulsión de vida y muerte. Buscando el fuego del hogar, encontré fuegos fatuos. Yo nunca quise sentirme culpable, yo nunca quise sentirme culpable por disfrutar mi cuerpo, nadie debería arrepentirse por ser feliz. De lo que sí me arrepiento es de confiar, porque para mí siempre fue fácil hacerlo. Pero no se puede poner en otros el bienestar de una. “Nun-ca-de-bes-ir-al-sú-per-con-ham-bre”. Ok, esta vez, ustedes ganan. El agobio crece en mí como un cangrejo. Mi tormenta personal empieza en la voz de Stevie Nicks y termina con la noche estrellada de Patti Smith. Y ni siquiera fue tan divertido.
Estoy sentada en una camilla, me pongo la ropa. Acaban de revisarme una vez más. No fue agradable, cada vez lo es menos. Siento que vulneran mi cuerpo y mi fragilidad sin que yo pueda hacer nada al respecto. Estoy en sus manos, mi salud cuelga de su maldito estetoscopio. Lo saben, ¿será que hay algún placer perverso en ver a otro retorcerse como gusano en sal? Yo todavía no lo conozco. ¿Será que estar cerca de tanto dolor te cauteriza? La vida, esa cosa que uno nunca sabe cómo usar. Ese hilo que en mi caso es frágil como un cabello. ¡Dios, si me dejas vivir, juro que volveré a inventarte! Apiádate de esta gorda que no ha aprendido a decirle que no a un buen taco.
Estoy sentada en el asiento izquierdo de la camioneta. Papá y yo salimos corriendo del hospital. Son las 8:00 a.m. Siento que quiero volar como un calao azul. Doroteo ha sufrido un accidente. Llego tarde, lo alcanzamos en el hospital, otro hospital del otro lado de la ciudad, pero que funciona de maravilla. Tengo que esperar tres horas para que salga de cirugía. Entro a ver a mi hermana, ella revolotea desesperada alrededor de su nido, me siento completamente inutil, culpable, estúpida. Estamos sentadas en una banca metálica, más dura que la banqueta de la calle donde nos esperan nuestros padres. El doctor nos dice que podemos pasar a verlo. Nos explica la cirugía y nos informa que es hora de decir adiós. No entiendo nada, trato de poner atención porque mi hermana entiende menos, la tomo muy fuerte de la mano mientras involuntariamente se me salen las lágrimas. Necesito que sienta que estoy ahí para soportar la tormenta a su lado. Escucho todo el cristal de mi vida quebrarse en un segundo. Saco mi celular y pongo Hakuna Matata. Si usted, todavía no me conoce, soy gorda como un elefante, soy el elefante de El Pindal. Y sólo espero que alguien me diga dónde puedo sentarme.

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