«Esta es mi playa, este es mi sol»
Me gusta pensar musicalmente, suena mamón, pero la verdad es que es más trivial de lo que parece: a veces me da por escuchar mucho una canción y, de pronto, mientras me estoy haciendo el desayuno, escuchando y cantando la rola, digo: Salaverga! Qué mierda acabo de decir. A veces pienso que me entiendo en las canciones que me gustan, pero no siempre pongo atención; a lo largo de la vida, han sido cosas muy diferentes, que van desde Fey a Black Sabbath, pasando por Los Askis. Me encanta la playa, lo tenía que decir, si un lugar puede hacerme feliz, es el mar. Siempre el azul del agua, el ruido del viento que la mece, el movimiento que va y viene, el peso de mi cuerpo en la arena, toda esa postal de música del trópico.
Así, uno de esos días en los que me estaba armando un sandwich, puse el último disco del Bad Bunny y dije: “¡Ah, chinga, esto está buenísimo!” y empecé a escucharlo obsesivamente, una y otra vez; así será hasta que otro ritmo lo reemplace: Un verano sin ti, habla de la tecnología, de los cambios de la vida que se reflejan en las relaciones interpersonales, de selfies, de stalkeos, de Whats App, de los despojos modernos, de Puerto Rico… Habla del amor en el 2023, el amor que no quiere quedarse, el niño Cupido ya no confía en nadie. Ése es el amor “ultramoderno”, ése que confronta y desplaza a la tradición sólo por serlo, por vieja, por anticuada, por obsoleta, ni siquiera sabemos si acaso la revisa a fondo.
Cuando estudiaba publicaciones periódicas de principios de siglo XX, para hacer la tesis de maestría, me di cuenta de qué tanto (en la literatura como en los periódicos) había ideas importantes cuestionándose, todas ellas en torno a las relaciones interpersonales y a la Mujer Moderna, como se le llamaba en ese entonces. Yo no sé si eso haya pasado en nuestro México mágico tan mojigato, pero en un libro español sobre la Mujer Moderna, leí que las personas hacían algo llamado petting partys, que eran fiestas para fajar, es decir, pasársela rico sin penetración, por aquello de los embarazos. Además, había una consigna: ser más racional, controlar el arrebato de la pasión y el enamoramiento. Suena un tanto conservador lo que estoy diciendo y hasta yo misma me asusto de ello. Hay un signo de interrogación en mi mente.
En esos tiempos, en México, Hermila Galindo escribía en su discurso para el primer congreso feminista que la seducción y los embarazos no planeados eran un problema grave que había que atenderse. Digamos que era la Martha Lamas de entonces, buscando y defendiendo la salud sexual y reproductiva de las mujeres (que no condenando su sexualidad, mucho menos decidiendo por otras con quien había que desvestirse y con quien no. Cosa que pasa hoy en día).
No obstante, las señoras convocadas de ese entonces (sólo mujeres con estudios) se sacaron mucho de onda; pese a que Hermila, escribió con el nombre de dios en la pluma. Pero a lo que voy es que el disco de Bad Bunny habla de libertad sexual, de hacer lo que uno quiere, de encontrar alguien con quien se coge riquísimo, de alguien a quien no se puede olvidar, de amores fugaces, de la incapacidad de enamorarse, de gente a la defensiva porque le rompieron el corazón (y no sabe qué hacer con eso). En fin, el Conejo Malo representa la música de la urbe, que le dicen, de exótica urbe del Caribe. Una música que desciende a la pelvis, sacude socarrónamente la risa de los pueblos negros y orgininarios, aquel placer sexual que supieron esconder en los ritmos para que los españoles no se dieran cuenta de sus “porquerías”. Cómo ha cambiado el mundo, ahora volvemos a la libertad. ¿O no?
En estos días, hay que cuidar que el corazón no se quede, aunque paradójicamente, es cuando más se queda. El que se enamora pierde, es anticuado, sumiso, patriarcal… sobre todo si sólo se enamora de una persona, porque al final, queda la sensación de un montón de cosas que se pierden por elegir amar a sólo una persona. No dudo que haya culturas donde el poliamor haya sido algo más complejo, pero nosotros estamos lejos, o cheinmaimain! ¿Para quién se tienen tantas parejas sexuales? ¿Para nosotros mismos o para la mirada de los demás? Yo no sé si eso más bien habla de nuestra creciente incapacidad de vincularnos con otros, de verlos como lo que son: personas. Hay una parte innegable donde el cuerpo ejerce su voluntad, su “función”, deja fluir una oleada de hormonas encargadas de generar vínculos. ¿Qué será entonces la libertad sexual? ¿Cuál? ¿Cómo?
Y si el problema de la violencia de género, tan abrumador hoy en día, tuviera que ver más con los discursos “libertarios”: “No somos na’, pero estamos envuelto’ hace rato, Whatsapp sin el retrato, no guarda mi contacto”. Estoy tocando una fibra sensible, lo sé, pero a poco a usted no le enchila ser transparente para los demás? Sin embargo, es un ejercicio al que hombres y mujeres estamos muy habituados, a todo mundo le parece bien. A eso nos ha orillado el capitalismo, a vernos sólo como cuerpos, susceptibles de consumo, a estar en competencia constante, a pisar a quien sea para sobrevivir. No estoy justificando nada, por supuesto, pero a veces es indispensable llegar al piso de la alberca para saber cómo salir. Es urgente quebrar la tendencia de simplificar las ideas y armar recetas mágicas. La vida no es enumerable.
¿Y será también que reforzamos la idea machista de que los hombres deben tener muchas mujeres para reforzar su masculinidad? Ahora hasta la extendemos a las mujeres, ¿no? Porque ya no lloramos, ya no nos duele romper un proyecto de vida con una pareja, ¿cierto? Mejor vendemos el drama, nos hacemos tontas un rato y nos tragamos todo hasta que nos explota en la cara: “Se dejó del gato y tiene cinco de respuesto”. Me encanta Bad Bunny, pero no para escucharlo sólo Un ratito.
No sé si un día yo de verdad vaya a ser “escritora”, no sólo porque lidio con mis propios complejos, sino porque ni siquiera me gusta la palabra, todo lo que implica me genera un sentimiento ambigüo, por un lado, uno siempre quiere pertenecer a algún círculo, ser importante y eso, pero por otro, siento que quiero escupirle en la jeta a la gente que se piensa que es mejor que otra sólo porque “es más lista, más correcta, más preparada, hace más viajes, escribe más bonito, etc., etc.,”
La verdad es que tampoco me veo lamiendo los zapatos de nadie, ni fingiendo amistad con alguien sólo porque me publique un libro o me ayude a ser famosa. “Fama” no es sinónimo de talento, pero mucho menos de libertad. Yo lo que encuentro bello en escribir, es el poder pensar y además ponerlo guapo; y ya. Si a alguien más le gusta mi escritura y puede dialogar con ella, pues qué mejor. Pero eso no tiene nada que ver con que todo el mundo sepa quien soy, con que me “reconozcan” en la calle y mi ego se sienta henchido. A mí, el único reconocimiento que me entusiasma es el de ser persona, el de tener autonomía, inteligencia, pensamiento propio… ser valiosa e importante para las personas que están cerquita mío.
Ya llevo meses pensando en el “amor romántico”, en por qué no me gusta el concepto y me resulta incómodo. Creo que concederle la posibilidad de redención que también tiene, sí implica mucha ficción, pero desde esa perspectiva, una es autora de su propia historia, como me dijo una vez un amigo (al que recuerdo también con ambigüedad, porque fue el primero en convertirse en un “monstruo”; ése análisis no lo tengo elaborado, en ese momento creí lo que quise creer. Cerré capítulo de portazo y jamás me di el beneficio de volver a pensarlo, me fui, digamos, por la salida fácil).
Justo hoy, que caminaba a casa de mi mamá, me cayó el veinte de que reelaborar la historia para analizar lo que una tuvo de responsabilidad, no es una tarea psíquica sencilla, no cualquiera la hace, porque duele, duele darse cuenta de que en realidad no se es tan buena persona y una también hace chingaderas. Esto no significa que no haya cosas completamente fuera de nuestra responsabilidad. Hay matices.
Yo, por ejemplo, el día que pude salirme del ego y darme cuenta de que fui cruel con mi primer “marido”, lloré mucho. Y por cierto, cómo me molestaba esa palabra, por patriarcal, porque yo no creía en el matrimonio y la gente era pendeja porque no podía entender que una vivía con su wey y ya. Y que eso no significaba nada. Y repito: NO SIGNIFICABA NADA, porque una puede cogxr a diestra y siniestra sin brindarle siquiera un nombre y apellido a la persona con la que estuviste piel con piel.
¡Ah, cabrón! El día que yo vi a mi ex como una persona vulnerable y lastimada por mí, ese día, la vida me dio una cachetada. La verdad, no sé si actualmente le concedería algo al matrimonio, no lo he pensado, salvo el hecho de que uno se compromete en cuerpo y alma al vínculo que tiene con otra persona. Sin que eso garantice que dure toda la vida, al final, todos estamos expuestos a la torpeza, a la crueldad, a la violencia, por eso las cosas se rompen. Pero al menos como idea y sabiendo que lo es, una puede salvar algo del amor romántico: la posibilidad de inventarse el amor que mejor le acomoda, de pensar, aunque sea por un rato, que el otro es lo mejor del mundo, que juntos se hace magia.
Pero vuelvo a la autocrítica: No, no es un ejercicio mental fácil, no es rápido, no está en un manual, no se puede pagar para que pase o se adelante, llega cuando se le da la chingada gana, pero cuando llega, aunque llega de golpe, también libera. Una puede cargar varios kilos de roca y ni siquiera darse cuenta; el cuerpo soporta, como quien soporta todo el día una ropa que le va mal en un día nublado. Esto es mi propia teoría del Amor, soporten a una gata analfabeta que se les coló en la escuela. Una gata bajo la lluvia que maulla y merodea en las calles buscando tantito romance, conectar de manera profunda con otro gato y jurarnos amor eterno por el tiempo que nos dure. Yo no creo en Dios, pero creo en la Fantasía, en ese estado maravilloso donde se sueña despierta, el «Deidrim» que le dicen, en español sale algo como «ensoñación», pero no se oye tan chido, ¿cierto?


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