Para PJ Harvey que no me conoce, ni yo a ella.
A mi madre le acaban de diagnosticar esclerosis sistémica, una enfermedad que afecta la piel y le deforma las manos. Amo a mi madre, pero sus manos siempre me han parecido feas, son grandes y, cuando me acariciaba de niña, raspaban mucho. “Manos de lija”, le dije alguna vez. Y me respondió ufana que eran manos de trabajo y de cloro. De morrita, mi mamá me acarició con esas manos ásperas. Imagine el lector, cómo será que lo que se hizo para desollar un árbol, en vez de eso, decidió dar cariño a una pequeña mejilla humana.
No sé cuando le brotaron las bolas en los dedos, son grandes como canicas; tras la artritis su piel ahora es muy suave, se ha estirado tanto que parece una cubierta de plástico, hasta relamida por el calor de una secadora; brilla, parece una envoltura a punto de romperse. Pero no, mi mamá no se rompe, aunque por dentro le crezca el dolor, sigue teniendo la piel dura. El hueco de su mano le formó un caparazón, a diferencia de mí, que ya nací medio quebrada, como las tazas de barro que pese a los cuidados, llegan rotas. Yo nací con el hueco de la mano hacia arriba, en depresión, pidiéndole al mundo algo que ni yo sé qué es, pero insisto extendiendo la mano desde el suelo. Parece limosna, pero es más bien piedad, misericordia que me pido a misma, a mi cuerpo enfermo.
“Misericordia” es una palabra hermosa, viene de “miser”, como Cátulo: miserable, es decir, que está lejos del amor; de “cor”, “corazón” y de “dis”, “dar”. Al final, de algo sirve mal aprender latín, en cuanto la escribí caí en la cuenta de que era bastante metafórica y aunque no estaba segura, me pude hacer una idea que luego me confirmó San Google, con su infinita y retorcida sabiduría. Una busca cualquier palabra y el Interleph arroja una cantidad de resultados tan estúpida, como todas las cosas que asocia a partir de una “categoría de inteligencia artificial”. Lo que en gramática se llama, por ejemplo, sustantivo, en el mundo virtual, es un algoritmo, o algo así, no lo sé, da igual.
Cuando busco en mi mente “el algoritmo” para infancia, el primer recuerdo que aparece soy yo, recostada en una cama, mirando el techo, esperando oír la voz de mi mamá para llamarla, como no se escuchó ningún sonido fuera de la habitación, me quedé petrificada y llegó el recuerdo de lo que había soñado: Estábamos todos, mi papá, mi mamá y mis hermanos, nos mecíamos en unos columpios azules, estaban envueltos en plástico, como un invernadero. Poco a poco se iban yendo, uno por uno; me quedaba sola. De pronto, empecé a sentir como si una bola de chicle me creciera en la boca, hasta que casi no podía cerrar la mandíbula, me costaba masticar.
Tengo la sensación de que esa escena pasó más de una vez y que la voz de mi mamá siempre hizo desaparecer aquella protuberancia en mi boca. Ése es mi primer recuerdo de la consternación, de sentir lo terriblemente absurdo de estar viva… y sola, porque de qué sirve llorar, si nadie te escucha. Imagine el lector que la primera vez que siente miedo no hay nadie alrededor para explicarle un poco lo que siente y, mucho menos, para reconfortarle. Usted, se desborda. Pero no es culpa de su madre. ¿A quién le pueden dar ganas de criar un bebé más, después de hacerse cargo de siete hermanos y una madre?
Yo no sé en qué momento se formó el hueco de mi mano, no me di cuenta, no me dio tiempo, un día simplemente ya me faltaba algo y era una niña permanentemente triste, que no lo supo sino hasta que se sintió feliz, años después. A veces la enfermedad no existe hasta que una la nombra y como yo no la conocía, pues no podía nombrarla. Luego de eso, todo se hizo más claro. Entendí que ese clavo permanente en el pecho no era “normal”, que la taladrería diaria en la cabeza, no era “lo habitual”.
Yo no me reconocí en ese diagnóstico, me sentía una estafadora que sólo fingía para tener excusas, no creí que la cosa fuera tan grave, al final no me dolía nada, salvo el alma, y ésa ni se ve, ni se siente. O eso creía yo, hasta que entendí que el alma es el verdadero esqueleto del cuerpo, deja que te pase un mal pensamiento por la cabeza y verás cómo el pulso se te acelera o te duele la panza. Hay hilos invisibles que manejan nuestras vísceras, aunque usted no lo crea, aunque le parezca un lugar común.
Y hablando del vientre, a mí éste siempre me ha dado lata, no digiero las emociones y luego me duelen mucho por dentro. Cuando era adolescente hacía muchas tonterías, era como una necesidad absurda de hacerme notar, a pesar de que era extremadamente tímida; era una propensión tonta a buscar fugas, formas de no sentir esa tristeza permanente que no tenía motivo. Un día quise abrirme el abdomen, que saliera de una vez toda la mierda, estaba dispuesta a meter las manos con tal de sacar el clavo que me había tragado. Pero no, no pude ver nada, salvo el nuevo hueco que me hice en la panza.
La terapia y los medicamentos me salvaron, me volví una persona mucho más extrovertida, más segura, más lista, más feliz. Yo pensé que ahora sí me iba a comer el mundo, pero no. El mundo me comió a mí. Entonces vino la recaída y con ella los días más negros que he podido vivir, la enfermedad me mordió con todo su veneno. Vi derrumbarse un naipe tras otro y alguno de ellos me tumbó a mí. Ajá, esto es así, aunque me llene de vergüenza admitirlo. Porque qué perro oso ser una mujer sufriente, todo un dramón, un cliché. Se sabe que en tiempos feministas, las mujeres no lloran. Pues para mí nunca es así, quiero arrancarme el cuerpo para no sentir su peso, me estorba, me amarra a la tierra. Quiero ser ligera, volar, irme lejos, a donde mi mamá no se enferme, a donde ella no me exhiba de esa manera su mortalidad, a donde no le duela nada.
Tuve una segunda madre, hermana de mamá, un niño que me quiso mucho y yo a él; en el hueco de su mano puso una madeja, quiso prender con ella la llama de su vida, se quemó. Lo último que vi de ella fue su mano fría, tenía un tatuaje entre el índice y el pulgar, por más que intento, no puedo recordar el dibujo. Odio la sororidad de las monjas, que la dejaron morir en la banqueta por no traer dinero. ¿Quién piensa en monedas en medio de una emergencia? ¿Dios?
¿Ella? aparece todavía en mis sueños, está muerta, pero normal, viene a las reuniones familiares, vuelve de la sombra exclusivamente para eso, y yo la abrazo, le digo lo mucho que la quiero, que la extraño… y me tiemblan las piernas. Tengo su voz y su risa tatuadas en el hueco de la mano, son un par de campanitas. No recuerdo otra vez en que al llorar sintiera que me quedo vacía, o bueno sí. Hubo otra más, y me dieron un limón para que al olerlo absorbiera mi tristeza. Creo que no hay engaño más tierno [o cruel] que ése.
Cuando la tristeza se estancó, cuando se me quedó enquistada, cuando se escondió entre mis músculos, empecé a sentirme cansada, mi cuerpo se hizo pesado, subí unos kilos y deseaba solamente dormir. Me tragué todo lo que sentía para darle ánimos a otros, más frágiles que yo, al menos en ese momento. Por eso un día exploté, porque no sé digerir emociones y me reventó el apéndice. Una siempre quiere salvar a otros en lugar de a sí misma, parece más fácil. Una proyecta en otros lo que quisiera para sí.
Desde entonces todo se hizo más complicado, ya no entiendo nada, cada día siento que sé menos cómo enfrentarme a la melancolía, tengo periodos largos de estabilidad y otros que no puedo medir, me parecen eternos, me persiguen nuevos fantasmas que no había ni imaginado. Ya brinqué de terapia en terapia, ya cambié de medicamentos y el avance es siempre temporal. Estoy harta.
Tengo miedo del futuro de mamá; de que su ausencia me sea insuperable, tengo miedo de que sus manos sean en un futuro las mías, tengo miedo incluso de mis pensamientos… Pero nadie tiene revelados los secretos de este mundo. ¿Cierto? ¿Cómo se lee el hueco de una mano? ¿Como se leen las cartas del tarot?, ¿como se lee el café?, ¿como se lee un libro? ¿Una puede marcarse la piel con un resaltador? ¿Puede pasar las páginas sin entender lo que acaba de leer? Mejor aún, ¿cómo lee la mano? ¿Acariciando las cosas, metiendo los dedos en la herida? ¿Presionando las teclas de un ordenador? ¿La mano habla?, ¿la mano lee lo que los ojos no pueden, la piel siente lo que el cuerpo grita?
Mi cuerpo es mío, yo soy mía, pero cómo lo detesto cuando no me responde, cuando cae enfermo, cuando no quiere salir de la cama, cuando pesa, cuando se inflama, cuando duele, cuando sueña lo que no quiero soñar, cuando tengo hambre, cuando piensa lo que no quiero pensar más, cuando me tiemblan las manos, cuando se me cae la máscara. Sólo las yemas de mis dedos saben perfecto que esta soy yo, que somos nosotras.

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