Una de las consignas que se escuchan en las marchas feministas (a las que yo solía asistir) es justamente “romperlo todo, quemarlo todo”. Por supuesto que ante un abuso, dan ganas de quebrar muchos huesos; pero otros movimientos sociales nos han enseñado que la violencia sólo fractura los puentes de comunicación y, más allá de ello, por noble que sea la causa, nada justifica poner en riesgo a otros que ni la deben, ni la temen. Por otro lado, sabemos que es una forma de llamar a los cuerpos policiales, siempre prestos para aporrear a todo manifestante que se les cruce en el camino, bajo el argumento de salvaguardar el orden.
Eso, o quizá, sólo sea que tengo una interpretación bastante pequebú de cómo deberían ser las cosas. Porque provenir de un barrio popular o de un pueblo originario, como es mi caso, no nos hace necesariamente conscientes de nuestras carencias, ni anula nuestras más profundas aspiraciones. Así que no perdamos de vista esta observación, para volver a ella en momentos pertinentes. Sin embargo, sigo creyendo que acción directa no siempre es igual a violentar por violentar. Imponer un centro especializado de atención a víctimas, me parece violento y directo, pero útil, mientras que otro tipo de acciones dejan mucho que pensar.
El martes 18 de octubre llegué temprano a mi trabajo, como todos los días. Había acordado un encuentro con la mamá de un estudiante para revisar su avance académico, nos encontrábamos los tres en mi cubículo cuando a lo lejos empezó a escucharse: “¡Alerta, alerta, alerta que camina…” No nos pareció extraño dado que es el pan de cada día en esta ciudad. Seguimos dialogando hasta que la señora mitigó todas sus dudas, entonces se despidió, agradeció la atención y se fue contenta hacia el cubículo de mi compañero de filosofía, para platicar sobre el mismo tema.
Me levanté de mi silla para ir a ver qué estaba pasando, pues el barullo había crecido; me asomé por la ventana y no vi nada, entonces caminé hacia el puente de cristal que une los edificios y da hacia la calle, directo a la entrada principal. Ahí me percaté de que había otros compañeros docentes mirando, además de algunos de estudiantes.
Un grupo de mujeres ajenas a la institución, seis exactamente, estaban armadas con palas y hachas, gritaban consignas y pedían que saliera “el director” de la escuela, porque a él, y a un supuesto violador, “les iban a cortar la verga”. “Ojalá que tengas hijas para que las violen”, también llegué a escuchar. Ni yo ni ninguno de mis compañeros sabíamos de qué estaban hablando, no estábamos al tanto de ninguna denuncia de abuso, pese a que nuestra comunicación con los estudiantes es muy estrecha y, como el plantel lleva apenas un año funcionando, somos pocos estudiantes y profesores.
De pronto, las muchachas comenzaron a golpear la puerta con una enorme piedra, hasta que rompieron la cadena y entraron literalmente a romperlo todo. Alumnos, docentes y demás trabajadores empezamos a movernos desesperadamente por todos lados, mientras ellas subían y bajaban por los edificios quebrando cristales e incendiando cosas; el terror se esparció con rapidez sin que nadie supiera qué hacer exactamente, nadie nos daba instrucciones, no llegaban autoridades de dirección general, no llegaban patrullas, nadie. Nos dejaron solos a nuestra suerte con un montón de menores de edad, que sólo atinaron a grabar lo que sucedía. Algunos estaban molestos y preguntaban por qué ese grupo de mujeres estaba destruyendo su escuela; una muchachita de unos 14 años, a mi lado, dijo: “Ya sé que me voy a morir, pero por favor, no así”. Volteé hacia ella y le dije que no le iba a pasar nada, que sólo teníamos que quitarnos de su camino y no provocarlas. Luego, entre toda la gente la perdí de vista.
Mientras las chavas desmadraban todo, yo sentía que quebraban muchas cosas que no son tan visibles, como por ejemplo, lo que representa destruir una escuela pública, una institución que le ha dado cobijo a un sector marginado: nuestros estudiantes son los que habitan las periferias de la ciudad, ésas donde los servicios públicos escasean, donde hay fuertes problemas de drogadicción, de violencia intrafamiliar, donde hay pocas escuelas y las que hay están igualmente abandonadas.
Sentí que se desmoronaba el único lugar donde muchas veces las y los estudiantes encuentran un respiro de todo lo que viven en sus casas. También sentí, que nos quitaban unas buenas (que no excelentes) condiciones de trabajo, porque nuestro plantel estaba nuevecito, pero muchos docentes sabemos perfectamente que los recursos escasean, se deterioran o simplemente dejan de llegar y, más veces de las que quisiéramos, hay que ponerlos de nuestra propia bolsa.
En la tarde, vi en televisión un par de notas sobre lo ocurrido y, entonces, me enfurecí. Lo que se decía distaba mucho de lo que había pasado en realidad y se omitía la agresión que sufrió la comunidad. Tras lo ocurrido, seguía investigar cuál había sido el detonante: En los días recientes hubo una denuncia por supuesta violación cometida por un chico de 14 años dentro del plantel, misma a la que se le dio seguimiento y se canalizó a la instancia correspondiente, sólo que el área jurícia decidió hacer caso omiso, dejó todo en manos de la gente de estructura, a la cual no le corresponde atender situaciones de esa magnitud e incluso los pone en riesgo, tal cómo ocurrió.
Se entiende que a veces la rapidez con la que se mueven los casos no es la más adecuada, pero un proceso justo requiere tiempo para determinar responsabilidades, el asunto más importante es que los crímenes no queden impunes. La imparcialidad es también fundamental, porque un “criminal” aunque lo sea, no pierde sus derechos como ser humano, aun si no nos parece. Nunca sabemos de qué lado de la historia nos va a tocar estar.
En los medios llegué a escuchar cosas tales como que todas las manifestantes habían sido abusadas, ya sea por un estudiante o profesores, pero hasta el momento, no tenemos conocimiento de la existencia de otras denuncias. Creo que nadie se atrevería a negar que existen docentes que abusan de su posición, pero por fortuna, no son mayoría. Y claro, eso se tiene que atender. La cuestión es el cómo, pues tiene implicaciones que van más allá de “víctima y victimario”. Estos hechos violentos rompen el tejido social, por lo que cabría preguntarnos si la “solución” sigue desgarrando a las comunidades o contribuye a resarcir el daño.
Dice Rita Segato que la violencia en el cuerpo de las mujeres es un mensaje para otros, yo pienso que tiene razón, pero me pregunto cuál es el mensaje que nos dejan estas agrupaciones feministas en las calles, en los edificios y en el cuerpo. Un grafiti puede expresar insultos, consignas políticas, declaraciones de amor e incluso una reivindicación de sí mismo, como: “X estuvo aquí”, cuyo origen por cierto, es mucho más oscuro.
Si un punk avienta huevos a la fachada de un McDonald´s, eso representa el repudio al sistema capitalista que explota y oprime a los desposeídos, entonces… Más allá de la simplificación del: “Te importan más las paredes”, ¿qué representa atacar una estación de transporte público en la Ciudad de México, mientras hay otras mujeres presentes? ¿Qué representa prender fuego, quebrar vidrios y sembrar terror en una escuela pública, llena de chicas y chicos menores de edad de zonas marginadas?
Pienso dos cosas: por un lado, el mensaje podría ser que el descontento hacia el Estado ha ido en aumento (y en ese sentido, el caso de Ayotzinapa nos ha enseñado mucho), pero eso tendría más lógica si lo que se destruyera fuera un edificio representativo del poder y no uno de los que sirve a la mayoría de la gente para formarse o moverse en la ciudad.
Así mismo, si consideramos que el feminismo tiene un origen liberal (entiéndase por esto a la doctrina política que incentiva el libre mercado, la iniciativa privada y las libertades individuales), podemos pensar que el fondo es forma. Pues no es casual que hoy en día el feminismo venda, “empodere” a algunas mujeres y hasta las grandes empresas se hayan vuelto sensibles a la causa, pues cuando reciben una denuncia, de inmediato hacen “justicia” y despiden al acusado, por supuesto, sin invertir un sólo centavo para generar un protocolo que responda a los casos de violencia de género; sin seguir un proceso justo para todas las partes y claro, sin respetar la presunción de inocencia (que es un derecho humano que nos puede salvar el pellejo, a todos, en un determinado momento). Pero bueno, y qué decir de que ahora cualquiera puede impartir “justicia”, según su propio criterio y conveniencia. En definitiva, caminamos sobre el filo de un hacha.
Por otra parte, si reflexionamos en los mensajes que este tipo de actos violentos nos dejan en el cuerpo, sólo puedo hablar por el que yo habito, y decir que estuve dos días llena de adrenalina, sin poder pegar un ojo. El miedo nos prepara para huir, se sabe. Y mi organismo, pese a que ya no había peligro físico, no lo entendió. Al tercer día, no resucité como Jesucristo, sino que desperté asustada, con una fuerte taquicardia y dolor de cabeza. Han sido días de ansiedad, de seguir corriendo en círculos dentro de mi propia mente, de mover insistentemente una pierna, de tic en el párpado, de volver a fumar un cigarro luego de meses de haberlo dejado. De pensar que el ambiente de fraternidad que intentábamos construir en ese nuevo plantel, está muy lastimado.
En fin, que tras decir todo esto pienso que no me conviene y sería mejor que me desdiga, porque de por sí, los maestros en México tenemos muy mala prensa: somos una bola de huevones, abusivos e incompetentes, aunque en la práctica, muchos trabajamos con lo poco que tenemos y a pesar de las circunstancias (nosotros, por ejemplo, fuimos llamados a trabajar al otro día como si nada hubiera pasado). Se sabe también que, hoy en día, criticar el feminismo, con el que yo misma simpaticé en algún momento, siembra de inmediato la sospecha de pertenecer al bando opuesto, de ser alidada del patriarcado o simplemente de ser una ignorante. Pero voy a decir una última imprudencia al respecto: El feminismo no es un monopolio de la lucha de las mujeres.
Y cómo está bien visto últimamente exhibir al nako, al inculto, a quien tiene primaria trunca, a quien no tiene comprensión lectora, al bruto, al que no comparte nuestra imposición de lo bueno o malo, al pendejo, al violento, etc., etc. Pues… iba a decir que “pan y circo”, pero después de la pandemia, ya ni para pan nos está alcanzando, lo único que nos queda es el circo, y es romano. Pienso que vivimos tiempos de profundo narcisismo que nos vendieron como “amor propio”, somos millones de personas enamoradas de nuestra imagen, vociferando, como dijo Sartre alguna vez: “El infierno son los otros.”
Hoy se reivindica la rabia y está bien, supongo, porque nos ayuda a poner límites; pero también nos puede cegar y nublar el juicio, por eso es importante reflexionar las emociones (en la medida de lo posible). A lo mejor lo que necesitamos no es romperlo todo, sino transformarlo todo, incluso o empezando, por nuestra forma de decir y escuchar. Eso sí, procurando no abusar de la palabra ni quebrándonos el tímpano, porque entonces, ya no habrá forma de oír nada más.

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