Escribir es un ritual que, para mí, siempre necesita un sound track. El aleatorio del reproductor puso “Entre caníbales” de Soda Stereo, mi cabeza se voló; en ese momento me di cuenta de que hay algo sobre lo que quiero pensar, lo cual no implica que después no pueda regresar a esa otra idea con la que pensaba trabajar en inicio. Al final, la escritura es “comme la vague irrésolue, je vais, je vais et je viens…” Uno puede ir y venir con los pensamientos, tomarlos, abordarlos, replantearlos, dejarlos ir y volver a ellos desde otros puntos de vista.
“Come de mí, come de mi carne”, fue la frase que se me fue enredando en los pliegues del encéfalo, me pareció una forma fascinante de azuzar a otro sin recurrir a la vulgaridad del porno, con el que muches de nosotres tuvimos nuestros primeros acercamientos a la sexualidad. De pronto me vi, 22 años atrás, sentada al borde de la cama, “like a cat on a hot tin roof”, con un amigo de la secundaria, mirando una película donde una pareja heterosexual cogía como si no hubiera mañana; miraba la tele y aunque la imagen era sugerente, para mi propio asombro, no instigó mi deseo. El cuadro completo de aquel chico y yo, mirando pornografía mientras entre nosotros crecía la tensión, sí fue provocador, pero más allá de la cinta, había un ingrediente poderoso: mi amigo era hermano de mi exnovio y esa idea de transgresión me parecía bastante tentadora, no obstante, pese al “éxtasis de un beso”, no pudimos ir más allá de eso: conocí la fuerza de los escrúpulos, mis escrúpulos.
Ésa fue, probablemente, una de mis primeras visitas a los jardines de Eros, al menos con alguien del sexo contrario, antes de eso, bebí de las chicas mis primeras fantasías, el cuerpo “femenino” de las muñecas Barbie, el juego de la “parentalidad” que se imita con otras niñas… El porno nunca ha sido gran cosa para mí, es muy difícil encontrar algo que me guste, detesto los diálogos artificiales, soeces y, sobre todo, el hecho de que por lo regular está centrado en un placer “masculino” que pone en el centro la sumisión de las mujeres, no porque no esté dispuesta a interpretar el rol de Severin, de vez en cuando, hay una canción de Rosalía que me parece de lo más sensual: “átame con tu cabello / a la esquina de tu cama / que aunque el cabello se rompa / haré ver que estoy atada…” Pero el punto medular es que a mi juicio, bajo ninguna circunstancia, la fantasía debe ser una imposición; no sólo por la violencia que eso representa, sino porque entonces el sexo se convierte en un mero acto masturbatorio y no un encuentro.
Para mí, el punto donde no puedo decidir, ni participar activamente en el performance, rompe por completo el rito, por desgracia, es difícil encontrar una pareja que lo entienda de la misma forma. Por lo regular, el coito se da como algo apresurado, porque “según” hay una avidez irrefrenable; el otro se comunica mínimamente y rara vez hace preguntas. Ésa es una molestia que venía cargando desde hace tiempo: la recurrente sensación de no formar parte del ritual (al menos con parejas ocasionales). Porque la premura de tener un amante a veces no deja espacio para erotizar los cuerpos, dice Luciano Lutereau, palabras más, palabras menos.
Y es que a veces para coger se tiene que negociar con cosas que no nos gustan del todo, lo cual eventualmente implica que ciertos encuentros no se repitan. Es una moneda al aire. Lo que me sorprende es que a pesar de que a los varones les encanta fanfarronear sobre sus artes amatorias, rara vez se permiten realmente conocer, preguntar, esperar… Creo, como Segato, que los hombres siempre están mandando mensajes de virilidad a otros hombres, pero no me queda claro que sea sólo una cuestión de género, porque a veces parece que una gana puntos de empoderamiento cuando coge mucho.
Por otra parte, pienso si el sexo es por excelencia algo brusco y vulgar que simplemente se arrebata, como si no existiera posibilidad de empatar una metáfora elegante, incluso tierna, con una felación o un cunnilingus. Y como si esas dos cosas fueran todo lo que hay que hacer. Pienso ahora en una canción de David Bowie que me parece fascinante porque implica solo la mirada: “Keep your electric eye on me, babe / Put your ray gun to my head / Press your space face close to mine, love…”
Habla, creo, del poder de la mirada, ése que nos hace descubrir otra presencia, que nos devuelve un rostro tan diferente del nuestro. Honestamente, no todas las personas con quienes se comparte intimidad resultan buena compañía, pero tranqui que no voy a poner a nadie en evidencia, me parece nefasto divulgar algo tan privado con gente que no sea de mi confianza, incluso cuando han sido experiencias desafortunadas, no soy partidaria de prácticas punitivas como el escrache, me parece fascista y hasta infantiloide, en tanto busca que la gente segregue a una determinada persona (para los casos verdaderamente graves, habrá otras alternativas), la moral (incluso la feminista) siempre nos eleva en castillos de aire y luego nos azota contra el suelo, porque no existen buenos ni malos, sólo humanos más o menos pendejos.
En el pasado, se creía que la sangre fijaba la letra, luego la gente se dio cuenta de que era indigno exhibir o maltratar a “los malos estudiantes”, además de inútil, pero hay actos que tenemos tan arraigados, que cuando no podemos imaginar mejores soluciones, nos hacen replicar “lo malo por conocido”. Creo que ya lo he dicho hasta el hastío: a mí, esas prácticas me han jodido mucho, al grado de sentirme encuerada frente a una multitud de morbosos. Esos gestos se las dejo a los policías y no por ello, los reivindico ni les concedo utilidad, salvo que lo que se pretenda es despedazar la dignidad de otros seres humanos, entonces sí que funcionan.
Pero hablando de gendarmes, me veo obligada a hacer una autocrítica, porque empecé este texto mentando madres contra la lengua soez y ahora mismo me doy cuenta de que me contradigo, parece que intento madrear gente con una vara, pero a mí me gusta mucho el reggaetón y perrear hasta el suelo con letras medio puercas, como hace la gente pelada que no fue a la universidad (dicen los puristas musicales).
Aunque ciertamente, ni todo el reggaetón habla de sexo, ni se estanca en algo “sucio”, sino que es en sí mismo un ritual cachondo que deja ver toda la complejidad de la sexualidad humana. Es un juego que por explícito hace que las personas de “buena conciencia”, que jamás se empuercan, ni se dejan arrimar el camarón, se rasguen las vestiduras alegando misoginia, sin embargo, no siempre se trata de eso.
El acto sexual es en sí mismo agresivo en tanto transgrede los límites corporales del otro, pero toda la diferencia estriba en lo que nos gusta y, por ello, permitimos. Existe una línea muy delgada que en estos tiempos brinca fácilmente al territorio de la violencia, que nos impregna de miedo y culpa cuando no necesariamente deberíamos padecer de eso. La sexualidad es una pequeña muestra de que las personas somos contradicción y cambio continuo.
Toda mi vida me sentí una mujer libre en ese aspecto, pero en años recientes, he descubierto que me da culpa desear a un varón, casi como en esa culpa católica que dice: “no desearás la mujer de tu prójimo” (como si el deseo fuera cuestión de voluntad y como si los hombres estuvieran prohibidos). Me da miedo conocer nuevas personas y, todavía más, compartir intimidad; me he descubierto hipervigilante del otro, con entusiasmo casi policial, poniendo palomitas a todos los gestos que me gustan y rechazando sin ningún tipo de negociación todo aquello del otro que no me parece.
Tengo la amarga sensación de que me estoy convirtiendo en lo que juré destruir: una réplica vulgar de un ser conservador. Perrear hasta el suelo me libera de mi vigilante interno, me hace sentir que mi cuerpo es libre, que soy un ser deseado y deseante; que al menos en mi fantasía estoy rompiendo el molde de una moral maniquea.
Bailar, jugar, cantar son actos rituales que conectan personas, ¿por qué entonces no podemos hacer del coito una ceremonia que nos reconecte?, no porque tenga que ver con “el amorts”, a veces no se trata de eso, pero sí creo que dejar entrar a alguien es un ejercicio sumamente íntimo que se ha convertido en abrir una bolsa de papas y, cuando se acaban, urge deshacerse de la basurita, cuando en realidad es algo que uno lleva siempre, de una u otra forma, por debajo de la piel.
Las personas pueden coger con une o con muches, pero eso no nos da derecho a ser canallas, a decirles: “Si sufres es tu problema”, “Deberías coger con más”, “Qué ridículo tener pareja estable”, “Qué mal que te pusieron los cuernos, es un desgraciade”, “Amiga, date cuenta”… Y todos esos imperativos… progres e improgres.*
***Para más placer, está entrada viene acompañada de una playlist, pero el lector puede sentirse libre de disfrutarla o escuchar lo que más cachonde le ponga.***

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