La vida de pronto se nos vuelve innavegable, no hay mapas para ciertas situaciones que nos hacen dar tumbos y nos dejan varados a la orilla del mar. No tenemos otra alternativa que mirar las estrellas, confiar en la sabiduría de las tripas. A mí el pasado se me ha convertido en algo que viene y va, sin que pueda separarme de la persona que fui hace tres años. Si la gente no sana, tampoco deja sanar, porque entre el “pedir reparación” de una forma un tanto retorcida y tratar de huir de una relación que quedó atrapada en medio del conflicto, yo estoy en el limbo del duelo.
Tal vez me equivoque, no quiero tener la soberbia de asegurar algo de manera tajante, pero pienso que muchos de los escraches están anclados a un mal manejo de la separación, se castiga al que se fue, pero también a la que llega. Tampoco significa que yo sea experta en el tema, nadie lo es, la vida siempre tiene esa capacidad de sorprendernos; por eso mismo creo que los discursos que hoy corren en la mayoría de las bocas, tienden a patologizar las relaciones o incluso a abusar de la categoría de “violencia de género”. No todo lo es, el conflicto es algo inherente a las relaciones humanas, mientras seamos distintos, sintamos de formas diferentes y pensemos de otras maneras, habrá conflicto. Negar “el mal” en nosotros mismos, no hace sino poner tiempo a la bomba.
Hace mucho que había abandonado el psicoanálisis, sentía que iba en contra de la perspectiva de género, que yo estaba conociendo y entendía como “la verdad”, pero últimamente he encontrado libros muy interesantes, y lo son precisamente porque van más allá de la clasificación simple, lejos de la postura maniquea que ancla a todos en el dolor. Dice Esther Perel, por ejemplo, que las redes sociales son el reflejo amplificado de una sociedad moralista; en su estudio sobre la infidelidad, descubre que muchas de las ideas que tenemos en torno a ella son altamente satanizantes, cuando el hecho en sí, puede derivar en muchas otras alternativas distintas al daño y el dolor, afirma: “Alguna vez fue el divorcio el que cargó el estigma. Ahora, elegir quedarse cuando puedes irte es la nueva vergüenza”.
Y en efecto, esto me hace pensar en cómo se ha exigido a las mujeres (aunque no sólo a ellas) que se posicionen frente a una denuncia, incluso cuando el señalado es su pareja, su amigo, su amante o su pariente, quizá sobre todo por eso. La empatía es algo que se maneja a discreción. Parece que se nos olvida que la gente sigue teniendo fuertes emociones que no desaparecen tan fácil, porque las personas son mucho más que su “maldad” (en la mayoría de los casos). La moral es algo que se construye a partir de las ideas sobre lo que es bueno o malo, pero eso es muy relativo, occidental y, a veces, hasta católico. No obstante, tenemos la tendencia a comprar esas ideas porque nos resultan convenientes, son una salida fácil y rápida a problemas sumamente complejos. Juzgar a los demás siempre es una tentación y un placer intelectual muy gratificante, nos exonera de reflexionar sobre los actos propios y hacernos cargo de los errores.
Al día de hoy, tengo la sensación de que hay algo profundamente moralista en el feminismo hegemónico mexicano, esa manera de exigir que tal o cual se comporte de la forma “adecuada” no me parece nada revolucionario, sino más bien tendencioso. ¿Será que el feminismo no puede, por más que quiera, negar sus raíces conservadoras?. Hasta en la universidad más importante del país, las “grandes feministas” hablan desde su púlpito para explicarnos el “género”, ése que no contempla la diversidad y mucho menos a las culturas no occidentales. Porque claro, tienen la misión de salvarnos de la barbarie.
Y así me paseo por este valle de lágrimas, tratando de lavar mis pecados, involuntariamente, con mi propia sangre. En algún lugar de este purgatorio un niño pequeño agoniza, por fin. Un cupido cansado de jugar con el cordón umbilical torcido en el cuello, harto de esperar tiempos mejores y de que un ave le mastique las entrañas una y otra vez, una y otra vez. Es el ansiado aborto de un embarazo que nunca quise, pero quizá siempre desee. Está claro que no todas las mujeres podemos mantener a nuestros niños, hay que expulsarlos, exorcizarnos de ellos, porque el cuerpo es nuestra propiedad privada, el cuerpo no se comparte, es, al final de cuentas, la pequeña parcela que nos hemos comprado en el cielo, nuestro espacio de repliegue, el espacio seguro.


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