Renuncia

…vamono’ de aquí, no quiero esperar

El cielo estará de nuestro lugar.

Antón Alvarez Alfaro / Rosalia Vila Tobella

…descendió suavemente, sin ruido,

desprendida de la cornisa… Cristina Peri Rossi

A quién corresponda:

1. f. Acción y efecto de renunciar.

2. f. Instrumento o documento que contiene una renuncia.

3. f. Dimisión o dejación voluntaria de algo que se posee, o del derecho a ello.

Renunciar es dimitir, dejar, abandonar. No creo que sea solamente abandonar lo que una posee o a lo que tiene derecho. Otra vez estoy en desacuerdo con la Real Academia, esa vieja y tiránica colonialista del saber. Se puede renunciar también a lo que una no tiene ni tendrá nunca, como a una cuenta gorda en el banco, a la salud que nos hace “normales”, a la fama, a la omnipotencia, o al ideal de ser lo que los otros esperan que seamos. A esto sí quiero que  renunciar y ponerlo por escrito, para cuando me falle la memoria y vuelva a exigirme lo que no quiero, mas me hagan pensar que sí, porque la compañía es una necesidad humana.

            Podría parecer que es irrelevante renunciar a lo que no se posee, pero es un acto de paz para consigo misma, una accede a la libertad por medio de ciertos abandonos, aunque a veces abandonar también es una mala palabra, cuando se hace sinónimo de no poder, es decir, cuando encierra cierto capacitismo. La gente suele cuchichearte en la espalda: ¡Ay, pobrecita!, ¡pero si es muy fuerte!, ¡deberías hacer esto o aquello!, ¡me fastidia que siempre hable de lo mismo!

            Parece que ser otro, con tus propios afectos, ideas o capacidades es algo indebido, nos llenamos la boca hablando de inclusión, de diversidad, de diálogo, pero en la práctica, ser diferente siempre incomoda un poco. Cuando una entrega su currículum por primera vez miente hasta cierto punto, no obstante, lo que más nos engaña son los ideales que le colgamos a los demás, exigimos que cumplan con lo que nos habían prometido y si no lo hacen, nos damos la vuelta y le cerramos la puerta en las narices, sin siquiera extenderles un finiquito.

            Criticamos la explotación, la precariedad de los empleos, el tiempo que pasamos en la oficina sin poder abrazar a los seres queridos que se nos escurren entre los dedos, pero cuando alguien dice “no puedo”, se le saca la lengua y se le muestra cómo se hace, porque tú sí puedes y no tienes tiempo para perder con ese cuerpo quejoso arrastrándose por encontrar voluntad en sus entrañas.

            Por eso no quiero vivir para hacer dinero, ni para ser famosa con lo que escribo, ni para ser una mujer emancipada e independiente, para eso se necesita trabajar duro, tener siempre buen humor, energía e inteligencia y hay días en los que me despliego sobre la cama como una sábana más que durante días pesa como el plomo. De lo que sí quiero emanciparme es de la necesidad ajena de ponerme adjetivos que responden más a lo que elles son, que a lo que yo soy en realidad, para eso no necesito sino abrir la mano, soltar. Tampoco quiero ser independiente, porque hay personas que necesito de manera muy genuina, me abrazo a su presencia, a su risa, a su tranquilidad, a su palma que me brinda cobijo, por mucho que a veces también pueda sentir la aspereza de su piel siempre otra.  

            Así que les renuncio, necesito un empleo para vivir, pero no es éste. No voy a fingir que soy feliz 23 de 24 horas, no voy a sonreír cuando no tengo ganas, no voy a dejar que me arranquen las piernas para que se las coman y cuando me dé la vuelta digan que mi carne sabe a pollo, cuando yo sé que soy un pez dorado. Voy a llorar y a parar cuando me dé la gana porque esta es mi fiesta, a veces puedo invitarlos, pero no se sorprendan si un día les pido amablemente que se retiren, porque no son capaces de entender que yo no soy ustedes. Lo cual no implica que no sepa negociar o sea inflexible, no soy una piedra, pero tampoco plastilina. Soy como el acero que cuando tiembla aprende a moverse con el edificio y evita el derrumbe.

            Celebro mis imperfecciones, no tengo una familia de académicos o artistas, la historia de mis ancestros está contada por tortas de plátano, visitas a urgencias, pero también de una fortuna hecha de risas para contrarestar la adversidad. Mi escritura no puede hablar de mis viajes al extranjero porque si acaso tengo uno, sin embargo, al único que aspiro, con fuerza, es al de una revolución que nos transforme a todes. Estoy hecha de pastillas, de dolores en la panza, de una energía que brota desbordada y luego se agota, de recuerdos que arden, aunque quemarse es siempre resurgir de otra forma.

            Pero, a ver, vamos entendiendo que renunciar, dimitir, dejar, abandonar… no significa claudicar. No voy a cometer nuevamente el error de consultar el diccionario, pero claudicar es aprender a caminar con una pata más corta que la otra, balancéandote entre el ser y no ser, pero aún así, avanzando. Yo renuncio, acepto mi andar vacilante, mis diálogos con molinos de viento, la gravidez de mis huesos de acero, el serpenteo incasable de la mente y la fragilidad de la gran X que dibuja mi cuerpo expandido, pero no cederé nunca ante la creencia de que la vida tiene una sola forma.  

            Cavaré un hueco pequeño en el patio para todas sus lenguas, tal vez se levantarán como cobras sobre sus dorsos, pero les echaré la tierra encima y no volveré a darle importancia. Tendré un duelo que me machacará por un par de días, luego me pintaré los labios de carmín profundo y saldré a lucir esta boca que no se calla. Cantaré canciones que no le gustan a todos con los sonidos chuecos que salen de mi garganta, simplemente porque puedo y quiero: “Bluegirls… singing a song…  Nothing but bluegirls… all day long…” Dicen que el azul es el color de la tristeza, pero yo no estoy triste, sólo estoy abatida, desplegada en el piso como una avenida que da directo al cielo y luego regresa a la tierra. Cuando una está arriba todos quieren acompañarte, pero cuando estás abajo voltean hacia otro lado. Yo soy así, arriba y abajo, no pasa nada.

            Tomo el megáfono de esta tienda departamental y les anuncio que me voy. No más. En este momento saco los cerillos de mi bolsillo y hago incendiar mi contrato con todo y currículum. Renuncio y mi voz se hace ceniza.

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