¿La vida es eso que otros nos ven hacer a través de un cristal? Creo que no del todo, porque también ocurre en lo profundo del cuerpo, en las branquias que se abren y permiten el intercambio, por ejemplo; sólo que eso no se percibe tan fácil y mucho menos con un vidrio de por medio. Traigo esa idea a colación de lo que encontré en otro blog y motivó a mi amiga LuPi para buscar otros medios electrónicos, pues, como ella dijo: «leí a alguien criticar los largos posteos de Facebook».
Tengo la sensación de que, de unos años para acá, todo depende de lo que uno escriba o no en las redes, lo cual abre una ventana de posibilidades, pero también parece cerrar la puerta a la construcción de un pensamiento verdaderamente crítico, si consideramos que los algoritmos actúan como una caja de resonancia; pero sobre todo, que nuestros afectos atraviesan en primera línea. Descartes estaba completamente equivocado, la cosa parece ir más o menos así: escucho (leo), siento, reacciono y, quizá después, reflexiono.
Pienso que para pensar, valga la redundancia, es necesario ir en contra de una misma, de las certezas que una lleva a cuestas como una planta enraizada en nuestras emociones e ideas. Hasta en el mar es necesario arrancar algunas algas de vez en cuando para que la vida fluya.
Dos cosas me preocupan de esa larga entrada de Lucía Pi, el hecho de «contar la vida» y al mismo tiempo no querer hacerlo y, por supuesto, la reflexión sobre el amor. Muchas hemos visto aparecer en nuestro timeline, casi sin quererlo, el lema de Kate Millett acerca de que: «lo personal es político» y eso nos ha llevado a externar en redes aspectos de la vida «privada» sumamente dolorosos, con los que ni nosotras mismas hemos sabido qué hacer. Sin embargo, me pongo a pensar, no sólo en la pertinencia de ello (en términos de lucha política y también de una ética del cuidado), sino en lo que estamos entendiendo a partir de una frase sacada de contexto. Según Kate Millet política es: «Un conjunto de relaciones y compromisos estructurados de acuerdo con el poder, en virtud de los cuales un grupo de personas queda bajo el control de otro grupo.» (Sospecho que ella hablaba de otra cosa, pero llevémoslo de tarea).
Con esto, no quiero decir (no se mal interprete) que una deba guardarse para sí todos los atropellos de los que ha sido objeto -ya Audre Lorde nos advirtió las consecuencias que eso puede tener en nuestros cuerpos- es, más bien, una invitación a pensar lo que estamos entendiendo por política y cómo de pronto parece que nos exponemos en toda nuestra vulnerabilidad, sin siquiera tener una dirección fija. Yo también necesito hablar, pensarme por dentro y vaciarlo en el mundo, no como un vómito, sino como aquel intercambio branquial del que hablé al principio. La vida también me duele, el amor me duele, pero cómo abrir la boca sin convertirse en la diana que todos pueden pinchar.
Cierto psicoanalista famoso dice que atravesamos una crisis de los afectos, donde «la pareja», como la habíamos entendido, ha dejado de ser la única y principal forma de vincularnos, y eso me viene a explicar un poquito más lo que ha pasado en mi vida amorosa. Digo un poco, porque todavía me falta un chorro de terapia por recorrer, sin embargo, es necesario entender al menos algo de nuestras relaciones para aprender y corregir (digo yo). Pero, sobre todo, a partir de que «el feminismo» nos pide advertir banderas rojas antes de ponernos a coger con alguien, como un guiño ansioso que pretende salvarnos de «los monstruos», esos seres estúpidos y malvados que no se merecen más que el ostracismo. Ojalá esto último fuera sólo sarcasmo, pero no. Yo he amado monstruos, varios, mi primer amor masculino, mi padre, es uno de ellos; pero uno en específico es el peor de todos, lo curioso es que si una decide quedarse cerca, adquiere algo de monstruoso.
Una noche soñé que me iba a casar, todo estaba listo para la fiesta, pero por alguna razón yo no quería hacerlo, me sentía amenazada, sentía que perdería algo para siempre. Me ponía el vestido de novia, a exigencia de mi madre, pero cuando ella se distraía me iba a jugar con los niños; nos dejábamos rodar colina abajo sobre el pasto. El vestido quedaba horrendo, mamá me mandaba a bañar de inmediato. Cuando estaba en la ducha llegaba mi novio, un hombre hermoso, tras haberme escuchado gritar porque un animal bello, pero extraño, brincó del jardín a la regadera. En ese momento llegaban los invitados, nosotros, en el centro, teníamos que ponernos a coger. Días después fue el MeToo y yo diría que fue un sueño premonitorio, pero el inconsciente siempre presiente cosas a partir de cierta información; yo ya sabía mucho.
Mi entraña me había advertido hacía tiempo que estaba saliendo con alguien que tenía un vínculo codependiente, que no era exactamente con su pareja, porque eso ya no se usa, y que el asunto no estaba del todo cerrado, que una de las dos partes, si no las dos, estaba muy herida. Mi primer impulso fue salir corriendo, pero a quién engaño, el tipo era un dulce, un bombón. Yo ya me había enamorado.
Pero ahora no quiero hablar del «monstruo», sino de esa manera peculiar de relacionarnos pensando que no tenemos compromisos ni responsabilidades con los otros, porque no «somos nada», mientras el cuerpo nos traiciona y genera lazos, expectativas, etc. Creo que por eso ha empezado a circular mucho el concepto de «responsabilidad afectiva», como un intento por que nuestra nueva forma de vincularnos no se convierta en una carnicería.
El problema, creo yo, es que empezamos a relacionarnos desde el miedo, la angustia y, de nuevo, el ostracismo. Porque la consigna es salir corriendo cuando alguien no es responsable afectivamente. ¿Es la única opción? La cuestión es que de pronto me pongo a pensar en todas la veces que amigas cercanas, o yo misma, hemos llegado a contar nuestras pavadas: empezamos a ver a alguien sin haber cerrado otro ciclo, pusimos el cuerno, dejamos plantado a alguien, etc., etc., es decir, me pregunto si no estaremos exigiendo algo que nosotras tampoco tenemos, al menos no siempre, porque en la vida no tenemos todas la respuestas, nadie las tiene. Y amar también es aceptar que a una le van a romper el corazón, pero nosotras, eventualmente, también lo haremos. Una puede esforzarse mucho, muchísimo por cuidar nuestros vínculos, pero tarde o temprano, fallaremos en algo. Lo importante es aprender y corregir.
Y ya volviendo a las peceras, a nuestros pequeños mundos donde damos vueltas y vueltas mientras otros nos observan, nos admiran, nos juzgan, nos compadecen, nos desprecian… pienso que también podríamos dejar de vigilarnos, de señalarnos, de culparnos, de segregarnos y empezar a incomodarnos juntos fuera de los cristales. Me parece impresionante que a estas alturas, nuestra versión del cuidado y la seguridad esté basada en el control, no sólo de los cuerpos, sino del pensamiento. «Las herramientas del amo, nunca desmontan la casa del amo», dice, otra vez, Audre Lorde, ¿para ser libres hay que volver al mar o sólo necesitamos saber nadar? (escribo todo esto como una duda que crece).

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